Mapa que muestra la fulgurante expansión inicial del islam

Mapa que muestra la fulgurante expansión inicial del islam

Sirva este artículo para exponer mis argumentos sobre las refutaciones que le ha planteado un lector a mi anterior artículo sobre el mismo tema. No seré yo quien discuta que el apoyo de EEUU a Arabia Saudita es mezquino y miope, que la guerra de Irak fue un craso error ni que la política exterior Occidental durante la Primavera Árabe fue insensata e ilusoria, empezando por el extemporáneo nombre que algún memo le puso al movimiento. Sin embargo, estos desaciertos son solo la justificación para la oleada de asesinatos indiscriminados de inocentes que están sembrando de cadáveres nuestras ciudades; la verdadera causa hay que buscarla en la propia idiosincrasia del islam. Voy a explicar las razones en las que baso esta opinión.Separador

El islam es una religión guerrera desde el mismo momento de su nacimiento. En el 622, Mahoma y sus seguidores tuvieron que abandonar La Meca huyendo de la persecución a la que eran sometidos y se refugiaron en Medina. A partir de ahí, su expansión se basó en la guerra santa, la yihad, consistente en la conquista, el expolio y la imposición de su fe; primero contra los demás árabes que eran politeístas e idólatras y que, batalla tras batalla, fueron convertidos o muertos; después contra los cristianos de los territorios circundantes, hasta llegar a la península ibérica por occidente y la frontera de la India por oriente.

La obligación de la guerra santa se menciona en unos doscientos cincuenta versos de los seis mil doscientos treinta y seis que componen el Corán; en unos 70 de ellos tiene una connotación de violencia que es especialmente manifiesta en estos versos o aleyas del segundo capítulo o sura, referidos a los infieles: Matadlos allá donde los encontréis / Matadlos hasta que la idolatría no exista y esté en su lugar la religión de Alá / Expulsadlos de donde os hayan expulsado. Además de estar en el Corán, el precepto de que los infieles pueden ser atacados si se resisten a convertirse al islam, se encuentra también en la tradición recogida en los hadices, según la cual Mahoma invitó a los adalides de Arabia a convertirse y, como rehusaron, los atacó, los venció y los islamizó. A los que sobrevivieron a la guerra y las ejecuciones posteriores, claro.

Desde luego, nada comparable al procedimiento evangelizador de los misioneros cristianos, ya sean católicos, luteranos, anglicanos o evangélicos, ni al de los monjes budistas, confucionistas o lamaístas.

No obstante, los musulmanes moderados, que son la mayoría, interpretan la yihad como el combate que ha de mantener el buen creyente contra sus propias pasiones para vencer la tentación del pecado y alcanzar así la excelencia mística; un camino de perfeccionamiento personal comparable al de los ascetas católicos. En cambio, los radicales que predican la imitación estricta de los salaf, interpretan la yihad en el sentido de los versos mencionados.

Este es un resumen de aquel continuo guerrear del islam durante sus primeros cinco siglos de existencia:

 

