José de Acosta y Porres, autor de HISTORIA NATURAL Y MORAL DE LAS INDIAS, 1590.

EL BORRADO DE LA CIENCIA ESPAÑOLA: JOSÉ DE ACOSTA. –

José de Acosta y Porres (Medina del Campo, Valladolid, 1540 – Salamanca, 1600), fue el menor de los nueve hijos que tuvieron Antonio de Acosta y Ana de Porres, una acomodada familia de comerciantes de Medina del Campo. Dos de las tres hermanas fueron religiosas y, de los seis varones, uno alcanzó fama y honores como militar y los otros cinco ingresaron en la Compañía de Jesús, lo que, en aquellos años, requería demostrar una vocación y una inteligencia muy por encima de lo común. Todos ellos destacaron en la Orden, pero ninguno tanto como José.

Ya desde niño su inteligencia causaba asombro. A los once años entró en el Colegio de la Compañía de Jesús de su ciudad. Con tan solo doce años ingresó en el noviciado de Salamanca. A los quince ya impartía clases de latín a los compañeros de su misma edad[1] y, gracias a su excelente dominio del latín, fue encargado de redactar algunos de los informes cuatrimestrales que se enviaban al padre general San Ignacio de Loyola. Antes de los diecisiete compuso varias comedias, tragedias y autos que representaban sus condiscípulos en las festividades. A los diecisiete años, según práctica habitual entre los jesuitas, viajó por varios colegios de Castilla y Portugal enseñando Humanidades y Gramática latina. En ese periplo fue uno de los fundadores del Colegio de Segovia. A los diecinueve años ingresó en la Universidad de Alcalá de Henares, que entonces era el centro del humanismo español, y recibió una magnífica formación en Teología, Filosofía, Derecho, Historia y Ciencias Naturales. Con veintidós años fue ordenado sacerdote y marchó a Roma, donde residió hasta 1565. Su padre descendía de judíos conversos y esa fue la causa de que, durante la V Congregación de la Compañía de Jesús, los jesuitas romanos lo insultaran públicamente llamándolo «marrano». A los jesuitas de la rama española les debían de importar más sus méritos que sus orígenes, porque cuando regresó a España, con veinticinco años, lo nombraron rector del Colegio de Salamanca. Entre 1567 y 1569 fue profesor de Teología en el Colegio de Ocaña, y los tres años siguientes en el Colegio de Plasencia. En 1568 solicitó por vez primera marchar a América. Finalmente, en 1571, con treinta y un años y una salud delicada, sus reiteradas peticiones fueron atendidas. El entonces general de la Compañía, San Francisco de Borja, le dio su aprobación y fue destinado al Virreinato del Perú, a las misiones de los Andes.

Recorrió el virreinato del Perú de punta a punta cuatro veces. Aprendió aimara y quechua, y creó la primera gramática y el primer diccionario para esa lengua, lo que ha permitido que se conserve hasta hoy. El dominio de las lenguas indígenas le parecía fundamental para la evangelización, pero sobre todo para la educación de los indios, que fue el gran objetivo en el que trabajó sin descanso durante los diecisiete años que pasó en América impartiendo docencia y fundando colegios para indígenas. Nadie conoció mejor que él la vida y costumbres de los pueblos andinos. Finalmente, su quebrantada salud lo obligó a solicitar el regreso a España. En julio de 1586 llegó a México, capital de Nueva España, donde su hermano Bernardino, también jesuita, era Rector del Colegio de Oaxaca. Durante su estancia, Acosta reunió documentación para el libro que llevaba ya años componiendo, su HISTORIA NATURAL Y MORAL DE LAS INDIAS. Tras pasar casi un año en México, embarcó rumbo a España. En 1587 desembarcó en Sanlúcar de Barrameda. En 1590, salía de las prensas de Sevilla el libro más famoso de cuantos escribió. Los últimos años de su vida discurrieron entre Valladolid y Roma.

El Nuevo Mundo supuso un revulsivo para la inquieta inteligencia de José de Acosta. Agudo observador, nada escapaba a su curiosidad. Su poderoso ingenio, afilado como un bisturí, diseccionaba todo cuanto le rodeaba. Las deducciones de sus análisis, acogidas cual simientes por el fértil suelo de su sólida formación, abonadas por su vigoroso intelecto y regadas por su amplísima cultura, fructificaban en conclusiones innovadoras y geniales. Acosta fue un investigador vocacional que puso la razón por encima de los dogmas y desarrolló, en sus investigaciones, una metodología científica adelantada a su época. Destacó en prácticamente todas las ramas del saber de su tiempo, tanto humanísticas como científicas —lingüística, pedagogía, geología, zoología, botánica, cosmología…—, y fue pionero en campos como la biogeografía, la antropología y la etnología que Acosta llamó historia moral o de las costumbres.

