Representación clásica del nacimiento de Jesús en Belén

Dedicado a mis hijos Cristina y Fernando

Un año más nos disponemos a celebrar la Navidad, la fiesta gozosa por excelencia del calendario cristiano. Y por mucho que el progresismo rampante se empeñe en distorsionarla, difuminarla y confundirla; por mucho que progres, mercachifles y multinacionales nos la atiborren de renos, de elfos y de no sé cuántos elementos estrambóticos más, todos extraños a nuestra cultura y ajenos a nuestras tradiciones, lo cierto es que lo que celebramos es el nacimiento de un niño. De hecho, según el DRAE, navidad es sinónimo de natividad, y ambas derivan del latín nativitas-nativitatis que significa nacimiento.

Tanto si creemos que ese niño fue hijo de Dios como si pensamos que fue hijo de su padre terrenal José, lo que no podemos negar es que su paso por este valle de lágrimas revolucionó para siempre la historia de Occidente… salvo que la Ley de Memoria Histórica disponga otra cosa, claro.

Y de eso va mi reflexión al hilo de la Navidad. No de historia ni de dioses ni de leyes espurias, sino de padres e hijos; de padres que fueron hijos y de hijos que serán padres.

Nuestros hijos reciben de nosotros la vida y con ella la dotación genética que determinará todas sus características físicas y psíquicas. A lo largo de su infancia y adolescencia apren­den nuestra lengua, nuestras tradiciones, nuestra historia, adquieren nuestras costumbres, nuestras filias y fobias, nuestra religión o nuestro laicismo, e incluso mimetizan nuestros defectos. A ellos están destinados los pocos o muchos bienes que constituyan nuestro peculio personal cuando parta la nave que nunca ha de tornar… o lo que de ellos quede tras el inicuo expolio necrófago de la Junta de Andalucía.

No es raro, y antaño más que hogaño, que nuestros hijos también sigan nuestros pasos a la hora de elegir profesión, industria u oficio con que ganarse la vida. Al fin y al cabo se trata de una actividad con la que están familiarizados y en cuyo desempeño podemos ayudarlos. Sin embargo, y aunque las más de las veces los padres no seamos conscientes de ello, nuestra actitud respecto a la toma de esta crucial decisión marcará el futuro de las relaciones en el seno de la familia.

Es un error muy extendido que los padres carguemos sobre los hijos la responsabilidad de redimir nuestras propias frustraciones. Y esta actitud, generalmente inconsciente, es la que puede desbaratar la estabilidad de unos vínculos razonables.

Muy a menudo, de manera espontánea, pretendemos que nuestros descendientes alcancen las metas que nosotros no hemos podido o sabido alcanzar en el terreno académico, profesional o personal.

Es una ilusión muy humana y una actitud muy loable, querer que nuestros retoños tengan éxito allí donde nosotros fracasamos. Pero, al mismo tiempo, es necesario cuestionar el convencimiento de que nosotros somos los que mejor sabemos lo que les conviene. Este axioma solo es parcialmente válido mientras que son bebés. Después, conforme crecen, periódicamente tenemos que preguntarnos ¿es esto lo que ellos quieren? ¿Son estas las metas que ellos anhelan alcanzar? De no hacerlo así, desde el momento en que comenzamos a implementar nuestro propio deseo sin tener en cuenta sus sentimientos y aspiraciones, quebramos la ponderación y corremos el riesgo de anularlos, de que dejen de ser personas para convertirse en instrumentos. Unos instrumentos que nos permi­tan culminar logros o colmar aspiraciones por medio de persona interpuesta.

 Ellos estudiarán lo que nosotros no pudimos o quisimos, ganarán lo que no ganamos, tendrán lo que no tenemos, y obtendrán el reconocimiento social y profesional que a nosotros nos fue negado. Si lle­gamos a este punto, nuestro hijo deja de ser él mismo, transformado en herramienta por nuestra ambición de obtener por su mediación los logros que no pudimos conseguir por nosotros mismos.

En la mayoría de los casos, los padres que pretenden moldear la voluntad de sus hijos a su gusto y capricho no consiguen convertirlos en alter ego de sí mismos, por la sencilla razón de que son individuos independientes que tienen su propia forma de sentir, amar y padecer. Lo que sí suelen lograr es hacerlos infelices, deteriorar las relaciones, erosionar los vínculos y terminar abriendo un abismo muy difícil de salvar.

Educar a los hijos es una tarea en la que tendemos a repetir patrones de conducta aprendidos de nuestros padres y abuelos, pero nunca está de más un poco de reflexión. El objetivo es mantener un equilibrio razonable entre guiarlos con mano firme por la senda de la sensatez y respetar su personalidad. La dificultad estriba en que hay que adaptar la metodología a cada hijo y a cada etapa de su desarrollo. Algo así como encontrar la solución al problema de cuadrar el círculo en un tratado de metafísica escrito en arameo.


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