El Caribe español

A mi parecer, la historia de Jamaica es un paradigma que pone de manifiesto lo mejor y lo peor de los españoles y, de paso, de los que han sido nuestros peores enemigos desde que terminamos la Reconquista, hasta prácticamente antes de ayer: los ingleses. 

1- La colonización española.-

A lo largo de su historia precolombina, la isla de Jamaica fue habitada por diversas tribus emigradas de otras zonas del Caribe. Cuando Cristóbal Colón la descubrió en su segundo viaje, el 5 de mayo de 1494, los nativos eran indios arahuacos que habían expulsado a su vez a los guanahatabey, anteriores habitantes procedentes de América del Norte.

Los arahuacos la llamaban Xaymaca, que significa “Tierra de bosques y aguas”. El Almirante rebautizó a la isla con el nombre de Santiago, pero a este nombre se le solía añadir, a modo de apellido, el topónimo arahuaco algo mutado por la pronunciación hispana, es decir “Santiago de Jamaica”. Con el tiempo, y por mor de la simplificación, el santo matamoros terminó siendo apeado del nombre de la isla.

En esta época, Colón protagonizó un curioso suceso que resultará evocador a los que, en su mocedad, fueran lectores de Tintín.

El 25 de junio de 1503, Colón,  con cien hombres y con las dos carabelas que le quedaban de las cuatro con las que emprendiera su cuarto viaje, varó en Jamaica, en la playa de Santa Gloria. El estado de los barcos era tan lamentable que hacía imposible toda reparación, por lo cual ordenó la construcción de un precario fortín con los restos de los navíos.

A la espera de que acudieran en su auxilio, sobrevivían cambiando a los nativos alimentos por mercaderías. Sin embargo, los meses pasaban y la ayuda no llegaba. La situación se volvía desesperada por momentos y el 2 de enero de 1504, la desmoralización se trocó en cólera y estalló el motín.

Los nativos, que no estaban demasiado contentos con que aquelloscolon_cristobal forasteros se hubieran instalado en su isla, aprovecharon la situación para negarse a seguir proporcionándoles víveres. Colón se vio atrapado entre dos frentes en una situación dramática y aparentemente insalvable, pero demostró ser un hombre sereno y con recursos insospechados. Como el experto astrónomo que era, llevaba consigo el Almanach Perpetuum de Abraham Zacuco, y por él sabía que el 29 de febrero de 1504 se produciría un eclipse total de Luna. Y supo sacar provecho a esta información privilegiada. Ese día, se las ingenió para congregar a cientos de indígenas y los amenazó con que su Dios los castigaría haciendo que la luna no volviera a salir más. Cuando los nativos vieron que se cumplía la amenaza, presas del pánico rogaron al Almirante que la hiciera volver y éste obtuvo a cambio la reanudación de los suministros.

Colón aprovechó el eclipse para calcular la posición de Santa Gloria; determinó la latitud con bastante precisión, pero erró en la longitud, situando Jamaica en un punto que correspondía al océano Pacífico, al oeste de la costa mejicana.

La odisea de los españoles se alargó hasta finales de junio, cuando por fin fueron rescatados. Habían permanecido casi un año en la isla. El 13 de agosto de 1504 llegaron a Santo Domingo y el 12 de septiembre el Almirante partió rumbo a Europa. Arribó a Sanlúcar el 26 de noviembre y falleció año y medio después, en Valladolid.

Fue Diego Colón, su hijo, el que comenzó la verdadera colonización de Santiago de Jamaica en 1509, enviando a Juan de Esquivel como primer gobernador. En 1537 la Corona creó el “Marquesado de Jamaica” y lo otorgó a los Colón.

Con los españoles llegaron también las enfermedades procedentes del viejo mundo que tuvieron funestas consecuencias para los nativos. Al igual que ocurrió en todo el continente, su sistema inmunológico fue incapaz de reaccionar adecuadamente ante ellas y la mortandad fue tan terrible que la población indígena desapareció casi por completo. El historiador Francisco López de Gomara escribió que, en la primera mitad del siglo XVI, los indios habían desaparecido ya casi totalmente, al igual que ocurriera en La Española. En justa correspondencia, los indios “obsequiaron” a los europeos con sus propias enfermedades autóctonas. De ellas, la que más estragos causaría en el viejo continente durante siglos, sería la sífilis.

