
De unos años a esta parte, por obra y gracia de la ingeniería social de políticos y periodistas, todos usamos en nuestra conversación expresiones como “cambio climático”, “calentamiento global”, “huella de carbono” “efecto invernadero” o “descarboxilación” cual si fuésemos ecólogos versados o climatólogos expertos. Lo que no todos tenemos claro es que lo que manejamos no son los conceptos científicos que expresan esas locuciones; lo que realmente usamos es su versión ideologizada, que está diseñada para instrumentalizarlos políticamente. Los objetivos son provocar el histerismo climático que acongoja al común de la ciudadanía políticamente correcta y convencernos de que ellos son los únicos capaces de detener el cambio climático. A cambio, eso sí, de que nos dejemos empobrecer, entontecer y sojuzgar un poco más cada día. Lo sorprendente es que seamos tan botarates que nos creamos que los mismos gobernantes incapaces de controlar la inflación, solucionar la falta de viviendas, crear empleo, abaratar la energía, pacificar las guerras en curso… esos mismos van nada menos que a detener el cambio climático.
De hecho, y fuera ya del escabroso ámbito de la política, la expresión “cambio climático” es en sentido estricto una iteración, una redundancia, una tautología. Sí, porque el clima es cambiante por naturaleza y no ha dejado de cambiar desde que se formó nuestro planeta hace cuatro mil seiscientos millones de años, año arriba, año abajo. Cuando se consolidaron los materiales que constituyen la Tierra, lo hicieron por orden de densidad, acumulándose los más densos en el núcleo, los algo menos pesados en el manto y los más ligeros en la corteza. Y, en el caso de nuestro planeta, todavía se formó otra capa más de materiales en estado gaseoso envolviendo a las anteriores. Desde el momento mismo en que se organizó la atmósfera apareció el clima o, mejor dicho, los climas, la climatología. Y desde el momento mismo en que surgieron, los climas no han dejado de cambiar. Eso sí, durante la mayor parte de la historia del planeta, los cambios climáticos han cursado en términos de tiempos geológicos o, lo que es lo mismo, de millones de años; es decir, con una lentitud tal que resultan inapreciables en el corto transcurso de una vida humana. Sin embargo, ha habido excepciones. De hecho, en Ciencias Naturales, la única regla que no tiene excepciones es la que asevera que toda regla tiene excepciones. Y estos cambios climáticos rápidos, los que han cursado en términos de tiempos históricos, han tenido casi siempre una influencia categórica en la historia de la humanidad.
Hace ya más de una década, bajo el común epígrafe Influencia de la meteorología en los acontecimientos históricos, publiqué en este blog dos artículos ejemplificadores de tal enunciado. El primero, LA GRAN ARMADA Y EL CAMBIO CLIMÁTICO, 14-11-2014, explica como el desastre de la Armada de Inglaterra fue provocado por una descomunal tormenta que se originó en el Caribe, donde un huracán tropical provocó una importante depresión ciclónica en la zona de las Azores. Tres días después de abandonar las costas de Florida, en pleno mes de agosto de 1588, ese vendaval llegó al mar del Norte procedente del oeste y sopló con furia a la altura de las costas de Irlanda y Escocia alcanzando de lleno a los barcos españoles y provocando numerosos naufragios. Algo inesperado e imprevisible por ser absolutamente inusual en esa época del año y en esa zona. Hoy sabemos que tal anomalía se produjo en el marco de un cambio climático que los científicos han bautizado como Pequeña Edad de Hielo. El segundo artículo, KAMIKAZE, EL VIENTO DE LOS DIOSES, 25-11-2014, explica como Kublai Kan, el primer emperador mongol de China, envió dos grandes flotas para conquistar Japón en dos ocasiones sucesivas, 1274 y 1281, y ambas fueron destruidas por sendos tifones, que es como se llaman los huracanes en el mar de China. En este artículo vamos a ver otro caso de alteración climática brusca e inesperada que también tuvo consecuencias catastróficas para los seres humanos y también influyó decisivamente en el curso de la historia.
