Barcelona

La ciudad de Barcelona con el Mediterráneo al fondo

La alcaldesa de Madrid en el “Foro Mundial sobre las Violencias Urbanas y Educación por la Convivencia y la Paz”, nos aleccionaba sobre la necesidad de comprender a los terroristas islámicos: es importante que intentemos entender, no disculpar, porque hay que condenar con mucho convencimiento… pero sí tratar de entender cómo alguien puede tener tal sectarismo que no le importe perder su vida con tal de hacer daño.

En efecto, es importante comprender, es decir, pensar, pues según la acertada y sucinta definición de Hermann Hesse, pensar es comprender las causas. Y para comprender las causas del terrorismo yihadista, para entender qué es eso que hemos dado en llamar “radicalización”, propongo analizar la siguiente paradoja: aquellos de nuestros jóvenes laicos que se radicalizan en los principios éticos de la civilización occidental, en el humanismo, en la solidaridad, en los derechos humanos… se afilian a una ONG y marchan a lugares azotados por guerras y hambrunas para ayudar a los más necesitados, aun a riesgo de sus propias vidas; si son jóvenes católicos y se radicalizan en los principios morales de su religión, que son los que sustentan nuestra civilización, se hacen misioneros y dedican el resto de sus vidas a ayudar a los desheredados de la fortuna en los más apartados rincones del planeta; en cambio, los jóvenes musulmanes que se radicalizan en los principios de su religión, se dedican a asesinar a los infieles que les han pagado ropa, comida, vivienda, educación, servicios médicos y hasta el teléfono móvil. ¿Por qué?

La respuesta no está en la marginalidad ni las desigualdades sociales, como la señora alcaldesa pretende inducirnos a pensar con ese talante doctrinal que caracteriza su facundia. No. La respuesta está en la religión. La radicalización del musulmán no es más que la interpretación rigurosa de los principios que sustentan la religión de Mahoma. Así de simple. El buen musulmán es un mal, un pésimo ciudadano occidental, y un peligro siempre potencial y en algunos casos real para los infieles, para todos los que no somos musulmanes. Creo que resulta conveniente argumentar estas afirmaciones, y para ello voy a desempolvar algunas de las cosas que ya escribí en este mismo cuaderno digital el dieciséis de diciembre de 2014, en el artículo titulado EL ORIGEN DEL INTEGRISMO EN EL ISLAM.

El término salafismo viene de salaf, que significa predecesor o ancestro, y es una corriente teológica que predica la vuelta a la pureza de la religión practicada por los contemporáneos del Profeta y por las dos generaciones siguientes. En el mundo islámico se acepta como una verdad indiscutible que su fin último es convertir a toda la humanidad y que la vertiginosa expansión del islam se debió a la pureza de su fe. Por el contrario, los frenazos y reveses en esa expansión están motivados por el abandono de esa pureza primitiva de los salaf de los siglos VII y VIII.

En el siglo IX, Ibn Hanbal fue el primero en proclamar que el único camino aceptable por el verdadero creyente es la interpretación literal del Corán basada en la imitación de los ancestros y en el rechazo a toda novedad ideológica. Con ello tenía la conciliadora pretensión de acabar con las disputas generadas por las diferentes interpretaciones del Corán, sin embargo, siglos después serviría de base a las versiones más violentas e intransigentes del islam.

En el siglo XI, el teólogo y místico Algazel dotó al salafismo de una estructura dogmática, desterrando por completo la anterior tradición racionalista del islam. En sus escritos expone los argumentos que defienden la supremacía de la ortodoxia musulmana sobre cualquier argumento racional o doctrina filosófica. A la tradición representada por el Corán y por los jadiz, fuentes fundamentales de la sharia o derecho islámico, Algazel incorporó una dimensión mística que lo llevó a subordinar la filosofía a la religión, hasta el extremo de proscribir del islam a todo el que se dedicara a la filosofía, es decir, a pensar. Su teología mística tiene una influencia decisiva en el mundo islámico pasado y presente. Entre sus principales obras, LA RENOVACIÓN DE LAS CIENCIAS RELIGIOSAS es una invectiva feroz contra la filosofía griega en la que veía una amenaza para la pureza de la fe islámica, y contra los que, como Avicena, la divulgaban entre los mahometanos. LA DESTRUCCIÓN DE LOS FILÓSOFOS representa el golpe definitivo que erradica del islam la filosofía, y con ella el pensamiento racional, al tiempo que convierte a los filósofos en objeto de persecución, no sólo intelectual sino física. Desde entonces, cada vez que las sociedades musulmanas se han encontrado frente a una situación de crisis económica, política o social, han surgido teólogos fundamentalistas que predican el retorno al islam de los salaf como única vía para recuperar los pasados esplendores.