Ante la escasez de mano de obra, comenzó la importación de esclavos africanos, aunque la colonización progresó muy lentamente y nunca llegó a alcanzar los niveles de La Española (Santo Domingo-Haití), Juana (Cuba) o San Juan Bautista (Puerto Rico). Para los españoles no tuvo interés más que como lugar de ocasional parada y avituallamiento y esto puede explicar en parte los acontecimientos posteriores.

 2- El espectacular fracaso inglés en La Española.-

Entre tanto, a miles de kilómetros de distancia, los pérfidos ingleses se dedicaban a la que fue su principal preocupación y ocupación durante más de tres siglos: maquinar formas de robarnos pedazos de nuestro imperio y de las riquezas que nos producía. De hecho, durante más de 300 años mantuvieron contra nosotros un estado de guerra permanente, aunque sólo declarada en contadas ocasiones. En consecuencia, se dedicaron con encono al asesinato, al latrocinio y al saqueo. Siempre a traición, siempre practicando la piratería y el corso, aunque a veces vistieran uniforme y sus barcos enarbolaran pabellón inglés. Lo único que cabe destacar de esta indecorosa actuación es su perseverancia, puesto que además, en la mayoría de las ocasiones sus empresas terminaron en rotundos fracasos. Lo demuestra el siguiente dato: entre 1500 y 1650, de un total aproximado de 18.000 barcos españoles que surcaron el océano, sólo se registraron 107 capturas a manos de piratas o corsarios ingleses, franceses y holandeses.

No obstante, a lo largo de tan prolongado ejercicio de ruindad y bellaquería, terminaron por cosechar algún que otro éxito, y la toma de Jamaica fue uno de los más importantes. Ya en el año 1600 intentaron apoderarse de esta isla y fueron rechazados.

En 1654, Oliver Cromwell, apenas un año después de proclamarse primer Lord Protector de la Commonwealth of England, decidió organizar una expedición militar de gran envergadura, la Western Design, con el objetivo de establecer una base de operaciones en el mismísimo corazón del Imperio Español: la isla de La Española que, según sabía por sus espías, en aquellos momentos se encontraba muy poco poblada y casi desguarnecida. Desde allí podría atacar las plazas españolas en la zona y acechar la flota de Indias. En definitiva piratería pura y dura, al más genuino estilo inglés.

Con tal propósito armó una flota de 38 barcos comandada por el almirante William Penn (padre del que más tarde sería colonizador de Pensilvania) y embarcó en ellos a dos mil marineros y un ejército de tierra compuesto por siete mil soldados bajo el mando del general Robert Venables. Poner al mando de su expedición a esta pareja mal avenida, no fue una decisión demasiado sutil por parte del Sr. Cromwell, pues Penn y Venables se profesaban un odio añejo, reconocido y manifiesto. No obstante, en esa época, había en toda la isla Española solamente once poblaciones, con un total de seis mil ciento ochenta habitantes incluyendo ancianos, mujeres y niños, por lo que el ejército inglés excedía ampliamente a la totalidad de la población.

Tríptico1Como si de un forzado “matrimonio por lo militar” se tratara, la larga travesía se les pasó a Penn y Venables en un santiamén, entre discusiones, acusaciones, recriminaciones y regaños.

A comienzos de 1655 llegaron a Barbados donde hicieron escala. En abril, los siete mil hombres desembarcaron en las costas de La Española sabedores de que el gobernador español, don Bernardino Meneses de Bracamonte y Zapata, conde de Peñalva, apenas disponía de un centenar de soldados profesionales para defender la isla. Contaba también con la ayuda de quinientos vaqueros expertos en alancear reses y en curtir sus cueros, pero sin ninguna formación militar. Los dirigían don Juan de Morfa y don Álvaro Garabito, y a pesar de su impericia en asuntos de guerra, combatieron con un valor y un arrojo extraordinarios. Su habilidad en el manejo de sus larguísimas garrochas “desjarretadoras” resultó especialmente efectiva en los bosques, donde los ingleses no podían organizar su habitual formación de combate de diez en fondo, y tenían que enfrentarse a hombres emboscados que los desjarretaban con mucha más facilidad que a las reses bravas. Tan eficaces resultaron que un oficial español, en su informe, escribió que prefería cien de aquellas lanzas a mil armas de fuego: porque dentro de dos credos no dejan hombre vivo en todo un ejército.