El domingo, ocho de junio de 1783, en el sistema volcánico de Grimsvötn situado al sur de Islandia, entró en erupción la fisura volcánica de Laki lanzando hirvientes chorros de lava a casi kilómetro y medio de altura entre rugidos atronadores. En la corteza terrestre se abrió una grieta de veinticinco kilómetros de longitud, tachonada por ciento treinta cráteres. De ellos salió una nube tóxica de cenizas, dióxido de carbono, dióxido de azufre, fluoruro de hidrógeno y otras lindezas, que cubrió la isla y asfixió a más de nueve mil personas, casi la cuarta parte de la población. También aniquiló al ochenta por ciento de cabras y ovejas, a la mitad de los caballos y arrasó las tierras de cultivo, provocando una terrible hambruna entre los supervivientes. El volcán Laki se mantuvo activo hasta el siete de febrero de 1784 y se calcula que, durante esos ocho meses, lanzó a la atmósfera ciento veinte millones de toneladas de gases tóxicos y depositó una capa de lava de quince metros de altura en un área de más de mil quinientos kilómetros cuadrados, una sexta parte de la superficie total de Islandia. Fue la mayor erupción registrada en mil años, solo superada en 1815 por la del Monte Tambora en Indonesia.
Impulsada por los vientos, la inmensa nube de gases tóxicos emitida por el volcán, “la bruma de Laki”, viajó hacia el continente cubriendo los cielos de Escandinavia, de las islas británicas, de los principados alemanes… Se sabe que en Gran Bretaña provocó la muerte de veinte mil personas durante el verano de 1873. A mediados de junio llegó a Francia y en agosto llegó a España, aunque ya más atenuada. La erupción coincidió, además, con un verano anormalmente caluroso en toda Europa. Los investigadores Armando Alberola Romá y Virginia García Acosta nos cuentan:
Ese verano fue «demasiadamente caliente y seco» en Aragón, según el médico Antonio Ased; mientras que el barón de Maldá escribió en su dietario que el estío fue tan caluroso y seco en Cataluña, que las fuentes estuvieron a punto de secarse. Le llamó la atención asimismo la presencia de espesas nubes que, al atardecer, impedían ver los rayos del sol. Idéntica circunstancia anotó en su diario el castellonense fray José de Rocafort, quien sugirió que podía tratarse de un fenómeno universal que afectaba tanto a España como al continente europeo. En efecto, el volcán islandés Laki había erupcionado a comienzos de junio y lanzado a la atmósfera una gran nube tóxica que fue cubriendo los cielos europeos, incluidos los del NE peninsular.
Ciertamente, el fraile agustino José Rocafort Visa (Castellón, 1736 – 1814), en su dietario manuscrito LIBRO DE LAS COSAS NOTABLES DE LA VILLA DE CASTELLÓN DE LA PLANA, 1762-1818, nos cuenta:
[…] en el mes de abril, se observó en la atmósfera una especie de niebla seca, que obscurecía el sol de tal modo que iluminava muy poco y esto duró hasta mitad del de julio. Pensavan los físicos resultaría de esto alguna costelación epidémica, mas no fué assí, pues tanto en nuestra España como en las otras partes de la Europa, en que fue universal dicho fenómeno, fueron otras las consecuencias como lo notaron los papeles públicos.
Ese mismo 1783, año aciago como pocos, además de producirse sendos destructivos terremotos en Catania y Sicilia, también entró en erupción el volcán Vesubio, en Nápoles. Sus emanaciones se sumaron a las del volcán islandés para alterar el normal comportamiento de la atmósfera en el continente europeo. La GAZETA DE MADRID recogía, a mediados de agosto, las anomalías observadas en los cielos de media Europa en la primera quincena de julio. Hablaba de la existencia de una especie de niebla o vapor muy denso que debilitaba la luminosidad de los rayos del sol y permitía mirarlo sin que dañase la vista. Destacaba el excesivo calor que se padecía y la incapacidad de los vientos para disipar los vapores, pero esas brumas espesas, en lugar de humedecer los campos, secaban la hierba de los prados y las hojas de los árboles. También en España la contaminación atmosférica ocultaba el sol tras un velo blanquecino, y la GAZETA DE MADRID relataba que el cambio de color del cielo: […] era suficiente para que el pueblo se asustase; y, en efecto, la consternación fue general en las gentes poco instruidas […] vive el pueblo en el mayor conflicto, recelando grandes males.
