Juan Ignacio Molina y Félix de Azara

La calumnia difundida por herejes e ilustrados de que los españoles padecemos alguna suerte de incapacidad congénita para la ciencia, gozó y sigue gozando de gran predicamento entre negrolegendarios foráneos y tontíberos autóctonos. Desde los inicios de la Ilustración, una de las supercherías favoritas de los ilustrados, incluidos los afrancesados patrios, fue la de la ignorancia y el atraso de los españoles. Como es lógico, para que esa burda falacia resultara verosímil había que borrar de los libros de Historia a todos los científicos españoles que en ciencias sentaron plaza, que son legión. En principio, podría parecer una tarea ardua e ingente, pero para enemigos tan versados en maldad como doctos en falsedad, fue coser y cantar. De hecho, el éxito alcanzado en el borrado histórico de la ciencia española supera con creces al alcanzado por la damnatio memoriae en otros campos como la literatura, las artes plásticas o la historia militar. Y el hecho de que los sobresalientes científicos Molina y Azara sean dos desconocidos ejemplifica perfectamente el alto nivel de eficacia lograda por la ruin empresa.

El borrado de la ciencia española en la teoría de la evolución de las especies. –

Todos hemos estudiado que la teoría de la evolución de las especies, que revolucionó la Biología en el siglo XIX, se debió al caletre —inglés y por tanto superlativo, claro está— de Charles Darwin[1]. Y, tal y como nos lo cuentan los libros de texto, resulta palmario que a la británica lucidez del genio le bastó con darse un paseo por las costas de Hispanoamérica a borde del bergantín HMS Beagle, para comprender de una ojeada lo que los obtusos y acientíficos españoles habían sido incapaces de entender durante siglos.

El paradigmático caso de Juan Ignacio Molina. –

Lo que no hemos estudiado, porque la patrañografía negrolegendaria y el tontiberismo hispano han puesto buen cuidado en ocultarnos, es que el primero que rechazó la teoría de la degeneración de Buffon[2] fue el sacerdote jesuita, naturalista, botánico, geógrafo, catedrático y cronista Juan Ignacio Molina González (Villa Alegre, Capitanía general de Chile, 1740 – Bolonia, Estados Pontificios, 1829) en su obra COMPENDIO DE LA HISTORIA GEOGRÁFICA, NATURAL Y CIVIL DEL REYNO DE CHILE (1776)[3]. Y tampoco hemos estudiado que fue también don Juan Ignacio, más conocido como el abate Molina, el primero que, en su artículo ANALOGÍAS MENOS OBSERVADAS DE LOS TRES REINOS DE LA NATURALEZA (1815)[4], propuso una teoría de la evolución gradual de las especies prácticamente al mismo tiempo que Lamarck[5] y… ¡cuarenta y cuatro años antes que Darwin! Según la teoría de Molina, la naturaleza está organizada como una cadena continua, sin saltos bruscos, en tres especies de vida, esto es, la vida formativa, la vegetativa y la sensitiva; pero de modo que la primera, destinada a los minerales, participe en algún grado de la segunda, propia de los vegetales, y esta, de la tercera, asignada a los animales. Así, los minerales más complejos, los cristalinos, anteceden a las formas vegetales más simples, y los vegetales con organización más compleja anteceden a las formas animales más simples. Esta revolucionaria teoría sobre la unidad evolutiva de la naturaleza y de la vida causó un impacto tremendo y le costó que su ex discípulo Ranzani lo acusara de herejía y que el obispo de Bolonia le abriera una investigación sumaria que duró años durante los cuales fue excluido de la docencia y del ministerio sacerdotal. Finalmente, en 1817, el consejo de teólogos no encontró en su obra nada contrario a la fe, siendo absuelto y restituido al ministerio sacerdotal y a la actividad docente. En la misma línea argumental, en su artículo MEMORIA SOBRE LA PROPAGACIÓN SUCESIVA DEL GÉNERO HUMANO (1818)[6] Molina, aplicando sus conocimientos geográficos, demostró que las soluciones de continuidad entre los diversos continentes no son insalvables y propuso la tesis de que todos los hombres proceden de un mismo tronco y han transitado de unas partes a otras del globo terráqueo. En consecuencia, las diferencias físicas observables entre las razas humanas se deben a factores climáticos y geográficos. Darwin, en sus escritos, citó al abate Molina en varias ocasiones.

