Califato de Córdoba

El califato de Córdoba en su momento de máxima expansión.

Córdoba, año 1009

El catorce de agosto del año 755, el príncipe omeya Abderramán I llegó con los suyos hasta Almuñécar poniendo tierra de por medio con Damasco. Allí, cinco años antes, los abasíes de la facción chiita habían exterminado a toda su familia, los omeyas de la facción suní, para arrebatarles el poder. En el 756, Abderramán derrotó al valí abasí Yusuf ibn ar-Rahman y se proclamó emir de Al-Ándalus, independizándose del lejano Califato de Oriente. Su descendiente Abderramán III, en el año 929 fundó el Califato de Occidente con capital en Córdoba, que llegaría a alcanzar el mayor esplendor de su época. La cultura, el arte, la ciencia, la filosofía, la música y la poesía, experimentaron un florecimiento solo comparable al que, siglos más tarde, se produciría durante el Renacimiento, al tiempo que progresaban el comercio, la artesanía y la agricultura, aunándose como ocurre siempre, la prosperidad económica con el esplendor cultural.

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Ruinas de Medina Azahara (La ciudad brillante), construida por Abderramán III y destruida durante la guerra civil cordobesa.

Pero bien pronto, tanto bienestar y opulencia fueron pasto de la codicia y de las intrigas palaciegas. Cuando murió el califa Alhaquén II en el año 976, su hijo y sucesor Hisham II era todavía un niño. El visir Almanzor lo convirtió en una marioneta al servicio de su ambición y, por medio de maquinaciones y purgas, arrebató el poder a los omeyas. Tras su muerte en Medinaceli el 9 de agosto de 1002, su hijo predilecto Abd al-Malik al-Muzaffar heredó su cargo, su poder y su ascendiente sobre el califa Hisham II. Lamentablemente para él, también heredó los odios y rencores generados por los agravios infligidos por su padre, y durante todo su mandato sufrió una continua sucesión de conspiraciones y asechanzas. Murió en 1008 y lo sucedió su hermano Abderramán Ibn Sanchul, Sanchuelo en las crónicas cristianas, que convenció a Hisham II para que lo nombrara heredero legítimo del califato. Esto colmó la capacidad de indignación de los últimos supervivientes omeyas que dieron un golpe de Estado, derrocaron a Hisham II y ejecutaron a Sanchuelo. El adalid de la insurrección, Muhammad ibn Hisham, se proclamó nuevo califa con el nombre de Muhammad II y desterró de Córdoba a los antiguos seguidores de Almanzor que se vieron obligados a buscar nuevos territorios en los que instalarse. Y este fue el principio del fin. Corría el año 1009, solamente doscientos cincuenta y cuatro años después de la llegada de Abderramán I a la Península, cuando comenzó la fitna cordobesa, la guerra civil que condujo al final del califato. En menos de dos décadas se sucedieron diez califas distintos y la guerra, en la que cada jefe tribal constituyó su propio bando, hizo jirones el territorio y destruyó el Alcázar, Medina Azahara y los arrabales de la capital cordobesa. En medio del caos y la anarquía, se fueron independizando una taifa tras otra. La contienda, en la que cada reyezuelo aspiraba a ser el nuevo califa y luchaba contra todos sus vecinos, se prolongó hasta noviembre de 1031, fecha en la que oficialmente el califato fue abolido porque, en palabras del historiador Ibn Hayyan: no había otra alternativa. Al Ándalus quedó dividida en veintiséis reinos taifas, uno de ellos la ciudad de Córdoba de la que fueron expulsados los omeyas. El esplendor de antaño desapareció para no volver jamás aunque los reyezuelos tribales trataron de recuperarlo sobrecargando de impuestos a sus súbditos y acelerando así la decadencia.

La debilidad y el enfrentamiento de las taifas fue aprovechada por los reinos cristianos que les impusieron el pago de un tributo anual, la paria, e iniciaron un avance imparable. Cuando en el 1085 cayó Toledo en poder de Alfonso VI, el pánico se apoderó de los andalusíes que llamaron en su auxilio a los almorávides, unos furibundos integristas norteafricanos. El sultán Yusuf ibn Tasufin entró en la península a sangre y fuego, detuvo el avance cristiano y convirtió en siervos a los otrora cultos y poderosos andalusíes como antaño hicieran los hicsos con los egipcios. Los almorávides establecieron su capital en Granada, aunque esta ciudad no alcanzaría su máximo esplendor hasta siglos después, con los nazaríes. Los almorávides no tuvieron tiempo, pues tardaron bien poco en asimilar lo bueno y lo malo de la cultura andalusí y en disgregarse en unos nuevos reinos taifas tan frágiles, reñidores e inoperantes como los anteriores. Ya estaban frotándose las manos los reyes cristianos, e incluso planteándose muy seriamente la posibilidad de dejar de combatir entre ellos y dedicarse exclusivamente a reconquistar, cuando se les adelantaron los almohades. Estos se presentaron sin que nadie los llamara y, a golpe de cimitarra, se hicieron los dueños de todo… Bien podrían tomar nota nuestros jerarcas que predican hechos diferenciales, independentismos, naciones de naciones y memeces por el estilo.

Los almohades sí que eran la quintaesencia del fanatismo integrista; tan acérrimos que para ellos los almorávides eran unos creyentes indignos, pecadores e impíos. Y esa fue la excusa que esgrimieron para venir a quitarles lo que ellos habían quitado previamente a los andalusíes, que se lo habían arrebatado a los visigodos, que se lo habían conquistado a los romanos, que se lo habían disputado a los cartagineses, que… Y es que lo único que nos preserva de la codicia de nuestros vecinos es la fuerza y ésta surge de la unión, mientras que los enfrentamientos nos debilitan y nos convierten en víctimas propicias. Obviedades estas que el refranero recoge en numerosos aforismos: El miedo guarda la viña / La unión hace la fuerza / Lo que no puede uno, pueden muchos / Juncos aunados, por nadie quebrados / Divide y vencerás / A río revuelto, ganancia de pescadores / A perro flaco todo son pulgas / Del árbol caído todos hacen leña

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Ruinas de Medina Azahara (La ciudad brillante), construida por Abderramán III y destruida durante la guerra civil cordobesa.


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