Y es lo cierto que el pueblo no recelaba en vano. La sucesión de nubes tóxicas provocó una catástrofe medioambiental de gran envergadura. El efecto invernadero disparó las temperaturas y, unido a la lluvia ácida, causaron deterioro de los suelos y contaminación de las aguas dulces, menguaron las cosechas, agostaron los pastos y abrasaron las hojas de los árboles dejando al ganado sin alimento. Periodos de intensa sequía alternaron con lluvias torrenciales, inundaciones catastróficas y tormentas de granizo que terminaron de arruinar las escasas cosechas. Por otro lado, la espesa niebla tóxica que cubrió Europa provocó problemas respiratorios en tal cantidad de población que faltaron campesinos para recoger las cosechas por escasas que fuesen. La sismóloga californiana Luci Jones, en su libro DESASTRES: CÓMO LAS GRANDES CATÁSTROFES MOLDEAN NUESTRA HISTORIA (Capitán Swing Libros, 2021), describe la erupción del volcán Laki como: el desastre natural más mortífero de la historia de la humanidad… Se conoce que lo del diluvio universal no cuenta. Y, como no podía ser de otro modo, en mercados, tabernas y mentideros, los agoreros, que nunca faltan, anunciaban calamidades aún mayores atizando la general inquietud con sus presagios.
Queda constancia de que Benjamin Franklin supo relacionar estas alteraciones climáticas con la erupción volcánica islandesa, pues en la conferencia que pronunció el dos de diciembre de 1784 en la Literary and Philosophical Society de Mánchester, titulada IMAGINACIONES Y CONJETURAS METEOROLÓGICAS, afirmó que esa erupción era la que había causado la tenaz niebla que, procedente de Islandia, cubría los cielos de Europa impidiendo que penetrasen los rayos del sol y causando el comportamiento anómalo del clima. A consecuencia de esa niebla, tras las altas temperaturas registradas en el verano de 1783, la temperatura media en el hemisferio norte descendió alrededor de 3 ºC. El invierno de 1784 fue excepcionalmente frío, causando infinidad de muertes por congelación y contribuyendo a la pérdida de cosechas.
La hambruna afectó a toda Europa y al norte de África donde, por ejemplo, durante dos años consecutivos no hubo crecida del Nilo a causa de la sequía, lo que provocó una hambruna que diezmó la población de Egipto. Sin embargo, solo en Francia provocó una revolución que terminaría por cambiar la deriva de la historia. Y es que, en Francia, la población vivía ya al borde de la hambruna antes de que llegara el desastre climático provocado por la erupción volcánica. Los quebrantos de las últimas guerras, todas perdidas, habían sumido al reino en una profunda crisis económica. La guerra de Sucesión de Austria (1740-1748) le había costado mil millones de libras; la de los Siete Años (1756-1763), mil ochocientos millones y se saldó con la pérdida de prácticamente todas las colonias en América y Asia. Vengarse de la pérfida Albión ayudando a las colonias americanas rebeldes, no acabó también en derrota porque España intervino y le ganó a Inglaterra la guerra de independencia de sus colonias estadounidenses (1778-1783), pero le costó a Francia otros mil trescientos millones de libras obtenidos también a base de empréstitos. Y, a todo esto, el despilfarro de la corte francesa no tenía parangón en el resto de Europa. Los ya abusivos impuestos reales y señoriales se incrementaron aún más, reduciendo a la población a una dieta de mera subsistencia. Únicamente el pueblo, el noventa y siete por ciento de la población, pagaba impuestos, mientras que el clero y la nobleza, el tres por ciento de la población que acaparaba la mayor parte de la riqueza, estaban exentos. Así las cosas, las malas cosechas causadas por la erupción del Laki condenaron a los depauperados campesinos y a sus familias a una muerte lenta por inanición. Y al no quedarles excedentes que vender, en las ciudades la situación fue aún peor, empujando a la población a la insurrección y al saqueo.
