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AUTORRETRATO

 

Nací, hace ya más años de los que me avengo a recordar, en la “Julia Gemella Acci” romana, la “Wadi Ash” musulmana, la actual Guadix. En esa bonita ciudad troglodita y monumental, transcurrió mi primera infancia. Después he vivido en Málaga y en Alicante, aunque los años que con mayor deleite amenizan mis recuerdos, son los que pasé en Granada desempeñándome en el avatar de estudiante universitario. ¡Ah! Y para mayor verosimilitud, hasta obtuve la licenciatura en Biología en mis ratos libres, a pesar de que no eran demasiados, que la vida de estudiante en Granada era entonces tan intensa, que apenas si dejaba tiempo para estudiar.

 No dispongo de más capital que mi inteligencia ni más patrimonio que mis conocimientos, y de ellos he vivido hasta mi reciente jubilación. ¡Qué remedio! Los últimos treinta y un años trabajé en el Instituto Martín Halaja de La Carolina donde enseñaba Biología y Geología. Bueno, en fin, enseñar, lo que se dice enseñar… la verdad es que lo intenté con perseverancia y, en algunos casos, hasta lo conseguí.

 Al igual que cualquier españolito de bien, desde muy joven aprendí a cultivar el arte de entretener la mejor parte de mi ocio socializando con amigos, parientes y colegas en bares, cafeterías y tabernas. Allí, con una caña de cerveza en una mano y una tapita recién salida de cocina en la otra, arreglábamos el mundo hablando todos simultáneamente, que es como mejor nos entendemos los españoles, a la espera de que la ignífera fritura descendiera a temperatura de deglución o que el rumbo de la conversación nos dejara un resquicio para engullir. Y tras unas cuantas rondas, regresábamos a casa con la garganta maltrecha, pero con el cuerpo y el espíritu gratamente reconfortados.

 Es esta una actividad consustancial con nuestra cultura mediterránea, que resulta espiritualmente relajante, físicamente gratificante y anímicamente catártica, y que explica por qué a los españoles, no suele darnos por agarrar la boquinegra con cartuchos de posta gruesa y dedicarnos a despanzurrar criaturas inocentes hasta que la policía nos abata a tiros. Y mira tú que estímulos no faltan ¿eh?

 Pero todo eso se acabó con la crisis, ya saben “¿Crisis, qué crisis?”, y con la infausta intendencia de unos gobernantes ineptos, manirrotos, trincones, demagogos, manipuladores y falsarios, que llegaron al poder e hicieron lo que hicieron gracias a nuestros votos, forzoso es reconocerlo.

 El desconocimiento, la perplejidad, la incertidumbre acerca de lo que estaba pasando con la economía española, mientras contemplábamos el hundimiento general de todo lo que sustentaba nuestras seguridades y nos permitía vivir plácidamente instalados en la confianza y el confort, alteró acremente nuestras vidas y nos obligó a renunciar a muchas cosas, tanto en el terreno anímico como en el material.

 En esa nación moralmente desmoronada y económicamente abatida, lo que antes era una vivificante satisfacción cotidiana, tomar unos vinos con los amigos, se convirtió para los sufridos miembros de la maltrecha clase media, en un lujo ocasional cuando no esporádico. Y de ahí arranca mi afición a la escritura… ¡porque es un entretenimiento gratuito!

 En noviembre del 2011, comencé a publicar un artículo mensual en la “Revista de La Carolina” de don Antonio Montes, con el que después entablé buena amistad. Por desgracia falleció prematuramente víctima de una malhadada enfermedad, en la primavera del 2014, y con él desapareció su revista. Es para mí un deber y un orgullo rendir homenaje a su memoria, plasmando aquí mi testimonio de agradecimiento, consideración y respeto.

 Conmovido por mi orfandad editorial, ese mismo año 2014, uno de mis hijos me construyó un cuaderno digital para que escribiera sobre mis aficiones: gastronomía, historia y naturaleza.

Y en esas estoy con la esperanza de que lo que escribo os interese y os entretenga.

 

En Granada, abril de 2017