Dios, qué buenos vasallos si oviessen buenos señores.

No hay nación que gestione su política exterior con tan poco acierto como España. Siempre ha sido así y, a lo que parece, siempre lo será.

Esta reflexión que podría apoyar en infinidad de ejemplos, me ha sido sugerida en esta ocasión por las solemnidades celebradas por el Papa con motivo de la Navidad.

Como tantos españoles, me he asomado durante un rato a la pantalla del televisor, para asombrarme, una vez más, con la pompa y el boato a los que tan aficionada es la Iglesia Católica en sus ceremonias. También una vez más, desde que este buen obispo argentino ciñó la tiara de San Pedro, me ha producido una sensación de desazón, de contrariedad y, por qué no decirlo, de cabreo, tener que enterarme de sus palabras a través de los oficios de un traductor.

No hay, en toda la Historia, otro pueblo que, en defensa de la fe católica, haya regado tan abundantemente los campos de batalla de todo el mundo con la sangre de sus hijos, como el español. Comparados con España, los hechos de cualquier otra nación en este sentido, resultan de una tibieza melindrosa. Huelga decir que combatir contra los enemigos de la fe católica, como combatir contra cualesquiera otros, no sale gratis, de hecho resulta carísimo. Ergo también somos la nación que mayor proporción de su riqueza ha destinado al servicio de esta causa. Espiritual causa, sí, sagrada causa, sí, pero en el mismo paquete va la defensa de la institución papal y de toda la costosísima parafernalia temporal que la rodea. Conviene no olvidarlo aunque a la fracción quijotesca de nuestra idiosincrasia, le resulte materia prosaica y de mal gusto.

Sin embargo, a pesar de tantos y tan meritorios servicios, no hemos sabido conseguir a cambio, que la sede central de la organización temporal de la Iglesia, la Santa Sede, se estableciera en España. ¡Con lo que eso hubiera supuesto de imagen, de influencia y de beneficios de todo orden, incluidos los económicos! Ha sido Italia la que se ha quedado con el lote completo, a pesar de que no se constituyó como nación hasta finales del siglo XIX y a pesar de que los príncipes de la península itálica, estuvieron combatiendo contra los Estados Pontificios durante siglos. Nosotros pusimos los muertos y los caudales, pero han sido ellos los que han recogido los beneficios.

AviñónFrancia lo vio claro y consiguió llevarse la sede papal a Aviñón. Entre 1309 y 1377, siete Papas gobernaron desde allí. Al final, no le salió bien la jugada, pero la intentó.

Como de costumbre, Inglaterra fue la nación que abordó la cuestión con mayor sentido práctico y con menos escrúpulos. Solventó el problema de la confrontación de poderes de un solo tajo, tal y como hiciera siglos antes Alejandro Magno con el nudo gordiano: proclamó su independencia del poder espiritual y material de Roma, sacudiéndose así las servidumbres que eso conllevaba.

LUTEROLos príncipes centroeuropeos también buscaron la forma de escapar del redil del Sumo Pastor. Hartos ya de que el dinero de sus súbditos fuera a parar a las arcas del Romano Pontífice en vez de a las suyas propias, aprovecharon la primera ocasión que se les presentó para darle esquinazo al Papa. La excusa la sirvió en bandeja el manifiesto de un díscolo fraile agustino que, gracias a esta casual o causal confluencia de conveniencias, dejó su nombre escrito con letras grandes, en el libro de la Historia Universal.

Solo España siguió erre que erre defendiendo a sangre y oro los intereses de la Iglesia Católica, sin recibir a cambio más que intrigas, desaires y traiciones. Pues ¿qué otra cosa puede considerarse si no, el asunto del idioma?