En España, el comportamiento de las autoridades ante una situación de acuciante necesidad de la población fue diferente. Valga como ejemplo el caso que nos cuentan los investigadores Armando Alberola Romá y Virginia García Acosta:
La temporada de huracanes en México corre cada año de mayo a noviembre, y en este 1783 se concentraron en la vertiente del Pacífico. […] Al comenzar octubre se presentaron fuertes lluvias y oleajes, con certeza asociados a otro huracán, en la costa norte de Jalisco que provocó estragos especialmente en Tomatlán donde desaparecieron las Casas Reales y la cárcel; las mismas que sus autoridades pretendieron reedificar a costa del vecindario, pero éste en su mayoría se negó a llevar a cabo la contribución asignada; la escasez era generalizada y los pocos medios disponibles debían satisfacer las mínimas necesidades cotidianas.
En este caso, las autoridades entendieron la situación y no adoptaron medida alguna para obligar a la gente a entregar lo poco que tenían y que necesitaban para subsistir. En 1783 y 1784 ocurrieron, también en Nueva España, un gran número de episodios climáticos extraños, anómalos y extremos que causaron importantes pérdidas agrícolas y que recogen las crónicas. Cada vez son más los investigadores que los relacionan con la magna erupción volcánica islandesa. Asimismo, según nos cuentan los citados Romá y García, el año agrícola 1785-1786 siguió concentrando una gran cantidad de fenómenos meteorológicos extremos que quedaron profusamente documentados y que tuvieron un importante impacto negativo en la producción agrícola y, consecuentemente, en el aumento de precio de los productos básicos. Esta se considera la mayor crisis agrícola novohispana de toda la etapa virreinal. Las autoridades de Nueva España aliviaron las cargas impositivas de la población mediante la exención o condonación de diezmos y tributos. También, siguiendo la máxima de “que haya aunque sea caro”, compraron maíz, el alimento básico de la población, para moderar la carestía y, sobre todo, evitar los acaparamientos y la escasez. Y por aquello de “a Dios rogando y con el mazo dando”, tampoco olvidaron organizar novenas, procesiones y collectas pro pluvia o pro serenitate según aconsejaran las cambiantes circunstancias meteorológicas.
Las alteraciones climáticas y su nefasto impacto sobre las cosechas se prolongarían hasta finales de siglo tanto en Nueva España como en Europa. En España, la concatenación de malas cosechas provocó que, en 1789, trigo y pan alcanzaran precios prohibitivos. Hubo protestas populares que, en ciudades como Barcelona, Mataró, Vic, Sabadell y Valladolid, derivaron en graves tumultos y la intervención del ejército. En Barcelona, los enfrentamientos provocaron numerosos heridos y algunos muertos. En el resto de Europa las cosas iban aún peor, y en mayo de ese año estalló en París la revolución. En España, el gobierno facilitó la importación masiva de trigo ultramarino, lo que unido a una buena cosecha de arroz salvó la situación. Sin embargo, tras casi una década de malas cosechas, los campesinos españoles subsistían a duras penas, difícilmente podían comerciar y menos aún hacer frente al pago de las deudas acumuladas. Para aliviar su situación, la Corona procedió a la condonación parcial o total de los impuestos durante varios años. Durante esta crisis climática reinaba en España Carlos III, el conde de Floridablanca era secretario de Estado y Campomanes ministro de Hacienda. Y en diciembre de 1788, tras la muerte del rey, lo sucedió su hijo Carlos IV.
En la arruinada Francia, las malas cosechas arrojaron a la mendicidad a muchos campesinos, artesanos y trabajadores arruinados que antes vivían dignamente. La escasez disparó el precio del trigo y los impuestos desmesurados agotaron los escasos recursos del pueblo. Antes del desastre climático, pagados los impuestos, al campesino le quedaba la portion congrue o ración de subsistencia, pero tras la erupción del Laki los campesinos debían gastar hasta las tres cuartas partes de sus ingresos en comprar la cantidad de pan necesaria para evitar que su familia muriese de hambre. Un pan cuya calidad fue deteriorándose paralelamente al deterioro de las cosechas.
