
El marqués de Salamanca llegó a ser inmensamente rico, uno de los hombres más ricos de su tiempo. A pesar de que no se dedicó a la política, fue ministro de Hacienda y jefe de Gobierno en funciones, y su firma llegó a tener en París tanta solvencia como la del Estado español. Solo a modo de ejemplo, en 1843 prestó al Gobierno español cuatrocientos millones de reales para obras públicas y creó la primera Sociedad de Autores de España. Pero con la misma facilidad con la que ganaba millones, los perdía. Su última gran empresa, la construcción del madrileño barrio de Salamanca, causó su ruina total aunque, paradójicamente, le otorgó un lugar en la posteridad. Tristemente, murió pobre y abandonado por todos excepto por su fiel mayordomo y por el rey Alfonso XII que incluso se hizo cargo de parte de sus deudas. Sorprendentemente, José Echegaray (Madrid, 1832 – 1916) lo había vaticinado en su drama LA ÚLTIMA NOCHE estrenado en 1875: Y que mañana será / si el diablo no lo protege, / pobre de solemnidad.
Pero en 1859, año en el que acontece nuestra anécdota, la fortuna y la popularidad del marqués estaban en máximos tanto bursátiles como personales. Salamanca tenía bien ganada fama de amante del lujo y su esplendidez rayaba en la prodigalidad. Unos años antes, en marzo de 1855, para celebrar que la línea de ferrocarril Madrid-Alicante había llegado hasta Albacete —a Alicante llegaría en enero de 1858—, había organizado y costeado un banquete multitudinario que ha pasado a los anales de la historia de la gastronomía. Pionero de los ferrocarriles en España, Portugal, Italia, Rumanía y Estados Unidos, Salamanca construyó la línea Madrid-Aranjuez en 1851, y más tarde la amplió hasta Albacete y Alicante. La empresa, en la que participó la casa Rothschild, estuvo cuajada de dificultades, especialmente por la hostilidad y las protestas de los habitantes afectados por el trazado, apoyados por un sector de la prensa. Por eso, cuando culminó con éxito la línea Madrid-Albacete, el millonario quiso celebrarlo con un banquete espectacular al que invitó: a todos los habitantes de aquellas regiones que quisieran concurrir. Conocemos el relato detallado del acontecimiento porque el cocinero del marqués, Monsieur Leblanc, se lo contó al que fuera cocinero jefe de la Casa Real entre 1883 y 1894, Loreto Capella Olasagasti (Tarancón, Cuenca, 1853 – Madrid, 1929), y éste lo publicó en la revista El Gorro Blanco el uno de marzo de 1916. El escenario fue la finca Los Llanos, próxima a Albacete y propiedad del marqués. Allí, al aire libre, dispusieron un centenar de mesas de gran longitud, y hasta allí mandó llevar desde Madrid todo lo necesario para servir a unos tres mil comensales, organizados en varios turnos, un menú compuesto por carnero guisado con patatas y guisantes; arroz con jamón, liebre y conejo; perdices estofadas con judías al estilo manchego; aves asadas; torrijas con miel; queso manchego, higos, pasas, nueces avellanas y uvas; todo ello acompañado con su correspondiente pan y regado con vino y aguardiente. Para semejante ágape, se necesitaron varios cientos de operarios y unas cantidades de comida mareantes (las arrobas y libras del texto original están convertidas a kilos): 230 kilos de aceite y manteca para guisar; 287,5 kilos de jamón y tocino; 172,5 kilos de judías blancas; igual cantidad de arroz; 57,5 kilos de ajos y cebollas; 575 kilos de patatas; 500 corderos, ovejas y carneros; 600 conejos y liebres; 500 perdices y perdigones; 800 pavos, gallinas, pollos y palomas; 500 latas de conservas de legumbres; 400 huevos; 3600 chorizos; 57,5 kilos de sal; 11,5 kilos de pimentón; 2,5 kilos de especias; 3680 kilos de pan candeal; 345 kilos de queso manchego; 115 kilos de miel; 920 kilos de torrijas; 460 kilos de higos, pasas, nueces y avellanas; 5750 kilos de vino; 345 kilos de aguardiente… Y a pesar de las dificultades logísticas: Como todo ello estaba tan bien dispuesto, tan bien organizado y tan bien pagado, resultó a las mil maravillas. Pero, pareciéndole poco el monumental dispendio, Salamanca quiso coronarlo con un rasgo de lujo y ostentación que diera aún más que hablar. Así, le encargó a su jefe de cocina en