
Museo Numantino de Soria
Apenas desprecintado el año 2022, el día de Reyes, publiqué el artículo titulado HISTORIA DE LOS CALENDARIOS. En él contaba cómo, en 1515, el rey Felipe II auspició la creación de una comisión de sabios cosmógrafos en la Universidad de Salamanca. Sus cálculos ratificaron como correcta la duración de trescientos sesenta y cinco días, cinco horas, cuarenta y nueve minutos y dieciséis segundos que las Tablas astronómicas alfonsíes habían asignado al año astronómico. Esas tablas, realizadas por los astrónomos de Alfonso X El Sabio en el siglo XIII observando los cielos nocturnos de Toledo, sirvieron de base a los doctores salmantinos para construir el calendario con el que, todavía hoy, seguimos midiendo el paso del tiempo. Cinco siglos después aún no ha sido superado por la sencilla razón de que aquellos sabios hicieron un trabajo insuperable. El promotor de aquel estudio, el muy católico rey Felipe II, le cedió al papa Gregorio XIII el honor de dar su nombre al nuevo calendario que, desde entonces, llamamos “gregoriano”. Naturalmente, en la gestación del calendario gregoriano promulgado por el papa en 1582, la damnatio memoriae perpetrada por los muñidores de la leyenda negra ha eliminado cualquier rastro de participación española. No podía ser de otro modo. No olvidemos que en los Estados Unidos de América, esa nación que se construyó sobre la aniquilación y el genocidio, ahora, en pleno siglo XXI, están derribando las estatuas de los españoles que pretenden borrar de la historia.
Pero, mucho antes de todo aquello, incluso siglo y medio antes de que naciera Jesucristo, otro puñado de españoles tercos, valientes, luchadores y amantes de la libertad, los celtíberos arévacos que habitaban en un pequeño poblado llamado Numancia, fueron los responsables de que, en Occidente, el año nuevo comience el uno de enero, y esa noche y no otra los españoles nos empeñemos en atragantarnos en el atropellado intento de deglutir doce uvas al compás de las doce campanadas que marcan el cambio de año. Los acontecimientos que condujeron a este resultado se enmarcan en la contienda que el historiador Apiano de Alejandría llamó guerras celtibéricas, una serie de guerras intermitentes que se extendieron desde el 154 hasta el 133 a. C.
Derrotada Cartago en la Segunda Guerra Púnica, Roma se adueñó de la parte oriental de la península Ibérica y, ávida de botín, comenzó a expandirse hacia el Atlántico mediante sucesivas campañas de conquista. Así fue como, a principios del siglo II a. C., la romanización llegó a las tierras de los celtíberos (actuales Soria, Teruel, Zaragoza, Guadalajara, Cuenca y algunas zonas limítrofes) en forma de saqueo, devastación, esclavitud y muerte. En el 179 a. C., Cayo Sempronio Graco firmó una paz que, como todas las que firmaron, los romanos nunca tuvieron intención de respetar. En el año 154 a. C., sintiéndose de nuevo lo suficientemente fuertes, reanudaron la conquista de Hispania. La excusa, casus belli en latín, fue que en Segeda, un pequeño oppidum —poblado fortificado situado sobre una colina— próximo a Calatayud, los celtíberos belos iniciaron obras para ampliar sus murallas. Roma lo consideró un acto hostil y envió un ejército mandado por el cónsul Fulvio Nobilior para arrasar el lugar. Los segedenses se refugiaron en la vecina Numancia, una soberbia fortaleza construida por los arévacos sobre un cerro rocoso que, al acogerlos, provocó el odio de Roma. Había comenzado la Guerra Numantina. Lo que nunca imaginaron los romanos fue la suprema obstinación con la que aquellos hispanos iban a empeñarse en resistir contra el invasor.
