
La mucha gente ni para la guerra es buena, reza el viejo aforismo. Y, en mi opinión, ahora que los Homo sapiens abarrotamos el planeta Tierra con más prodigalidad que nunca, la máxima cobra también más sentido que nunca. Vivimos como piojos en costura, y para mí que soy un eremita vocacional nada dado a bullas, tumultos ni algarabías, sigue siendo válido aquello de que uno es soledad, dos son compañía y tres son multitud. Sin olvidar, claro está, que en esto como en casi todo, la virtud está en el término medio. Si bien es cierto que la soledad permanente puede convertirse en un infierno en vida, no lo es menos que un ratito diario de soledad —mi amiga la soledad, la llamaba mi abuelo Paul— es muy necesario para mantener la psique en buen estado de revista. Y, naturalmente, también es determinante la actividad de que se trate, pues si es innegable que tres son multitud en una cita romántica, también lo es que resultan escasos en una cena con amigos.
Y hete aquí que estas reflexiones nos han llevado al asunto de este ensayo, que no es otro que dilucidar cuál es el número más adecuado de amigos que han de compartir mesa y mantel para que la comida y la tertulia subsiguiente resulten gratas y placenteras para todos. El propósito, además de disfrutar de ricos manjares y bebidas deleitosas que nos reconforten los sentidos, es que los espíritus se sientan igualmente reconfortados por una conversación que sea animada y en la que todos puedan participar ora con intervenciones amenas, interesantes o ingeniosas ora con silencios respetuosos, pertinentes y puntuales. Por mi experiencia, opino que para conseguir este objetivo el número debe estar entre cuatro y ocho o, lo que es lo mismo, entre dos y cuatro parejas. Con menos no es seguro que la animación de la charla sea sostenida, y con más aparecen inevitablemente varios focos diferentes de conversación.
Obviamente, no somos los primeros que nos hemos planteado esta cuestión. Ya en los simposios de la Grecia antigua y en los convivia de la Roma imperial, el asunto fue objeto de cavilación y controversia. La conclusión a la que llegaron tanto unos como otros fue que el número de comensales debía asegurar que todos pudieran participar en una conversación común. Séneca (4 a. C.–65 d. C.) nos dice al respecto[1]: La cantidad en un banquete es adecuada mientras quiere seguir siendo banquete, pero si excede en número, hasta el punto que no es en sí algo acogedor ni sensible a la cordialidad ni familiar, deja de ser un banquete.
Marco Terencio Varrón (116 a. C.–27 a. C.) zanjó la cuestión estableciendo que ese número debía ser superior al de las gracias e inferior al de las musas. Así lo atestigua Macrobio (370–430)[2]: Conocéis, creo, el libro de las sátiras menipeas de Marco Varrón que lleva por título NO SABES QUÉ TRAE EL VÉSPERO, en el que se fija el número de comensales según la norma siguiente: que no sea inferior al de las gracias ni superior al de las musas. Veo que aquí, si incluimos al rey del banquete, sois tantos como musas hay. Y antes que Macrobio, Aulo Gelio (125–180), quien en sus NOCHES ÁTICAS nos cuenta que Varrón, en su sátira menipea titulada NO SABES LO QUE NOS TRAE EL VÉSPERO DE LA TARDE, en referencia al número adecuado de convidados a un banquete, dice que debe comenzar con el número de las gracias y llegar al de las musas, es decir, partir de tres y detenerse en nueve, de tal forma que cuando son pocos no sean menos de tres y cuando son muchos no sean más de nueve. También dice Varrón, según Gelio, que el anfitrión del banquete puede ser moderadamente espléndido, pero no tacaño, y que el banquete será perfecto si los invitados son personas bien educadas, si el lugar elegido es el adecuado, si lo es también el momento y si no se ha descuidado la comida. Conviene elegir comensales que no sean ni excesivamente habladores ni silenciosos, porque la elocuencia debe estar en el foro y en el escaño del Senado, y el silencio en el dormitorio y no en el banquete. Considera que las conversaciones deben evitar las cuestiones preocupantes y angustiosas, y tratar sobre temas agradables y placenteros para que nuestro espíritu se sienta un poco más feliz y divertido. Esto se conseguirá, dice, si se habla de ese tipo de cosas que pertenecen al ámbito normal de la vida, cosas de las que no es posible hablar ni en el foro ni en los negocios, eligiendo aquellas que diviertan y al mismo tiempo sean útiles.
