¿Qué pasó con el mar de Aral?

1 – INTRODUCCIÓN

En políticas medioambientales como en todo lo demás, los hechos son tozudos y a pesar de tanta y tan eficaz propaganda en contrario, demuestran que han sido regímenes socialistas los que, en nombre de la dictadura del proletariado, han perpetrado las mayores atrocidades medioambientales de la historia. Por eso resulta asombroso que socialistas, comunistas, ecologistas, animalistas, veganos y demás progresía de inspiración marxista, pretendan patrimonializar la defensa del medio ambiente… y lo consigan.

Los hechos son pertinaces y están ahí para quien quiera conocerlos, a no ser que los encubra una futura Ley de Memoria Ecológica, claro.

Mapa de contaminación mundial elaborado por la OMS

Basta echar una ojeada al mapa mundial de contaminación elaborado por la Organización Mundial de la Salud, para preguntarse por qué las asociaciones ecologistas organizan sus manifestaciones y algaradas en los países democráticos de Occidente que, precisamente, son los menos contaminados. Es algo tan incongruente como manifestarse contra la prostitución a las puertas de los conventos de clausura y, además, negar obcecadamente la existencia de prostíbulos. A no ser, claro está, que el verdadero pero oculto objetivo sea desprestigiar a las monjas de clausura.

La última puesta en escena, nada menos que mundial, ha sido la protagonizada por esa adolescente sueca que parece haber aprendido declamación viendo actuar a la niña de EL EXORCISTA. Y, curiosamente, no ha ido a Pekín a mascullar su rabia ante las autoridades comunistas, para espetarles que China es el país del mundo que más envenena la atmósfera arrojando el treinta por ciento del total mundial de emisiones contaminantes (el segundo es Estados Unidos que emite el quince por ciento). Y ya de paso, también podría haberles afeado la enorme agresión contra el entorno que supuso construir la presa de las Tres Gargantas, cuando hace ya muchas décadas que en Occidente solo se construyen presas de pequeño tamaño para minimizar su impacto ecológico. Pero no, la jovencita estocolmense ni siquiera consideró la posibilidad de plantarse en la plaza de Tiananmen con su manifiesto y con sus manifestantes. Claro que eso no hubiera favorecido la consecución de su objetivo que no era otro que culpar al capitalismo de todos los males que afectan al medio ambiente. Por no mencionar que, en el impensable caso de que se hubiera atrevido, no habría sobrevivido para contarlo.

Los ejemplos que muestran las implacables agresiones del marxismo contra la naturaleza son abundantes, pero tal vez, uno de los más sorprendentes haya sido el prodigio de hacer desaparecer el mar de Aral, ejecutada por los comunistas soviéticos durante el pasado siglo. Veamos como lo consiguieron.

2 – UN POCO DE HISTORIA

Durante el siglo XIX, la labor de los topógrafos en la colonización de nuevos territorios fue capital.

A lo largo del siglo XIX, la expansión de Rusia hacia el este fue similar a la de los Estados Unidos de Norteamérica hacia el oeste que conocemos gracias al cine: por delante iban los topógrafos realizando la cartografía del territorio; detrás, siguiendo las rutas trazadas en los mapas, iban los constructores del ferrocarril poniendo las vías; y con los trenes llegaba la civilización. La diferencia fue que los estadounidenses, en su avance, iban exterminando con sus armas de fuego a cuantos nativos prehistóricos con armas paleolíticas se cruzaban en su camino; los rusos no.

La expansión rusa quedó espléndidamente reflejada en la maravillosa novela DERSÚ UZALÁ escrita por el capitán topógrafo del ejército del zar Vladímir Arséniev, y se enmarca en aquella frenética competición entre rusos y británicos por el dominio del Asia central que se conoció como El Gran Juego, tan bien descrita por Rudyard Kipling en su novela KIM.

Durante un siglo, ambos imperios se disputaron las rutas comerciales entre el este y el oeste. Los británicos, partiendo de la India se afianzaron en la costa. Los rusos, partiendo de Siberia dominaron las estepas.

El mar de Aral en un mapa de 1853

Así fue como, a mediados del siglo XIX, el Ejército Imperial Ruso incorporó a los dominios del zar una enorme extensión de estepas yermas, prácticamente vírgenes, en cuyo paisaje inhóspito y salvaje se habían forjado los jinetes nómadas que antaño llegaron a dominar medio mundo. Y allí, en medio de aquel desierto estepario, situado casi dos mil kilómetros al sureste de Moscú, entre Kazajistán, al norte, y Uzbekistán, al sur, estaba el mar de Aral. Un enorme lago endorreico de agua salada del que, hasta entonces, solo se conocía su existencia.