Sin embargo, a pesar de tantos y tan evidentes méritos, para la inmensa mayoría de los hispanos José de Acosta es un completo desconocido. En 1989, Simón Valcárcel escribía[2]: La figura del P. José de Acosta… ha sufrido el olvido más absoluto hasta el último año de la anterior centuria, año en que J. Rodríguez Carracido (1899) publica su libro… sobre el autor[3]. Y, obviamente, el motivo de este olvido no es que el jesuita, misionero, políglota, antropólogo, naturalista, cosmógrafo y teólogo no hiciera méritos más que sobrados para formar parte de nuestra cultura general y para figurar en los libros de Historia que estudian nuestros jóvenes. No. El motivo es que esos libros, los que estudiaron nuestros abuelos y nuestros padres, los que estudiamos nosotros y los que estudian nuestros hijos, desde el siglo XIX son escritos por tontíberos negrolegendarios, antaño ilustrados y hogaño progres, antaño afrancesados y hogaño anglófilos, pero siempre antiespañoles.

Tontíberos que nos ocultan que el sabio de Medina del Campo, adelantado a su tiempo en varios siglos, abordó la interpretación de todos los fenómenos naturales con un perfecto enfoque científico, adelantándose a Galileo Galilei (1564-1642) al que la patrañografía oficial considera el padre del método científico[4]. Nos ocultan también que José de Acosta —en el siglo XVI, no lo olvidemos— fue el primer científico que llegó a la certera y asombrosa conclusión de que los indígenas americanos habían llegado a ese continente desde el norte de Asia. Pero además, sorprendentemente para su época, lo argumentó mediante un razonamiento científico en cuyo empleo fue pionero. Así, nos dice en su HISTORIA NATURAL Y MORAL DE LAS INDIAS[5], Libro I, capítulo XX, titulado Que con todo eso es más conforme a buena razón pensar que vinieron por tierra los primeros pobladores de Indias:

Es para mí una gran conjetura para pensar que el nuevo orbe, que llamamos las Indias, no está del todo diviso y apartado del otro orbe. Y por decir mi opinión, tengo para mí días ha, que la una tierra y la otra en alguna parte se juntan, y continúan, o a lo menos se avecinan y allegan mucho. […] Si esto es verdad, como en efecto me lo parece, fácil respuesta tiene la duda tan difícil que habíamos propuesto: cómo pasaron a las Indias los primeros pobladores de ellas, porque se ha de decir, que pasaron, no tanto navegando por el mar, como caminando por tierra; y ese camino lo hicieron muy sin pensar, mudando sitios y tierras poco a poco; y unos poblando las ya halladas, otros buscando otras de nuevo, vinieron por discurso del tiempo a henchir las tierras de Indias de tantas naciones y gentes y lenguas.

Impresionante. Siglo XVI, no lo olvidemos, cuando la aplicación de su propio método de razonamiento científico lleva a Acosta a predecir la existencia del estrecho de Bering, que no sería descubierto hasta 1741. Hoy sabemos que, durante la última glaciación, en el Pleistoceno, grandes cantidades de agua quedaron retenidas en los continentes en forma de hielo; el nivel del mar bajó y el estrecho de Bering, que separa el noroeste de Eurasia y el noreste de América, pudo ser cruzado a pie por grupos humanos procedentes de Asia que, lentamente, se expandieron por América hacia el sur poblando todo el continente[6].

Acosta, en la obra citada, dedicó muchos capítulos a describir los animales y plantas americanos. Recordemos que, para los europeos de la época y hasta el siglo XIX, todos ellos eran descendientes de los que se salvaron en el arca de Noé. Pues bien, sobre el problema de cómo llegaron allí las especies semejantes a las europeas, africanas y asiáticas, Acosta encontró una explicación razonada que en su época fue revolucionaria (Libro IV, capítulo XXXIV):

Halláronse, pues, animales de la misma especie que en Europa, sin haber sido llevadas de españoles. […] no siendo verosímil que por mar pasasen en Indias, pues pasar a nado el océano es imposible, y embarcarlos consigo hombres es locura, síguese que por alguna parte donde el orbe se continúa y avecina al otro, hayan penetrado, y poco a poco poblado aquel mundo nuevo. Pues conforme a la Divina Escritura, todos estos animales se salvaron en el Arca de Noé, y de allí se han propagado en el mundo.

