carpanta

Los que nacimos mediada la década de los cincuenta del siglo pasado, fuimos niños de post-posguerra; niños que sufrimos ya de forma bastante atenuada, las penurias y estrecheces que nuestros hermanos mayores habían padecido en toda su plenitud.

En aquellos tiempos de una miseria tal que hoy día nos resulta difícil imaginar, no hubo en España madre que no pusiera lo más florido de su ingenio al servicio de conseguir la cuadratura del círculo culinario: elaborar para su familia comidas sabrosas y nutritivas, en medio de una escasez de ingredientes escandalosa, tanto en cantidad como en variedad.

Esta receta debió ser sin duda, fruto de uno de esos caletres solventes puestos al servicio del bien común. Una mente benefactora que, pese a la humildad de los componentes, consiguió un resultado imposible de mejorar: con un poco de leche, una cebolla y un par de huevos duros, convenientemente acrecentados a base de harina, cual si del milagro de la multiplicación de los panes y los peces se tratara, conseguía preparar una opípara cena para cuatro personas; ocho si acompañaban las croquetas de salsa de tomate y había suficiente pan para mojar. En total se había gastado tres perras gordas de las de entonces; no salían ni a perra gorda per cápita, pero los suyos se iban a la cama más satisfechos que el rey de Roma.

Mi madre bordaba estas croquetas como todo lo que cocinaba; yo en cambio… “con empeño me afano y me desvelo / por demostrar que tengo en la cocina / la gracia que no quiso darme el cielo”.

Primeramente preparamos un par de huevos duros pelados y cortados en trocitos no demasiado pequeños.

A continuación picamos una cebolla grande y la freímos en mantequilla, aceite o, mejor, una mezcla de ambos.

Cuando esté blanda y ligeramente rubia, añadimos una cucharada bien colmada de harina y la tostamos.

Entonces vamos agregando leche muy poco a poco y sin dejar de remover con cuchara de palo, hasta conseguir el espesor adecuado para hacer croquetas, es decir, hasta que la masa se despegue de las paredes de la sartén. Media hora mínimo, que se hace de larga… También puede procederse como enseñan los libros de cocina, añadiéndole a la cantidad indicada de harina tostada, la proporción adecuada de leche caliente, de un solo golpe. Si se hace bien, tampoco quedan grumos y se ahorra algo de tiempo, pero la media hora de remover no te la quita nadie… a no ser que dispongas de uno de esos sofisticados y carísimos robots de cocina capaces de hacer este trabajo por ti.

Por último se añade el huevo duro picado, sal, pimienta blanca molida, y se mezcla todo bien. También le va bien un polvito de nuez moscada.

Esta masa se pasa a una fuente y se deja reposar tapada con un paño.

Al cabo de unas horas se habrá enfriado, y ya solo queda dar forma a las croquetas, pasarlas por huevo batido y pan rallado, y freírlas en aceite abundante, moderadamente caliente.

¡Bocado de reyes, cardenales, presidentes de consejos de administración y otras gentes de robustas finanzas! como comprenderás si pides croquetas en cualquier bar o restaurante. Te las venden por unidades, y a unos precios que te hacen preguntarte perplejo ¿pero estoy pidiendo croquetas o lingotes de plata de primera ley? Bien es verdad que les ponen el apellido de “caseras” y así ya se justifica el precio… ¿Pero cómo van a ser caseras unas croquetas hechas en restaurante? Entonces las que se hacen en casa qué son ¿palaciegas?

Aunque éstas croquetas como cualesquiera otras, se avienen perfectamente con mahonesa o ensalada, a mí como más me gustan es con salsa de tomate, pero la receta de mi particular forma de hacerla, la dejaré para otro artículo.


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