Balompié

Juegos de pelota a lo largo de la historia

Al parecer, fabricar artefactos de forma esférica para disputárselos por equipos, es una afición humana que viene de muy, muy antiguo.

La primera referencia data de catorce siglos antes de Cristo. Los habitantes de Mesoamérica practicaban un juego ritual en el que una pelota fabricada con caucho no debía caer al suelo. Las reglas eran distintas en los diferentes pueblos. Los mayas tenían que introducir la bola a través de un aro de piedra usando las caderas, los codos y las rodillas. Los jugadores eran los guerreros más ágiles y fuertes, y el equipo perdedor era sacrificado a los dioses… y devorado.

Los griegos jugaban al episkyros, un juego de pelota mencionado ya por Homero ocho siglos antes de Cristo, en el que usaban tanto los pies como las manos.

Los romanos también tuvieron su juego de pelota, faltaría más. Se llamaba harpastum y lo jugaban los legionarios como parte de su entrenamiento militar, aunque se hizo tan popular que lo practicaron incluso las mujeres. Se jugaba en un terreno rectangular delimitado por cuerdas, y era enormemente violento. Se podía tocar la bola con cualquier parte del cuerpo, y estaba permitido todo menos matar al contrario. Julio César fue un entusiasta de este juego que sus legiones introdujeron en Britania. Se cree que pudo ser el origen de los actuales rugbi y fútbol. Lo seguro es que el giuoco del calcio (juego de la patada) florentino es heredero directo del harpastum romano. Nació en Florencia en el siglo XVI y se sigue practicando en la actualidad.

En China, tres siglos antes de Cristo, ya se manejaba la pelota con los pies y se usaban porterías. Durante la dinastía Han, un manual de ejercicios para adiestramiento militar recogía las reglas del juego llamado tsu chu que se practicaba con una pelota de cuero rellena de pelos y plumas. El dificilísimo objetivo era colar la bola por un agujero practicado en una pequeña tela de seda de medio metro de lado, fijada entre dos postes de bambú de diez metros de altura. En su avance hacia la portería contraria, los jugadores debían sortear los ataques de los rivales jugando la bola con pies, pecho, espalda y hombros, pero nunca con las manos. Como el harpastum, el tsu chu traspasó el ámbito militar y se hizo muy popular en toda China, aunque con el paso de los siglos fue cayendo en el olvido hasta desaparecer durante la dinastía Ming (siglos XIV-XVII).

También tres siglos antes de Cristo, en Egipto se practicaba un juego de pelota parecido al balonmano, que formaba parte de un conjunto de rituales religiosos relacionados con la fertilidad.

En el siglo VI el tsu chu chino llegó a Japón, pero evolucionó transformándose en un juego diferente llamado kemari. Los jugadores deben pasarse la pelota (mari) golpeándola con pies, cabeza, espalda, codos o rodillas, evitando que caiga al suelo durante el mayor número de toques posible. El kemari, como el tsu chu, fue cayendo en el olvido, pero el emperador Meiji Tenno (1852-1912) creó una sociedad para conservar este deporte, gracias a la cual se sigue practicando en la actualidad.

Curiosamente, al igual que en Mesoamérica y en Japón, en la zona occidental de Australia los aborígenes practicaban desde antiguo un juego cuyo objetivo también era evitar que la bola tocase el suelo. El marngrook lo jugaban equipos muy numerosos sobre un terreno extenso, con una pelota hecha con piel de zarigüeya.

Durante el medievo y hasta el siglo XIX, en las regiones francesas de Normandía, Picardía y Bretaña, se practicaba un juego de pelota llamado la soule, que era tan violento como el harpastum romano pero con un número ilimitado de participantes y sin un terreno de juego demarcado. Se jugaba con un balón de cuero, vejiga o tela, relleno de heno, o con una simple bola de madera. Participaban equipos de dos o más pueblos (hasta dieciséis en cierta ocasión) que, desde la salida situada en una localidad, debían depositar el balón en un lugar preestablecido de otra localidad diferente. Inevitablemente se sucedían las peleas multitudinarias (mêlées) mientras que la violenta turbamulta atravesaba campos, prados, bosques y villas disputándose el balón, arrasándolo todo a su paso y dejando sobre el terreno un reguero de heridos y lesionados. Los encuentros se celebraban en Navidad o en Carnaval, siempre antes de la siembra… lógicamente.

En el siglo XI, la soule llegó a Inglaterra con el ejército invasor del duque Guillermo II de Normandía formado por normandos y bretones. Allí se llamó fútbol de carnaval, pero su práctica siguió fiel al modelo francés, es decir, con las mismas dosis de violencia, brutalidad y ausencia de reglas. No es de extrañar que, a lo largo de los siglos, las autoridades de ambas orillas del canal trataran de regularlo mediante normas y prohibiciones, aunque sin éxito. En 1314, el alcalde de Londres prohibió jugar en la ciudad bajo pena de cárcel, y en 1440, el obispo de Tréguier llegó a penar la práctica de la soule con multa y excomunión.

Finalmente, en el siglo XIX, el fútbol medieval británico daría origen al fútbol y al rugby tal y como los conocemos hoy. En 1835 se prohibió jugar en la calle y el fútbol quedó relegado a espacios cerrados. En el siglo XVI, Richard Mulcaster había introducido una versión suavizada de fútbol en los más prestigiosos colegios londinenses por considerar que fomentaba la salud y la fuerza, por eso en el XIX fueron los colegios los que elaboraron las reglamentaciones que civilizaron ese deporte. En 1848, representantes de diversos colegios se reunieron en Cambridge para unificar criterios. En 1863, en Londres, crearon la Asociación de Rugby y la Asociación de Fútbol que publicó unas “Reglas del fútbol” que permitieron jugar a todos los equipos con las mismas normas. A partir de ahí, la expansión de ese deporte fue explosiva e imparable, pero… esa ya es otra historia.


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