En 1847, el ejército ruso construyó a orillas del mar de Aral y cerca de la desembocadura del río Sir Daria, la ciudad de Raimsk rebautizada después como Aralsk. Con base en su puerto, la Marina Imperial Rusa armó una pequeña flota de guerra compuesta inicialmente por dos goletas traídas pieza a pieza, a lomos de camellos, desde Oremburgo, a novecientos kilómetros de distancia. La goleta Nikolai era un barco de guerra cuya misión era patrullar el inmenso lago salado por si a los ingleses se les ocurría aparecer por allí. La goleta Mijail era una nave mercante que se ocupaba de la intendencia.

Después llegó un segundo buque de guerra, el Constantino, que realizó el primer mapa detallado de las costas de este mar, resultando que ocupaba una superficie de sesenta y ocho mil kilómetros cuadrados; las tres cuartas partes de la extensión de Portugal. El cuarto lago mayor del mundo, solo por detrás del mar Caspio, el lago Superior y el lago Victoria.

Desde siempre, la principal actividad económica de los pueblos ribereños había sido la pesca. Los rusos modernizaron las embarcaciones, los utillajes y las técnicas, y se armaron flotas pesqueras tan eficaces que llegaron a proporcionar la sexta parte de toda la pesca rusa.

En 1851 llegaron tres barcos de vapor suecos de última tecnología, también transportados por piezas desde Oremburgo. El carbón para abastecer sus calderas había que traerlo desde la lejana Ucrania y el transporte resultaba carísimo, pero para la marina rusa no era una cuestión de economía sino de hegemonía.

Así estaban las cosas cuando, a comienzos de la vigésima centuria, las circunstancias cambiaron. Tras un siglo de enconada rivalidad, los enemigos de antaño dieron en convertirse en los aliados de hogaño. Para contrarrestar el creciente poderío de la Alemania imperial que amenazaba por igual los intereses rusos y los británicos, en 1907 ambos competidores llegaron a un acuerdo que se materializó en la firma del Convenio anglo-ruso. Este fue el germen de la Triple Entente franco-ruso-británica que tan crucial papel jugaría en la Primera Guerra Mundial.

Durante todo el periodo de dominación zarista, los rusos habían respetado las estepas, los ríos, el mar, la flora, la fauna y el modo de vida de los aborígenes. Los pocos cambios que introdujo la presencia militar en la región, trajeron más beneficios que perjuicios para la población autóctona. Pero todo iba a cambiar a peor, a muchísimo peor.

3 – A LOS BOLCHEVIQUES LES MOLESTA EL MAR DE ARAL

Tras la revolución de 1917, llegaron al poder los bolcheviques que, desde el primer momento, consiguieron que la población añorase a los zares. Mediante el uso de la fuerza, la brutalidad y la represión sometieron los antiguos territorios del imperio y los embutieron en su Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas.

A Lenin, el padre Zeus en versión alopécica del nuevo Olimpo socialista, se le antojó jugar a dioses y mortales con kazajos, uzbecos y su mar de Aral. En su divina omnisciencia, decidió que esa gran extensión de agua en mitad de ninguna parte no proporcionaba beneficios al pueblo, y ese era un error de la naturaleza que los dioses del politburó, el nuevo panteón revolucionario, se disponían a corregir de inmediato. El propio Lenin escribió al respecto: La irrigación hará más que cualquier otra cosa para revitalizar y regenerar la región, enterrando el pasado y haciendo la transición al socialismo más segura. Y uno de sus acólitos, un alto cargo del Ministerio del Agua profetizó: El mar de Aral debe morir como un soldado en la batalla.

Ya en 1918, el primer Gobierno comunista acometió el llamado “Gran plan de transformación de la naturaleza”, consistente en desviar los dos ríos que desembocan en el Mar de Aral, el Sir Daria al noreste y el Amu Daria al sur.

Se da la singular circunstancia de que, en 1921, cuando una hambruna terrorífica arrasaba Rusia y, especialmente, la región del Volga, los pescadores del mar de Aral, dirigidos por el héroe local Tölegen Medetbayev, lograron reunir y enviar a Moscú catorce vagones repletos de pescado que aliviaron la hambruna que asolaba la ciudad.

Lenin envió a los pescadores una carta de agradecimiento, pero siguió adelante con el plan que condenaba a esos mismos pescadores y a sus hijos a la miseria y al hambre.