Madrid: El día que se sirva el banquete de Albacete, almorzaré yo allí con mi secretario; pero deseo que nos prepare usted una perdiz con el condimento más caro que usted pueda inventar y que sea original, pues tengo gran empeño en ello, para que se sepa lo que le cuesta a Salamanca comerse una perdiz. Leblanc concibió una idea grandiosa y puso manos a la obra. Hizo traer una ternera de Prádena (Segovia); un carnero de Santa Cruz (Toledo); un cordero lechal de Burgos; de Francia, una pularda de Le Mans, foie-gras de Alsacia y trufas del Perigord; vino de Oporto y una perdiz de Madrid. Cuando tuvo esta selectísima materia prima, el cocinero rellenó la ternera con el carnero que a su vez rellenó con el cordero, éste lo rellenó con la pularda deshuesada y, dentro de ésta puso la perdiz deshuesada rellena de foie y trufas y rociada con seis botellas de Oporto cosecha 1805. Mandó abrir una zanja en el prado y llenó el fondo con brasas de carbón de encina, sobre ellas puso la ternera cosida y: la cubrió de brasas hasta el borde de la fosa, tapándola en seguida con la tierra, dejando un orificio a cada extremo con el fin de que no se apagara la lumbre. Después de varias horas en aquel peculiar horno, desenterró la ternera y extrajo la perdiz que: resultó estar “pochée”, admirablemente, y se le sirvió al marqués, que declaró no haber comido nada más suculento en su vida […] Mucho celebró el marqués la ocurrencia de su cocinero, y quedó satisfecho del precio que no halló excesivo. La preparación de la perdiz había costado la astronómica cifra de 2.526 reales.
Salamanca era muy exigente y selecto a la hora de comer. Tenía palacios en Madrid, uno en la Castellana y otro en Vista Alegre, en Aranjuez, en París y en Londres; todos ellos con servidumbre completa permanentemente. Todo estaba siempre en perfecto estado de revista por si se presentaba sin previo aviso, especialmente las caballerizas y el servicio de cocina con el que era muy exigente. Diariamente, en sus palacios se preparaba un menú exquisito y se ponía la mesa con seis cubiertos. Si el marqués no se presentaba a comer, aquellos manjares se consumían en el comedor del servicio. Pues bien, aunque parezca mentira, este personaje es el mismo que aceptó encantado ser invitado a comer un menú de ocho reales en una tasca popular, y disfrutó como un niño en día de Reyes.
En el madrileño café Suizo, se reunían asiduamente en tertulia un grupo de escritores y artistas jóvenes, románticos, pobres de solemnidad y de vida bohemia. Andando el tiempo, muchos de ellos llegarían a alcanzar fama y fortuna en las letras, la pintura o la música. Una fría noche de enero de 1859, la noticia del último banquete fastuoso que había ofrecido el marqués de Salamanca a sus encopetadas amistades les inspiró la humorística idea de escribirle una carta invitándolo a comer en una tasca donde el menú costaba dos pesetas. Ciertamente los movía el humor, pero tal vez también quisieran tentar la conocida filantropía del marqués, famoso por ayudar a escritores y artistas noveles cuya obra encontraba meritoria. Para que la invitación resultase más atractiva, la redactarían en verso. La epístola fue escrita entre todos y el poeta Manuel del Palacio y Simó fue el encargado de corregirla y pasarla a limpio con bella letra antes de que la firmaran los anfitriones. Pablo Morales, que compartía tertulia con Salamanca, se ocupó de hacérsela llegar. No todos los contertulios se sumaron a la iniciativa; los que sí lo hicieron, fueron el músico Francisco Asenjo Barbieri, el pintor Cosme Algarra y Hurtado, y los periodistas, dramaturgos, poetas y escritores Luis Rivera Rodríguez, Ramón Rodríguez Correa, Manuel Martos Rubio, Carlos Frontaura y Vázquez, Eugenio de Vera Ramos, Santiago Infante de Palacios, Federico Luis de Henales y José Belart. En total doce, como los generales de La Unión Liberal a la que se menciona reiteradamente en los versos siguientes, que fue un partido político fundado por Leopoldo O’Donnell en 1854 y disuelto en 1874. Esta fue la misiva que compusieron:
INVITACIÓN AL MARQUÉS DE SALAMANCA
Carta cariñosa y franca
que escriben con efusión
doce hombres de corazón
a Don José Salamanca.