Asimismo, se habla del número de comensales en la HISTORIA AUGUSTA que es una colección de biografías de los emperadores romanos entre 117 y 284 atribuida a seis autores diferentes. En la parte imputada a Julio Capitolino, en la biografía de Lucio Vero (130–169) que fue emperador junto con Marco Aurelio —ambos hijos adoptivos de Antonino Pío—, a propósito de un banquete que ofreció Lucio Vero, podemos leer: Se cuenta como muy famoso el banquete aquel en el que se dice que por primera vez se sentaron a la mesa doce personas, aunque es muy conocido el dicho sobre el número de invitados: “Siete son banquete, nueve, tropel”.
Décimo Marco Ausonio (310–395), preceptor del emperador Graciano, lo perfiló aún más; en su obrita EPHEMERIS —DIARIO— precisa que el banquete justo son seis comensales contando al anfitrión, pues si son más se convierte en alboroto.
Nueve fue el número más frecuente de participantes en un convivium romano, el mismo que en un simposio griego, y la cosa tiene su lógica. Los romanos, al igual que los griegos, comían reclinados en un kline, una especie de diván o tumbona con cojines en el que se acomodaba el comensal apoyado en el brazo izquierdo para comer con la mano derecha. El triclinio o triclinium estaba formado por tres klinai dispuestos en forma de U alrededor de tres lados de una mesa baja. El cuarto lado quedaba libre para permitir a los esclavos acercarse a realizar el servicio de mesa y solía situarse de cara a la entrada de la sala. Aunque también podían utilizarse solo dos klinai formando un biclinium, lo usual era que el número de comensales fuese múltiplo de tres.
En la Edad Media cambió el concepto. La finalidad de los banquetes era poner de manifiesto la elevada posición social y económica del anfitrión y por tanto eran lujosos, copiosos y muy concurridos… ¡como las bodas en la actualidad! Se buscaba el lucimiento en detrimento de la conversación, y un número elevado de invitados era una evidencia más de la grandeza y munificencia del anfitrión. La mesa presidencial se situaba al fondo de la sala, elevada sobre una tarima y cubierta por un dosel. A partir de ésta y dispuestas formando una U, se colocaban las otras mesas que eran sencillos tableros puestos sobre caballetes[3] y cubiertos con manteles que los comensales empleaban para limpiarse. No se usaban las servilletas a excepción de España, donde se había conservado su uso desde la época romana[4]. Los comensales se distribuían según una estricta jerarquía en la que la proximidad al anfitrión marcaba el estatus social de cada uno. Se sentaban únicamente en el lado exterior del tablero dejando el interior libre, porque por el centro de la sala circulaban los sirvientes y había espectáculos de música y danza o representaciones teatrales. Los anfitriones se sentaban en sillones individuales mientras que el resto de invitados se sentaban en bancos corridos, y de aquellos bancos o banquetas deriva la palabra banquete. La denominación surgió en Italia, banchetto, de donde pasó a Francia, banquet, y de ahí a España, banquete.
En el Renacimiento los banquetes siguieron siendo muy concurridos, y la tendencia al lujo y el boato alcanzó niveles de fastuosidad y magnificencia desconocidos en épocas anteriores.
En el siglo XVIII, la hegemonía francesa en la gastronomía dictaba también las normas de protocolo en las mesas de los poderosos. En 1825, en su FISIOLOGÍA DEL GUSTO[5], Brillat-Savarín reaccionó ante los excesos imperantes y la tendencia a que los menús fuesen cada vez más abundantes y suculentos defendiendo la moderación: La gastronomía es enemiga de los excesos; todo hombre que tiene indigestión o borrachera, corre peligro de que lo borren de la lista de los expertos. Y esta moderación también la hizo extensiva a la concurrencia, pues recomendaba[6]: Que el número de convidados no exceda de doce, para que la conversación pueda ser general constantemente. Uno de los filósofos más destacados de la centuria, Immanuel Kant (1724 – 1804), se adelantó considerablemente a las recomendaciones del francés. Kant fue un firme partidario de comer siempre en compañía, pues consideraba que comer en soledad era contraproducente para la salud. Como buen filósofo era un personaje harto peculiar, de costumbres austeras, disciplinado con sus hábitos y cumplidor inflexible de sus rutinas. Tal vez por su atípica forma de ser, en lo tocante al número de comensales decidió ignorar las modas imperantes y acogerse a la sabiduría de los clásicos: en su mesa siempre hubo un mínimo de tres personas y un máximo de nueve. Y después de comer, siempre a la misma hora y por el mismo recorrido, siempre daba el mismo paseo andando a la misma velocidad, para que le ayudara a hacer la digestión, pero no le provocara sudoración.
