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En la Exposición de Londres de 1859 un francés, Ferdinand Carré, mostró un aparato de su invención que permitía fabricar cubitos de hielo. Un gran invento que abría la cuarta y, por ahora, última gran revolución alimentaria, la protagonizada por el frío como conservador de los alimentos.

Solamente nueve años después otro francés, Charles Albert Tellier, puso a punto un sistema que permitía conservar los alimentos congelados durante largo tiempo. En 1876 había perfeccionado su método logrando bajar la temperatura de conservación hasta los 30º bajo cero. Para demostrar de forma definitiva la eficacia de su sistema, mandó una pierna de cordero congelada al otro lado del Atlántico, es decir, casi cuatro meses de navegación. El éxito fue completo: la carne, una vez descongelada y cocinada, resultó tan deliciosa como si se hubiera tratado de carne fresca.

El barco regresó de Argentina con veinte toneladas de carne congelada.

Por cierto, el nombre del navío, “Le Frigorifique”, hizo fortuna y se usa en varios idiomas para designar al aparato que mantiene fríos los alimentos.

P02_01105482Los argentinos, que paradójicamente llaman heladeras a los frigoríficos, vieron de inmediato que este invento abría de par en par el mercado europeo para su enormemente excedentaria producción de carne. En 1883, solo siete años después, instalaron su primera planta frigorífica en Zárate, provincia de Buenos Aires.

La primera guerra mundial incrementó aún más la demanda de carne por parte de los países contendientes, y Argentina llegó a situarse entre las primeras potencias económicas del mundo. Por esa época recibieron muchos miles de inmigrantes, de Italia y de España principalmente.

Otra paradoja, en 1913 murió el señor Tellier en la más absoluta pobreza.

A partir de ahí, la historia de nuestros hermanos americanos es un ejemplo a no seguir. Con una indomable fuerza de voluntad y una inquebrantable perseverancia en la corrupción generalizada, la falta de escrúpulos institucional y el latrocinio como principio inspirador de la mecánica administrativa; todo ello aderezado con esa peculiar charlatanería populista y demagógica de sus políticos predilectos, consiguieron convertirse en una nación en la que, desde los pobres de solemnidad hasta los ciudadanos de la otrora acomodada clase media, pasan penurias, estrecheces e incluso hambrunas propias de una situación de postguerra, no quedándoles más salida que la emigración.

Y no era nada fácil conseguirlo. En Argentina, la densidad de población es de 14’4 habitantes por kilómetro cuadrado, 5 veces menor que en la Unión Europea (71 hab./km2), y los recursos naturales de que disponen para repartir entre tan escaso número de habitantes, son inmensos. En una superficie de 2.780.400 kilómetros cuadrados, habitan poco más de cuarenta millones de personas, mientras que en España somos más de cuarenta y seis millones en solo 505.990 kilómetros cuadrados y en Italia superan ampliamente los sesenta millones de habitantes en tan solo 301.323 kilómetros cuadrados.

Ante la elocuencia de estas cifras cabe preguntarse ¿Cómo es posible gestionar tan mal una situación tan favorable? Pues bien, puede hacerse. Es solo cuestión de empeño, y ahí están nuestros hermanos argentinos para demostrarlo. ¡Olé sus bemoles!

Pero no me siento del todo satisfecho con esta forma de terminar el artículo porque, sinceramente, considero a Argentina una nación hermana y a los argentinos unos paisanos que nos cogen un poco a trasmano, dicho sea sin ninguna reticencia y sin el más leve atisbo de ironía. Por eso quiero dejar constancia de mi admiración y respeto por sus muchas virtudes, mencionando al menos, un par de ellas. En primer lugar, en mi particular cuadro de honor de las lecturas que más disfrute me han proporcionado, figura en segundo lugar, inmediatamente detrás de “El Quijote”, el “Martín Fierro”. En segundo lugar es realmente sobresaliente la habilidad con la que se desenvuelven en los asuntos que se resuelven a patadas, los muy pelotudos. Y me dejo en el tintero la cautivadora emotividad del lunfardo, las delicias que ofrece su gastronomía y un larguísimo etcétera. ¡Que no todo en la vida es política y economía!


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