Para intentar solucionar el desastre, Luis XVI nombró ministro de Finanzas al economista Jacques Necker, un suizo protestante que propuso una ambiciosa reforma fiscal y severas medidas de contención del gasto, pero la corte las rechazó. Aislados en el lujoso Versalles e instalados en la opulencia, los cortesanos y consejeros del rey hacían caso omiso de la ruina en la que estaba la nación y de las penurias que padecía el pueblo. Dedicaban su tiempo y su ingenio a organizar cacerías, banquetes lujosísimos con cristalería de Baccarat, vajillas Royal Limoges y cubertería de oro, carísimas fiestas galantes con fuegos artificiales, costosísimos decorados y toda suerte de lujos… La sola lectura de cualquier menú de los que se cocinaban en Versalles diariamente nos provocaría empachera. Ese hedonismo desmedido de un puñado de franceses privilegiados consumía cada año la cuarta parte de todo el presupuesto de la nación que por entonces tenía más de veinticinco millones de habitantes.
Cuatro ministros de Finanzas (Turgot, 1774; Necker, 1776 y 1788; Calonne, 1783 y Brienne, 1787) intentaron reformar la Hacienda pública y los cuatro se estrellaron contra la cerrada oposición de las clases privilegiadas. El monarca mantenía funcionando una docena de palacios además de Versalles, todos ellos con sus parques de caza, caballerizas, guardas, jardineros, administradores, cocineros, limpiadores… En Versalles, cada príncipe o princesa mantenía su propia capilla, capellán incluido, y su propio y bien nutrido servicio: la reina María Antonieta tenía quinientos sirvientes; el duque de Orleans, primo del rey, casi trescientos; las tías del rey, Adelaida, Victoria y Sofía, más de doscientos; la hermana del rey, madame Elisabeth, setenta; la cuñada del rey, condesa de Artois, doscientos cuarenta… Luis XVI tenía funcionarios para anudarle la corbata, para sostenerle la capa y el bastón, para llevarle el mazo y las bolas del juego del mallo, para cuidar los galgos de sus aposentos, para llevar y traer su silla retrete… Tenía mil quinientos sirvientes encargados de cuidar sus mil novecientos caballos y doscientos veinte carruajes… Esta esperpéntica situación en una Francia en permanente bancarrota se mantuvo en equilibrio metaestable mientras que el pueblo dispuso de la portion congrue o ración de subsistencia, pero la erupción del volcán Laki rompió este frágil equilibrio y en 1789 el pueblo francés se moría de hambre. Literalmente. Para los habitantes de las ciudades la situación era especialmente acuciante, y desesperada para los cuatrocientos mil habitantes de París.
Juan Eslava Galán enfatiza la importancia del pan o más bien de su escasez en el estallido de la Revolución francesa. El pan constituía la base de la alimentación del pueblo que, durante la crisis climática, llegó a invertir en él hasta el setenta y cinco por ciento de sus ingresos. Y, paralelamente a la subida de su precio, bajaba su calidad, convirtiéndose en un engendro de alforfón y mijo mal cernidos y peor molidos. En contraste, los pudientes consumían molletes de flor de harina de trigo o de mezcla de harina blanca y flor de harina, amasada con mantequilla. Otra circunstancia que señala Juan Eslava es que la mecha de la Revolución la encendieron las mujeres del pueblo que veían a sus hijos morir de hambre. Todos los acontecimientos importantes que marcaron los pasos de la Revolución, estuvieron promovidos y acaudillados por las mujeres.
Los historiadores Henri Forneron (1834–1886) y Simon Schama (1945) coinciden en señalar que la Revolución no fue el resultado de una explosión súbita. Por el contrario, los robos y saqueos propiciados por el hambre y la desesperación de la población venían produciéndose desde meses antes. En Versalles se acumularon los informes que daban cuenta de las penosas condiciones que atravesaban las diferentes provincias, y las protestas, motines, asaltos a panaderías, robos de grano y harina, saqueos de tiendas y puestos de los mercados y otros desmanes que, por regla general, estuvieron encabezados por las mujeres. A veces se formaron verdaderas bandas de aldeanos armados con piedras, cuchillos y palos. La incapacidad de policía y milicia para mantener el orden, provocó que las tiendas cerraran a cal y canto y los vendedores no acudieran al mercado. Algunos historiadores han sugerido la posibilidad de que muchos de aquellos saqueadores actuaran bajo los efectos del cornezuelo del centeno, Claviceps purpurea, un hongo parásito de los cereales que tiene un efecto psicotrópico conocido desde antiguo por los campesinos, quienes lo utilizaban como droga alucinógena o para provocar abortos. A mediados del siglo XX, Albert Hofmann descubrió la LSD estudiando los alcaloides del cornezuelo. En todo caso, esta no es más que una hipótesis que está por demostrar. La que sí está documentada es la larga lista de latrocinios, violaciones, torturas, asesinatos, saqueos, incendios y crímenes de todo tipo que cometieron los franceses durante aquellos desórdenes.
