Luis de Córdova

Don Luis de Córdova y Córdova, Capitán General de la Real Armada Española

Año de gracia de 1780. En España reina Carlos III y estamos en guerra contra Inglaterra.

Los abusos y desmanes de la Corona británica provocan la sublevación de sus colonias de Norteamérica. España y Francia las apoyan.

Los espías españoles en el Reino Unido averiguan que un enorme convoy de mercantes armados y barcos de guerra, partirá hacia Norteamérica cargado de tropas, pertrechos, armas y dineros, para aplastar la revuelta de las trece colonias insurgentes. Inmediatamente envían al ministro Floridablanca un informe sorprendentemente detallado. La formidable expedición se dirigirá hacia el sur y virará hacia el oeste pasadas las Canarias, procurando evitar encuentros con la flota española.

Inmediatamente un correo parte de Madrid a matacaballos y, en tiempo récord, entrega la orden a don Luis de Córdova y Córdova, almirante de la flota del Estrecho de Gibraltar compuesta por 27 navíos de línea y 4 fragatas, más 9 barcos de apoyo y una fragata de nuestros entonces aliados franceses.

Córdova reúne urgentemente a sus capitanes y organiza la partida. La flota española se adentra en el Atlántico. Comienza la cacería.

Con la información sobre la fecha de salida, las características de la presa y su destino, don Luis deduce la ruta más probable de la flota enemiga. Envía por delante a sus fragatas que, abriéndose en abanico, exploran el océano. En la madrugada del 9 de agosto de 1780, una de las fragatas divisa en el horizonte gran número de velas al norte de las Azores. Don Luis, desde el castillo de popa del Santísima Trinidad, puede ver cómo, a barlovento, una lejana fragata dispara sus cañones anunciando el avistamiento. Inmediatamente traza un rumbo de interceptación y da órdenes para que el encuentro con el convoy tenga lugar al amanecer. Pero don Luis, tan sabio como astuto, les prepara una trampa a los ingleses. Manda poner un farol encendido en lo alto del trinquete del palo de proa. Los barcos británicos, creyendo que se trata del barco de su propio comandante, pasan toda la noche navegando directos hacia la boca del lobo.

La enorme flota británica formada por 55 mercantes fuertemente armados, había partido el 29 de julio de Portsmouth escoltada por la escuadra del Canal de La Mancha. A la altura de Galicia, la escuadra vuelve al Canal y solo quedan como escolta un navío de línea y dos fragatas. En cierto punto del Atlántico, la flota debe separarse en dos convoyes: uno se dirigirá a las Antillas inglesas para aplastar la rebelión de las colonias norteamericanas y el otro irá a La India donde hay otra guerra colonial.

El 9 de agosto, antes de la separación, cuando a las 4’15 de la madrugada comienza a clarear, los británicos comprenden que su plan de evitar a los españoles ha fracasado.

Córdova ordena el ataque. Las rápidas fragatas son las primeras en alcanzar al enemigo, y a su zaga van los navíos de línea.

El comandante inglés John Moutray huye con los navíos de la escolta abandonando a su suerte a los buques mercantes que inician una desbandada general. Este comportamiento forma parte de la tradición de la marina de guerra inglesa que solo entabla combate cuando su superioridad es manifiesta.

La orden del almirante es clara: abrir fuego contra todo navío que no se rinda y apresar tantos como sea posible. Pero deja a sus capitanes total libertad de acción. Don Luis, que a la sazón tiene 73 años y una hoja de servicios impresionante, confía plenamente en sus hombres porque lleva años dirigiendo personalmente su adiestramiento.

La cacería es implacable. Los capitanes compiten por conseguir capturas. A las 5 de la mañana, solo 10 navíos españoles han apresado ya 26 mercantes.

Aunque los navíos ingleses van fuertemente artillados, tienen pocas posibilidades frente a los barcos de guerra españoles. No obstante, algunos deciden combatir que es lo que debería haber hecho su escolta para darles alguna oportunidad de escapar.

Hay un gran riesgo de que muchas presas consigan huir, pero la contundente actuación española consigue capturar 52 buques en poco tiempo. Los barcos españoles son más pesados y lentos que los ingleses, pero nuestros marinos conocen mejor los vientos de la zona y, previendo las maniobras de los veloces navíos enemigos, se adelantan a ellas para interceptarlos. Las fragatas seguirán buscando los 3 barcos huidos hasta bien entrada la madrugada.

A la mañana siguiente, don Vicente Doz dirige con éxito la escolta hasta el puerto de Cádiz pese al acecho constante de las naves enemigas.

El 20 de agosto todo el pueblo de Cádiz inunda las calles aclamando la gloriosa victoria. La magnitud de la captura realizada es impresionante. La flota apresada ha de anclarse en la bahía porque las instalaciones portuarias resultan insuficientes para albergarla.

Los 52 barcos apresados suman 294 cañones y tienen un valor total de 600.000 libras. Los que resultan aptos para el combate, serán remodelados e incorporados a la Real Armada Española. Se hacen 3.000 prisioneros, de ellos 300 pasajeros civiles y 1.400 oficiales y soldados. También pasan a poder español una inmensa fortuna de 1.000.000 de libras en oro, 80.000 mosquetes, 3.000 barriles de pólvora, uniformes, tiendas de campaña y una enorme cantidad de provisiones y efectos navales. Todo ello en cantidad suficiente para equipar a 12 regimientos.

La magnitud de las pérdidas provocó el desplome de la bolsa de Londres y dañó muy gravemente las finanzas inglesas quebrantando su capacidad para seguir sosteniendo la costosa guerra colonial.

En esta ocasión, ni la sempiterna ineptitud náutica ni la tradicional impericia ejecutiva de nuestros aliados franceses, consiguió dar al traste con la operación. La grande y felicísima captura realizada sin una sola baja, es el mayor desastre logístico de la historia naval británica. Mayor incluso que cualquiera de los sufridos durante la Segunda Guerra Mundial, incluido el famoso convoy PQ 17, perdido frente a los alemanes más de un siglo y medio después.


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