Imperio Español

El Imperio español en América

Hispanoamérica, siglo XIX

Aunque omitamos otro sinfín de casos, no podemos dejar de mencionar, siquiera sea brevemente, lo ocurrido en la América hispana que, en unos pocos años del siglo XIX, pasó de ser un imperio próspero y bien organizado, a convertirse en un mosaico de naciones de todos los tamaños, hundidas en la pobreza y las desigualdades sociales a pesar de las riquezas naturales que atesoran.

El filólogo mexicano don Antonio Alatorre Chávez, en su obra LOS 1001 AÑOS DE LA LENGUA ESPAÑOLA, escribió: La hispanización del Nuevo Mundo ofrece ciertas semejanzas con la romanización de Hispania y con la arabización de España. Al igual que los romanos y los árabes, y a diferencia no sólo de los visigodos, sino también de los ingleses, franceses y holandeses que colonizaron otras regiones de América, los conquistadores y pobladores españoles se mezclaron racialmente desde un principio con los conquistados, y este mestizaje de sangre fue, desde luego, el factor que más contribuyó a la difusión de la lengua y la cultura de España.

Abundando en la misma idea, doña María Elvira Roca Barea, en su obra IMPERIOFOBIA Y LEYENDA NEGRA, dice que un imperio, en su expansión territorial, debe integrar a los pueblos con los que tropieza y mezclarse con ellos. Y será tanto más imperio cuanta mayor sea la eficacia con la que realice estas dos acciones. En su criterio, las otras formas de dominio colonial no son verdaderos imperios aunque se les llame así.

España, a diferencia de Francia, Holanda o Inglaterra, integró a todos los pobladores de su imperio desde el primer momento de la colonización. A este respecto, doña Mª Elvira nos aporta un dato aparentemente trivial pero que es muy significativo en realidad. En 1666, el censo francés en su colonia de Nueva Francia arrojó una población total de 3 215 habitantes. Es evidente que el número total de habitantes de un territorio que abarcaba más de la tercera parte de Norteamérica, era mucho mayor, pero los franceses solo consideraban población a los nacidos en Francia y a los hijos de padres franceses, y no les otorgaban a los indígenas ni siquiera la consideración de habitantes. Exactamente igual hicieron los ingleses y los holandeses. Esta actitud contrasta poderosamente con la de los españoles que, desde el primer momento, incluyeron en sus censos a los indígenas porque les reconocieron la condición de súbditos de la Corona protegidos por las leyes de Castilla. En 1495, cuando Colón pretendió vender como esclavos a cuatro indios que había traído de su segundo viaje, la reina los mandó liberar. En 1500, ambos monarcas, Isabel de Castilla y Fernando de Aragón, resolvieron la ambigua situación legal de los indios proclamando en real cédula que los indios son vasallos libres de la Corona de Castilla y nadie puede osar cautivarlos ni tenerlos por esclavos. La preocupación de la reina por el bienestar de los indios, quedó reflejada incluso en su testamento, en el que tras reafirmar la principal misión de los españoles en las nuevas tierras: Por cuanto al tiempo que nos fueron concedidas las Islas y Tierras firmes del mar océano, nuestra principal intención fue procurar inducir y traer los pueblos dellas a nuestra santa fe católica y enviar prelados y religiosos y clérigos y otras personas doctas y temerosas de Dios para enseñar y doctrinar buenas costumbres… dejó ordenado a su esposo y a sus sucesores: …que no consientan ni den lugar a que los indios, vecinos y moradores de dichas Islas y Tierras firmes ganadas y por ganar, reciban agravio alguno ni en sus personas ni en sus bienes, y que manden que sean bien y justamente tratados.

Tras la muerte de Isabel, su esposo Fernando puso buen cuidado en cumplir su voluntad y continuó la política de protección de los nativos americanos con las leyes de Burgos, de 1512, completadas por las leyes de Valladolid, de 1513; y en 1514, el rey Fernando aprobó una real cédula que legalizaba los matrimonios mixtos y a sus descendientes, lo cual supuso un gran avance en la consolidación de los derechos de los nativos.