Conquista de Arabia
624 Mahoma y los suyos se emplean en asaltar las caravanas que se dirigen a La Meca.
624 El 15/03 batalla de Badr que ganan los musulmanes a los mecanos, que tal es el gentilicio de los habitantes de La Meca, a pesar de su notable inferioridad numérica.
625 El 23/03 batalla de Uhud que ganan los árabes musulmanes a los árabes de La Meca.
627 Batalla de la Trinchera que ganan los musulmanes a los mecanos, seguida por la victoria sobre la tribu judía Banu Qurayza aliada de La Meca.
630 Mahoma conquista La Meca y fuerza la conversión de los habitantes que no ejecuta. Después, toda Arabia cae en su poder.
Inmediatamente comienzan las conquistas de territorios cristianos
629 Invasión de territorios de Bizancio y batalla de Mu’tah en la que vencen los cristianos bizantinos.
632 Ataque al reino Gasánida tributario de Bizancio.
634 Los musulmanes atacan Damasco, pero no consiguen tomarla.
635 Conquista de Damasco cuya población era mayoritariamente cristiana.
636 Los bizantinos lanzan un contraataque para intentar recuperar Damasco, pero fracasan.
636 Batalla de Yarmouk que vencen los musulmanes, tras la cual el reino Gasánida es invadido y conquistado.
636 Asedio de Jerusalén que entonces era mayoritariamente cristiana y pertenecía a Bizancio.
637 Toma de Jerusalén. Los cristianos pueden permanecer en ella, pero sometiéndose a la dimma.
638 Invasión de Armenia entonces bizantina, que era cristiana desde el año 301.
639 Invasión de Egipto, bizantino y mayoritariamente cristiano.
640-642 Sucesivos asaltos y saqueos de la ciudad cristiana de Duin, en la Armenia persa. 12.000 cristianos fueron asesinados y 35.000 vendidos como esclavos.
642 Toma de Alejandría y quema de sus iglesias.
645 Toda la Armenia persa, de mayoría cristiana, cae bajo poder musulmán.
651 Ataque al reino cristiano de Makuria, al sur del actual Egipto. Aunque la invasión fue rechazada, el reino alcanzó la paz convirtiéndose en tributario de los musulmanes.
668 Ofensiva contra el imperio cristiano de Bizancio y toma de la ciudad de Calcedón.
669 Ataque a Constantinopla, capital del Imperio bizantino.
674 Asedio a Constantinopla que duró hasta el 678 y terminó con victoria cristiana.
698 Toma de la ciudad bizantina de Cartago que fue arrasada y sus habitantes masacrados.
711-726 Invasión de la península ibérica y sur de Francia.
717-718 Nuevo asedio a Constantinopla y nueva derrota musulmana.
732 La ciudad de Burdeos es saqueada y sus habitantes, cristianos, masacrados. En octubre de ese año Carlos Martel derrota a los musulmanes en Poitiers y frena su expansión europea.
830 Asalto y saqueo de Roma.
846 Nuevo asalto y saqueo de Roma.
977 Almanzor asola los reinos cristianos de la península ibérica hasta su muerte en 1002; sus campañas se caracterizaron por las terribles matanzas de cristianos.
1009 Derogación del estatuto de dimma en Tierra Santa y persecución de los cristianos. Destrucción de la iglesia del Santo Sepulcro en Jerusalén.
1076 Los turcos selyúcidas, musulmanes fundamentalistas, toman Jerusalén y persiguen a los peregrinos cristianos torturándolos y asesinándolos.

 1095. Por fin los cristianos deciden unirse y reaccionar. El emperador de Bizancio Alejo I pide ayuda al Papa Urbano II que, en 1096, convoca la primera cruzada para liberar Tierra Santa. Habían transcurrido casi quinientos años de continuos ataques musulmanes a territorios cristianos, es decir, el mismo tiempo transcurrido desde el descubrimiento de América hasta la Expo-92 de Sevilla. Después vendría la invasión de los tártaros que se convirtieron al islam, la extensión del Imperio otomano y Lepanto, pero esa ya es otra historia.

Esa imparable expansión del islam por medio de la guerra santa, es la que añoran los musulmanes salafistas que pretenden continuar extendiendo la fe islámica a toda la humanidad por medio de la yihad. Pero el islam está ya anquilosado en un pasado medieval y hace siglos que pierde todos los trenes a la modernidad y el progreso. Perdió el tren del Renacimiento en los siglos XV y XVI, el de la Revolución científica de los siglos XVI y XVII, el de la Ilustración del siglo XVIII, el de la Revolución industrial del XIX, y en el siglo XX, ni siquiera vio pasar de lejos los trenes de la conquista del espacio, del socialismo democrático, de la revolución sexual, de la revolución informática, de la revolución genética… ¡Y estamos hablando de más del veinte por ciento de la población mundial repartida en más de ciento quince naciones!

En los países europeos, a partir de mediados del siglo XVIII se emprende la separación de poderes que transforma a los fieles en votantes, se promulgan constituciones libertarias que transforman a los súbditos en ciudadanos, el poder que acaparaba la aristocracia se reparte con los restantes estamentos sociales, los soberanos teocráticos son sustituidos por dirigentes con mandato temporal, los nuevos ordenamientos jurídicos procuran la igualdad de los ciudadanos ante la ley y la justicia social procura la igualdad de oportunidades y la selección por capacidad en vez de la discriminación por sexo, cuna y credo. En el islam, a día de hoy, siguen vigentes los principios exactamente contrarios, es decir la sharia o derecho islámico, una mixtura de normas religiosas, civiles y penales anteriores al siglo X, establecidas para que los musulmanes sigan la sharia o camino recto, que son objeto de interpretaciones diferentes y se aplican con mayor o menor rigor según los países.