Juan Ignacio Molina mostró gran interés por la naturaleza desde temprana edad. Con quince años ingresó en la Orden Jesuita donde demostró una notable inteligencia y aplicación. Adquirió una formación muy sólida en ciencias, filosofía y humanidades, y llegó a dominar cinco idiomas: español, latín, griego, italiano y francés. En 1767 dirigía la biblioteca de la casa principal de la Orden en Santiago, cuando Carlos III expulsó a los jesuitas de sus reinos. Camino del exilio, Molina prosiguió sus estudios: se examinó de segundo de Teología (1768) en Valparaíso, de tercero (1769) en El Puerto de Santa María (España) y fue ordenado sacerdote el 29 de septiembre de 1769 en Bertinoro (Estados Pontificios). Hizo sus últimos votos en 1773 en Ímola (Bolonia), en la Emilia-Romaña italiana, donde pasó sus primeros años de destierro viviendo del dinero que le enviaba su familia, lejos de su tierra y separado de su madre a la que no volvería a ver. Trasladado a Bolonia, obtuvo la cátedra de lengua griega en la Universidad, y la cátedra de Historia Natural y Botánica en la Academia Pontificia de Ciencias, convirtiéndose en una destacada figura académica. En reconocimiento a su obra y a su prestigio, cada vez mayores, alcanzó el rango de miembro del Real Instituto Italiano de Ciencias, Letras y Artes; obtuvo la alta dignidad de primer académico americano de la docta Academia del Instituto de las Ciencias; fue nombrado miembro honorario de la Academia privada de Georgofili de Florencia; fue distinguido como socio correspondiente de la Academia Trentina de Ascoli; y fue nombrado miembro de la Academia de Felsinei. Sus obras[7], traducidas al español (las que escribió en italiano), italiano, francés, alemán e inglés, gozaron de gran prestigio y difusión en toda Europa y Estados Unidos.

El abate Molina fue uno de los más importantes representantes de la Escuela Universalista Española del siglo XVIII, a pesar de lo cual, su figura brilla por su ausencia en los libros de texto que estudiaron nuestros padres, que estudiamos nosotros y que estudian nuestros hijos. Libros de texto en los que sí aparecen, por supuesto, y destacados, los franceses Buffon y Lamarck, y el inglés Darwin.

El no menos paradigmático caso de Félix de Azara. –

Por igual motivo, tampoco hemos estudiado y, en consecuencia, también desconocemos la impresionante figura del aragonés Félix de Azara y Perera (Barbuñales, Huesca, 1742 – 1821), humanista, militar, matemático, ingeniero, marino, cartógrafo, explorador, antropólogo y naturalista vocacional. Estudió humanidades en la Universidad de Huesca y ciencias en la Real Academia Militar de Matemáticas y Fortificación de Barcelona. En 1775, formando parte de la expedición contra Argel, fue gravemente herido. Lo salvó un compañero que se empeñó en extraerle el proyectil cuando ya todos lo daban por muerto. En 1781, siendo teniente coronel de Ingenieros, fue enviado a América en calidad de topógrafo integrante de una comisión mixta hispano-lusa, para delimitar las fronteras entre el Imperio español y el portugués[8]. Cuando partió esperaba acabar el trabajo en unos meses y regresar, pero las circunstancias de su misión cambiaron y pasó allí veinte años —de 1781 a 1801— viajando desde los Andes hasta la costa atlántica y desde la Patagonia hasta Bolivia. En ese tiempo, Azara cumplió concienzudamente con su misión de trazar mapas cartográficos —en cantidad ingente—, delimitar la frontera y organizar la defensa de las plazas españolas limítrofes con Brasil; pero simultáneamente tomó apuntes muy precisos y anotó minuciosas descripciones de la fauna, la flora y los ecosistemas americanos. Catalogó más de cuatrocientas especies, la mayoría desconocidas[9], pero hizo mucho más que eso[10]:

Sus observaciones, con el rigor de ingeniero militar, no solo se limitaron a la descripción de las especies sino también a sus hábitats, a sus costumbres, en una aproximación a las futuras ecología y etología, respectivamente […] [Señala] la pérdida de suelo agrícola por erosión hídrica […] que, al eliminar la original cubierta forestal protectora, las lluvias arrastraban la tierra y dejaban la roca al descubierto […] los efectos nocivos de los incendios repetitivos sobre la biodiversidad florística y faunística. […] Félix de Azara se sitúa en la protohistoria de las diversas disciplinas de las ciencias naturales más modernas, al integrar observaciones sobre la morfología animal y vegetal, el comportamiento animal, la distribución de la vegetación en el relieve o la calidad del suelo.