Si nos expresáramos en términos empresariales, diríamos que, en el total de clientes cristianos disponibles en el ámbito europeo, la pérdida de cuota de mercado de la empresa vaticana, fue galopante: ortodoxos, anglicanos, luteranos, calvinistas y protestantes varios, fueron montando sus propias organizaciones empresariales independientes de la Iglesia romana, restándole clientela. Sin embargo, los millones de nuevas almas que España trajo al redil católico, no solo salvaron la cuenta de resultados, sino que volvieron a situar al Vaticano como muy destacado líder del sector. En comparación, la suma de nuevos fieles aportados por todas las demás naciones católicas del Orbe, asciende a… una minucia irrelevante. Si España, al igual que hicieran otras naciones, hubiera organizado su propia Iglesia Hispana desvinculada de la autoridad papal, se habría situado claramente en cabeza, barriendo a sus competidoras.

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Para hacernos una idea más cabal, basta con realizar el pequeño ejercicio de ir restando del mapa, territorios y porcentajes de almas que estarían en esa hipotética Iglesia Hispana. Y todas ellas acomodadas en mortales cuerpos hispanohablantes, por supuesto.

No lo hizo. Permaneció siempre fiel a Roma. Sin embargo ¿qué idioma comparte oficialidad con el latín en El Estado de la Ciudad del Vaticano? ¿Qué idioma utiliza la diplomacia vaticana en sus relaciones internacionales? ¿En qué idioma se dirigen los Papas a sus fieles?

Si le planteáramos estas preguntas a un extraterrestre al que hubiéramos suministrado los datos que anteceden, respondería sin dudarlo que español, pero se equivocaría, ya que la respuesta correcta es italiano. En mi humilde opinión, para los quinientos millones de católicos hispanohablantes que nos entendemos en la bonita lengua de Cervantes, este ninguneo linda con el desdén. Es, creo yo, la prueba más clara de nuestra tradicional inoperancia diplomática.

Tercios– Pero, inquiriría el asombrado extraterrestre ¿España habrá recibido al menos, reconocimientos en forma de honores y distinciones? Por ejemplo, la guardia que se exhibe en derredor del Papa y custodia su persona, estará formada por españoles ataviados con los mismos uniformes con los que sus gloriosos antepasados extendieron el imperio de la cruz por todo el orbe ¿no?

– Pues tampoco. Ese privilegio lo disfrutan un centenar y media de suizos disfrazados de bichos de las papas; “Leptinotarsa decemlineata” los llamamos los biólogos.

GuardiaPontifícia– ¿Suizos? ¿Cómo que suizos? Pero ¿qué han hecho los suizos por el papado, por el Estado Vaticano o por la fe católica?

– Pues bastante poco, esa es la verdad. Básicamente porque siempre han estado demasiado atareados ocupándose de sus propios intereses, que, dicho sea de paso, es a lo que tendríamos que habernos dedicado nosotros. De hecho, cuando columbraron que iba a resultarles más rentable dejar plantado al Papa de Roma y hacerse seguidores de Lutero de Eisleben, media Suiza no lo dudó. Que la fe católica está muy bien, pero la faltriquera es la faltriquera.

– Entonces ¿por qué son los suizos los encargados de velar por la seguridad del Papa y de lucirse ante el mundo con sus vistosos uniformes, contribuyendo así a reforzar el respeto y la fama de los que goza su nación?

– La historia es interesante y redunda, como no, en el recurrente argumento de lo eficaces que son otros países gestionando sus intereses y aprovechando sus oportunidades.

AQUÍ ESTÁ LA EXPLICACIÓN:

MünsterSuiza controla los puertos alpinos por los que pasan importantísimas rutas comerciales. El territorio estuvo bajo el poder de los Habsburgo, hasta que obtuvo su independencia por la Paz de Westfalia, firmada en Münster en 1648; pero ya mucho antes, en 1291, los cantones primitivos de Uri, Schwyz y Unterwalden habían formado la “Liga Perpetua”, un pacto de asistencia mutua contra Austria, sellado en 1307 con el Juramento de Rütli.