En el año 2013 el Pew Research Center publicó el mayor estudio realizado hasta la fecha sobre la comunidad musulmana internacional, basado en casi treinta y nueve mil entrevistas presenciales realizadas en treinta y nueve países y en más de ochenta idiomas. La macroencuesta puso de manifiesto que el setenta por ciento de los musulmanes del mundo quieren que en sus países de residencia rija la sharia para toda la población, sean o no musulmanes. El treinta y ocho por ciento quiere, además, que la sharia sea impuesta a toda la humanidad. La distribución de resultados es muy irregular según regiones y países, así como respecto al grado y ámbito de aplicación de los diversos preceptos. El estudio está en la página web del mencionado organismo.

El islam tuvo su Edad de Oro entre los siglos VIII y XIII, pero aquella época de florecimiento artístico, cultural, científico y arquitectónico, hijo del legado grecorromano y de la capacidad de asimilación de aquel islam abierto y creativo, se agostó a causa del triunfo del fundamentalismo religioso sobre la filosofía. Hace ya siglos que el modelo de sociedad islámica presente en los países de mayoría musulmana, está agotado. Es un modelo basado en la mística y en la teocracia que ignora el humanismo y que les impide progresar en el terreno social, en el jurídico, en el cultural o en el científico, por no hablar de aspectos tales como la democracia, los derechos humanos, la justicia social o la igualdad entre hombres y mujeres. En el islam no ha habido un movimiento ilustrado que independice el poder civil del religioso y la consecuencia es que el atraso acumulado en estos países anacrónicos con respecto a los occidentales es enorme y se va ampliando con el paso del tiempo. Como muestra, un dato que nos incluye: la frontera del mundo que separa poblaciones con mayor diferencia en su renta media, es la de España con Marruecos: el PIB per cápita de España multiplica por quince al de Marruecos, mientras que el de Estados Unidos multiplica sólo por seis al de México. Y eso a pesar de que oficialmente en Marruecos se practica un islamismo sunní de corte moderado… lo cual no quiere decir que allí se pueda predicar otra religión que no sea el islam, ni levantar un templo que no sea una mezquita, que no nos confunda la palabra moderación. Únicamente aquellos países islámicos en los que brota petróleo al pinchar la sombrilla, tienen una economía saneada.

Hasta la segunda mitad del siglo XX, estas abrumadoras diferencias solo las apreciaban los musulmanes acomodados que podían viajar y disfrutar de la buena vida que ofrecen los países desarrollados a quien se la puede pagar: barcos, aviones, automóviles de lujo, ciudades modernas, atractivas y cómodas con cines, teatros, conciertos, medicamentos que calman cualquier dolor, tratamientos médicos que curan enfermedades incurables en el tercer mundo, hospitales dotados de todos los adelantos y de especialistas perfectamente preparados… Pero con la globalización llegaron las televisiones, los ordenadores, internet y el contacto con los turistas de los países no musulmanes, ventanas todas ellas por las que los islamitas de toda clase y condición se han asomado a las ciudades, a las casas y a los estilos de vida del resto de la humanidad. Ahora cualquier campesino musulmán del interior de Marruecos, Argelia o Egipto, tiene una idea muy precisa de cómo viven los campesinos como él en Francia, Canadá, Japón, Alemania o Estados Unidos. Y puede ver que los burgueses instalados en las ciudades viven aún mejor. Y es inevitable comparar. Y las comparaciones son odiosas. Y si los buenos musulmanes son ellos ¿por qué son los infieles los que viven como si estuvieran ya en el paraíso? Y si Alá es el más grande ¿por qué son los infieles los que tienen prosperidad, paz social, civismo, tecnología, comodidades de todo tipo, artes, ciencias, diversiones, recursos bélicos…? Y si sus reyes y califas representan al Todopoderoso ¿por qué en los países de los infieles, los pobres viven mejor que la clase media en los países islámicos?

