Cádiz. Monumento a la constitución de 1812.

Desde que descubrimos América, viene sucediendo que los hijos de la Gran Bretaña dedican lo mejor de su perverso ingenio a maquinar formas de hacernos todo el mal que pueden. Y cuando digo todo, quiero decir todo. Sin límites ni cortapisas morales, de las que carecen, ni legales, que son expertos en saltarse a la torera y quedar bien.

Lo patético es que en este país de necios, papanatas y soplagaitas, no parece que tengamos ni la más remota idea de la clase de personajes con los que nos estamos jugando los cuartos; de la doblez y truculencia de sus usos y costumbres, ni de la mendacidad, la infamia y la vileza de que son capaces sin siquiera despeinarse. Muy al contrario, los hemos idealizado y convertido en modelos a imitar. Así, repetimos machaconamente, como si de una letanía se tratara, lo importante que es saber inglés; nos sentimos cultos que te inclinas, cuando salpicamos nuestro discurso con expresiones en su idioma; vemos con buenos ojos que nuestros muchachos se paseen luciendo en su camiseta la bandera británica (la nuestra no, que eso es de fachas); que hayan aprendido a consumir alcohol al estilo británico, es decir, buscando deliberadamente y por vía de urgencia el estado de embriaguez supina; o que nuestros periodistas, tan progresistas ellos, hayan apeado el tratamiento a todo el mundo y únicamente antepongan el “don” al nombre del Rey, mientras que se refieren reverentemente como “sir” a cualquier británico que en su país tenga concedido tal título. Aquí somos todos más anglófilos que la torre de Londres o el volante cambiado de sitio.

Sin embargo, ya la celebrada frase de Winston Churchill “Inglaterra no tiene amigos, tiene intereses”, nos debería sugerir la sospecha de que los calificativos que anteceden no son sino una comedida y benevolente descripción de la verdadera idiosincrasia británica, sospecha que un somero vistazo a la Historia nos confirmará con creces. Este artículo se circunscribe a solo una década y media a comienzos del siglo diecinueve. Tres lustros desventurados, convulsos y prolijos en acontecimientos trágicos para España y para los españoles, que ejemplifican de maravilla cómo son los habitantes de la pérfida Albión y cómo, los de la vieja piel de toro.

Por aquellos años en los que Mambrú se fue a la guerra, Napoleón y sus franceses se empeñaron en poner Europa patas arriba y a nosotros, como no, nos pilló con el paso cambiado. Recibimos palos por todos lados. En menos de quince años mudamos de socios dos veces y fuimos masacrados por franceses y por ingleses, tanto cuando eran nuestros aliados como cuando eran nuestros enemigos. Hasta Portugal, esa nacioncita de menganos recelosos y tristones que se han pasado su historia mirándonos de soslayo con una mezcla de envidia, rencor y fascinación, también nos dio todo lo que pudo, refugiada eso sí, bajo las faldas de sus eternos aliados británicos.

Pero hora es ya de concluir la introducción y examinar los hechos concretos que, como decía el filósofo Diógenes de Sínope, “el movimiento se demuestra andando”.

1801: LA GUERRA DE LAS NARANJAS

Obligada por Napoleón que era un tipo al que no resultaba recomendable decir que no, en la primavera de 1801 España declaró la guerra a Portugal y, durante dieciocho días, un ejército mandado por el propio Manuel Godoy se paseó por el país vecino, elegantemente y sin causar estropicios, esa es la verdad.

España tuvo la oportunidad perfecta para entrar a sangre y fuego conquistando y anexionándose cuantos territorios hubiera querido. Íbamos respaldados por el matón del barrio. De hecho, en el tratado de Madrid nos comprometimos con Francia a conquistar provincias suficientes para que albergaran al veinticinco por ciento de la población metropolitana portuguesa. Sin embargo, preferimos tratar a nuestros vecinos con la bienquerencia de siempre y el seis de junio, por deseo expreso de Carlos IV, se firmó la paz y se le devolvieron a Portugal los territorios ocupados, provocándole a Napoleón un enorme berrinche que nos haría pagar sobradamente.

