Mapa_protectorado_espanol

A finales de mayo, una delegación de los Tensamán solicitó a Silvestre la instalación de un blocao en el monte Abarrán, al otro lado del río Amekrán. El Comandante General tenía orden expresa del Alto Comisario, de no atravesar el río hasta que él, en su zona, avanzara lo suficiente como para poder prestarle apoyo en caso necesario. Sin embargo Silvestre tenía prisa por conseguir su objetivo, y haciendo caso omiso, atendió la petición de la cabila. Creyó que, de este modo, consolidaba su alianza al tiempo que se aproximaba un poco más a su obsesivo empeño: Alhucemas. Sobre los motivos que pudo tener para cometer tal desacato, solo caben especulaciones. No obstante, podría arrojar algo de luz, el tener en consideración en primer lugar, la vieja amistad que unía a ambos militares; ya se sabe que donde hay confianza… En segundo lugar su260px-DamasoBerenguer[1] rivalidad, tan añosa e intensa como su amistad. La permanente y notoria competencia entre ambos, había dado un vuelco cuando el alto comisariado recayó en Berenguer, más hábil y desenvuelto en el terreno político y de carácter más templado. El cargo le correspondía a Silvestre por antigüedad y por méritos, y la designación de su amigo, que lo convertía en su superior jerárquico, le supuso una bofetada de guante blanco. En tercer lugar, Silvestre se sentía plenamente respaldado por el rey Alfonso XIII con el que mantenía una cordial amistad desde que fuera su Ayudante de Campo. Al respecto, se cuenta la siguiente anécdota: en telegrama dirigido al rey, el general le había prometido celebrar el día de Santiago —25 de julio— o el día de san Alfonso —1 de agosto— brindando con champán en Alhucemas. Alfonso XIII le respondió con otro telegrama en el que le decía: Ole ahí tus cojones, Silvestre. Aunque no se conserva el documento, al parecer su contenido trascendió y corrió como la pólvora. Así, en este contexto de compadreo confianzudo y bravuconería cuartelera que regía las relaciones del rey con sus militares predilectos, no resulta tan sorprendente el desacato de Silvestre hacia su superior. Por otro lado, también hay que reseñar que la izquierda republicana utilizaba todos los medios a su alcance para desacreditar a la monarquía, como por ejemplo, el contrastado procedimiento de poner en circulación toda suerte de bulos maliciosos. Así, para atizar el encono popular, no se recataba en afirmar abiertamente, como si de una verdad probada se tratara, que las operaciones de Annual las dirigían el rey y el general Silvestre, a espaldas del Ministro de Defensa y sorteando la autoridad del Alto Comisario.

Fuera cual fuese la verdad cabal, el caso es que Silvestre, incumpliendo la orden de Berenguer y en contra del parecer de sus oficiales encabezados por el coronel Morales, ordenó la ocupación de Abarrán. Desde ese altozano de quinientos veinticinco metros de altitud, se divisaría la futura carretera hasta Sidi-Dris y se podría vigilar su seguridad.

Uno de los jefes Tensamán, Mohamed Ukarach, informó al comandante Villar de la presencia en la zona, de una gran harca de beniurriagueles, la cabila de Abd el-Krim, y de bocoyas; unos 3.000 hombres a pie y a caballo. Por ello le aconsejó realizar la ocupación con no menos de tres columnas de 2.000 hombres cada una. Pero ni el aviso ni el consejo fueron tenidos en cuenta por el obstinado general. Ni tan siquiera tuvo la precaución de ordenar los preceptivos reconocimientos del terreno, previos al avance.

Toda la oficialidad de Silvestre tenía plena conciencia del peligro que los acechaba y de que, en el momento en que los rifeños aliados se sintieran superiores a los españoles, dejarían de “estar amigos”. Pero el general confiaba en su audacia, en la rapidez de sus movimientos y en la supuesta incapacidad rifeña para responder con rapidez y organización. Sus arriesgadas decisiones eran llamadas por sus hombres “las bigotadas de Silvestre”.

A las cinco de la madrugada del 1 de junio, el comandante Villar salió de Annual con 1.500 hombres. Los preparativos se habían hecho con sigilo y nocturnidad para contar con el factor sorpresa. Pero la sorpresa se la habían llevado los españoles cuando vieron que los moros hostiles observaban la operación de principio a fin y se avisaban de los movimientos españoles por medio de hogueras encendidas en las cumbres que circundan Annual.

AbarránEntre Annual y Abarrán hay solo 9 kilómetros en línea recta, pero la vía de comunicación era una sinuosa vereda de cabras de 15 kilómetros en cuesta y en descubierta. Los hombres y las bestias, cargados con toda la impedimenta, tardaron cinco horas en recorrerla. En caso de ataque no podrían esperar socorro. Por eso resulta aún más sorprendente que el reducido contingente quedara con una cantidad de munición y de avituallamiento tan escasa.