Muchos culpan a Occidente de su pobreza y atraso, especialmente desde la Revolución islámica de 1979 en la que el imán Ruhollah Jomeini derrocó al sah de Irán Mohammad Reza Pahleví e inició el proceso de convertir una religión antigua y diversa en una maquinaria monolítica compuesta por preceptos incuestionables, que sirviera para controlar a todos y cada uno de los mil millones y medio de musulmanes que hay repartidos por todo el mundo. El proyecto, al que se han sumado entusiastas los wahabistas de Arabia Saudita y Qatar con sus inmensas posibilidades de financiación, necesitaba un enemigo exterior que estimulara la unión interna, ¿y qué mejor enemigo que Occidente? En principio ya presentaba la ventaja de despertar una enorme envidia en los musulmanes y de estimular su codicia. Y no todos, aunque sean buenos musulmanes, son pacientes y resignados. No todos están dispuestos a esperar al paraíso celestial cuando aquí tienen tan cerca tantos paraísos terrenales ocupados por infieles a los que hay que convertir o…

La mayoría opta por la invasión pacífica, haciendo buena la predicción de Huari Bumedian que, en 1974, siendo presidente de Argelia, en un famoso discurso pronunciado ante la Asamblea General de la ONU, dijo: Un día, millones de hombres abandonarán el hemisferio sur para irrumpir en el hemisferio norte. Y no lo harán precisamente como amigos, porque irrumpirán para conquistarlo. Y lo conquistarán poblándolo con sus hijos. Será el vientre de nuestras mujeres el que nos dé la victoria. Al igual que los bárbaros acabaron con el Imperio Romano desde dentro, así los hijos del islam, utilizando el vientre de sus mujeres, colonizarán y someterán a toda Europa. Insisto, estas proféticas palabras fueron pronunciadas ¡en 1974!, décadas antes de que la política exterior de ciertos países occidentales incurriera en los desaciertos mencionados al inicio del artículo.

Y a fe mía que se lo estamos poniendo fácil. ¡Pero si hasta los mismos occidentales llamamos inmigración a lo que hasta un ciego puede ver que es una invasión en toda regla! ¡Si hasta los mismos occidentales ofrecemos a los invasores todo tipo de servicios sociales y ayudas económicas! Nunca, en la historia del islam, una conquista había resultado tan cómoda y gratificante.

Pero como en la viña del Señor hay de todo, algunos, los más impacientes y radicales, han iniciado ya el asalto violento a Occidente, la guerra santa, para conquistarnos, convertirnos o matarnos y, de paso, expoliar nuestros bienes. No es tan raro, de hecho, es una tradición muy arraigada en el islam. Y en esas están. Y como debido a su atraso tecnológico, en una guerra convencional no tienen ni media bofetada, la maquinaria jomeinista-wahabista provee los fanáticos que están inundando nuestros países y llenando nuestras calles de sangre de inocentes.

Y, a todo esto ¿qué hacemos nosotros? Pues nada. Ni sabemos cómo defendernos de esta nueva forma de hacer la guerra ni queremos aprender. Nuestra principal preocupación es prevenir la islamofobia y hacer caso omiso de nuestras propias víctimas. ¡Ah, sí! También guardamos minutos de silencio, organizamos manifestaciones y hacemos declaraciones, muchas declaraciones que permitan a los declarantes instrumentalizar los atentados al servicio de ambiciones políticas rastreras. Ahí está la manifestación del pasado sábado en Barcelona: junto a las autoridades políticas, los organizadores no pusieron a ningún familiar de las víctimas del atentado, pero sí a unas jóvenes musulmanas con velo; y en la tribuna de oradores otra musulmana con velo en representación de una asociación islámica pero ningún representante de las asociaciones de víctimas del terrorismo; y entre los manifestantes, docenas de pancartas contra el rey, el gobierno, la islamofobia y las cruzadas ¡…!, pero ni una sola condenando a los terroristas musulmanes responsables de perpetrar la masacre. Recordamos demasiado a los bizantinos y sus discusiones, un rato antes de que los musulmanes otomanos los borraran de la historia.


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