Con frecuencia, cuando pensamos en Numancia tendemos a circunscribir su enfrentamiento con Roma a los cuatrocientos días que duró el asedio definitivo, pero en realidad aquella guerra se prolongó a lo largo de veinte años, desde el 154 hasta el 133 a. C. Numancia derrotó a cuatro grandes ejércitos consulares romanos, incluido uno en el que llevaron elefantes. Los numantinos, siempre en inferioridad numérica, utilizando magistralmente la guerra de guerrillas se las ingeniaron para acabar, uno tras otro, con esos cuatro grandes ejércitos que constituían la máquina militar más poderosa y hegemónica de su tiempo.
El primero, el del ya mencionado cónsul Quinto Fulvio Nobilior, estaba formado por treinta mil soldados agrupados en cuatro legiones de cinco mil soldados cada una, más diez mil tropas auxiliares. Fue derrotado por veinticinco mil celtíberos segedanos, numantinos y otros, veinte mil de infantería y cinco mil jinetes, mandados por el general Caro de Segeda. El veintitrés de agosto del 153 a. C., tres días después de ser elegido jefe militar, Caro apostó a sus hombres en la espesura y emboscó a los romanos cuando se dirigían a Numancia tras demoler Segeda. La victoria se saldó con más de seis mil bajas romanas, aunque le costó la vida al general Caro. Fulvio Nobilior asedió entonces la ciudad hasta que recibió los refuerzos que le envió el rey Masinisa de Numidia, aliado de Roma: trescientos jinetes de la famosa caballería númida y diez elefantes de guerra, los carros de combate de la época. En palabras de Tito Livio en AB URBE CONDITA, los númidas eran de lejos los mejores jinetes de África. Seguro de su victoria, porque los celtíberos desconocían los elefantes y su visión les causó terror, Nobilior atacó… y volvió a ser derrotado. Durante el asalto, uno de los elefantes fue herido en la cabeza por una gran piedra y se revolvió contra los atacantes causando el caos y espantando a los demás elefantes que imitaron su conducta. Los numantinos aprovecharon para salir de la ciudad y cargar contra los romanos que huían de sus propios paquidermos. En el alcance mataron a cuatro mil soldados y tres elefantes. En total, el cónsul Quinto Fulvio había perdido a la tercera parte de su ejército y únicamente había conseguido arrasar una ciudadela vacía. El resto del ejército invernó en un campamento cercano, pero la dureza del invierno soriano y la escasez de víveres lo diezmó. Los celtíberos de Segeda pudieron regresar a su ciudad.
A propósito del general Caro, llama la atención la semejanza de su victoria sobre cuatro legiones romanas, treinta mil soldados, a las que acechó en los bosques de Soria siglo y medio antes de Cristo al mando de veinticinco mil celtíberos, con la obtenida por Arminio el querusco (germano de nacimiento aunque ciudadano romano educado en Roma y formado militarmente en el ejército romano) sobre tres legiones romanas, unos veinte mil hombres, a las que acechó en el bosque de Teutoburgo en septiembre del año 9, al mando de entre veinte y veinticinco mil germanos. La gran diferencia es que los españoles desconocemos la figura de Caro el celtíbero y su heroica hazaña se ha perdido en el mar de hazañas heroicas que conforman nuestra historia. Los alemanes, en cambio, convirtieron al romano Arminio en su héroe nacional y en el símbolo de la germanidad, le levantaron una estatua de cincuenta y cuatro metros de altura e hicieron del bosque de Teutoburgo el lugar mítico del nacionalismo alemán. En la historia de España, tenemos tal inflación de héroes y de pasajes heroicos que el valor de la heroicidad ha sufrido una devaluación considerable. No olvidemos que Roma tardó diez años en conquistar toda la Galia, pero que en conquistar toda Hispania tardó dos siglos. Solo en esos doscientos años, tenemos más pasajes heroicos protagonizados por héroes hispanos anónimos que otras naciones en toda su historia.
En el 152 a. C., finalizado el mandato de Nobilior, Roma envió al cónsul Marco Claudio Marcelo, el fundador de Corduba, la actual Córdoba. Marcelo era un general experimentado, prudente y diplomático que tuvo la precaución de evitar a toda costa las temibles emboscadas de los celtiberos, puso sitio a Numancia y, tras algunas negociaciones fallidas, logró firmar la paz.