1804: EL HUNDIMIENTO DE LA FRAGATA MERCEDES

En 1804, España e Inglaterra eran dos países amigos que estaban oficialmente en paz. El nueve de agosto de ese año, una flotilla española formada por cuatro fragatas, partió de Montevideo rumbo a España. El cinco de octubre, frente a las costas portuguesas del Algarve, a la altura del cabo Santa María, cuatro fragatas de la armada británica se les acercaron, tomaron posiciones y abrieron fuego sin previo aviso, sin más motivo ni justificación que el ejercicio de la piratería y el saqueo, espoleados por la codicia y estribados en la tradicional falta de honor y de dignidad de la marina británica. Durante el desigual combate, un cañonazo inglés impactó en la santabárbara de la fragata Mercedes que saltó por los aires y se hundió. Las otras tres fueron apresadas. El segundo comandante español que viajaba en la fragata insignia Medea, don Diego de Alvear y Ponce de León, pudo ver como morían vilmente asesinados, su esposa y siete de sus ocho hijos que viajaban en la Mercedes. Solo se salvó su primogénito, Carlos, que lo acompañaba en la Medea y que vio también como saltaban por los aires su madre y sus siete hermanos.

Que los capitanes españoles, confiados en la vigencia de la Paz de Amiens (1802), no recelaron en ningún momento de las intenciones de los militares de una nación amiga, queda patente en el resultado del combate. Los terroristas ingleses tuvieron dos muertos y siete heridos, mientras que las víctimas españolas fueron doscientos sesenta y nueve asesinados y ochenta heridos, buena parte de ellos, civiles que regresaban a sus hogares en tiempos de paz: familias de marinos, funcionarios con sus padres, esposas e hijos, comerciantes, viajeros…

La prensa británica condenó duramente esta actuación, pero el comportamiento del gobierno inglés fue tan despreciable como el de su marina de piratas, viéndose España obligada a declarar la guerra a Inglaterra el catorce de diciembre de ese mismo año. Napoleón se encontró con un aliado en su guerra contra Gran Bretaña en lo que fueron los prolegómenos de la batalla de Trafalgar.

Esta forma de actuar de la marina de guerra inglesa, representada en este lance por el infame comandante Graham Moore, no fue una excepción sino la regla instituida a partir de 1708, cuando la Armada de su Graciosa Majestad estableció un sistema de presas y botines con el que recompensaba muy generosamente a los oficiales y marineros que capturaran barcos extranjeros. El Almirantazgo estaba obligado a adquirir las embarcaciones capturadas, abonando a los captores los precios tasados por una corte especial que analizaba su estado. Una nave apresada, podía suponer que cada uno de los miembros de la tripulación captora y muy especialmente capitanes y almirantes, cobrara de un golpe el equivalente al sueldo de cinco, diez o hasta veinte años de servicio, dependiendo de la nave y de su carga. Se comprende pues que minucias tales como no estar en guerra o cañonear civiles, fueran considerados por esos forajidos con uniforme, como simples detalles técnicos que ya se encargarían de enmarañar y tergiversar convenientemente sus cínicos y eficaces forajidos con toga del cuerpo diplomático. Piratería pura y dura al más genuino estilo inglés, pero regulada además en el Boletín Oficial de la Armada: el colmo de la hipocresía y la falta de escrúpulos. El sistema resultó tan eficaz que, durante las Guerras Napoleónicas, consiguieron capturar 206 fragatas nada menos, de ellas 143 francesas.

Foto 021805: TRAFALGAR

En 1805 éramos aliados de los franceses y estábamos en guerra con los ingleses. El veintiuno de octubre de ese año, tuvo lugar en aguas gaditanas frente al cabo Trafalgar, una batalla naval desastrosa para Napoleón y peor aún para la marina española. El artífice de tan soberana derrota, no fue tanto el vicealmirante británico, como un maldito franchute llamado Pierre Charles de Villeneuve, al que la marina francesa había nombrado vicealmirante, Dios sabrá por qué. Un déspota egoísta, irresoluto en el combate, pésimo estratega e insubordinado a las órdenes de sus superiores. Eso sí, íntimo amigo del ministro de marina francés.