No obstante, el desequilibrio entre ambos bandos era tan enorme que Robert Venables solo habría tenido que plantarse ante la capital y tomarla al asalto. Santo Domingo solo tenía dos mil novecientos ochenta habitantes. Sin embargo, no se sabe bien por qué, este general optó por desembarcar sus tropas a 40 kilómetros de la capital, en la playa de Haina, obligando a sus soldados acostumbrados a climas fríos, a avan­zar durante días en medio de una naturaleza tan exuberante como inhóspita, bajo un calor sofocante y entre nubes de mosquitos. ¿Pesaría en su ánimo la fama de invencibles que gozaban los soldados españoles a mediados del siglo XVII? Es posible que el Sr. Robert pretendiera evitar un enfrentamiento directo, o practicar la guerra de desgaste, o sumar el factor sorpresa a la abrumadora superioridad numérica, o… ¡Pero eran siete mil contra cien! Bueno, seiscientos contando a los garrocheros, pero aun así…

La aventura empezó mal para los ingleses, pues según el diario de uno de sus oficiales, Henry Whistler, en la playa de Haina, por la noche, cientos de cangrejos salían de sus refugios, y el entrechocar de sus pinzas y caparazones producía un fragor como de centenares de sonajeros tintineando a la vez. Los soldados ingleses creían que el sonido lo producía la temible caballería enemiga que los estaba rodeando, lo que hacía cundir la alarma primero y el pánico después; hasta el punto de que muchos, tras sufrir las desagradables consecuencias que provoca la simpatotonía intensa en el control de los esfínteres, tiraban las armas e intentaban huir arrojándose al mar. El episodio, conocido por los españoles a través de los prisioneros ingleses, arraigó en la tradición dominicana, y aún hoy se sigue conociendo allí a aquella victoria inverosímil como “la victoria de los cangrejos”, y los criollos establecieron la fecha del 14 de mayo de cada año como La Fiesta de los Cangrejos.

El conde de Peñalva, con su escasa pero aguerrida tropa, uti­lizando la guerra de guerrillas con contundente eficacia, se dedicó a diezmar de manera inmisericorde a los desorientados invasores ingleses, que morían a puñados sin llegar a enterarse muy bien de dónde les llegaban las balas, los tajos y las lanzadas.

Entre tanto, el almirante Penn esperaba pacientemente en su barco sin intención alguna de intervenir. En realidad lo estaba pasando en grande al contemplar las absurdas andanzas de su despreciado colega, y le divertía la idea de que tuviera que terminar suplicando su ayuda para salir de la mortal trampa en la que se había metido. Sin embargo, cuando Venables comprendió por fin que unos centenares de españoles se bastaban y sobraban para aniqui­lar toda su fuerza expedicionaria, ya había perdido dos mil hombres entre muertos y desertores, y los demás se encontraban en un estado tan lamentable que no le quedó otra opción que reembarcarlos.

Los españoles solo tuvieron sesenta bajas.

 3- La “conquista” inglesa.-

Temerosos de presentarse ante Cromwell con un fracaso tan estrepitoso del que ambos eran igualmente responsables, William Penn y Robert Ve­nables por fin se pusieron de acuerdo en algo, dispusieron levar anclas para lanzarse a la “conquista” de la vecina isla de Jamaica, en la que les constaba que no había ni sombra de los tan temidos soldados españoles.

En la isla habitaban algo menos de mil quinientos civiles entre colonos y esclavos negros. El gobernador Cristóbal de Isasi, no contaba con guarnición alguna, por lo que decidió que la población se retirase de la ciudad de Santiago de la Vega dejándosela a los ingleses envuelta en llamas.

Era el mes de mayo de 1655. Penn y Venables tomaron posesión de la isla y fundaron “Fort Cromwell” (después renombrado “Port-Royal”), dejando en él una nutrida guarnición. Después pusie­ron rumbo a Londres, pero como el matrimonio mal avenido que eran, decidieron escenificar su divorcio haciendo el viaje por separado. A su llegada intentaron convencer a Oliver Cromwell de las muchas ventajas que presentaba Jamaica con respecto a La Española. Cabe deducir que no lo consiguieron, pues el Lord Protector los “premió” con dos mazmorras muy cucas en la Torre de Londres, con inmejorables vistas al Támesis.

En Jamaica, los españoles mandados por Isasi junto con algunos esclavos negros, se refugiaron en las montañas y estuvieron combatiendo a los ingleses durante cinco años, hasta que en 1660, hartos de esperar una ayuda exterior que no llegaba y convencidos de la inutilidad de sus esfuerzos, dejaron la isla y se trasladaron a Cuba. Inconcebiblemente la Corona española no hizo el menor esfuerzo por expulsar a los ingleses y recuperar la isla. Realmente Venables no fue el único ni el mayor insensato en esta historia.

