Edmund Burke

Atardecer en el Mediterráneo

Tal vez, sin ser conscientes de ello, estemos asistiendo a la gestación de la guerra civil nuestra de cada siglo.

En efecto. Desde que, al inicio de la Edad Moderna, se consolidó España como nación, no ha transcurrido un siglo sin que los españoles hayamos encontrado algún motivo para masacrarnos unos a otros.

En el siglo XVI, Carlos de Habsburgo, el primero de una nefasta dinastía que solo nos trajo ruina, quebranto y muerte, arrebató a su madre, Juana I de Castilla, la corona que legítimamente le pertenecía por muy loca que estuviese, si es que lo estaba, dando el primer golpe de estado de la España moderna. Él y su cohorte de flamencos sin guitarra ni sombrero cordobés, cometieron tantos atropellos, abusos y arbitrariedades con la nobleza castellana, que provocaron el levantamiento comunero en el que unos castellanos se pusieron de parte de Dª Juana, otros de parte de D. Carlos y… guerra civil al canto; la llamada Guerra de las Comunidades de Castilla. Aún no habían transcurrido ni treinta años desde la toma de Granada.

En el siglo XVII nos tocó en desgracia otro Austria medio atontado y medio sexópata, que reinó con el nombre de Felipe IV. Sin ánimo ni capacidad para gobernar, dejó los asuntos del Estado en manos de su valido el Conde Duque de Olivares, quien no tuvo mejor idea que intentar unir las distintas regiones de España en una comunidad nacional con las mismas leyes, la misma fiscalidad y un ejército común. Esta pretensión, que se habría considerado razonable en cualquier otra latitud del orbe, aquí provocó revueltas y levantamientos que fueron especialmente sangrientos en Cataluña y algo menos trágicos en Aragón. En Andalucía fracasó un intento de sedición, pero en Portugal sí tuvo éxito, y desde entonces la llamamos eufemísticamente “nación hermana”.

El siglo XVIII comenzó con la llamada Guerra de Sucesión, un absurdo conflicto en el que los españoles partidarios de Carlos de Habsburgo se acuchillaron a conciencia con los partidarios de Felipe de Borbón, para contento y regocijo de nuestros vecinos europeos que sacaron suculentos beneficios del negocio. El asunto se zanjó con el tratado de Utrecht en el que perdimos nuestras posesiones europeas y, además, Inglaterra rebañó Gibraltar y Menorca.

El XIX es el siglo de esa guerra civil machacona y recidivante que se conoce con el nombre en plural de “Las Guerras Carlistas”. Tres guerras civiles consecutivas, tan estúpidas e injustificadas como las anteriores, en las que España se desangró hasta la agonía. Y todo empezó para decidir si la derogación de la Ley Sálica había sido legítima, en cuyo caso la corona le correspondía a Isabel II, o no, y el coronado debía ser Carlos María Isidro de Borbón. Aquí, a la hora de buscar excusas para destriparnos, no somos demasiado exigentes.

En el siglo XX se produjo la única guerra civil que lleva tal nombre: la Guerra Civil Española. Aunque en 1936 el orden público era precario y los crímenes políticos harto frecuentes, el detonante que provocó el inicio de la escabechina general, fue el secuestro y asesinato del líder de la oposición José Calvo Sotelo. La acción fue ejecutada por un grupo de guardias de asalto mandados por el capitán Fernando Condés Romero, y de militantes socialistas entre los que estaba Luis Cuenca, escolta de Indalecio Prieto, que fue quien asesinó a Calvo Sotelo de un tiro en la nuca. Era la madrugada del lunes 13 de julio de 1936. El sábado se sublevó el ejército de África y comenzó la guerra civil más perversa e inhumana de nuestra historia.

Por eso ahora, al contemplar la cerrilidad suicida del independentismo catalán, el exasperante mutismo del gobierno, a la oposición paseando su evanescente ambigüedad por los cerros de Úbeda, a los independentistas vascos y gallegos tras el cabeza de carrera chupando rueda, al resto de los gobiernos autonómicos organizándose en el pelotón para dar caza a los escapados, y a los sindicatos de las mariscadas fraudulentas organizando mareas de colores en las comunidades gobernadas por la derecha, no puedo evitar preguntarme si estaremos presenciando los prolegómenos de otra nueva degollina civil; la que corresponde al siglo veintiuno.

Separador

Esto lo escribí el 16/11/2013. Durante cuatro años ningún responsable político ha hecho absolutamente nada por corregir la situación. Ni de izquierdas, ni de derechas, ni de centro, ni mucho menos nacionalista. Todo lo expuesto aquí, sigue hoy teniendo plena vigencia, pero en versión corregida y aumentada. España necesita con urgencia un gobernante con altura de miras, un hombre de Estado, un verdadero patriota. Y si complaciera a la diosa Fortuna que en la oposición hubiera un adalid de similares características, ambos podrían acordar un cambio en la ley electoral que desarbolara de una vez por todas los chantajes, las imposiciones, las arbitrariedades y los expolios de los partiditos nacionalistas. Si no… quien sabe lo que puede llegar a ocurrir.


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