La batalla fue terriblemente sangrienta para ambos bandos. Cientos de náufragos consiguieron llegar a las playas asidos a restos flotantes, y allí los esperaban los gaditanos para proporcionarles auxilio: agua, comida, mantas y cuidados a los heridos. Lo hicieron con todos por igual, sin distinción de idiomas, de bandos ni de banderas. Este comportamiento tan humano, tan generoso y tan noble, provocó en los británicos profundo estupor del que dejaron constancia escrita en testimonios como éste:

Gaceta inglesa de Gibraltar, 9-XI-1805: “La terrible carnicería y el estado de los navíos apresados prueba el encarnizamiento con el que se batieron… Su coraje nos inspira el mayor respeto, y la humanidad con que han tratado a los prisioneros y náufragos ingleses es superior a todo elogio”.

Los británicos, lógicamente, atribuyen el mérito de la victoria a la habilidad de su vicealmirante Nelson… Sí, sí, el mismo Horatio Nelson que entre los días 22 y 25 de julio de 1797, al mando de una docena de navíos de guerra y de cuatro mil soldados, asaltó hasta en tres ocasiones Santa Cruz de Tenerife para conquistarla y saquearla. Se lo impidieron el general Antonio Gutiérrez de Otero y sus mil setecientos soldados aficionados, pues eran milicias populares, que lo mandaron de vuelta a casa con el rabo entre las patas y un brazo menos; el derecho concretamente. Y aprovechando que ya no podía jurar poniendo su mano derecha sobre la Biblia, a su regreso aseguró que los defensores españoles habían sido ocho mil. Típica muestra de la honradez británica. Qué, que ¿todavía no sabes a qué Nelson me refiero? Sí hombre sí, a ese que, para honrar su memoria, los tinerfeños han dedicado una calle en el centro de su ciudad, calle de Horacio Nelson se llama. Nosotros somos así.

1808-1814: LA GUERRA DE LA INDEPENDENCIA

Cuando a los españolitos de a pie se les hincharon las narices y decidieron enfrentarse a las tropas francesas que campaban a sus anchas por la península cometiendo todo tipo de abusos, desmanes y tropelías, los que habían sido nuestros enemigos en Trafalgar, se convirtieron en nuestros aliados, y se comportaron… como ingleses, es decir, de forma despreciable, abyecta y execrable. ¿Qué otra cosa cabía esperar? El protagonista principal en este caso, fue un engreído dublinés llamado Arthur Colley Wellesley, duque de Wellington, un sádico genocida y altanero, con el título de un solomillo de vaca cocinado al horno y los escrúpulos de un escarabajo pelotero.

En enero de 1812, el ejército del culinario General, asedió, y tomó Ciudad Rodrigo. Los ciudadanos que, entusiasmados, salieron a las calles para aclamar a sus aliados vencedores de los franceses, fueron violados, torturados, expoliados y asesinados por las tropas anglo-lusas, ante la absoluta pasividad de sus mandos y con el consentimiento cómplice del general Solomillo que miraba para otra parte. O puede que no. Puede que bajo la máscara de soberbia y altivez que mostraba al exterior, se ocultara un espíritu puerco y depravado que disfrutaba con el espectáculo. El infecto personaje se justificó diciendo que era la primera vez que sus tropas liberaban una ciudad española y estaban poco acostumbradas… ¡Y se quedó tan británico!

Exactamente el mismo guión, pero en edición corregida y aumentada, se repitió en Badajoz en abril de 1812, cuando las tropas británicas y portuguesas del general Solomillo en Hojaldre liberaron la ciudad de la oprobiosa ocupación francesa… ¿Liberaron? ¡JA! Cuando los castigados ciudadanos pacenses salieron a la calle para vitorear a sus aliados y libertadores, estos se emplearon a fondo en violar, torturar, robar y asesinar a la indefensa población. Violaron a las mujeres de toda edad y condición, incluidas niñas y monjas de clausura. Torturaron a todos los que cogieron, para que confesaran dónde tenían escondidas joyas y dinero. Destruyeron sus hogares en busca de botín y los incendiaron después. Borrachos como británicos, asesinaron a los hijos delante de sus padres, a los padres delante de sus hijos, a los esposos delante de sus esposas… una vorágine de horror, crueldad y barbarie ejercida sobre la población civil indefensa de una nación aliada. La atrocidad duró tres días con sus correspondientes noches. Según los testigos, la sangre corría a ríos por las calles y empapaba los campos circundantes. Y todo ello ante la asquerosa pasividad del general Solomillo de Vaca que, por fin, tras más de setenta y dos horas continuadas de terror, decidió dar orden de finalizar la masacre. ¿Será eso lo que los británicos llaman flema? Aquí lo llamamos de otra manera… que omito mencionar por prudencia.