Tras los acontecimientos revolucionarios de París, el veintiséis de agosto de 1789 la Asamblea constituyente aprobó la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano. El tres de septiembre de 1791 aprobó la Constitución, que otorgaba el derecho a votar y a ser votados a los varones mayores de veinticinco años que cotizaran a la Hacienda pública por encima de determinadas cantidades. Es decir, que quedaron excluidas las mujeres —en Francia las mujeres no tuvieron derecho a voto hasta… ¡1944!— y la inmensa mayoría de los ciudadanos, que no cotizaban lo suficiente. Justamente excluyeron al segmento de población que había puesto el esfuerzo y la sangre para derribar al Antiguo Régimen. Y así fue como el pueblo hizo la revolución y la burguesía se quedó con el poder, apropiándose de la Asamblea y ocupando el espacio tradicional del tercer estado. La francesa fue la primera de las revoluciones del siglo XIX en las que la burguesía consiguió la equiparación con los privilegiados. Por eso, en el siglo XX, cuando el pueblo llano, rebautizado proletariado, se dio cuenta del timo, llegaron las revoluciones anarquistas y comunistas, pero tampoco los sacaron de pobres. Los dirigentes de esas revoluciones, en cuanto pudieron, se constituyeron en minoría privilegiada y dejaron al pueblo estancado en una miseria mucho mayor aún… Pero esa es ya otra historia.
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Fuentes.-
Henri Forneron, HISTOIRE GÉNÉRALE DES ÉMIGRÉS PENDANT LA RÉVOLUTION FRANÇAISE, 1884.
Asociación Volcanes de Canarias, 09-05-2012: volcanesdecanarias.org
Simon Schama, CIUDADANOS: UNA CRÓNICA DE LA REVOLUCIÓN FRANCESA, Editorial Debate, 2019.
Tom de Castella, LA ERUPCIÓN QUE CAMBIÓ ISLANDIA PARA SIEMPRE, BBC NEWS, 16-04-2020: www.bbc.com
Armando Alberola Romá (Universidad de Alicante, España) y Virginia García Acosta (CIESAS, Centro de Investigaciones y Estudios Superiores en Antropología Social, México), VAIVENES CLIMÁTICOS EN LA PENÍNSULA IBÉRICA Y NUEVA ESPAÑA EN LOS AÑOS OCHENTA DEL SIGLO XVIII. ENTRE LA “ANOMALÍA MALDÁ” Y LOS “CICLOS DE EL NIÑO”, proyecto de investigación Clima, riesgo, catástrofe y crisis a ambos lados del Atlántico durante la Pequeña Edad de Hielo, CRICAT-PEH, (HAR2017-82810-P9), 2021: www.divulgameteo.es/
Matías S. Zavia, CÓMO LA ERUPCIÓN DE UN VOLCÁN EN ISLANDIA CONDUJO A LA REVOLUCIÓN FRANCESA, Gizmodo, 15-06-2021: es.gizmodo.com/
Oier Zebeiro, LA ERUPCIÓN VOLCÁNICA QUE DESENCADENÓ LA REVOLUCIÓN FRANCESA, Al Descubierto. 17-05-2021: aldescubierto.org
Juan Eslava Galán, LA REVOLUCIÓN FRANCESA CONTADA PARA ESCÉPTICOS, Editorial Planeta S. A., Barcelona, 2023.
Miguel Ángel Santamaría, EL VOLCÁN ISLANDÉS LAKI ENTRA EN ERUPCIÓN, LA LLUVIA ÁCIDA CAE SOBRE EUROPA, XLSemanal, Zenda, Efemérides de la historia, 08-06-2023: www.zendalibros.com
Salvador Bellés, JOSEPH ROCAFORT VISA, EL CRONISTA DE LAS COSAS NOTABLES, Universitat Jaume I: www3.uji.es/