 Los dos ríos que abastecen de agua el mar de Aral, debían ser apartados de sus cauces para regar miles de hectáreas de terreno, con el propósito de convertir la desértica estepa en la mayor plantación de algodón del mundo. En menor medida, también se cultivaría arroz. Precisamente, las autoridades comunistas fueron a elegir dos de las especies con mayores requerimientos de agua, para implantar su cultivo en el desierto estepario. Los dioses son así.

La elección del algodón no fue casual ni obedeció a criterios técnicos. Se trataba de competir con Estados Unidos y superarlo copando el mercado mundial del algodón, para demostrar al mundo la superioridad del comunismo sobre el capitalismo.

Año tras año las obras de irrigación progresaron y, al cabo de sólo una década, Uzbekistán vivía ya exclusivamente del monocultivo de algodón.

Durante las décadas siguientes continuaron las obras hasta consumir todo el caudal de los dos ríos. En total se construyeron cuarenta y cinco presas, ochenta embalses y una red de canales de más de treinta mil kilómetros, unas treinta veces la distancia de Cádiz a San Sebastián. El mayor de todos es el canal de Karakum que transporta agua del río Amu Daria. Es navegable en toda su extensión y, con sus mil cuatrocientos kilómetros, es el canal de irrigación más largo del mundo. Atraviesa el desierto de Karakum, en Turkmenistán, y tardó en construirse desde 1954 hasta 1988.

Sin embargo, las deidades socialistas no tuvieron en cuenta la extremada ineficiencia del sistema comunista. La incompetencia de la ingeniería estatalizada y la baja productividad de la agricultura colectivizada, significaron que el rendimiento de los cultivos ni siquiera se acercó a lo que habían previsto aquellos aprendices de dioses.

Esta impresionante red de infraestructuras estaba tan mal hecha, con materiales de tan baja calidad, y acumulaba tal cantidad de deficiencias en su construcción, que perdía agua por todos sitios. Además de las pérdidas por evaporación, más de la mitad del agua transportada se escapaba de la red de canales y acequias y, en muchos tramos, las pérdidas alcanzaban las tres cuartas partes. Estas filtraciones terminaron generando charcas y lagunas a lo largo de todo el recorrido, lo cual elevó el nivel freático de la región y terminó provocando la salinización del terreno en diversas zonas, con la consecuente merma de productividad.

Pese a este absurdo despilfarro o tal vez como consecuencia del mismo, la cantidad de agua que se extraía de los dos ríos no dejaba de aumentar, duplicándose entre 1960 y 1980. También se duplicó la producción de algodón en ese periodo, pero se habría superado ese objetivo, simplemente reduciendo las pérdidas de la red de canales y dejando que el agua restante llegara hasta su destino natural.

Evolución del mar de Aral entre 1957 y 2015

4 – EL MAR DE ARAL DESAPARECE

En la década de los sesenta, el aporte hídrico prácticamente dejó de llegar al mar de Aral y empezó a reducirse su extensión. En 1968, un ingeniero ruso escribió: Resulta evidente para todo el mundo que la desaparición del mar de Aral es inevitable. No es que Lenin estuviera haciendo novillos el día que explicaron en clase el funcionamiento de los lagos endorreicos, es que las autoridades comunistas que jugaban a ser dioses, habían decidido desde el primer momento que el mar de Aral debía desaparecer. Y en esas seguían en 1982, cuando el geógrafo ruso Boikof escribió: La presencia del mar de Aral es la prueba de nuestro subdesarrollo y nuestra falta de capacidad para explotar tal cantidad de agua.

Al principio, el proceso fue lento, unos veinte centímetros por año. Después, se fue acelerando poco a poco hasta desbocarse a mediados de la década de los setenta. En la de los ochenta, el nivel del mar bajaba ya un metro por año y la línea de costa se alejaba hacia el interior más y más.

Las autoridades comunistas ni pestañearon viendo como desaparecía todo un mar y la inmensa riqueza biológica que albergaba, y como las localidades costeras, antaño prósperas, eran condenadas a la ruina y al hambre.

Además de perder la pesca, las tierras de cultivo próximas al mar sufrieron una alta contaminación, y el agua dulce comenzó a escasear y a acumular sales hasta el punto de que, actualmente, el agua potable de la región contiene cuatro veces más sal que el límite máximo recomendado por la OMS. Y es que las desgracias de los mortales solo sirven para divertir a los dioses. Unos dioses que también habían dispuesto, al dictado de su capricho, condenar a uzbecos y kazajos a subsistir a perpetuidad del cultivo del algodón.