 4- La colonización.-

Aunque fuera de un modo tan poco gallardo, lo cierto es que Cromwell había conseguido al fin poner un pie en las Antillas y ahora tenía que poblar la inhóspita Jamaica de ciudadanos ingleses para consolidar la posición. Pero sus compatriotas no estaban por la labor y el Lord Protector tuvo la “humanitaria” idea de enviar, cargados de cadenas y en calidad de esclavos de los pocos ingleses que aceptaron ir como colonos, a todos los escoceses que tenía encarcelados en esos mo­mentos. Al mismo tiempo, encargó a su hijo Henry, al que había nombrado general de las tropas destinadas en Irlanda, que se dedicase a cazar muchachos sanos y fuertes para poblar la isla. Así, en menos de cuatro años, envió a Jamaica unos ocho mil esclavos escoceses e irlandeses a los que, además, tuvo el capricho de cambiar el apellido por nombres de ciudades, colores, flores o profe­siones. Cada cual tiene sus antojos y el Sr. Cromwell se los podía permitir todos. ¡Cualquiera osaba toserle al iluminado autócrata!

En Jamaica, los colonos pagaban unas mil quinientas libras por esclavo, y hasta dos mil por las muchachas jovencitas y de buen ver.

Con esta nutrida y barata mano de obra, los inicialmente escasos colonos ingleses, emprendieron una eficaz explotación de las posibilidades económicas que ofrecía la isla. Como el consumo de ron y la demanda de azúcar eran cada vez mayores, la extensión de las plantaciones de caña fue en aumento y con ellas se incrementaba sin cesar la necesidad de mano de obra esclava. La respuesta de Inglaterra, en la que se había restablecido ya la monarquía, estuvo en la línea “humanitaria” marcada por Cromwell: comenzó un auténtico negocio de secuestro de niños de origen humilde, que eran enviados de contrabando a la colonia. Simultáneamente, cualquier delito, por pequeño que fuera y aunque no hubiese sido probado, se condenaba con la pena de servir un mínimo de cuatro años en las plantaciones jamaicanas. Así las gastaban los inventores de “la leyenda negra”.

 5- Port Royal, capital mundial de la piratería y del tráfico de esclavos.-

La Corona cobraba el correspondiente porcentaje de todo el dinero que movía el tráfico de semejante masa humana, pero no satisfecha con ello y como se había demos­trado que los africanos sobrevivían mejor al duro trabajo bajo un calor tan sofocante, la pro­pia Corona decidió fundar la Real Compañía de África, destinada a capturar esclavos negros en ese continente.

Jamaica pronto se convirtió en uno de los principales centros de comercio de esclavos del mundo al tiempo que su capital y puerto principal, Port Royal, daba cobijo y amparo a todos los bucaneros, piratas, filibusteros y corsarios del Caribe que saboteaban el comercio español. El ambiente de sus calles y tugurios es fácil de imaginar: negreros, piratas, prostitutas, ladrones, asesinos y expertos en todos los delitos inventados y por inventar, campaban a sus anchas por allí. En ese tiempo era conocida como “la ciudad más depravada de la Tierra”. En 1692, como si de un castigo bíblico se tratara, un terremoto la destruyó sepultando bajo el mar más de media ciudad. Ya nunca volvería a ser la de antes de la catástrofe.

En un cuarto de siglo escaso, la empresa de la reina intro­dujo en Jamaica cerca de cien mil esclavos negros que se pagaron a un promedio de diecisiete libras por cabeza. La empresa Lloyds aseguraba los cargamentos humanos, abonando diez libras por cada esclavo enfermo que hubiera sido necesario arrojar al mar para que no contagiase al resto de la carga.

Cuando un siglo más tarde, un tal capitán Colling­wood de Liverpool, decidió arrojar por la borda a mil hom­bres, mujeres y niños, el Parlamento inglés, hasta entonces tan tolerante con el lucrativo negocio, reaccionó por fin y la mayoría de sus miembros, no todos, estuvieron de acuerdo en que el capitán se había excedido.

El trato que los colonos ingleses daban a sus esclavos era sajón: extremadamente inhumano. Los que podían huir se refugiaban en las Montañas Azules, en lugares apartados y de difícil acceso llamados quilombos, palabra que por extensión, también se usó para designar a estos grupos de rebeldes. En 1760 estalló una insurrección general que fue aplastada brutalmente. En 1795 una nueva insurrección sacudió la isla y fue aplastada con igual brutalidad.