En esta ocasión, el malnacido adujo que en España, estaba aplicando por primera vez una estrategia consistente en devastar el terreno que dejaba atrás a medida que avanzaban sus tropas. Y se quedó tan tieso, con su porte altanero de pepinillo en vinagre pasado de fecha. Lo cierto y verdad es que la única estrategia que se sabía era la de no presentar batalla hasta no contar con una superioridad abrumadora en hombres y armamento. En Badajoz, el “fino estratega” empleó 27.000 hombres para vencer a 5.000 franceses y tuvo 4.800 bajas por 1.500 los gabachos. En eso consistió toda la presunta genialidad militar de este sádico, torturador y genocida, que odiaba a los españoles tanto como codiciaba su imperio de ultramar. De hecho, cuando en 1808 fue destinado a Portugal, tuvo que cancelar los preparativos de una flota y un ejército de 10.000 hombres, con los que pretendía conquistar Venezuela, aprovechando el lío que teníamos encima. No hay que ser ningún genio para deducir que, con una falta de escrúpulos solo equiparable a su falta de honor, aprovechó que su condición de aliado le permitía campar a sus anchas por España con su flamante ejército, para causar todo el quebranto y la ruina posibles. Así, en el futuro, le resultaría más fácil conquistar nuestro imperio americano.

En Vitoria, tras la derrota francesa, el general Miguel Ricardo de Álava se apresuró a tomar una unidad de caballería y entrar en su ciudad natal para evitar los asesinatos y los saqueos. Privados así de su entretenimiento favorito, británicos y portugueses se lanzaron sobre el riquísimo botín que los gabachos habían abandonado en su huida, dejando escapar a un ejército al que podrían haber aniquilado. Este hundimiento de la disciplina y sus negativas consecuencias, sí que consiguieron sulfurar al “flemático” general Solomillo al Horno, que escribió al respecto: “The British soldier is the scum of the earth, enlisted for drink” (El soldado británico es la porquería de la tierra, se alista para emborracharse).

No tuvieron la misma suerte en San Sebastián. Allí la infamia alcanzó niveles de abyección y de inmundicia no igualados en todas las Guerras Napoleónicas. Se conoce que con la práctica se fueron superando. Cuando tras la “liberación”, los ciudadanos salieron a la calle a vitorear a sus “libertadores”, los crímenes de todo tipo, violaciones, torturas, asesinatos indiscriminados, a los que sometieron a esa población indefensa, alcanzaron cotas inimaginables. El siguiente dato nos puede ayudar a hacernos una idea: de las seiscientas casas que tenía entonces San Sebastián, cuarenta fueron destruidas por los bombardeos durante el asedio y quinientas fueron destruidas por el saqueo anglo-portugués. Solo sesenta casas de las seiscientas quedaron en pie, aunque muy dañadas. Y todo se hizo ante la complaciente aquiescencia del general Solomillo con Fuagrás y de sus oficiales de alta graduación, cuyos apellidos nos son tan familiares porque siguen perpetuándose en sus descendientes jerezanos. Y todo lo hicieron soldados portugueses a los que habíamos tratado con tanta benevolencia durante la Guerra de las Naranjas, y soldados británicos a los que habíamos tratado con tanta humanidad tras la derrota de Trafalgar.

Pero, a todo esto, cabe preguntarse ¿qué hacían nuestras autoridades al respecto? Nuestras autoridades, en el siglo diecinueve como en el veintiuno, no pillan el paso ni con un tambor. La pregunta fue y sigue siendo ¿son nuestras autoridades más tontas que mezquinas o más miserables que lerdas? Yo, sinceramente, no acabo de decidirme. Tengo dudas. Y otra duda más que me mortifica: ¿de dónde sacamos, siglo tras siglo, tanto mentecato inepto y corrupto para ponerlo a mandar?