Hay que añadir que sus análisis sobre las relaciones entre geografía y biología también sentaron las bases de la futura biogeografía.

Gracias a sus observaciones, corrigió los muchos errores cometidos por Buffon en la identificación y descripción de numerosas especies suramericanas[11] y desarrolló argumentos concluyentes que demostraron la falsedad de la teoría de la degeneración concebida por el sabio francés[12]. Paradójicamente, la formación de Azara como naturalista había sido autodidacta y se había fundamentado en la lectura, entre otras, de las obras de Buffon que entonces era el naturalista más prestigioso de Europa.

Especial mención merecen los extraordinarios estudios sobre las aves que convirtieron a Azara en el padre de la ornitología moderna. Describió cuatrocientas cuarenta y ocho especies de aves. Hoy día hay catalogadas unas mil especies de aves distintas en Argentina, Paraguay y Uruguay, cifra que nos da idea de la inmensa labor de Azara. Y fueron precisamente sus observaciones de las aves las que lo llevaron a plantear, como el abate Molina, la teoría del cambio gradual de las especies. No es casualidad que también Darwin, buen conocedor de las obras de Azara, fundamentara en las aves, en los pinzones de las islas Galápagos, su teoría de la evolución de las especies.

Azara observó, entre los animales de una misma especie, diferencias que no se debían a una causa superficial. Él las atribuyó a una causa interna concluyendo que el ser vivo puede cambiar en base a variaciones aleatorias, un mecanismo que, salvando las distancias, preludia el actual concepto de mutación genética como motor de la evolución. Refutaba así las conclusiones de Buffon que atribuía la variabilidad de las especies única y exclusivamente a la influencia de los distintos ambientes. No obstante, su importancia como naturalista no está tanto en la formulación de hipótesis como en que, desafiando los principios establecidos por la ciencia de la época, considerados inamovibles, fue capaz de introducir el desorden en la concepción oficial del universo como una armonía perfecta. Se convirtió así en un adelantado a su tiempo, un investigador vanguardista que rompió el orden científico del siglo XVIII para abrir caminos nuevos que siguieron los estudiosos posteriores, en concreto Darwin. A este respecto, el catedrático de Geografía Humana Horacio Capel Sanz, de la Universidad de Barcelona, en el libro TRAS LAS HUELLAS DE FÉLIX DE AZARA (Diputación de Huesca y Fundación Biodiversidad, Zaragoza, 2006), dice: Azara razonó, varios decenios antes que Darwin, de forma similar a como lo haría éste y obtuvo conclusiones semejantes.

Además, poco amigo de perder el tiempo, mientras trazaba fronteras, diseñaba fortificaciones y catalogaba especies, Azara también se convirtió en pionero de la etnografía y de la antropología. Identificó a cuarenta pueblos o naciones indígenas, como él las llamó, desde los guaraníes hasta los charrúas, y describió, con la precisión que lo caracterizaba, sus costumbres, rituales, relaciones humanas y modos de vida.

Cuando por fin recibió autorización para volver a España, lo hizo rechazando el ofrecimiento del primer ministro Godoy para ser virrey de México. En 1815, fiel a su ideología liberal, también rechazó la Orden de Isabel La Católica para protestar contra el absolutismo de Fernando VII. Se retiró entonces a su pueblo natal donde las tropas francesas habían saqueado sus posesiones durante la Guerra de la Independencia. Allí vivió hasta su muerte el diecisiete de octubre de 1821. 

Es autor de obras fundamentales[13] tanto por la especial trascendencia de sus investigaciones como por la gran difusión que alcanzaron en toda Europa. En 1802, estando en París invitado por su hermano José Nicolás que era embajador de España, estrechó relaciones con ilustres naturalistas locales como Étienne Geoffroy Saint-Hilaire, Charles-Athanase Walckenaer y Georges Cuvier con el que pudo examinar concienzudamente el Museo de Historia Natural, ya que el prestigioso zoólogo y paleontólogo creador de la anatomía comparada era catedrático en esa institución.

