Tokio Samurai

Tokio. Samurai

Resulta sorprendente la influencia que han tenido sobre ciertos acontecimientos históricos, algunos meteoros atmosféricos de proporciones superlativas.

El ejemplo del desastre sufrido por la Armada de Inglaterra es muy significativo, pero todavía fue más asombroso el fenómeno que los japoneses del siglo XIII llamaron kamikaze.

A los que fuimos lectores de tebeos de la colección “Hazañas Bélicas”, el vocablo nos sugiere a los pilotos nipones que, durante la II Guerra Mundial, se lanzaban con sus aviones cargados de explosivos contra los barcos de guerra estadounidenses. El término se ha incorporado a nuestro idioma con el doble significado de terrorista suicida o persona tan temeraria que arriesga la vida en sus acciones. Sin embargo, la traducción original de kamikaze es “viento divino” o “aliento de los dioses”.

Para encontrar el origen de la relación entre esta palabra y los acontecimientos bélicos, hay que retroceder hasta el siglo XIII. China está bajo el poder de los mongoles. Kublai Kan, nieto del mítico Gengis Kan, se ha erigido emperador y funda la dinastía Yuan. En muchos aspectos es un buen gobernante. Protege las artes y las letras, establece la capital del imperio en Pekín, mejora las comunicaciones, favorece el comercio y recibe en su corte viajeros de todo el mundo, entre otros al famoso Marco Polo. Es también un devoto budista aunque, en sus dominios, practica la tolerancia religiosa y predica la misericordia en tiempo de guerra; algo totalmente contrario a la tradición de los mongoles que consiste en el exterminio total de los vencidos.

A Kublai Kan también le corresponde el mérito de ser el primero que instituye en su imperio el uso del papel moneda, lo que andando el tiempo, representará un gran avance. Sin embargo, a medio plazo, la falta de disciplina fiscal y el deficiente control del gasto público, provocan una inflación galopante que degenerará en un absoluto desastre económico. La primera gran crisis económica provocada por una inflación descontrolada, de la que se tiene registro histórico.

Parece que no hubiera pasado el tiempo; ocho siglos después, la caterva de mostrencos, cenutrios e indocumentados intelectuales que pululan por los gobiernos de municipios, autonomías, naciones y organismos supranacionales, aún no ha sido capaz de aprender la lección. Va a ser que necesitan una adaptación curricular significativa y algo más de dos tardes para asimilarla.

Pero continuemos con nuestro cuento. Su protagonista, además de un gobernante con buenas ideas, debió ser un tremendo glotón, casi tanto como yo cuando tenía veinte años, con la diferencia de que el objeto de mi deseo era la comida y el de Kublai eran los territorios. Después de haber conquistado China y Corea, que ya es conquistar, puso sus ojos en las islas situadas al este de la costa oriental de Asia. En aquellos entonces, los japoneses estaban a lo suyo, es decir, demasiado atareados en guerrear unos contra otros como para meterse con sus vecinos. Ocupaban un territorio insignificante comparado con el que ya poseía el Kan, pero igual que el glotón, aunque esté ahíto, no puede resistir la tentación de alargar la mano y coger el último pastelillo de la bandeja, Kublai Kan no pudo aguantarse las ganas de extender la zarpa y hacerse con aquellas islitas tan coquetonas. A tal fin, dispuso lo necesario para la conquista. En 1274 mandó una enorme flota compuesta por novecientos navíos de todo tipo y tamaño. Los japoneses carecían de medios para defenderse de semejante ataque, y ante la perspectiva de devastación, esclavitud y muerte que se cernía sobre ellos, hicieron lo único que se le ocurre hacer en todo tiempo y lugar a cualquiera que se encuentre en una situación semejante: rezar a sus dioses. Durante la travesía se desató un tremendo tifón (así se llaman los huracanes en el mar de la China) que hundió la mayor parte de los barcos invasores. Convencidos de que sus plegarias habían provocado la intervención divina, los nipones llamaron a aquel providencial azar meteorológico, Kamikaze o Viento de los Dioses.

Castillo Osaka
Castillo de Osaka

No eran ni la resignación ni el conformismo las virtudes más destacadas del Gran Kan, y en 1281 ya estaba listo para volver a las andadas. Envió contra Japón una nueva flota aún mayor que la anterior. En esta ocasión, mil doscientos navíos surcaron el mar con aviesas intenciones. Después de todo, pensó Kublai Kan, es imposible que un nuevo tifón se desate justamente cuando mi flota nueva esté realizando la travesía; eso sería como ganar el premio gordo de la Primitiva dos veces seguidas: imposible del todo… ¡Craso error! No contó con que en el vocabulario de los dioses no figura la palabra imposible. Y en efecto, un nuevo tifón se encargó de destruir esta nueva flota.

Si acaso algún japonés escéptico, en su fuero interno había cuestionado la intervención divina, ahora ya no le cupo la menor duda; lo de los temporales era cosa de los dioses. Japón se había vuelto a salvar y esta vez definitivamente, de la codicia del mongol.

No es de extrañar pues, que siglos después, durante la II Guerra Mundial, cuando nuevamente la sagrada patria nipona, sagrada para ellos claro, estaba a punto de ser hollada por las botas de invasores extranjeros, los japoneses volvieran a confiar en el aliento de los dioses y llamaran kamikazes a sus pilotos suicidas. Pero se conoce que los dioses ya se habían cansado de soplar. O puede que estuviesen asqueados tras contemplar las crueldades, salvajadas y atrocidades que el ejército japonés había perpetrado por toda Asia contra la indefensa población civil, y no estuvieran dispuestos a volver a prestarles su aliento.

Lo que sí pareció obra de un dios histriónico, furioso y vengativo, fue lo que se les vino encima a las ciudades de Hiroshima y Nagasaki aunque, en este caso, no tuviera nada que ver con los meteoros atmosféricos.

 


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