Cuando la columna de Villar ocupó el monte Abarrán, solo pudieron construir una fortificación deficiente. En aquel terreno calizo y deslavazado, los zapadores no encontraron apenas piedras con las que levantar el parapeto. La mayoría de los sacos estaban podridos y se desfondaban al llenarlos de tierra. Los postes de las alambradas, clavados en un terreno tan poco consolidado, se arrancaban con facilidad. Y para completar el inquietante cuadro, el matorral de las laderas protegía la aproximación del enemigo hasta las mismas alambradas de espino.

El general Silvestre había llegado al campamento de Annual desde Melilla, a las nueve de la mañana. Cuando el heliógrafo comunicó que Abarrán había sido ocupado sin disparar un solo tiro, Silvestre se dispuso a visitar la nueva posición, como tenía por costumbre. Afortunadamente para él, en esta ocasión sí se dejó convencer por las contundentes razones que opuso el coronel Morales y desistió de su idea. El comandante Villar había comunicado jocosamente que los harqueños hostiles se habían aproximado tanto que estaba “timándose” con ellos. Silvestre celebró mucho la ocurrencia, pero seguramente le hizo valorar en su justa medida el principal argumento de Morales: Abd el-Krim, conocedor de la costumbre de Silvestre, en el caso de que pensara atacar la posición, esperaría la llegada del general para atraparlo en ella. Según se supo después, Morales había acertado de pleno y, con su insistencia, había salvado la vida de su general.

A las once de la mañana las precarias defensas de la posición estaban terminadas y la columna de Villar partió de Abarrán. Para guarnecerla quedó una dotación de 28 artilleros mandados por el teniente Diego Flomesta Moya y 3 soldados a cargo de la estación óptica, todos ellos españoles. El resto era tropa indígena mandada por oficiales españoles e indígenas. Una compañía de Regulares, 100 hombres, bajo el mando del capitán Juan Salafranca Barrio jefe de la posición, y de los tenientes Vicente Camino, Antonio Reyes y un oficial moro. Una mía de la Policía Indígena, 100 efectivos, mandada por el capitán Ramón Huelva y por el teniente Luis Fernández. Y una harca auxiliar de, aproximadamente, 250 tensamanes.

A las dos de la tarde, antes de haber alcanzado Annual, los de Villar oyeron el primer cañonazo. Abarrán estaba siendo atacado.

Durante las cuatro horas que duró la munición, los españoles se defendieron a cañonazos. El teniente Flomesta, a pesar de estar herido desde los inicios del combate, dirigió el fuego hasta el final.

Los rifeños tensamanes y los policías indígenas, cuando vieron el Capitán_de_Regulares_Juan_Salafrancacariz que tomaba la situación, se amotinaron, asesinaron a sus oficiales y se pasaron al enemigo. La mayor parte de los Regulares permanecieron leales y su capitán, Juan Salafranca, a pesar de recibir varias heridas graves, siguió peleando y dirigiendo a los suyos hasta que fue rematado. Por su heroica actuación en la defensa de la posición recibiría la Cruz Laureada de San Fernando a título póstumo.

Agotados los obuses, los defensores fueron arrollados y aniquilados. Solo unos pocos de los 140 consiguieron escabullirse y, ocultos, esperar la noche para deslizarse hasta Annual.

Fue la primera vez que los insurrectos consiguieron capturar artillería española. Siguiendo su costumbre, asesinaron a todos los prisioneros. Únicamente dejaron vivo al teniente de artillería Diego Diego-Flomesta-Moya[1]Flomesta Moya, para que les enseñara a reparar y usar los inutilizados cañones. El bravo teniente se negó y resistió la coacción y la tortura. También rehusó comer y ser curado de sus heridas. Murió de inanición el día 30 de ese mismo mes, sin haber cedido a sus torturadores. Le fue concedida la Laureada de San Fernando a título póstumo. No faltó, sin embargo, quien criticara al teniente por no haberse suicidado antes de caer prisionero de los rifeños, pues ya en la campaña de 1912, el mando había ordenado a los oficiales pegarse un tiro antes de caer en manos de los moros, que los iban a asesinar de igual manera, pero después de someterlos a un cruel martirio.

Abd el-Krim exhibió orgullosamente los cañones capturados para demostrar a los rifeños la vulnerabilidad de los españoles y atraer nuevos adeptos a su causa, convenciéndolos de que unidos podrían derrotar a Silvestre y obtener un gran botín. Envalentonados por el éxito de Abarrán y tentados por el saqueo, muchos miles de rifeños se unieron a los sublevados. En poco tiempo los efectivos de su harca pasaron de 3.000 a 11.000 hombres.


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