Después de José de Acosta, habrá que esperar hasta 1912 para que otra teoría, la deriva continental de Alfred Wegener, trate de explicar científicamente la presencia de animales y plantas semejantes en continentes separados por océanos insalvables. La teoría que hoy consideramos definitiva, la tectónica de placas, no llegaría hasta el último tercio del siglo XX. Ambas confirman la hipótesis planteada por el sabio jesuita cuatro siglos antes.

Más difícil fue buscar explicación a la existencia de animales y plantas diferentes a los conocidos por los europeos: Porque si hemos de juzgar a las especies de los animales por sus propiedades, son tan diversas que quererlas reducir a especies conocidas de Europa, será llamar al huevo, castaña[7]. Y aceptada esta evidencia, se plantea: […] cómo sea posible haber en las Indias animales que no hay en otra parte del mundo […] Arduo problema que Acosta, lejos de eludir, afronta con una honradez intelectual y una lucidez asombrosas (Libro IV, cap. XXXVI):

Mayor dificultad hace averiguar qué principio tuvieron diversos animales que se hallan en las Indias y no se hallan en el mundo de acá. Porque si allá los produjo el Criador, no hay que recurrir al Arca de Noé, ni aún hubiera para qué salvar entonces todas las especies de aves y animales si habían de criarse de nuevo; ni tampoco parece que con la creación de los seis días dejara Dios el mundo acabado y perfecto, si restaban nuevas especies de animales por formar, mayormente animales perfectos, y de no menor excelencia que esotros conocidos.

El jesuita, con una lógica lúcida y sorprendentemente desembarazada de prejuicios, especialmente para su época, propone tres soluciones posibles[8].

1- La solución creacionista según la cual Dios realizó una nueva creación después del diluvio o bien realizó una creación diferente en cada continente: Allá los produjo el Creador […] hizo Dios nueva formación de animales […]. Esta solución —apuntada ya por San Agustín— que implica creaciones diferentes a la original, la desestima Acosta con los argumentos expuestos en la cita anterior; y nuevamente nos sorprende cuan adelantado a su tiempo fue el sabio jesuita, ya que el creacionismo cobraría fuerza en el siglo XIX, especialmente entre los protestantes que defendían la interpretación literal del Génesis como reacción a la teoría de la evolución.

2- La solución biogeográfica: Se conservaron en el Arca de Noé […] por instinto natural y Providencia del cielo, diversos géneros se fueron a diversas regiones, y en algunas de ellas se hallaron tan bien, que no quisieron salir de ellas, o si salieron no se conservaron o por tiempo vinieron a fenecer, como sucede en muchas cosas. Acosta tuvo la genialidad de comprender lo que hoy llamamos adaptación a un nicho ecológico y la clarividencia de hacerla extensiva a todo el orbe, estableciendo así la primera ley biológica que sienta las bases de la biogeografía[9]: Y si bien se mira, esto no es un caso propio de Indias, sino general de otras regiones y provincias de Asia, Europa y África; de las cuales se lee haber en ellas castas de animales que no se hallan en otras; y si se hallan, se sabe haber sido llevadas de allí. Acosta formula, por primera vez en la historia, la teoría de la dispersión geográfica y la adaptación biológica de las especies a los diferentes medios ambientes; aunque, según esta solución que es la preferida por el sabio jesuita, el mecanismo de adaptación no implicaría cambio biológico sino supervivencia, de modo que los animales de América habrían tenido en otro tiempo una distribución más amplia pero se habrían ido extinguiendo en todas partes excepto en el Nuevo Mundo. De este modo, Acosta excluye la posibilidad de creaciones sucesivas o diferentes para cada continente.