Los dueños ingleses de las plantaciones jamaicanas llegaron a alcanzar una formidable prosperidad que se hizo extensiva a las ciudades portuarias de Liverpool y Bristol con las que comerciaban. Posteriormente, esta actividad comercial se extendió a las colonias inglesas de Norteamérica. Jamaica se convirtió en el mayor exportador de azúcar a escala mundial, llegando a producir aproximadamente 77.000 toneladas anuales entre 1820 y 1824. Esta hazaña fue conseguida gracias al trabajo de los esclavos africanos, los mismos que dejaron morir de hambre en número de 15.000 cuando se interrumpió el comercio con las colonias americanas a causa de su guerra de independencia.

En 1834 se abolió por fin la esclavitud.

En 1942 se descubrieron grandes yacimientos de bauxita que muy pronto sustituyeron a la industria azucarera.

En 1962 se proclamó la independencia.

 6- Epílogo y conclusión.-

Desde que Inglaterra puso pie en Jamaica convirtió la isla en un emporio de riqueza, mientras que el resto del Caribe subsistía más mal que bien, estancado en una economía mediocre y sin perspectivas de mejora.

La causa hay que buscarla en el hecho de que los españoles, continuamente veían malogradas todas sus actividades e iniciativas comerciales por las trabas, impedimentos y retrasos que imponía la retorcida y corrupta burocracia de la Casa de Contratación de Sevilla. Por el contrario, los ingleses llegaron al Nuevo Mundo con el empuje comercial y el espíritu ambicioso de una empresa privada sobre la que no pesaba nada equiparable a la inmensa losa de la sevillana Casa de Contratación. El dinero pasaba de mano en mano con enorme rapidez, creando riqueza y alimentando un próspero comercio internacional. Gentes de todos los rincones del mundo acudían a Jamaica con la intención de enriquecerse rápidamente por medio de la piratería, el juego o la prostitución, pretensión que, progresivamente, fue dando paso a la de conseguir la prosperidad a más largo plazo por medio del comercio, el espíritu emprendedor y la habilidad personal para aprovechar las oportunidades de negocio.

Para comprender por qué los unos supieron ver recursos y crear riqueza donde los otros no, hemos de considerar entre otros aspectos, los principios morales y las normas éticas que regían la conducta de los unos y de los otros, así como sus consecuencias sociales y económicas.

Los ingleses se comportaron sin ningún tipo de escrúpulo ni miramiento y sin más principio ético que el de explotar a cuanta persona animal o cosa se pusiera a su alcance, hasta estrujarle el último céntimo de ganancia sin importar por qué medios. Para un inglés de la época caballero o plebeyo –hablamos de un siglo y medio después de que los españoles iniciaran la colonización americana– el honor residía en la faltriquera y la dignidad se medía por el grueso de la cadena de oro pendiente de su pescuezo.

No obstante, y aunque en principio pueda resultar chocante, esta actitud vital les resultó práctica y, a la larga, los condujo a instituir la democracia moderna. En efecto, para un ejercicio productivo del libre comercio, es condición sine qua non que las libertades individuales queden salvaguardadas de las injerencias abusivas y arbitrarias de la autoridad. Guiados por este principio básico, a lo largo de un siglo XVII plagado de revueltas, enfrentamientos armados inseguridad y muerte, se instaló firmemente en el ánimo colectivo de la población inglesa la idea de que las oportunidades de negocio y la consiguiente prosperidad económica, van ligadas a la paz y la estabilidad social. En consecuencia, resulta mucho más práctico que los poderosos diriman el reparto de poder en un Parlamento en el que las distintas facciones se increpen a cara de perro pero limitándose a hablar y votar, que por medio de enfrentamientos armados y guerras civiles. Llegar a este punto no fue un camino de rosas precisamente. Pasó por episodios tan traumáticos como el procesamiento, la condena a muerte y la decapitación pública del rey Carlos I, que tuvo lugar el treinta de enero de 1649. Inglaterra se convirtió así en una república y por primera vez en la historia, un programa revolucionario había conducido a la ejecución de un rey. Sin embargo, de esta vorágine de acontecimientos surgió la democracia parlamentaria. Es opinión extendida, que la moderna democracia nació cuando el Parlamento inglés, superando las vicisitudes, disoluciones, periodos absolutistas y guerras civiles del siglo XVII, logró imponer el principio No taxation without representation (Ningún impuesto sin la aprobación parlamentaria). Desde ese momento, la máxima herramienta de que dispone el poder para ordenar la vida y la hacienda de los ciudadanos, la capacidad de establecer y cobrar impuestos, pasó de manos de la Corona al Parlamento elegido democráticamente que, de esta forma, se hizo cargo efectivo del gobierno de la nación. Años más tarde y en virtud del mismo principio, proteger el libre comercio y asumir la gestión de los impuestos, las colonias inglesas de Norteamérica se alzaron contra la metrópoli y promulgaron la “Declaración de Independencia” el cuatro de julio de 1776, trece años antes del inicio de la revolución francesa.