Los misioneros que desde el primer momento acompañaron a los conquistadores, pusieron todo su empeño en velar por que se cumpliera la voluntad de la reina y las leyes que protegían los derechos de los indios. En ningún otro país colonizador encontramos algo ni remotamente parecido. Mientras que los ingleses exterminaron a la población aborigen de forma sistemática e institucional, los españoles basaron la colonización y las relaciones con los colonizados en los valores morales del catolicismo que fueron los que inspiraron las leyes y las conductas de las personas de bien. Así, las Leyes de Indias, promulgadas hace quinientos años y ampliadas después continuamente (desde las Nuevas Leyes de Indias de 1542 hasta la Recopilación de Leyes de los Reinos de las Indias de 1680), contienen un conjunto admirable de disposiciones laborales que regulaban la libertad de los indios, su derecho para trabajar con quien quisieren y por el tiempo que les paresciere, la justa remuneración que debían percibir puntualmente, las condiciones sanitarias en el trabajo y la jornada laboral de ocho horas; aspectos, todos ellos, que tenemos por conquistas sindicales del siglo XX. Estas leyes constituyeron el nacimiento de una legislación social cuya amplitud y ajuste no tenía precedentes. Pero no solo en cuanto a los indígenas del Nuevo Mundo; en lo referente a la mujer, también contemplaban aspectos absolutamente novedosos y avanzados para la época, como la regulación jurídica del régimen de gananciales, la inviolabilidad de la dote o el derecho de la mujer a conservar sus apellidos en el matrimonio y transmitirlos a sus hijos, una costumbre única en el mundo.

Otrosí: España nunca fundó una compañía dedicada al tráfico de esclavos, cosa que sí hicieron Inglaterra, Portugal, Francia y Holanda entre otros.

LISTA DE UNIVERSIDADES FUNDADAS POR ESPAÑA EN AMÉRICA

LISTA DE UNIVERSIDADES FUNDADAS POR ESPAÑA EN AMÉRICA

El imperio español creó en América una infraestructura educativa impresionante que comenzó con la fundación de la primera universidad de América sólo cuarenta y seis años después del descubrimiento, la de Santo Domingo, en 1538. Siguieron en 1551 las universidades de México y de San Marcos en Lima. La última fue la de Managua, Nicaragua, en 1812. En total, España fundó en América treinta y una universidades y dieciséis colegios mayores que, en ocasiones, hacían la función de universidades, más un colegio mayor en Granada, España, para los nobles de América. Ningún otro imperio puede compararse con el español tampoco en esto. El imperio francés solo fundó la Universidad de Argel en 1909. El portugués creó dos universidades, una en Mozambique y otra en Angola, ambas en 1962. El imperio británico fundó la Universidad de New Brunswick, Canadá, en 1785; la de Sídney en 1850 y las de Madrás, Calcuta y Bombay en 1857. El imperio alemán en África, el holandés en Oceanía y el belga en el Congo, jamás fundaron una sola universidad. Y es que ni Inglaterra, ni Francia, ni Holanda, ni Alemania, ni Bélgica, colonizaron de este modo. La colonización era para ellos un negocio que concedían a una compañía. Después, el Estado se desentendía del asunto y la compañía tenía carta blanca para sacar el mejor partido posible de la concesión sin reparar en los medios empleados.

Pero este reconocimiento institucional y jurídico de la dignidad de los indígenas, exclusivo de la conquista española, no solo se plasmó en la evangelización y la educación, también en la sanidad, las comunicaciones y las infraestructuras de todo tipo. Solamente en los primeros cincuenta años, entre 1500 y 1550, se construyeron en Hispanoamérica veinticinco hospitales grandes y casi cincuenta hospitales pequeños.

Los datos corroboran sin lugar a dudas que, para los Reyes Católicos, los nuevos territorios fueron una prolongación de Castilla en ultramar y no unas colonias a las que explotar, y así siguió siendo hasta el siglo XIX, cuando treinta y cinco diputados americanos (la cuarta parte del total) se sentaron en las Cortes de Cádiz junto a los ciento cinco españoles, en representación de la nación española de ambos lados del océano.

De hecho, únicamente alrededor del veinte por ciento del oro y la plata extraídos en América viajaron hasta la España peninsular. El resto quedó en el Nuevo Mundo para crear riqueza y prosperidad. Allí se construyeron vías de comunicación, puertos, catedrales, fortalezas, palacios… que junto a las sólidas y eficaces estructuras administrativas conformaron unas sociedades desarrolladas con unas ciudades más ricas, populosas y pujantes que las peninsulares, y cuyos habitantes gozaban de mayor poder adquisitivo y más alto nivel de vida que los españoles en España. Y si consideramos que nunca hubo en Hispanoamérica más de doscientos mil españoles repartidos en un inmenso territorio de más de once millones y medio de kilómetros cuadrados, comprenderemos que, en esas ciudades como en el resto del territorio, la inmensa mayoría de los habitantes eran indígenas y criollos integrados con los españoles en un mismo proyecto de civilización, bienestar y progreso. El historiador y filósofo francés Hippolyte Taine (1828-1893), lo describió con esta frase: Hay un momento superior en la especie humana: España desde 1500 hasta 1700.