3- La solución evolucionista… Sí. En efecto. Una hipótesis evolucionista publicada por el científico español en 1590, doscientos sesenta y nueve años antes de que Charles Darwin publicara EL ORIGEN DE LAS ESPECIES en 1859. El propio Darwin citó al padre Acosta en sus notas de viaje contenidas en el Cuaderno rojo[10]. Acosta, con una honradez intelectual libre de prejuicios y una claridad mental que supera los dogmatismos, intuye y expone la posibilidad de que las especies sufran transformaciones debidas a “diversos accidentes” y de que estos cambios afecten al “linaje”, es decir, que sean hereditarios. Así, cabría la explicación de que todos los animales de América se hubieran formado a partir de los originales de Europa por medio de modificaciones hereditarias. Esta posibilidad, que lleva implícita la evolución de las especies, causó perplejidad al propio Acosta, pero no por ello desistió de considerarla y exponerla (Libro IV, capítulo XXXVI):

También es de considerar, si los tales animales difieren específica y esencialmente de todos los otros, o si es su diferencia accidental, que pudo ser causada de diversos accidentes. Como en el linaje de los hombres, ser unos blancos y otros negros, unos gigantes y otros enanos. Así, verbi gratia, en el linaje de los simios ser unos sin cola y otros con cola, y en el linaje de los carneros ser unos rasos y otros lanudos: unos grandes y recios, y de cuello muy largo, como los del Perú; otros pequeños y de pocas fuerzas, y de cuellos cortos, como los de Castilla […] Mas, por decir lo más cierto, quien por esta vía de poner sólo diferencias accidentales pretendiese salvar la propagación de los animales de Indias y reducirlos a los de Europa, tomará carga que mal podrá salir con ella.

Esto escribió, a pesar del enorme peso que tenía en su época la Teología escolástica y su imperio sobre la concepción de la naturaleza. No obstante, influido sin duda por ese contexto cultural e intelectual, desestimó esta tercera solución. Su enorme mérito es haberla razonado, aceptado como posibilidad y expuesto; haber sido capaz de seguir hasta el final el camino que le señalaba la razón, siglos antes de que el resto de europeos alcanzara la libertad de pensamiento necesaria para ello; y haber tenido la perspicacia y la honradez intelectual de reconocer, admitir y deslindar lo que comprendía de lo que no alcanzaba a comprender.

Por otro lado, el evolucionismo del padre Acosta, en opinión de Fermín del Pino Díaz[11], resulta aún más patente en la construcción de la evolución cultural contenida en sus libros de Historia moral (V-VII) que en los de Historia natural (I-IV):

[…] su evolucionismo se halla sobre todo en la parte de historia moral (libros V-VII), y tiene que ver con las tradiciones indígenas sobre su pasado más que con la propia tradición bíblica acerca de los orígenes del mundo […] sobre las leyendas aborígenes, que en su planteamiento autóctono llevaban implícita una consideración evolucionista interna, Acosta agregó una interpretación académica […] hizo algo más que querer “traducir” las leyendas a historia, al modo occidental, contribuyendo con su experiencia americana a plantear una teoría evolucionista al modo etnológico […] estableciendo una correlación causal entre los diversos niveles o campos temáticos de la evolución (principalmente religioso, económico y político), al modo como lo hará luego la escuela funcionalista.

Y es que Acosta también fue pionero tanto en el estudio como en el enfoque de otras disciplinas, pues tuvo la inteligencia de hacer extensiva su perspectiva científica a las observaciones e interpretaciones en materia de antropología y etnografía, siendo el primero que aplicó criterios científicos al estudio de culturas diferentes a la cristiana occidental. Así, consideró que, al igual que las cosas naturales se estructuran en un orden de menor a mayor complejidad, también las costumbres humanas y las instituciones sociales están adaptadas a diferentes niveles de complejidad cultural. En consecuencia, obviando los prejuicios europeos hacia los indígenas, que en su tiempo eran la norma, defendió la racionalidad y creatividad de las culturas americanas[12]. Y, para argumentar su aserto, tuvo la perspicacia de idear y realizar un novedoso análisis comparativo entre las instituciones sociales de diferentes culturas, que lo condujo a equiparar positivamente a los pueblos americanos con los pueblos mediterráneos de la época clásica, especialmente griegos y romanos. Todo su trabajo se fundamentó en una aplicación impecable de la razón y del método científico en pleno siglo XVI, mucho antes de que, según la historia oficial, dicho método estuviese definido y normalizado[13].