Al mismo tiempo, en el 155 a. C., estalló la guerra con los lusitanos que duró hasta el 138 a. C. El pretor Manio Manilio y sus sucesores fueron derrotados año tras año y ejército tras ejército hasta que, en el 151 a. C., se hizo cargo el cónsul Servio Sulpicio Galba. Ese año Galba sufrió graves pérdidas, pero al año siguiente, el 150 a. C., logró firmar un tratado de paz cargado de falsas promesas que convencieron a los lusitanos para entregar sus armas. Inmediatamente los traicionó mandando asesinar a diez mil de ellos y apresar a otros veinte mil para venderlos como esclavos. Muy pocos consiguieron escapar, entre ellos Viriato que les haría pagar cara esa traición. La brutalidad de Galba resultó excesiva incluso para los patrones romanos de la época. A su regreso a Roma fue sometido a juicio pero, habilísimo orador, salió absuelto.
La crueldad de Galba y las importantes victorias contra Roma que consiguió Viriato, animaron a los numantinos a unirse a su lucha. En el 143 a. C. rompieron el acuerdo de paz. Roma envió al cónsul Quinto Cecilio Metelo Macedónico al mando de un gran ejército de treinta y cinco mil legionarios y mil quinientos pretorianos. Lo mejor de lo mejor. No obstante, durante los dos años que estuvo en Hispania sus repetidos intentos para conquistar Numancia se contaron por fracasos.
Tomó el relevo el cónsul Quinto Pompeyo que llegó a Hispania con otro gran ejército de treinta mil infantes y dos mil jinetes. Pero, a pesar de que los numantinos eran cada vez menos mientras que las tropas romanas se renovaban cada año, Pompeyo también fracasó en todos sus intentos y se vio obligado a firmar un nuevo tratado de paz.
Su sustituto, el general Marco Popilio Lenas, como buen romano traicionó a los numantinos negándose a reconocer ese tratado. Llegó entonces Cayo Hostilio Mancino al mando de cuarenta mil hombres para seguir la guerra contra Numancia. Sus repetidos intentos de asaltar la ciudad fueron repelidos uno tras otro. En el altozano llamado La Gran Atalaya de Renieblas, ubicación de uno de los campamentos romanos que formaban parte del sitio de Numancia, Cayo Hostilio y veinte mil de sus hombres fueron rodeados y derrotados por solo cuatro mil guerreros numantinos. Para salvar la vida de sus hombres y que les permitieran huir a la Tarraconense, se vio obligado a firmar un nuevo tratado de paz más ominoso para Roma que el que acababa de traicionar. El Senado romano no reconoció ese tratado y humilló a Cayo Hostilio exhibiéndolo desnudo y cargado de cadenas ante las murallas de Numancia durante todo un día para que los defensores lo capturaran. Los numantinos lo dejaron marchar. La consecuencia de ese escarmiento fue que los tres siguientes cónsules, Marco Emilio Lépido Porcina, Lucio Furio Filo y Quinto Calpurnio Pisón, no se atrevieron a volver a atacar Numancia. El terror que despertaban en los romanos los hispanos en general y los numantinos en particular era tal, que los jóvenes aristócratas romanos intentaban escaquearse de su periodo de formación militar por miedo a que los mandaran a Hispania. Y ello a pesar de que ese periodo era imprescindible para que se pudieran dedicar después a la política.