Nos, los abajo firmantes,
muchachos de porvenir,
que se acaban de reunir
con dos pesetas sobrantes;
viéndole pasar la vida
pródigo siempre y fecundo,
convidando a todo el mundo
mientras nadie le convida,
queremos, aunque sin blanca
nos coja el veinte de enero,
gastarnos aquel dinero
con Don José Salamanca.
Comidas de a dos pesetas,
no son malas, Don José;
habrá sopa de puré
y una entrada de chuletas.
Tendremos frito de sesos,
y, entre platos no sencillos,
rábanos y pepinillos,
manteca y otros excesos.
Y porque tiemble la Unión
a quien ya dimos qué hacer,
cuando se toque a beber,
será vino peleón.
Iremos, aunque se alarmen
los que rigen el país,
a la Fonda de París,
sita en la calle del Carmen.
Preséntese usted contento,
sin temer una emboscada,
que nada debemos, nada,
en dicho establecimiento.
Allí, a las seis de la tarde,
el sábado nos reunimos;
vaya usted, se lo pedimos,
y el que le busque, que aguarde.
No tema usted que la crítica
con nosotros se entrometa,
que no es reunión de etiqueta
ni se hablará de política.
Ni piense que en esta acción
vaya, como en otras ciento,
detrás del ofrecimiento,
oculta la petición;
que el favor de más valía
que usted puede dispensarnos,
es solamente el de honrarnos
con su grata compañía.
Post data. —si por acaso
no se puede presentar,
denos cuenta del fracaso,
porque el paso de esperar
ha sido siempre un mal paso.
Otros tertulianos del grupo del café Suizo, el poeta Gustavo Adolfo Bécquer, el novelista Julio Nombela Tabares y el dramaturgo José Fernández Bremón, habían rehusado participar en la invitación dando por sentado que el marqués la ignoraría. Sin embargo, para sorpresa de todos, Salamanca aceptó encantado y respondió también en verso, aunque consciente de su torpeza en ese menester, encargó la redacción a su amigo el poeta Ramón de Campoamor y Campoosorio (Navia, 1817 – Madrid, 1901). Las críticas afirmaron que, en esta ocasión, el poeta no estuvo a la altura de su fama. Juzgue el lector por sí mismo:
CONTESTACIÓN
Con labios agradecidos
cual su arrogancia merece,
a los “doce” consabidos
les besa la mano el “trece”.
Acepto con gran placer
vuestra franca invitación,
y así podremos saber
lo bien que saben comer
los hombres de corazón.
Comeremos ese día
con dulce fraternidad,
brindaremos a porfía,
unos por la monarquía,
y otros por la libertad.
Y si el conjunto total
de esos brindis fraternales
no hace una Unión Liberal,
revelará, pesia* tal,
una unión de liberales.
Y a todo aquel que no acierte
cómo a invitación tan franca
corresponderé… se advierte
que avive el seso y despierte,
y que estudie en Salamanca.
*Pesia: contracción de “pese a”. Pesia tal: locución interjectiva poco usada.
El sábado, quince de enero, en La Fonda de París, la mesa estaba dispuesta con su centro adornado por los bustos de Lope de Vega, Cervantes, Quevedo y Velázquez, así como con algunos ejemplares del periódico Nosotros en el que publicaba la mayoría de los comensales. También habían contratado a tres músicos que, apostados en el rellano de la escalera, empezaron a tocar en cuanto Salamanca hizo su aparición al tiempo que los anfitriones, puestos de pie, prorrumpían en aplausos. Pablo Morales fue el encargado de recibir al invitado y hacer las presentaciones. En cuanto Salamanca ocupó la presidencia de la mesa y sirvieron la sopa de puré que iniciaba el menú, llegó un mozo con una misiva que Manuel del Palacio leyó en voz alta; decía así:
¿Por qué he de hacer reverencia
ni a qué fingir cortesía?