La publicación de su HISTORIA NATURAL Y MORAL DE LAS INDIAS (Sevilla, 1590) fue un éxito rotundo. Tuvo múltiples ediciones y fue traducido al latín, italiano, francés, inglés, alemán y holandés. Después, cuando la Compañía de Jesús sufrió la implacable condena de la Santa Ilustración, cayó en el olvido. Un olvido muy conveniente para los cardenales de la Iglesia de la Santa Ilustración —Buffon, Voltaire, De Pauw, Kant…— que creían a pies juntillas en la teoría de la degeneración[14], un desquiciado delirio concebido por un naturalista de gabinete que jamás pisó el Nuevo Mundo, según el cual el clima y los pantanos de América producían inevitablemente la degeneración de los animales y de los humanos. Nada menos que dos siglos antes, Acosta había demostrado sobradamente que las zonas cálidas del planeta son perfectamente habitables y que tanto los animales como los hombres que habitan en ellas no tienen nada que ver con los europeos. Simplemente son diferentes. No son, en modo alguno, una versión degenerada de los europeos, como afirmarían en el siglo XVIII unos arrogantes ilustrados, ebrios de petulancia, que no pusieron jamás un pie en América. Pero las enseñanzas de Acosta habían sido censuradas por la Iglesia de la Santa Ilustración que, cuando impuso la hegemonía de la religión laica, impuso también sus dogmas. Y el más sagrado de esos dogmas decreta que la Iglesia de Roma es enemiga del pensamiento libre y científico; por tanto, ninguna ciencia puede venir de sus servidores; por tanto, lo que dijera un clérigo jesuita… y español para más inri, debe ser ignorado, ocultado, borrado de la historia de la ciencia. Lo diabólico es que, a día de hoy, para muchos intelectuales respetados, admirados y, consecuentemente, influyentes —historiadores, pensadores, novelistas, periodistas, profesores, políticos…— los conceptos y preceptos de la antañona Ilustración siguen siendo dogmas de fe… de fe laica y progresista, por supuesto.

La obra de Acosta, tan asombrosa como extraordinaria, es uno de los últimos grandes frutos de la Escuela de Salamanca, que fue condenada al olvido y borrada de la Historia por el afrancesamiento impuesto por los Borbones a nuestras élites desde que se apoderaron del trono español; por el rey Carlos III que expulsó a la Compañía de Jesús del Imperio y la condenó a la damnatio memoriae; y por los ilustrados, franceses y no franceses, tan anticlericales como antiespañoles. Pero, nada hubieran podido Borbones, herejes y gabachos, si no hubieran contado con la inestimable colaboración de nuestros propios tontíberos. Ellos son los principales responsables de haber hecho desaparecer de los libros de historia la figura y la obra de este genial pionero del método científico. Y de convencernos, para mayor escarnio, de que el empleo sistemático de la razón lo iniciaron, más de dos siglos después, en el siglo XVIII, los fanáticos adoradores de la diosa Razón.

A diferencia de José de Acosta, la figura de Alexander von Humboldt (1769-1859) sí es conocida, reconocida y admirada por cualquier hispano medianamente culto, porque éste, como no era ni español ni católico sino luterano e ilustrado, sí que figura en nuestros libros de texto.

Sin embargo, se da la curiosa paradoja de que este prusiano al que rindieron honores las academias de ciencias de Berlín y de París, elogió, sí, pero plagió descaradamente las obras que José de Acosta había escrito dos siglos y medio antes[15]. Plagió los estudios etnográficos y antropológicos, que publicó como propios y que le proporcionaron dinero, fama y honores. Pero la falta de escrúpulos del hereje no paró ahí. Acosta había descubierto una corriente marina a la que llamó corriente del Perú, y la describió en su HISTORIA NATURAL Y MORAL DE LAS INDIAS publicada en Sevilla en 1590, traducida al latín en 1595, al italiano en 1596, al francés en 1598, al inglés en 1604 y al alemán en 1617, es decir, que la autoría del hallazgo había sido sobradamente acreditada y difundida[16]. Sin embargo, doscientos cincuenta años después, Humboldt se atribuyó el descubrimiento, la llamó corriente de Humboldt y la maquinaria propagandística negrolegendaria, eficazmente manejada por la internacional hereje[17], hizo lo demás… con la plena colaboración del tontiberismo hispano, faltaría más. Hoy, el nombre oficial de la corriente del Perú es corriente de Humboldt.