En el siglo XIX se consolidó el protocolo como un concepto global que abarcaba tanto la colocación de los asistentes al convite como las normas sociales de educación que debía conocer todo comensal. En esencia, ese protocolo decimonónico es el que ha llegado hasta hoy. Ya en las postrimerías de la centuria, don Ignacio José Escobar y López Hermoso a quien el rey Alfonso XII concedió el título de marqués de Valdeiglesias, siendo director del periódico La Época, nos dejó escrita la siguiente receta para lograr que una comida fuese exitosa: Pocos platos, pero bien hechos, y pocas personas, pero bien avenidas. Convidados que paguen en ingenio la hospitalidad que reciben, porque a la gente no se la convida a comer para que esté callada. Finalmente, el criterio de nuestros antepasados griegos y romanos que ponderaba la calidad de la conversación tanto como la excelencia de las viandas volvía a sentar cátedra entre los tataranietos de la civilización que pusieron en marcha.
En conclusión y tras tantos dimes y diretes, modas, tendencias y orientaciones, lo sensato es acogerse a la sabiduría popular de los flamencos que, si les preguntas sobre el número ideal de comensales, sentenciaran que en un convite tienen que estar los cabales. Y si, en contumaz exhibición de ignorancia, se te ocurre inquirir que cuántos o cuáles son los cabales, tras mirarte con una mezcla de estupor y benevolencia, te aclararán que tienen que estar los que tienen que estar, ni uno menos ni uno más.
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Fuentes. –
María Jesús Burgueño, EL MUSEO DEL ROMANTICISMO ENSEÑA A COMER AL MODO DEL SIGLO XIX, www.revistadearte.com, 19-01-2011.
Charo Marco, cuaderno digital: DE RE COQUINARIA, artículo: TRICLINIUM, UNA SALA PARA COMER II, 04-03-2012.
Antonio Marco Martínez, cuaderno digital ANTIQUITATEM HISTORIA DE GRECIA Y ROMA, 04-02-2014: www.antiquitatem.com/symposium-numero-de-comensales-ausonio/
Fernando R. Quesada, LAS COSAS CLARAS Y EL CHOCOLATE ESPESO, Editorial Cultiva Libros S.L., 2017.
Carlos Orgaz, artículo UNA HISTORIA DEL SERVICIO DE SALA: EL TRICLINARCA, EL MAÎTRE O JEFE DE COMEDOR ROMANO…, cuaderno digital EXPERTOS EN HOSTELERÍA, 27-08-2020: expertosenhosteleria.com/2020/08/27/una-historia-del-servicio-de-sala-el-triclinarca-el-maitre-o-jefe-de-comedor-romano/
José María Suárez Gallego, artículo LOS JUSTOS Y LOS CABALES, Diario Jaén, 19-08-2022.
Fran Navarro, artículo ASÍ ERAN LOS BANQUETES DE LOS NOBLES EN LA EDAD MEDIA, revista Muy Interesante, 20-09-2022.
Pilar Cabanes, ASÍ ERAN LOS ESPECTACULARES BANQUETES DE LA EDAD MEDIA, Curiosidades de la Historia: episodio 100, Historia National Geographic, 09-07-2024.
Artículo ALIMENTACIÓN EN LOS SIGLOS XIV Y XV, cuaderno digital EUSKAL GASTRONOMÍA, abril-2024.
[1] Lucio Anneo Séneca, CUESTIONES NATURALES 4, 5. Disponible en la Biblioteca Virtual Cervantes.
[2] Macrobio, SATURNALIA, Libro VII, Capítulo 1: Sobre la presencia de la filosofía en los banquetes.
[3] En su origen, la expresión “poner la mesa” significaba montar el tablero sobre sus caballetes.
[4] Está documentado el uso de servilletas de boca en la corte de Aragón en el siglo XIV.
[5] J. A. Brillat-Savarin, FISIOLOGÍA DEL GUSTO, Editorial Óptima, Barcelona, 2001, p. 101.
[6] Ibidem, p. 127.
Ya,pocas comidas voy hacer,pero lo tendré en cuenta.besos
A partir de ahora, cuando organice una comida lo primero que me plantearé será consultar con un flamenco sobre el numero cabal para en mejor disfrute del evento, para que no haya ni uno más ni uno menos. Y entre los cabales espero que estés tu, con una ensalada de silencios y palabras bien aderezadas.
Como siempre, Fernando, una delicia leerte.
Muchas gracias, Miguel. Vamos a tener que juntarnos los cabales a echar unas cervezas.
Divertido e ilustrativo
Muchas gracias.
Querido hermano: disfruté particularmente este artículo, es original, muy bien documentado y como siempre bien escrito. Como matemático, solo me atrevería a sugerir que como los primeros dos números perfectos son 6 y 28 eliminando el 28 por numeroso, la respuesta “perfecta” claramente es 6. Un abrazo