Mulo-ambulancia

La tropa española tuvo que combatir en condiciones deplorables

Sidi Dris se vendió a la opinión pública como una gran victoria del ejército español, y la masacre de Abarrán como un tropiezo sin importancia aunque, eso sí, la noticia se ocultó hasta después del “éxito” de Sidi Dris. Y para ratificar esa versión, incomprensiblemente, los mandos de la Comandancia de Melilla siguieron con la misma rutina deplorable de permisividad y negligencia, como si nada hubiera cambiado. Los generales vivían en Melilla en vez de ocupar sus respectivos puestos de mando. Coroneles y tenientes coroneles descansaban en la Plaza y se relevaban cada quince días, en lugar de estar con sus tropas. No faltaban los que pretextaban enfermedad para no acudir al frente o para alejarse de él. Y, como es lógico, esta tolerancia y descontrol se hacía extensiva a toda la escala. En el aeródromo de Zeluán no pernoctaba ni un solo piloto. Comandantes y capitanes se concedían permisos a sí mismos o negociaban turnos, dejando las compañías al mando de los tenientes. Entretanto, había unidades en las que la tropa llevaba meses sin cobrar, vestía uniformes harapientos y carecía de calzado. ¿Cómo no iban a venderle la munición y hasta sus fusiles a los rifeños?

Un dato que nos puede dar la medida del punto hasta el que la corrupción se había enseñoreado del ejército de África, es el siguiente: durante aquellos años de sangría africana, la tercera parte de los Presupuestos Generales del Estado se dedicaban a defensa, y la mayor parte de esta partida se destinaba al ejército de África. Sin embargo ese dinero no se veía por ningún sitio. Tanto la oficialidad como la tropa estaban mal pagados – un teniente cobraba setenta duros mensuales y un capitán cien – y, habitualmente, cobraban con retraso. Los soldados estaban dotados con unos fusiles anticuados, pesados e imprecisos, procedentes de la guerra de Cuba, mientras que los rifeños disponían de los excelentes Lebel franceses, que conseguían de contrabando a través de la frontera con el protectorado francés. Los cañones eran contemporáneos de los fusiles y, como ellos, anticuados, pesados e imprecisos. Carecían de morteros que, en aquella orografía, hubieran resultado sumamente eficaces. Carecían de ambulancias y, en su lugar, empleaban mulos para transportar a los heridos. Carecían de vehículos blindados de cualquier tipo; las descubiertas para realizar las aguadas y para abastecer a los blocaos, las realizaban columnas de hombres, Rifeñoscaballos y mulos, todos ellos vulnerables a los disparos de los rifeños parapetados en posiciones elevadas desde las que dominaban caminos y veredas. Y en cuanto a la aviación, sí había, pero escasa y poco empleada. Unos cuantos aeroplanos que actuaron en contadas ocasiones y que no llegaron a influir en el desarrollo de los acontecimientos.

En este marco de incuria administrativa y de indecencia profesional, resulta aún más admirable la presencia de auténticos vocacionales de la milicia, capaces de llevar el cumplimiento del deber, la entrega al servicio y la capacidad de sacrificio, hasta extremos que lindan con lo sobrehumano. Es lo que ocurrió en Igueriben, donde la resistencia y el heroísmo alcanzaron cotas que no podemos ni imaginar.

Precisamente, por mor del destino que en ocasiones se complace en ser guasón, le tocó dirigir esta epopeya al comandante Julio Benítez Benítez, malagueño de El Burgo.

El comandante Benítez era un hombre concienzudo, esmerado y benitezmuy cumplidor. En consecuencia era realista, comprendía perfectamente los males que corroían la estructura del ejército colonial, y no se recataba en manifestar sus opiniones pesimistas y sus previsiones sombrías, a pesar de lo cual era muy apreciado por el general Silvestre que tenía en alta estima sus buenas cualidades.

Como es natural, en aquel ambiente fulastre y chabacano donde lo políticamente correcto era la bravuconería cuartelera, donde el oficial al uso debía ser putero, jugador y “echao p’alante”, y donde las torpezas e imprevisiones se redimían a base de entrepierna, a Benítez le colgaron muy pronto el sambenito de aguafiestas, agorero y quejumbroso. Sobre sus continuos descontentos y peticiones, circulaban a sus espaldas todo tipo de bromas y chanzas. Muchas de ellas maquinadas por oficiales irresponsables que, más adelante, se comportarían como cobardes, huyendo de Annual a Melilla en los vehículos rápidos, y dejando a sus hombres abandonados a su suerte.

Sin embargo, lo que jamás nadie puso en duda fue su valor. Tras su comportamiento en Sidi Dris fue felicitado y propuesto para la laureada, pero antes de que se iniciara siquiera la preceptiva investigación, el destino lo llevó a Igueriben, donde se haría acreedor a otra laureada, pero ésta a título póstumo. Gracias a su ejemplo y su fortaleza, durante aquellos días de auténtico infierno, todos los defensores sin excepción, desde el primero de los mandos hasta el más joven de los adolescentes educandos de banda, se comportaron con una heroicidad sin parangón. Esta es su historia.


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