A mayor abundamiento, este hereje al que rinden pleitesía nuestros tontíberos y nuestros libros de texto, se ganó la confianza de las autoridades españolas, recorrió Nueva España tomando anotaciones, realizando planos y levantando mapas, y todo ese material se lo entregó después, en 1804, al presidente de EE. UU. Thomas Jefferson, hereje como él. Esos mapas y planos fueron los que utilizó el ejército estadounidense para invadir el recién nacido México en 1846 y arrebatarle el cincuenta y cinco por ciento de su territorio. Naturalmente, en la Alameda Central de Ciudad de México Alexander von Humboldt tiene una magnífica estatua que glorifica la subordinación cultural de México a la anglosfera y llena de orgullo a los tontíberos mexicanos.


[1]Es probable que uno de ellos fuera el futuro San Juan de la Cruz.

[2]Simón Valcárcel Martínez, EL PADRE JOSÉ ACOSTA, Thesaurus: Boletín del Instituto Caro y Cuervo, Tomo 44, Nº 2, 1989, p. 389-428. Disponible en Centro Virtual Cervantes.

[3]José Rodríguez Carracido, EL P. JOSÉ DE ACOSTA Y SU IMPORTANCIA EN LA LITERATURA CIENTÍFICA ESPAÑOLA, Sucesores de Rivadeneyra, Madrid, 1899: …en la historia de la ciencia española descuellan, como figuras cuya magnitud no fue superada por las más eminentes de sus contemporáneos extranjeros, las de los tratadistas que se ocuparon de los asuntos de América; y de este aserto son testimonio irrecusable la universal notoriedad, y su persistencia al través de los siglos, de las obras de Fernández de Oviedo y del P. José de Acosta, de Álvaro Alonso Barba y del P. Bernabé Cobo, entre otros muchos.

[4]Así lo afirma, por ejemplo, la entrada de Wikipedia titulada Historia del método científico.

[5]HISTORIA NATURAL Y MORAL DE LAS INDIAS, EN QUE SE TRATAN LAS COSAS NOTABLES DEL CIELO, ELEMENTOS, METALES, PLANTAS Y ANIMALES DELLAS; Y LOS RITOS, CEREMONIAS, LEYES Y GOBIERNO Y GUERRAS DE LOS INDIOS. COMPUESTA POR EL PADRE JOSEPH DE ACOSTA, RELIGIOSO DE LA COMPAÑÍA DE JESÚS, DIRIGIDA A LA SERENÍSSIMA INFANTA DOÑA ISABEL CLARA EUGENIA DE AUSTRIA (impreso en Sevilla, en Casa de Juan León, año de 1590). Disponible en la Biblioteca Virtual Cervantes: www.cervantesvirtual.com

[6]Aunque, como dice el refrán, las comparaciones sean odiosas, resultan muy esclarecedoras para comprender las inmensas diferencias entre el marco mental, conceptual y moral con el que abordaron la colonización de América los españoles y los ingleses. En palabras del filósofo mexicano Leopoldo Zea Aguilar (Ciudad de México, 1912 – 2004): En el evangelizador anglosajón, el amoroso Dios del Nuevo Testamento será sustituido por el justiciero e iracundo Jehová del Viejo Testamento.  Así, otro clérigo, el reverendo puritano Cotton Mather (Boston, 1663 – 1728), autor de casi medio millar de libros y folletos y uno de los líderes religiosos coloniales más influyentes de su tiempo, un siglo después escribía: No sabemos cuándo ni cómo estos indios comenzaron a ser habitantes del gran continente, pero podemos conjeturar que probablemente el Demonio atrajo aquí a estos miserables salvajes con la esperanza de que el evangelio de nuestro señor Jesucristo no viniera nunca a destruir o perturbar su imperio absoluto sobre ellos. Marcelo Gullo Omodeo, NADA POR LO QUE PEDIR PERDÓN, Editorial Planeta S. A. Espasa, Barcelona, 2022, p.233.

[7]Justamente eso, reducir las especies americanas a especies conocidas de Europa, es lo que intentó hacer, dos siglos después, Georges Louis Leclerc, conde de Buffon (Montbard, Francia, 1704 – París, 1788), con su descabellada teoría de la degeneración, publicada en su ensayo DE LA DEGENERACIÓN DE LOS ANIMALES (1766), que está en el volumen decimocuarto, pp. 311-374, de su HISTORIA NATURAL, GENERAL Y PARTICULAR, publicada en treinta y seis volúmenes entre 1749 y 1788, más ocho volúmenes adicionales publicados después de su muerte.