Los españoles por su parte, desde que a finales del siglo XV comenzaron la conquista de América y su posterior colonización, consideraron a los indios oficialmente como iguales, aunque en la práctica se transgrediera este principio con harta frecuencia. La Reina Isabel la Católica les otorgó desde el primer momento la categoría de súbditos de la Corona, con los mismos derechos y deberes que sus súbditos castellanos, y ordenó que como tales fueran tratados, previo paso por la pila bautismal, naturalmente. Este afán por cristianizar a los nativos e integrarlos en nuestra cultura, distinguió la colonización española de las demás invasiones europeas del Nuevo Mundo.

Buena prueba de esta actitud es que, ya desde 1514, los conquistadores y colonos pudieron casarse con las indias por la iglesia, formando familias católicas con la misma consideración legal que las de cualquier rincón de la patria española. Toda la América hispana está habitada por los descendientes de esos matrimonios mixtos, cosa que no ocurre unos kilómetros más al norte.

Fruto de este empeño Real, fueron disposiciones tan curiosas como la siguiente: todo Capitán o Adelantado debía ir acompañado de un notario en sus expediciones; en caso de encuentro con indios, fuera o no inminente el enfrentamiento armado, el notario debía adelantarse y leerles por tres veces un documento redactado en latín, en el que se les invitaba a someterse a la Corona Española; sólo si los indios declinaban la invitación, podían iniciarse las hostilidades. La experiencia demostró que, mucho antes de que el notario hubiera terminado su triple lectura, tenía en su cuerpo más flechas que alfileres el acerico de su abuela. Por este motivo, se buscaron las más variadas excusas para dejar de cumplir esta disposición.

Aunque nunca los castellanos sometieron a esclavitud a españoles de otras regiones para disponer de mano de obra en el Nuevo Mundo, como sí hicieron los ingleses con irlandeses y escoceses, hubo, por supuesto, multitud de españoles que trataron a los indios de sus encomiendas como esclavos de facto, cometiendo todo tipo de abusos y tropelías. Precisamente por ello, el emperador Carlos I promulgó leyes para combatir este trato vejatorio. La labor desarrollada por la Corona Española desde el primer momento de la colonización para proteger a los indígenas, no tuvo parangón en las colonizaciones posteriores de otros países. A diferencia de lo que ocurriría después en los territorios ocupados por Inglaterra, Holanda o Francia, los españoles que actuaban mal con los indios se situaban fuera de la ley y, en no pocos casos, el peso de la justicia terminaba cayendo sobre ellos. Por este motivo, Ponce de León conquistador y primer gobernador de Puerto Rico, fue destituido de su cargo, Juan de Esquivel perdió el gobierno de Jamaica, y así un largo etc.

Los historiadores distinguen dos colonizaciones que se produjeron simultánea y paralelamente; una la de los conquistadores que, en palabras de Pizarro, no iban por el alma de los indios sino a por su oro; otra la de los clérigos que, por imposición Real, los acompañaron en todas sus empresas. Ellos sí iban a por el alma de los indios y desarrollaron una tenaz y prolongada labor en su defensa. De hecho, fueron sus voces las que se alzaron clamando contra aquellos de sus compatriotas cuyos abusos y despropósitos quedaban sin castigo. Esas voces, demagógica y perversamente manipuladas por los despiadados traficantes y explotadores de carne humana, fueron el origen de la Leyenda Negra que nos colgaron tan infectos personajes y que aún hoy pesa sobre la actuación española en América, esgrimida no pocas veces, por mestizos descendientes de aquellos a los que acusan de exterminar a los indios. Con cuánta razón hablaba don Antonio Machado de la inagotable tontería del hombre.