En el siglo XIX, los virreinatos españoles eran infinitamente más ricos, más cultos y más desarrollados que las trece colonias inglesas de Norteamérica. Todos los parámetros que maneja la ciencia histórica, así lo demuestran: la demografía, la eficacia de la administración, la justicia, la sanidad, el sistema educativo, las comunicaciones, la velocidad del correo, el nivel de vida… Sin embargo, las desastrosas guerras de independencia en las que la burguesía criolla, afrancesada y bastante involucrada en la masonería, se levantó en armas contra la Corona para hacerse con el poder, tuvieron un efecto demoledor. Los indios, conscientes de que estaban en juego sus derechos protegidos por la legislación española, combatieron junto a los españoles en estas guerras, pero España había quedado terriblemente debilitada tras la Guerra de la Independencia y estaba gobernada por la pérfida maldad y la ineptitud del rey felón.

Tras independizarse de España, en unas pocas décadas se produjo un vuelco espectacular: los territorios hispanos se empobrecieron a velocidad progresivamente acelerada mientras que el norte anglosajón creció a un ritmo vertiginoso. La supuesta “liberación de la tiranía española” supuso la degradación y el retroceso de toda la estructura administrativa, legislativa, judicial y económica. Como había ocurrido anteriormente con el Imperio romano de occidente y con el califato de Córdoba, el complejo entramado político, social, legislativo y cultural que sustentaba el bienestar y el progreso, se desmoronó como un castillo de naipes, lo que trajo como consecuencia un empobrecimiento estremecedor de la población y la aparición de unas diferencias sociales abrumadoras. En tan solo cincuenta años, los hispanoamericanos pasaron de ocupar la posición de cabeza a viajar en el furgón de cola. ¿La causa? Los territorios de la América hispana, artera pero hábilmente manipulados por los británicos durante sus revoluciones, optaron por disgregarse en un mosaico de naciones y nacioncitas de todos los tamaños, enemistadas todas con todas, competidoras y enfrentadas. Vamos, los reinos de taifas pero en edición corregida y aumentada. La pérfida Albión puso en práctica el divide y vencerás de toda la vida y le salió mejor que bien, como puede comprobarse a día de hoy.

En la Norteamérica anglosajona en cambio, las excolonias decidieron unirse para constituir un supraestado más fuerte y poderoso, y dejaron constancia de ello en su propio nombre para que sus ciudadanos no olvidaran nunca a qué se debe su imperio: los Estados Unidos de América.

Epílogo

Al igual que ocurrió con los Estados Unidos, en Europa, el país más pujante, la República Federal de Alemania, también tiene su origen en la asociación o federación de Estados más pequeños. Y, en un rapto de lucidez impropio de su historia, las naciones del occidente europeo están en fase de construir un gran supraestado, la Unión Europea. Ojalá que los aldeanismos miserables de políticos sin talla de estadistas y de votantes mezquinos y localistas, no frustren el intento… y que los bárbaros del sur que nos están invadiendo en masa, tarden mucho en tocar a degüello.

Y para terminar, algunas citas pertinentes:

Sverker Arnoldsson, hispanista sueco (1908-1959): La leyenda negra española es la mayor alucinación colectiva de Occidente.

Philip Wayne Powell, historiador estadounidense (1913-1987) en su libro EL ÁRBOL DEL ODIO: Es lamentable en extremo que los mitos de la hispanofobia lleven la etiqueta de la respetabilidad intelectual. Esto contrasta con prejuicios tales como el de la supremacía blanca o el denominado antisemitismo que, muy al contrario, no llevan tal pasaporte.

Philip Wayne Powell en su libro EL ÁRBOL DEL ODIO, en referencia a las obras de ingeniería y arquitectura realizadas por España en América, dice: …no se ha visto impulso constructivo semejante desde los tiempos de los romanos.

George Canning (ministro británico de Asuntos Exteriores que apoyó los movimientos independentistas de la América hispana enviándoles armas y mercenarios ingleses): ¡Sudamérica libre y, en lo posible, inglesa!

María del Carmen Iglesias Cano, directora de la Real Academia de la Historia y miembro de la RAE: El genocidio de los indios se produce ya en el siglo XIX por las propias élites criollas y, en ciertas zonas, todavía ocurre ahora, como en las selvas amazónicas, donde se han eliminado tribus enteras por intereses económicos.

María Elvira Roca Barea en su libro IMPERIOFOBIA Y LEYENDA NEGRA: La hispanofobia ha tergiversado la historia hasta extremos difícilmente imaginables.


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