De comer tengo impaciencia:
de un lado está mi abstinencia;
del otro vuestra hidalguía.
Así se autoinvitaba al ágape el redactor del periódico Las Novedades, Rodríguez Muñoz que, naturalmente, fue acogido de mil amores. También fue acogido José Fernández Bremón que se presentó poco después y se unió al convite tras disculparse, contrito, por no haber creído que Salamanca aceptara la invitación. La comida discurrió en un ambiente de cordialidad y buen humor. Tras la sopa se sirvieron los restantes platos del menú, chuletas incluidas, convenientemente regados con vino tinto de Arganda. El brindis corrió a cargo de Martos Rubio que se dirigió a Salamanca como impulsor de los ferrocarriles en España:
Cuando el espacio devora
una audaz locomotora,
llevando con garbo sumo
cien espirales de humo
en pos de su férrea huella,
parece que sale de ella
una voz que grita franca:
¡Viva, viva Salamanca!
Mas, si el exceso de vino
al maquinista inquilino
que dirige el graduador
del impulso del vapor
le adormece la pupila
y el convoy se descarrila,
parece que la voz franca
grita y grita: ¡A Salamanca!
Durante los postres, entre parabienes y brindis con vino peleón —el espumoso brilló por su ausencia–, todos los presentes fueron tomando la palabra. El primero fue Pablo Morales que se levantó y recitó:
Cerca de ti, embajador,
represento a esta docena
con más gloria y más honor
que si me mandan al Sena
cerca del Emperador*.
*Se refiere a Napoleón III que, tras dar un golpe de Estado, se había proclamado emperador de los franceses en 1852.
A continuación, fue Rodríguez Correa quien tomó la palabra:
Aquí, do cesa la pasión política,
conquista un timbre de pasión ecléctica,
pues que en esta asamblea la dialéctica
bien puede resistir a cualquier crítica.
Rabien, pues, de furor el optimismo
y todos los filósofos extremos
mientras que vino peleón bebamos
en honra del presente eclecticismo.
Después fue Luis Rivera el que hizo reír a todos con su ingenio:
Soy autor de las varias chanzonetas
que margen dieron a reunión tan franca.
Desde hoy, mientras yo tenga dos pesetas,
sin comer no se queda Salamanca.
Seguidamente fue Martos Rubio el que tomó la palabra:
No vengo a brindar dispuesto;
mi obligación es comer
si he de cumplir el deber
que me impone el presupuesto.
También el pintor Cosme Algarra se aventuró a emular a sus compañeros poetas:
Señores: es mucho cuento
pero no es una aprensión;
él, con mil, gana un millón;
yo, de diez mil hago ciento.
¿Consistirá en el talento?
Entonces soy un melón.
Carlos Frontaura, en su turno de palabra, dijo:
De comida tan espléndida
nunca pierdas la memoria,
que sabe Dios, Salamanca,
cuando te verás en otra.
El maestro Barbieri cantó una seguidilla, y así siguieron los restantes hasta que todos los anfitriones pronunciaron su brindis de despedida. Antes de que Salamanca pusiera broche final a la reunión con su discurso, Manuel del Palacio propuso un juego que llamó “alarde de repentización en verso”. Consistía en que los presentes le daban ocho palabras elegidas al azar y él las usaría para finalizar los ocho versos de una octava que improvisaría sobre la marcha. La primera se la pidió a Salamanca, quien dijo días. Las siguientes fueron frente, mente, alegrías, inocente, mapa, gente y capa. Tras comentar que se lo habían puesto muy difícil, don Manuel comenzó a recitar:
Vendrán de la vejez los tristes días
y surcarán de arrugas nuestra frente;
pero el recuerdo quedará en la mente
de estas puras y dulces alegrías.
Jurad sobre este líquido inocente
que aun cuando fuera os encontréis del mapa,
partiréis vuestro pan con esta gente,
como el buen San Martín partió su capa.