Darwin, como el resto de naturalistas europeos de la época, conoció muy bien la obra de Azara. En el Beagle viajaba con un ejemplar de VIAJES POR LA AMÉRICA MERIDIONAL en su versión inglesa, y la usó como guía para recorrer muchos de los lugares descritos en el libro. Según David Badía Villas, en el artículo antes citado:

Darwin tiene en máxima consideración las reflexiones de Azara, por ejemplo, las del toro mocho o vacas sin cuernos, en las que observa las mutaciones y la selección artificial del ganado que hacía el hombre, asumiendo que esa selección también se daría de forma natural. Estas ideas son recogidas por Darwin, quién lo cita tanto en sus libros: “El origen de las especies” y “El origen del hombre”.

De hecho, Azara fue uno de los autores más citados por Darwin. En DIARIO DEL VIAJE DE UN NATURALISTA ALREDEDOR DEL MUNDO (1839) lo citó quince veces. Y esta obra fue el germen de EL ORIGEN DE LAS ESPECIES, donde también lo citó en dos ocasiones. Y aún en EL ORIGEN DEL HOMBRE lo citó en una ocasión… ¿A ver si va a resultar que el inglés no hizo sino desarrollar las ideas del científico español? Desde luego, resulta muy significativo que Darwin, al igual que Azara, fundamentara su teoría de la evolución en la observación de unas aves, los pinzones de las islas Galápagos. Y, en todo caso, no es ocioso afirmar que la obra de Azara tuvo una influencia decisiva en la teoría de la evolución que formuló el inglés. En palabras del profesor Manuel Buil Trigo, además de contribuir al desarrollo de la biogeografía y de la biología evolutiva, influyó en la teoría evolucionista tanto por sus observaciones directas y objetivas sobre el terreno, como por sus deducciones, asombrosamente adelantadas.

¿Por qué nuestros eruditos, científicos e historiadores no hacen valer las figuras de Azara y Molina como los pioneros de la teoría de la evolución de las especies? ¿Por qué sus nombres y sus aportaciones científicas no son recogidas en los libros de texto que estudian los bachilleres hispanos? ¿Por qué les hurtamos a nuestros alumnos el conocimiento de sus vidas y sus obras para que les sirvan de ejemplo y estímulo? Pues porque nuestras élites intelectuales, políticas y económicas están formadas por tontíberos culturalmente subordinados a los dictados foráneos. Y así, los fulanos que reniegan de nuestros antepasados ilustres, que son los que diseñan los sistemas educativos, reimplantan su propio tontiberismo en el alumnado generación tras generación, en un ciclo que se repite desde el siglo XVIII y al que no se le ve el final.


[1]Charles Darwin (Shrewsbury, Reino Unido, 1809 – Down, Reino Unido, 1882) publicó en 1859 (John Murray, Londres) su revolucionaria obra ON THE ORIGIN OF SPECIES BY MEANS OF NATURAL SELECTION, OR THE PRESERVATION OF FAVOURED RACES IN THE STRUGGLE FOR LIFE (SOBRE EL ORIGEN DE LAS ESPECIES POR MEDIO DE LA SELECCIÓN NATURAL, O LA PRESERVACIÓN DE LAS RAZAS FAVORECIDAS EN LA LUCHA POR LA VIDA). Este largo título se acortó a partir de la sexta edición de 1872, quedando reducido a ON THE ORIGIN OF SPECIES (EL ORIGEN DE LAS ESPECIES).

[2]Georges Louis Leclerc, conde de Buffon (Montbard, Francia, 1704 – París, 1788), HISTORIA NATURAL, GENERAL Y PARTICULAR, publicada en treinta y seis volúmenes entre 1749 y 1788, más ocho volúmenes adicionales publicados después de su muerte. Su teoría de la degeneración está en el ensayo DE LA DEGENERACIÓN DE LOS ANIMALES, volumen decimocuarto, 1766, pp. 311-374.

[3]Disponible en https://books.google.es/

[4]Disponible en https://www.memoriachilena.gob.cl/

[5]Jean-Baptiste Lamarck (Bazentin, Francia, 1744 – París, 1829), FILOSOFÍA ZOOLÓGICA (1809).