TellSegún la leyenda recogida por Schiller en su obra “Guiller­mo Tell”, la gota que colmó la paciencia de los suizos y desencadenó la rebelión, fue que Hermann Gessler, el despótico gobernador austriaco del cantón de Uri, encolerizado contra el honrado Guillermo Tell porque le había negado el saludo a su sombrero, instalado a tal fin en el cabo de un poste en la plaza mayor de Altdorf, la capital del cantón, lo obligó a disparar con su ballesta contra una manzana situada a ochenta pasos de distancia y dispuesta sobre la ca­beza de su propio hijo. Esta crueldad indignó tanto a los helvecios, que todos los cantones se unieron para sublevarse contra los austríacos.

En aquellos entonces, principios del siglo XIV, los suizos no eran más que campesinos pobres que combatían a pie. Aquellos rudos gañanes no respetaban en absoluto las reglas de ese deporte de caballeros que era la guerra. No luchaban con armadura y sobre un caballo, como debía hacer todo aristócrata. Por el contrario avanzaban en apretadas falanges, provistos de unas interminables alabardas de cinco metros de largo. Con ellas derribaban a los jinetes enemigos y, cuando estaban ya en el suelo presos de su propia armadura y tan desvalidos como escarabajos boca arriba, los remataban a placer.

Así derrotaron a los austríacos, los cuales llamaron en su auxilio a los borgoñones. Éstos acudieron con su famosa caballería que era una de las más potentes de Europa. Pero, obstinados en no aprender de la experiencia, siguieron empeñados en luchar al modo tradicional. Obviamente también fueron derrotados y con idéntica táctica. Sin embargo los borgoñones no podían admitir que unos aldeanos provistos de pértigas, les infligieran derrotas tan vergonzosas, así es que difundieron la especie de que los suizos eran unos guerreros invencibles. La fama cundió y arraigó tan hondamente, que a partir de entonces, todos los dejaron en paz.

Con su recién estrenado po­derío militar y sus puertos alpinos, los suizos se convirtieron en toda una potencia, al tiempo que se disparaba su cotización como soldados mercenarios. Sus éxitos en los campos de batalla continuaron sin interrupción, hasta que el 27 de abril de 1522, fueron rotundamente aplastados por las armas 480px-Battle_of_Bicocca_(diagram)-fr.svg[1]españolas en la batalla de Bicoca. Las tropas de Francia y de la República de Venecia en las que militaban los, hasta entonces, invictos mercenarios suizos, contaban con una notable superioridad numérica sobre las tropas españolas e italianas del Emperador, que aguardaban el ataque resguardadas por una mezquina fortificación (en italiano bicocca, que significa casucha) situada al norte de Milán. No obstante, la victoria imperial fue tan espectacular, que desde entonces llamamos bicoca a lo que se consigue sin coste ni esfuerzo. Los españoles perdieron un solo soldado muerto por la coz de una mula, mientras que los quince mil mercenarios suizos se dejaron sobre el campo de batalla tres mil cadáveres, veintidós capitanes entre ellos, y al menos otros tantos franceses, aunque este dato no se conoce con certeza porque nuestros septentrionales vecinos pusieron buen cuidado en ocultarlo. En todo caso, un desastre sin parangón en los anales militares.

No obstante y a pesar de todo, el prestigio de los piqueros suizos pervivió, y los reyes franceses pusieron de moda entre los príncipes europeos, tener una guardia personal formada por un puñado de suizos tan decorativos como presuntamente invencibles. Salía un poco cara, eso sí, pero para algo se habían inventado los impuestos.

El Papa Julio II, que no iba a ser menos, creó su propia Guardia Suiza Pontificia en enero de 1506, y hasta hoy.

Y, como en los finales de los cuentos de mi infancia, los habitantes de esa teocrática ciudad-estado que lucen atavíos tan originales como intemporales, fueron felices, comieron perdices, y a los feos, bajitos y hoscos españoles no nos dieron y nos dejaron pegados al techo con unas zapatillas de afrecho.


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