Tras los entusiastas aplausos de la concurrencia, Salamanca se puso de pie y pronunció unas palabras sinceras, breves, emocionadas… y en prosa, finalizando así la singular comida que, si parca y deslucida fue en condumios, más que pródiga y radiante fue en ingenios:
Deseo agradecer a ustedes, muy sinceramente, desde el fondo de mi corazón, que hayan tenido el feliz acierto de invitarme a esta comida, la cual contará entre las mejores de mi vida. He pasado un rato inolvidable, de esos que a nadie le es posible comprar por mucho dinero que tenga. Les soy, pues, deudor a todos. Admiro a ustedes y, aunque les sorprenda, debo confesarles que también les envidio. Sí, les envidio porque me consta que el nombre y la obra de algunos que hoy se sienten pobres vencerá al tiempo y vivirá en la memoria de los hombres, cuando los míos hayan desaparecido. Quienes movemos millones no tenemos mañana. Y es que la inmortalidad se conquista. No es posible comprarla. ¿Vieron en alguna parte que se haya levantado una estatua al hombre que dedicó su vida a crear riqueza? Nadie ha logrado hasta ahora ese honor. Ni lo logrará. El artista no ha de permitir que nada merme el gran amor que debe sentir por su arte. El oro, ante esto, nada vale. Por eso yo os pido que no le mezcléis nunca con vuestras obras. Ello os proporcionará unas emociones purísimas que el hombre, simplemente adinerado, jamás podrá sentir. Gracias por el alto honor de haberme admitido en vuestra compañía.
La anecdótica convidada, lejos de pasar desapercibida, fue comentada en Madrid durante mucho tiempo y, en cierta ocasión, rentabilizada por Manuel del Palacio, Carlos Frontaura y el maestro Barbieri. Una noche que estaban hambrientos y sin blanca, fueron a cenar a la Fonda de París, ya famosa gracias a ellos. A la hora de pagar, el mesonero se negó a concederles crédito. Frontaura, entonces, solicitó pluma y papel y, tras escribir durante unos minutos, leyó lo escrito a todos y dijo: ¿Qué le vamos a hacer? Pagaremos religiosamente. Vosotros esperad aquí como garantía de que ese puñado de reales será satisfecho. Yo voy a llevar estos versos al diario y, en cuanto cobre, vuelvo. Y, mirando al mesonero: Bueno, eso en el caso de que a este señor le interese que sean publicados. El mesonero, tras expresar su deseo de que aquello no llegara a conocimiento del señor Salamanca, accedió a concederles el crédito que solicitaban. Estos son los versos que obraron el milagro:
A la fonda de París
fue Salamanca a comer
y desde entonces está
a punto de fallecer.
La avaricia del fondista
le guisó, a lo que discurro,
o solomillos de perro
o infecta carne de burro.
No comas nunca jamás
en la Fonda de París,
porque desde allí se está
asesinando al país.
Y si acaso no te importa
perder tu buena salud,
ve, más primero que todo,
a encargarte un ataúd.
Por supuesto, los versos le llegaron al banquero y corrieron por Madrid como la pólvora.
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Fuentes (por orden cronológico):
Loreto Capella Olasagasti (1853 – 1928), artículo LA PERDIZ DEL MARQUÉS DE SALAMANCA, revista El Gorro Blanco, nº 115, Madrid, 1 de marzo de 1916.
Florentino Hernández Girbal (Béjar, Salamanca, 1902 – Madrid, 2002), JOSÉ DE SALAMANCA. EL MONTECRISTO ESPAÑOL, Ediciones Lira, Madrid, 1963.
Fernando Rodríguez de la Torre, ensayo EL MARQUÉS DE SALAMANCA Y LA FINCA DE LOS LLANOS, Dialnet, 1996.
Enrique Mapelli López, LA GASTRONOMÍA EN VERSO, Ediciones Profesionales y Empresariales S. A., Madrid, 2000, pp. 172-176.
Carlos Azcoytia Luque, blog Historia de la Cocina y la Gastronomía, artículo HISTORIA DE UNA CENA SORPRENDENTE EN EL MADRID ROMÁNTICO DEL SIGLO XIX ENTRE UN BANQUERO Y UNOS ARTISTAS, 16-11-2013.
Ana Vega Pérez de Arlucea, artículo EL MARQUÉS DE SALAMANCA Y EL GRAN FESTÍN DE ALBACETE, diario El Correo, Gastrohistorias, 16-05-2020.
José Fidel López, blog Cuentos de cine, artículo EL FERROCARRIL TRAJO A ALBACETE LA PERDIZ MÁS CARA DEL MUNDO, 23-03-2024.