[8]Leandro Sequeiros San Román, artículo académico TRES PRECURSORES DEL PARADIGMA DARWINISTA, Universidad de Granada, Área de Filosofía, Facultad de Teología, PENSAMIENTO, vol. 65, núm. 246, pp. 1059-1076, 2009.

[9]Acosta es considerado el fundador de la biogeografía, aunque el desarrollo de esta ciencia no se produciría hasta el siglo XIX, tres siglos después. Esto nos indica hasta qué punto se adelantó a su época el sabio castellano.

[10]Sandra Herbert, THE RED NOTEBOOK OF CHARLES DARWIN, Universidad de Maryland, Cornell U. Press, 1980. Darwin cita a Acosta a propósito de las explosiones volcánicas vividas por el jesuita durante su estancia en América, que acertadamente relacionó con los temblores y movimientos marinos.

[11]Pino Díaz, Fermín del, 2019. CONTRIBUCIÓN DEL PADRE JOSÉ DE ACOSTA A LA CONSTITUCIÓN DE LA ETNOLOGÍA: SU EVOLUCIONISMO, in Bérose – Encyclopédie internationale des histoires de l’anthropologie, Paris.

[12]Mª Elvira Roca Barea, JOSÉ DE ACOSTA Y LA EDUCACIÓN INDÍGENA, artículo publicado en el diario El Mundo el 23/08/2018: El jesuita fue pionero en el interés por las lenguas y culturas de América, a las que trató con una dignidad insólita en Europa.

[13]Fermín del Pino Díaz, Real Academia de la Historia: https://dbe.rah.es/biografias/4978/jose-de-acosta

[14]El conde de Buffon afirmaba que el continente americano, abundante en insanas aguas estancadas y pantanos, daba lugar a animales más pequeños y menos vigorosos, y a humanos carentes de barba, vello corporal y de pasión por las hembras, motivo por el cual sus órganos reproductores eran más pequeños y débiles. Estas ideas fueron recogidas y exageradas por tipos como el filósofo holandés Cornelius Pauw (…los europeos que pasan a América degeneran lo mismo que los animales… Los criollos jamás han producido una sola obra literaria que merezca la pena… La gente de la que hablamos nunca se alzará de su abyecta condición), o el malévolo y fantasioso abate Raynal, quien llegó a afirmar que los varones americanos lactaban como las mujeres. Sorprendentemente, esta sarta de memeces y extravagancias estuvo vigente en países tan ilustrados como Francia y sus satélites culturales hasta mediado el siglo XIX.

[15] Entre otras: Dirigió la elaboración del CATECISMO y el BREVIARIO TRILINGÜES (Lima, 1584) en castellano, quechua y aimara. CONFESIONARIO PARA LOS CURAS DE INDIAS (Lima, 1585). TERCER CATECISMO Y EXPOSICIÓN DE LA DOCTRINA CRISTIANA (Lima, 1585). DE NATURA NOVI ORBIS (Salamanca, 1588). DE PROCURANDA INDORUM SALUTE (Salamanca, 1588). HISTORIA NATURAL Y MORAL DE LAS INDIAS (Sevilla, 1590). DE CHRISTO REVELATO (Roma, 1590). DE TEMPORIBUS NOVISSIMUS (Roma, 1590). Lamentablemente, buen número de las obras que escribió se han perdido.

[16]En 1894, por iniciativa de Menéndez Pelayo, se realizó la séptima edición española y la vigésimo cuarta mundial de las obras de Acosta.

[17]He acuñado la etiqueta “Internacional hereje” para resumir la fraternidad y la complicidad reinante entre los países luteranos, calvinistas y anglicanos. Entre ellos se apoyan, se corroboran las mentiras, se tapan los fracasos y se potencian los éxitos sin importar que sean reales o ficticios, copan los organismos internacionales y se conceden unos a otros ayudas, premios y beneficios económicos… en definitiva, funcionan como un bloque. Nada que ver con las relaciones que mantienen los países católicos entre sí. ¿Por qué crees que el terreno en el que más destaca España es el deportivo? Pues porque en los terrenos de juego y en las pistas de competición, es más difícil amañar los resultados. En cambio, en los premios internacionales artísticos, científicos, literarios… otorgados por jurados de herejes, arrasan los premiados herejes. Y así, ya de paso, monopolizan el prestigio.


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