Mapa_protectorado_espanol

La madrugada del 2 de junio, Abd el-Krim atacó el enclave costero de Sidi Dris con su cuadruplicada harca compuesta por urriagueles, bocoyas y tensamanes.

Los defensores, bajo el mando del comandante Benítez, resistieron valerosamente los violentos ataques de un enemigo infinitamente Laya5Csuperior en número. Por la mañana, el cañonero Laya, enviado el día anterior para apoyar la ocupación de Abarrán, batió a los moros con fuego de artillería. A pesar de ello, al anochecer la situación de los sitiados era ya desesperada. El enemigo, amparado por la oscuridad, había cortado y sobrepasado las alambradas por varios puntos, y se acercaba inexorablemente al parapeto, a pesar de que el comandante Benítez, herido desde los inicios del combate, y sus hombres, seguían combatiendo con arrojo y sin descanso desde la madrugada anterior. El capitán del Laya, Francisco Javier de Salas, envió tanta ayuda como pudo: un pelotón formado por dos contramaestres y 14 marineros con dos ametralladoras, bajo el mando del alférez de navío Pedro Pérez de Guzmán. El pelotón, ascendiendo bajo un intenso fuego enemigo, por un terreno abrupto y difícil, logró incorporarse a la posición. Emplazaron sus ametralladoras junto a la batería de cañones. Los asaltantes habían llegado ya a muy pocos metros del parapeto y los marineros del Laya comenzaron inmediatamente a ametrallarlos a bocajarro. Los cuatro cañones de pequeño calibre estaban silenciosos porque su oficial, el teniente Galán, había sido malherido y no podía dirigir el fuego. El alférez Pérez de Guzmán tomó el Pérez de Guzmánmando. Los rifeños estaban tan cerca de las defensas, que mandó poner las espoletas de las granadas a cero y disparar sin descanso y tan rápido cómo les fuese posible. Las descargas continuas y el fuego de ametralladora formaron una barrera infranqueable que provocó muchas bajas a los asaltantes. Los rifeños pusieron cuerpo a tierra y buscaron refugio tras rocas y matorrales. El alférez entonces ordenó bajar las bocas de los cañones y seguir el fuego, haciendo inútiles esas protecciones. Los moros se vieron forzados a retroceder reptando cuerpo a tierra. Cuando el alférez Pérez de Guzmán calculó que la distancia era la adecuada, mandó elevar nuevamente las bocas de los cañones y graduar las espoletas de las granadas a un segundo. Acertó de lleno en la línea enemiga, provocando la desbandada general de los cabileños.

Una escuadrilla de aeroplanos venida desde Melilla, arrojó medio centenar de bombas en apoyo de la defensa.

A las tres de la madrugada del 3 de junio, tras veintiséis horas de combate ininterrumpido, los rifeños cesaron el fuego e iniciaron la retirada batidos por los disparos del Laya. A pesar de la abrumadora diferencia numérica, la posición se había salvado.

A las cinco de la madrugada, sesenta jinetes e infantes de la harca amiga de Beni-Said se acercaron a la posición para apoyar a los defensores de Sidi Dris.

Sidi-DrisPor esta brillante acción tan impecablemente ejecutada, Pedro Pérez de Guzmán y Urzáiz recibiría la Medalla Militar y la Medalla Naval.

Pero estos episodios solo eran los aperitivos del menú completo que Abd el-Krim les tenía preparado. No obstante, nadie pareció querer entender los mensajes que contenían: uno, que en un territorio dominado por el enemigo, las posiciones aisladas estaban a su merced; dos, que los sanguinarios rifeños no hacían prisioneros; y tres, que los conceptos “lealtad” o “cumplimiento de lo pactado”, tienen para los rifeños un significado muy distinto, cosa que el general Silvestre no había terminado de asimilar a pesar de su sobresaliente en chelja.

El mando español los interpretó como sucesos aislados, un tropiezo como los que habían tenido todas las potencias coloniales en un momento u otro. Así lo expuso el general Silvestre a Berenguer que, alarmado por los acontecimientos, dejó sus muchas ocupaciones en la zona occidental y se trasladó a Melilla. La entrevista se celebró el Crucero Princesa de Asturias5 de junio en aguas de Alhucemas, a bordo del crucero Princesa de Asturias. Silvestre, con su arrollador optimismo y su proverbial capacidad de convicción, persuadió a Berenguer de que todo estaba bajo control y logró tranquilizarlo hasta tal punto, que el Alto Comisario mandó el siguiente telegrama al ministro de la Guerra: Puede considerarse la situación casi restablecida y que actualmente nada ofrece que pueda ocasionar la menor alarma e inquietud. Los hechos demostrarían muy pronto lo equivocado que estaba.

Ni el general Silvestre, ni el Alto Comisario Berenguer, ni el Ministro de la Guerra, supieron ver el anticipo de la masacre que se avecinaba. Se negaban a admitir que Abd el-Krim había puesto en pie de guerra un auténtico ejército, aguerrido, feroz, motivado y perfectamente adaptado a un terreno endiabladamente inhóspito, que dominaba a la perfección.

Silvestre, siempre empeñado en progresar hasta Alhucemas con sus escasas fuerzas y con la promesa de un tabor de Regulares que le enviaría el Alto Comisario, ocupó nuevas posiciones para reforzar laIgueriben situación del campamento base: Talilit, a mitad de camino entre Annual y Sidi Dris, para cubrir el hueco entre estas posiciones; Mehayast, a retaguardia de Annual, para vigilar la cabila de Beni-Ulisex; Yebel Uddia y las llamadas posiciones “A” y “B” para reforzar el flanco izquierdo de Annual, impedir la defección de Tafersit y hacer frente a la hostilidad de la cabila Beni-Tuzin; y para mantener una posición adelantada entre Izumar y Yebel Uddia, que defendiera el campamento de Annual por el lado sur, ocupó Igueriben el 7 de junio de 1921. Más posiciones aisladas y más dispersión de sus fuerzas. Después marchó a Melilla, para solicitar al Ministro refuerzos, municiones, víveres y dinero para comprar a los rifeños, antes de iniciar la ofensiva final.


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