[6]Disponible en https://anales.uchile.cl/

[7]ELEGÍAS LATINAS (1761), obra poética de juventud, donde relata su experiencia como enfermo de viruela, que lo tuvo al borde la muerte; COMPENDIO DE LA HISTORIA GEOGRÁFICA, NATURAL Y CIVIL DEL REYNO DE CHILE (1776), escrito de memoria porque el manuscrito le fue requisado al embarcar en el Callao; ENSAYO SOBRE LA HISTORIA NATURAL DE CHILE (1782); ENSAYO SOBRE LA HISTORIA CIVIL DEL REYNO DE CHILE (1787); los artículos ANALOGÍAS MENOS OBSERVADAS DE LOS TRES REINOS DE LA NATURALEZA (1815) y MEMORIA SOBRE LA PROPAGACIÓN SUCESIVA DEL GÉNERO HUMANO (1818), ambos recogidos en MEMORIAS DE HISTORIA NATURAL (1829), una recopilación de memorias leídas por Molina en el Instituto de Ciencias de Bolonia que fueron recopiladas por sus propios discípulos.

[8] Una misión altamente compleja para la época, que precisó la utilización de los más modernos instrumentos de astronomía, navegación y cartografía. Para llevarla a cabo, ambas coronas aportaron a sus mejores especialistas científicos en demarcación. A Azara le acompañaron Pedro de Ceviño, Juan Francisco de Aguirre, Martín Boneo, Pablo Zizur, Ignacio de Pazos, Diego de Alvear y Julio Ramón de César, entre otros.

[9]Lamentablemente, su ingente labor no ha recibido el debido reconocimiento porque la clasificación de esas especies según los estándares de Linneo la llevaron a cabo investigadores posteriores.

[10]David Badía Villas, catedrático de Edafología de la Universidad de Zaragoza, FÉLIX DE AZARA, UN ALTOARAGONÉS EN LA PROTOHISTORIA DE LAS CIENCIAS NATURALES MODERNAS, artículo publicado en el blog Campus de Huesca, Universidad de Zaragoza, el 29-12-2021.

[11]Los errores de Buffon eran de tal calibre y su inventiva tan evidente que Azara llegó a decir que fabricaba pájaros exóticos con plumas de aves diversas.

[12]El conde de Buffon afirmaba que el continente americano, abundante en insanas aguas estancadas y pantanos, daba lugar a animales más pequeños y menos vigorosos, y a humanos carentes de barba, vello corporal y de pasión por las hembras, motivo por el cual sus órganos reproductores eran más pequeños y débiles. Estas ideas fueron recogidas y exageradas por tipos como el filósofo holandés Cornelius Pauw (…los europeos que pasan a América degeneran lo mismo que los animales… Los criollos jamás han producido una sola obra literaria que merezca la pena… La gente de la que hablamos nunca se alzará de su abyecta condición), o el malévolo y fantasioso abate Raynal, quien llegó a afirmar que los varones americanos lactaban como las mujeres. Sorprendentemente, esta sarta de memeces y extravagancias estuvo vigente en países tan ilustrados como Francia y sus satélites culturales hasta mediado el siglo XIX.

[13]Entre otras: APUNTAMIENTOS PARA LA HISTORIA NATURAL DE LOS CUADRÚPEDOS DEL PARAGUAY Y RÍO DE LA PLATA (1802), APUNTAMIENTOS PARA LA HISTORIA NATURAL DE LOS PÁXAROS DEL PARAGUAY Y RÍO DE LA PLATA (1802), VIAJES POR LA AMÉRICA MERIDIONAL (1809), DIARIO DE UN RECONOCIMIENTO DE LA GUARDIA Y FORTINES (1821), CORRESPONDENCIA OFICIAL E INÉDITA SOBRE LA DEMARCACIÓN DE LÍMITES ENTRE EL PARAGUAY Y EL BRASIL (1836), INFORMES DE D. FÉLIX DE AZARA, SOBRE VARIOS PROYECTOS DE COLONIZAR EL CHACO (1836), MEMORIAS SOBRE EL ESTADO RURAL DEL RÍO DE LA PLATA EN 1801 (1847), DESCRIPCIÓN E HISTORIA DEL PARAGUAY Y DEL RIO DE LA PLATA (1847).


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