En el 134 a. C., Roma mandó al mejor de sus generales, Publio Cornelio Escipión Emiliano, el destructor de Cartago, nieto adoptivo de Escipión el Africano. Emiliano fue auxiliado por el rey Micipsa de Numidia que envió a su sobrino Yugurta al mando de quince mil jinetes y veinte elefantes, y por los hispanos aliados de Roma, consiguiendo reunir un ejército de sesenta mil hombres con el que finalmente consiguió rendir Numancia por hambre… o lo que quedaba de ella, pues tras décadas de asedios, asaltos y combates, apenas quedaban en Numancia dos mil quinientos guerreros para enfrentarse a los sesenta mil soldados enemigos. Pero, a pesar de una desproporción tan abrumadora, era tal el miedo que los romanos le tenían a los numantinos que Escipión no se atrevió a asaltar la ciudad. En cuanto llegó, eludiendo entrar en combate, se aplicó a la tarea de imponer una disciplina férrea entre sus hombres. Después, envolvió el collado sobre el que se levantaba Numancia con una alta empalizada jalonada por siete torres, con un foso, siete campamentos fortificados y un dique en el Duero. Con esas fortificaciones y disponiendo de sesenta mil soldados, malogró todos los salidas de los numantinos para atacar sus campamentos y para buscar alimento. Como dice el historiador Javier Sanz, el arma más letal de los legionarios romanos no fue el pilum sino la pala. Un siglo después, Julio César replicaría esta técnica de asedio en Alesia.
Durante el largo asedio, cinco guerreros capitaneados por un tal Retógenes lograron atravesar el cerco romano y pedir ayuda a las ciudades vecinas. Todas se negaron por miedo a las represalias romanas. Solamente los jóvenes guerreros de Lutia los acogieron como héroes y les prometieron ayuda, pero el propio Consejo de Ancianos local, atemorizado, los denunció a los romanos. Las tropas de Escipión entraron por sorpresa en la ciudad, capturaron a los cuatrocientos jóvenes insurrectos y les cortaron la mano derecha a todos y cada uno de ellos.
En el 133 a. C., tras quince meses de implacable asedio, en Numancia no quedaba ni rastro de cosa comestible. Famélicos y esqueléticos, los pocos supervivientes rindieron la ciudad y, en su mayoría, se suicidaron. En palabras del historiador Apiano: con todos sus alimentos consumidos, sin tener grano ni ganado, ni hierba, empezaron a roer cueros hervidos. Cuando estos también desaparecieron, hirvieron y se comieron a sus propios cadáveres […] con sus cuerpos reducidos a la semblanza de bestias salvajes por el hambre, la plaga y la inmundicia, la mayoría de los escasos supervivientes eligieron la muerte antes que la esclavitud, y tras pedir un día de venia para despedirse de sus amigos y parientes, se dieron muerte como mejor les pareció. Así terminó aquella guerra que a Roma le costó alrededor de ochenta mil bajas frente a los ocho mil guerreros de los que disponía Numancia al inicio de la guerra. No en vano Cicerón la llamó el Terror de la República.
Pero antes de este final feliz para los romanos y trágico para los numantinos, Roma tuvo que hacer algunos cambios. Durante esos veinte años de guerra, los romanos comprendieron que cuando luchaban contra Numancia, además de contra su denodado coraje y sus temibles tácticas de guerrilla, luchaban también contra su clima. En Soria hace un frío feroz y el verano es muy corto. Allí se cumple a rajatabla el refrán: en agosto, frío en el rostro, pero en versión corregida y aumentada. El año romano empezaba en las calendas de martius (uno de marzo), el mes dedicado a Marte, dios de la guerra. Los cónsules romanos tomaban posesión de su cargo en los idus de marzo (el día quince). A partir de esa fecha y bajo los auspicios del dios Marte, comenzaban a preparar las campañas militares que llevarían a cabo durante los meses de verano de su magistratura. Pero, entre reclutar tropas, aprestar pertrechos y desplazarse hasta Hispania, no llegaban a Numancia antes de finales de agosto, cuando el frío ya se estaba enseñoreando de la comarca. Visitando las ruinas de Numancia, llama la atención que las edificaciones fueran construidas en total desorden… aparentemente. No hay un trazado claro de calles, las casas se mezclan sin criterio geométrico alguno, como dispuestas sin orden ni concierto… aparentemente. El observador poco avisado podría pensar que los numantinos eran zotes en materia de urbanismo. En contraste, los romanos construían sus campamentos perfectamente cuadriculados, con las tiendas ordenadamente distribuidas en las cuadrículas y separadas por calles rectilíneas paralelas y perpendiculares entre sí y a las dos grandes avenidas que dividían el recinto en cuatro, el cardo en dirección norte sur y el decumano en dirección este oeste; a ellas desembocaban las calles secundarias que subdividían el recinto. Una disposición cabalmente racional que facilitaba enormemente las comunicaciones y el transporte en el interior del campamento. Pero, ay, en aquellas tierras numantinas también facilitaba que el helador viento del Moncayo barriera esas calles sin obstáculo alguno, congelando a su paso personas y animales. En Numancia, en cambio, la disposición aparentemente anárquica de las edificaciones constituía un eficaz sistema cortavientos que resguardaba a los numantinos del gélido cierzo.