En el caso que nos ocupa, las autoridades de la época, deslumbradas por la brillantez de la estrategia de devastación total de nuestra nación, colmaron de riquezas al general Exterminio, lo condecoraron con la Cruz de San Fernando, le otorgaron el rango de Generalísimo del Ejército Español y los títulos de Duque de Ciudad Rodrigo y Vizconde de Talavera… Sin comentarios.

A ver si nos enteramos de una vez y se lo hacemos entender a nuestros absurdos políticos: estos son los talantes y los talentos de los fulanos con los que nos estamos ventilando el asunto de Gibraltar. De esos a los que don Antonio Machado llamó “pueblo de rapiña”. Y con estos antecedentes, lo que resulta más inquietante es que, en estos momentos, Gran Bretaña es un país amigo con el que estamos en paz. Más alarmante todavía: son nuestros aliados, no solo en la Unión Europea sino también en la OTAN… ¡Qué Dios nos coja confesados!

P.S: A MODO DE EXPLICACIÓN Y EPÍLOGO

En la historia de todas las naciones, especialmente de las naciones grandes y antiguas -y España ha sido la más grande y es la más antigua de Europa, no lo olvidemos- existen episodios de los que sentirse orgullosas y otros sobre los que más les vale correr un tupido velo. La diferencia estriba en que Francia, Gran Bretaña, Holanda, Alemania… ocultan o manipulan las tropelías cometidas por sus antepasados, maquillan o reinterpretan los pasajes negros de su devenir histórico, y viven tan ricamente en el convencimiento de que son mejores que las demás, sintiéndose encantadísimas de haberse conocido. Los españoles en cambio, hemos asumido e interiorizado la “Leyenda Negra” tan profundamente que, de unos siglos a esta parte, vivimos atenazados por la culpa, abrumados por el arrepentimiento, avergonzados por haber existido. Nos creemos peores que todos y sentimos la necesidad de hacernos perdonar. Abjuramos de nuestra historia de la que, por otra parte, solo conocemos cuatro tópicos malevolentes y falaces. Abominamos de nuestros héroes y reverenciamos a los ajenos. Aceptamos de los acontecimientos, la versión de historiadores de países que fueron nuestros enemigos declarados… Solo así se explican paradojas tan chocantes como que en Santa Cruz de Tenerife le hayan dedicado una calle a Nelson, que la autonomía vasca haya elegido como enseña una burda imitación de la bandera británica, que en Cádiz le hayan levantado una estatua ecuestre a Simón Bolivar, que en Torrox le hayan hecho un monumento a Almanzor o que, en su momento, colmáramos de honores y de riquezas al maldito Sir Arthur Wellesley y aún hoy lo sigamos admirando. Que fue un traidor a sus aliados y un asesino en masa, es indiscutible. Los datos están ahí. Sin embargo los británicos lo nombraron duque de Wellington, lo eligieron presidente de su nación en un par de legislaturas y lo consideran el más grande de sus héroes nacionales. Y de sus genocidios en España… pues si no nos acordamos los tontos del haba de los españoles ¿quién se va a acordar?

La realidad es que, con nuestras virtudes y nuestros defectos, no somos peores que los demás y sí mejores que muchos. Mantener la supremacía mundial durante siglos no es algo que toque en la tómbola; la competencia es durísima, y nosotros, en palabras de don Antonio Machado “…hemos ido por el mundo haciendo un buen papel, digan lo que digan”.

Es imprescindible que nos libremos de una vez por todas de nuestros complejos: el de culpabilidad y su hermano siamés el de inferioridad. Nos abruman, nos aplastan, nos atenazan, nos anonadan, nos sumen en la miseria moral y en la pequeñez de miras. La mejor terapia es conocer nuestra propia historia. Está ahí y es impresionante.

Personalmente, cuando escribo, no tengo más pretensión que la de proporcionar un rato entretenido al posible lector, pero en artículos como éste, sí que me gustaría además, aportar mi granito de arena a la urgente tarea de redimir la autoestima de los españoles. Recordemos que no hace tanto tiempo, en el siglo diecisiete, Lope de Vega expresaba el sentir general de la hispana grey con versos como estos: “Y si muero en el campo de batalla / Tendré el orgullo de ser / Un cadáver español”. En un bandazo muy de nuestro estilo, hemos pasado de la cima al abismo, del orgullo a la vergüenza, de la luz a la oscuridad. Ya es hora de ver la luz nuevamente.


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