A comienzos del siglo XIV, las ideas de Ibn Hanbal sirvieron de base a Ibn Taymiyya para establecer los fundamentos de la concepción más rigorista y violenta del islamismo. Ibn Taymiyya fue un teólogo sirio que vivió el saqueo de Bagdad por los mongoles, y reaccionó rebatiendo la visión universalista propuesta por los sufíes y propugnando un islam fundamentalista, cerrado y combativo en su obra LA POLÍTICA EN NOMBRE DE LA LEY DIVINA, que constituye la piedra angular del actual integrismo. Uno de sus seguidores, Ibn Abd al-Wahab, en el siglo XVIII fundó el wahabismo que es la versión corregida y aumentada de la doctrina de Ibn Taymiyya, expuesta en su libro A FAVOR DE LA DIVINA UNIDAD.

Actualmente, salafismo y wahabismo han cobrado más fuerza que nunca en el islam y ahí está el DAESH (al-Dawla al-Islamiya al-Iraq al-Sham o Estado Islámico de Irak y el Levante) para demostrarlo. Y no es asunto baladí, porque esa concepción fundamentalista de la religión mahometana, significa la aplicación estricta y rigurosa de principios tales como los siguientes:

– Para los musulmanes el mundo se divide en dos partes: la casa del islam (Dar al-Islam) y la casa de la guerra (Dar al-Harb). Los mahometanos habitan la primera casa y su religión los obliga a conquistar y someter a la segunda casa, hasta que el mundo entero sea casa del islam y todos sus habitantes se sometan a la doctrina de Mahoma.

– La casa de la guerra está formada por los territorios no musulmanes, Dar al Harb, que a su vez se clasifican en tres categorías: Darl al-Ahd son los lugares donde los gobiernos profesan y promueven el islam; Dar al-Suhl donde el islam es respetado pero los líderes no son musulmanes, y Dar al-Dawa aquellos en los que ni pobladores ni gobernantes son musulmanes.

– Los países, los habitantes y los bienes de la cristiandad, que habitan en la casa de la guerra, y dentro de ella, en la fracción más desvinculada del islam, Dar al-Dawa, les pertenecen por derecho. Allá donde tengan fuerza atropellarán a los cristianos y allá donde sean más débiles disimularán sus intenciones y los halagarán con zalamerías y simulaciones (taquiyya o kitman), mientras aguardan el momento propicio para sojuzgarlos y expoliarlos.

– La amenaza de muerte es una forma legítima de conseguir la conversión de los infieles. Es legítimo dar muerte a cualquiera que se oponga al islam. Los infieles (harbiyun) o habitantes de la casa de la guerra, pueden ser muertos cuando penetren sin consentimiento en la casa del islam. Incluso los náufragos.

– Todo el que abandone la fe islámica, debe ser muerto y el creyente que lo mate obtendrá a cambio, privilegios en el paraíso.

– El objetivo del islam es someter a todos los pueblos de la Tierra y forzar su conversión, o hacer pagar tributo a los que no se conviertan.

– El medio para alcanzar ese objetivo es la yihad, la guerra santa, cuyo modelo de actuación comienza con una conquista violenta que arrasa la civilización preexistente y destruye de forma sistemática todas sus manifestaciones arquitectónicas, culturales y artísticas.

– Como resultado de la yihad, los conquistados pierden todos sus bienes y derechos, y si no se convierten al islam, son expulsados.

– Si los conquistados son dimmis, gentes del Libro (creyentes de otras religiones monoteístas abrahámicas, especialmente judíos y cristianos), no son expulsados sino que se les aplica el estatuto de poblaciones protegidas o dimma, por el que, a cambio de reconocer la superioridad del islam y de los musulmanes en todos los órdenes de la vida, se les cede el usufructo de parte de las que fueron sus tierras, pagando una cuantiosa renta y sometiéndose a unas condiciones de inferioridad jurídica y moral que no tienen precedentes antes del islam.