La desecación del mar de Aral es el mayor desastre ecológico de la historia causado por el hombre. Los riquísimos ecosistemas marinos han sido sustituidos por un inmenso desierto de arena salitrosa totalmente improductiva y altamente contaminada por fertilizantes, por pesticidas, y por los residuos y desechos del laboratorio secreto de armas biológicas que el ejército soviético emplazó en la isla Renacimiento (Vozrozhdeniya), que funcionó hasta 1992. Los inviernos se han tornado más fríos y los veranos más cálidos y secos porque han disminuido las precipitaciones. Los efectos sobre la salud de la población han sido nefastos. En el nuevo desierto, tan grande como las tres cuartas partes de Austria, se producen tormentas de arena cuyos efectos llegan a sitios tan alejados como Pakistán y el Ártico. El polvo, arrastrado por el viento desde el lecho del antiguo mar, se deposita en los terrenos de cultivo salinizándolos y contaminándolos. Respirar ese polvo provoca una alta incidencia de toda suerte de enfermedades respiratorias como la bronquitis que es treinta veces superior a la media o la tuberculosis que alcanza niveles de epidemia, de los cánceres de garganta e hígado que triplican la media, del tifus y de enfermedades digestivas que, unidas al hambre y la miseria de una población que ha perdido sus medios de vida tradicionales (pesca y agricultura), disparan la mortalidad infantil y provocan que el noventa y siete por ciento de las mujeres padezcan anemia.

Por fin, los dioses soviéticos consideraron la conveniencia de hacer algo para aliviar a los desgraciados mortales sometidos a sus designios. Sus ingenieros concibieron un proyecto aún más “grandioso” que el anterior al que ampulosamente llamaron El Proyecto del Siglo: volver a rellenar el mar de Aral con agua traída desde los ríos Obi y Yeniséi, en Siberia, es decir, desnudar un santo para vestir otro. Como si bastara con abrir un grifo inexistente para regenerar, de la noche a la mañana, el mar, su flora, su fauna y los modos de vida de la población.

El plan no pudo ejecutarse debido al elevado coste y a las enormes dificultades técnicas, pues suponía construir un canal de más de dos mil kilómetros de longitud. En 1986 fue definitivamente descartado.

En 1991, la Unión Soviética desapareció dejando el mar de Aral convertido en unas charcas salinizadas y contaminadas, en galopante e irreversible proceso de desaparición.

El mar de Aral en 1989 y en 2014

5 – TRAS LA CAÍDA DE LA UNIÓN SOVIÉTICA

A nadie se le pidieron responsabilidades por la mayor catástrofe ecológica de la historia causado exclusivamente por la actividad humana, en tan solo medio siglo. Ni siquiera fue aireada por las organizaciones ecologistas occidentales, todas ellas de inspiración marxista, que, como en el caso de Chernóbil, corrieron un tupido velo sobre el asunto. A estos ecologistas de telediario y subvención, les conmueve que una carretera atraviese el paraje donde habita cierta población de mariposas, pero les importan un bledo las docenas de especies endémicas del mar de Aral que se han perdido para siempre.

Las nuevas repúblicas segregadas de la URSS no pudieron ni quisieron renunciar a su red de canales para devolver el agua a los ríos que podrían haber regenerado el mar. Ni tan siquiera invierten en reducir las pérdidas de agua de esos canales. Kazajistán y Uzbekistán se reparten lo que queda del mar de Aral, pero también intervienen en la gestión de los recursos hídricos de los ríos Sir Daria y Amu Daria, Kirguizistán, Tayikistán y Afganistán, cuyas relaciones no son las ideales para cooperar en la resolución del problema. Además, están condicionadas por su dependencia del cultivo de algodón, del que siguen siendo grandes productores (a día de hoy, Uzbekistán sigue siendo el quinto exportador mundial de algodón, aunque solo ha impermeabilizado el doce por ciento de su red de canales). Como consecuencia, el mar siguió yendo a menos hasta quedar reducido a unas infames charcas de salmuera emponzoñada. En 2004 sólo quedaba una cuarta parte de la extensión original. En 2007 era ya sólo el diez por ciento. Hoy, el mar de Aral está virtualmente muerto y los expertos consideran que el desastre es ya irreversible. Al norte, gracias a una presa construida en 2005 por el gobierno de Kazajistán, se ha logrado salvar un pedacito que está recuperándose lentamente, aunque el dique impide que esta recuperación se extienda hacia el sur, a la parte situada en Uzbekistán. El ochenta por ciento del antiguo mar lo ocupa el nuevo desierto salino de Aralkum, un enorme monumento a la torpeza y la altivez de los aprendices de dioses soviéticos… y a su falta de memoria, pues uno de los padres del marxismo, Friedrich Engels, había advertido: No es bueno jugar con la naturaleza.


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