Así, los romanos, gente práctica por antonomasia, comprendieron que tenían que hacer algo al respecto, y ese algo fue cambiar el calendario. Fue Quinto Fulvio Nobilior quien, tras ser derrotado por los numantinos, solicitó al Senado que modificara la fecha de elección de los cónsules para preparar con más tiempo las campañas contra Numancia. El Senado anticipó las elecciones consulares de forma que la toma de posesión de los magistrados fuera en las calendas de enero, el día uno, adelantándose así tres meses el inicio de la preparación de las campañas militares.
Y así fue como aquellos celtíberos numantinos y segedenses, fieros como leones, duros como el pedernal y tozudos como mulas, es decir, españoles ya, aunque en su forma primigenia, fueron los responsables de que, en Occidente, el año comience el día uno de enero y no el día uno de marzo.
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Fuentes (por orden cronológico). –
Manuel Salinas de Frías, ensayo LA JEFATURA DE VIRIATO Y LAS SOCIEDADES DEL OCCIDENTE DE LA PENÍNSULA IBÉRICA, Universidad de Salamanca, PaleoHispanica 8, 2008.
Andrés P. Mohorte, artículo NO, ENERO NO ES EL PRIMER MES DEL AÑO POR CULPA DE SEGEDA Y NUMANCIA, Xataka, 15-07-2015: www.xataka.com
Javier Sanz, artículo EL DÍA QUE NUMANCIA CREÓ EL ADJETIVO “NUMANTINO”, Historias de la Historia, 20-11-2018: www.historias de la historia.com
Manuel P. Villatoro, artículo HISPANIA CONTRA NOBILIOR: EL DESCALABRO DE LAS ARMAS SECRETAS DE LAS LEGIONES ROMANAS, ABC Historia, 13-11-2019.
Juan Carlos Losada, TEUTOBURGO: LA PRIMERA DERROTA DE ROMA COMO IMPERIO, diario La Vanguardia, 21-11-2019, revista Historia y Vida nº 499: www.lavanguardia.com
Sergio Martínez Gil, artículo SEGEDA ¿EL POBLADO QUE CAMBIÓ EL CALENDARIO?, Historia de Aragón, 30-12-2021: historiadearagon.com/2021/
Fernando R. Quesada Rettschlag, artículo HISTORIA DE LOS CALENDARIOS, blog www.frquesada.com, 06-01-2022.
Francesc Cervera, artículo EL ASEDIO ROMANO DE NUMANCIA: DE LA RESISTENCIA A LA CAÍDA, National Geographic Historia, 08-05-2024.
Artículo EL YACIMIENTO DE RENIEBLAS: LA GRAN ATALAYA, Soria ni te la imaginas, Diputación de Soria, 21-07-2023: www.sorianitelaimaginas.com
Santiago Posteguillo, conferencia en el Senado de España, HISPANIA CORAZÓN DE ROMA, YouTube, 15-11-2024.
Wikipedia, GUERRA NUMANTINA, consultado el 10-04-2025.
Numancia.es, BELLUM NUMANTINUM: NUMANCIA “TERROR DE LA REPÚBLICA”, consultado el 15-04-2025.
Muy ilustrativo,como siempre.
Un abrazo y feliz Semana de Pasión.
Una gran lección de historia sobre la España que debemos sentirnos orgullosos.