Lo cierto y verdad es que España nunca fundó una Compañía dedicada al tráfico de esclavos, cosa que sí hicieron Inglaterra, Portugal, Francia y Holanda entre otros. Lo que sí hizo España fue fundar la primera universidad de América en Santo Domingo, en 1538, sólo cuarenta y seis años después del descubrimiento; seguida en 1551 por la Universidad de México y la de San Marcos de Lima. Ninguna de las otras potencias coloniales fundó nunca una sola universidad en territorio americano, mientras que España creó un total de veinticinco.

Cosa bien distinta es lo que ocurrió con la organización económica y social. En el mundo hispano las estructuras del poder y sus reglas de juego, fueron quedando estancadas con el paso de los siglos y no llegaron a sufrir la necesaria y económicamente salutífera evolución que en Inglaterra y sus colonias. Paradójicamente, ubicar el honor y la dignidad en el alma y no en la bolsa, resultó ser un impedimento para esta evolución de una España que, hacia 1636, escribía por medio de la pluma del gran Calderón: “Al Rey la hacienda y la vida se ha de dar, / pero el honor es patrimonio del alma, / y el alma solo es de Dios”.

Estamos en pleno Renacimiento en el que España juega el papel capital. El rey Fernando inspira la figura de “El Príncipe” a Maquiavelo y el naciente mercantilismo dicta nuevas pautas económicas que se distancian de los cánones medievales. Esta es la causa del enfrentamiento entre Cristóbal Colón y los Reyes Católicos, que culminará con la caída en desgracia del primero. El Almirante deseaba dirigir la explotación de los nuevos territorios descubiertos, en régimen de monopolio, al estilo feudal. Doña Isabel y don Fernando en cambio, prefirieron dar carta libre de exploración a quién la solicitase, a cambio de que entregase posteriormente una parte de lo conquistado. La Corona renunció a establecer un monopolio estatal y sólo se reservó un veinte por ciento de los metales extraídos de las minas, el llamado “quinto real”, además de los derechos de aduana cobrados tanto en la metrópoli como en los puertos coloniales.

Este Real enfoque, completamente innovador y hasta revolucionario para la época, impulsó la más formidable y asombrosa oleada de descubrimientos y conquistas que han conocido los tiempos. La curiosidad humanista que caracteriza el Renacimiento ibérico, al tiempo que impulsa las exploraciones geográficas, forjará las redes internacionales de comercio basadas, sobre todo, en el tráfico de metales preciosos que mejorarán el nivel de vida de los europeos y cambiarán para siempre las relaciones internacionales, marcando un antes y un después en la historia de la humanidad.

No obstante, junto a estos geniales aciertos en la forma de afrontar una situación completamente nueva, hubo fallos de base en la construcción del sistema que lastraron su capacidad de evolución y sus posibilidades de adaptación a los cambios que se fueron produciendo en el decurso de las centurias. Sin embargo, no debemos olvidar que pocos imperios han durado tanto como el español y ninguno alcanzó su extensión. No debieron de hacer las cosas tan mal nuestros antepasados. Pero no divaguemos y sigamos con nuestro análisis.

Tras el enorme esfuerzo económico que supuso la conquista de Granada, las arcas reales habían quedado exhaustas. A ello se sumaría poco después el desastre económico y social que supuso la expulsión de judíos y moriscos. Tal vez por ello, la Corona vio en el descubrimiento del Nuevo Mundo, fundamentalmente una oportunidad de volver a llenar las reales arcas y pensó más en las riquezas que se pudieran importar lo antes posible, que en las armas y bastimentos que se debieran exportar. Así, la principal encomienda de los Adelantados era encontrar oro y especias, sin comprender que una colonización ordenada y sistemática, hubiera sido mucho más rentable a medio plazo, en términos de recaudación de impuestos.

En consonancia con esta visión del descubrimiento, la Corona centralizó todo el comercio con el Nuevo Mundo en la Casa de Contratación de Sevilla. El encargado de orquestar el asunto legal y administrativamente, fue el canónigo sevillano Rodríguez de Fonseca, que a lo largo del siglo XVI la dotó de un conjunto de leyes, reglamentos, normas y disposiciones, tan complejo e intrincado que llegaron a formar un espeso bosque por el que resultaba imposible transitar si no se contaba con el concurso de un guía conocedor y avezado y con una nutrida bolsa con la que pagar sus servicios.