– La dimma impone a los dimmis unos términos legislativos de continua humillación en todos los órdenes sociales y en todos los aspectos de la vida cotidiana, solo comparables a la segregación racial de Suráfrica. De esta forma, los derrotados son empujados a convertirse al islam. Es lo que ocurre en los actuales países islámicos con los ciudadanos no musulmanes, aunque con diversas variantes legislativas, siendo la aplicación más amplia y estricta en países donde rige la sharia como Arabia Saudí, Kuwait o Pakistán. Es también lo que ocurrió con los cristianos y judíos de al-Ándalus que, jurídicamente, valían lo que una musulmana, es decir, la mitad que un musulmán. No podían llevar armas, su testimonio ante un juez valía la mitad que el de un mahometano, no podían testificar contra un musulmán, si mataban a un musulmán aun en defensa propia, eran ajusticiados, cosa que no ocurría al contrario, pagaban el doble de multa que un musulmán por una misma infracción, sus casas tenían que ser más bajas que las de los musulmanes por lo que muchos tuvieron que demoler el piso superior, los hombres no podían casar con musulmanas y, si las mujeres casaban con musulmán, sus bienes pasaban a ser propiedad del marido y sus hijos eran automáticamente musulmanes, no podían ejercer cargos públicos, ni recibir caridades, ni entrar en el ejército, ni tener musulmanes a su servicio, ni heredar de un musulmán, ni permanecer sentados ante un musulmán, ni adelantar a un musulmán por el lado derecho, ni montar a caballo en presencia de un musulmán, ni… En esto consistió la llamada tolerancia de los emires y califas omeyas. Claro que, como todo es relativo, realmente fueron más tolerantes que los almorávides y los almohades, que persiguieron sin compasión a los pocos cristianos y judíos que habían resistido sin convertirse al islam. Los mudéjares que se quedaron en territorio cristiano tras la reconquista, recibieron un trato considerablemente mejor hasta que los Reyes Católicos los pusieron en el dilema de convertirse o marcharse.

– El profeta dijo: se perdonarán los pecados del primer ejército de mis seguidores que invada la ciudad de César. Por eso el califa almohade al-Nasir prometió que sus caballos abrevarían en el Tíber y el Papa Inocencio III lo creyó a pies juntillas. Se lo impidió la derrota en la batalla de las Navas de Tolosa.

Obviamente son principios inquietantes para los infieles que habitamos en la casa de la guerra. Principios que desmienten a los que, por hipocresía, cinismo o ignorancia, afirman que el islam es una religión de paz. Principios que desacreditan a los que, haciendo gala de una imaginación desbordante, dicen que el islam es una religión de amor. Lo que no dice nadie, y no entiendo por qué, es que el islam es una religión de guerra y de conquista. ¡Si hasta llaman casa de la guerra al territorio que habitamos! Y lo que tampoco dice nadie es que el islam fomenta en sus adeptos más fundamentalistas una mentalidad, unos principios y unos valores propios del siglo VII cuando Mahoma comenzó a predicar en La Meca, pero con armamento y tecnología del siglo XXI. ¿Qué habría hecho Alejandro Magno si hubiera podido armar a sus tropas con fusiles de asalto Kalashnikov? ¿y Atila si hubiese dispuesto de helicópteros Apache? ¿y el genocida de Wellington si hubiera tenido armamento nuclear? Pues eso.

Lo que sí se comprende, leído lo que antecede, es por qué el adoctrinamiento de los terroristas se realiza en mezquitas habilitadas como academias musulmanas de la yihad, y que en esas academias los instructores sean imanes salafistas. Naturalmente no todas las mezquitas ni todos los imanes funcionan así, por supuesto, pero sí bastantes más de las que pensamos. Por ejemplo, en Bélgica, a raíz de los atentados terroristas analizaron el asunto y resultó que en el noventa y cinco por ciento de las mezquitas, los imanes habían sido instruidos en Arabia Saudita, país oficialmente wahabista. En todo caso, lo innegable es que el terrorismo yihadista se organiza en el seno del mahometismo. Así son las cosas por mucho que los telepredicadores de lo políticamente correcto nos amedrenten con el coco de la islamofobia.


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