La finalidad de esta monopolizadora institución era doble; por un lado que ni un solo maravedí pudiera colarse sin pagar el correspondiente impuesto, canon o alcabala. Se trataba de recaudar lo máximo invirtiendo lo mínimo. Por otro lado, evitar que entre los conquistadores y los colonos que los seguían, se colaran indeseables que al grito de Dios está muy alto y el Rey muy lejos, comenzaran a campar por sus respetos nada más pisar el Nuevo Mundo. A tal fin y con objeto de preservar los valores cristianos en las colonias, la Corona prohibió la migración de judíos, musulmanes, herejes y gitanos. Perspectiva diametralmente opuesta a la de la Corona Inglesa, que siempre utilizó sus colonias como vertedero de lo que consideraba su basura social.

En un principio la idea pudo parecer acer­tada, ya que las relaciones con las lejanísimas tierras recién descubiertas, precisaban de un cauce legal y de una regulación eficaz que impidieran la dispersión de esfuerzos, la anarquía y la pro­liferación de bandidos y aventureros que actuaran en ellas a sus anchas. Sin embargo en la práctica, el efecto conseguido a largo plazo, fue perverso. El feroz control de la Casa de Contratación había sido concebido de tal forma que durante casi tres siglos cons­tituyó un freno que impidió a las colonias desarrollarse tal como deberían haberlo hecho, alcan­zando el esplendor que les hubiera correspondido por la variedad y abundancia de sus recursos.

En unos pocos años, el cuerpo administrativo de la Casa derivó en una ingente maraña de delegados, auditores, consejeros, inspectores y subalternos, elegidos a dedo entre amigos y parientes. Con tanto poder y prácticamente sin control externo alguno que sirviera de contrapeso, era inevitable que la corrupción, la prebenda, el soborno y, en definitiva, el enriquecimiento ilícito, se enseñorearan de la institución, como así ocurrió.

La Casa de Contratación y Sevilla entera, terminaron por convertirse en un pozo de inmundicia donde todo abuso legal, alegal e incluso ilegal, tenía su asiento y todo bellaco con padrinos encontraba acomodo. Amiguismo, nepotismo, favoritismo, prevaricación, sobornos y todo tipo de corruptelas eran moneda corriente. Los deshonestos funcionarios no tenían más empeño que el de enriquecerse a costa de los que cruzaban el océano jugándose vida y hacienda, y para ello utilizaban la enrevesada maraña de preceptos legales igual que los bandoleros de Sierra Morena utilizaban sus arcabuces y con el mismo objetivo: sacar tajada del oro de Indias.

El pobre iluso que, sin más recomendación que su ingenio ni más padrino que su arrojo, pretendía iniciar una empresa en el Nuevo Mundo, tenía que atravesar ese proceloso bosque de la Casa de Contratación, en el que agotaba recursos, tiempo y paciencia, obteniendo a cambio las más de las veces, únicamente vagas promesas y buenas palabras.

Cuando un colono de Cuba, Santo Domingo o Perú, pedía permiso para montar un ingenio azucarero, explotar una mina de plata, o iniciar cualquier otra empresa, se veía obligado a espe­rar entre cinco y quince años hasta obtener la correspondiente autorización y recibir las imprescindibles herramientas. Para ello debía distribuir previamente incontables sobornos y abonar por anticipado un utillaje que le cobraban a precios exorbitantes.

Se com­prende fácilmente la razón por la que, a diferencia de lo que les ocurrió a los ingleses en sus colonias, la mayoría de los posi­bles empresarios españoles del Nuevo Continente jamás llegaron a ver sus sueños coronados por el éxito.

Resulta estremecedor y descorazonador a un tiempo, percatarse del paralelismo entre la evolución de esa Sevilla del siglo XVI y la de la Sevilla actual desde que se convirtió en capital de la autonomía andaluza. Si la primera terminó causando el letargo económico y el atraso social y tecnológico de la América hispana, la segunda nos ha conducido a ser una de las regiones con menor renta per cápita y con más alto porcentaje de parados de la Unión Europea. Y por idénticos motivos. Y en esas estamos. Y lo consentimos cuando no lo aplaudimos.

Al parecer, los andaluces en particular y los españoles en general, en la guerra somos los enemigos más temibles, en la paz somos hospitalarios y acogedores, en la conquista somos magnánimos y honorables, pero en el siglo XVI como en el XXI, ante los administradores corruptos preferimos adoptar actitud de súbditos resignados y autistas en vez de comportarnos como ciudadanos libres que conocen sus derechos y saben exigir honradez y justicia, y poner coto a las desmesuras del poder y a las iniquidades de los poderosos. No estaría mal que en este, pero solo en este aspecto, aprendiéramos de los anglosajones o, mejor aún, de la variopinta y multicultural sociedad estadounidense.


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