
He de confesar que no entiendo cómo ni por qué se ha instalado en el caletre de los prebostes de la cosa culinaria la idea de que lo gastronómicamente ilustrado es comerlo casi todo cuasicrudo. Además de frutas y ensaladas, se entiende. Esos gastrónomos influyentes que nos marcan las pautas del buen gusto en la mesa, han decidido que lo delicioso es tomar las carnes sangrantes o saignant como dicen los pedantes; los pescados crudos a la moda de Japón, sashimi, sushi… con sus anisakis y todo; las verduras crujientes o crunchy como dicen los cocineros que han decidido erradicar la palabra crujiente de su vocabulario ellos sabrán por qué; las pastas rompedientes o al dente como dicen los cursis; las tortillas con una fina cubierta cuajada rellena de huevo crudo fluido… Y resulta que, precisamente ahora, entre los paleoarqueólogos está cada vez más extendida la convicción de que tomar los alimentos cocinados contribuyó de forma decisiva a hacer humanos a nuestros antepasados del género Homo. Pero da igual, a despecho de los descubrimientos de los investigadores y de la labor de los divulgadores de esos hallazgos, es ahora cuando los catequistas de la exquisitez han decidido predicar que lo cocinado es ramplón y lo cuasicrudo es distinguido. Y nosotros, meros proletarios de la ingestión… ¿nos lo vamos a creer? La presión de los árbitros de la excelencia es grande. Los anglosajones incluso han convertido esta moda en tendencia, aunque si consideramos lo mal que se les da cocinar no resulta tan extraño[1]:
La raw food o comida casi cruda es un concepto nuevo, nacido en San Francisco, cuya idea es la comida sin prácticamente cocción elaborada con técnicas que protegen el medio ambiente.
Dicho así: raw food y raw-foodism, en inglés para que les suene más importante a los cipayos de la anglosfera que son legión. Ya decía el viejo aforismo latino que: Todo lo que se dice en latín parece elevado —Quidquid latine dictum sit, altum videtur—. Ahora que el latín ha pasado de moda, ese papel lo juega el inglés… o el francés o el italiano o el japonés, que en gastronomía cualquier extranjerismo es entusiásticamente recibido por los adeptos a la subordinación cultural. Pues bien, para no andarme por las ramas voy a expresar la opinión que me merece esta moda en solo dos palabras: solemne idiotez. Primero porque lejos de ser nueva es inmensamente retrógrada, tanto que la dieta crudívora era la que estaba de moda entre los australopitecos hace cuatro millones de años nada menos, y dos millones de años después seguía estando de moda entre los Homo habilis. Y segundo porque es contraria a la tradición, a la costumbre, a la salubridad, a la digestibilidad, a la historia e incluso a la prehistoria. Vamos a verlo con detenimiento, pero antes permítaseme aclarar que yo no critico los gustos de nadie; muy al contrario, soy escrupulosamente respetuoso con las aficiones ajenas. Lo que critico es la pomposa vanidad de los que pretenden elevar sus propias devociones gastronómicas a la categoría de leyes del buen gusto y se permiten adoctrinar a los demás.
Ya en el siglo XVI, Michel de Montaigne (1533–1592) definió al hombre como un animal que guisa. En el XVII, Sor Juana Inés de la Cruz (1648–1695) perfeccionó el concepto, muy acertadamente, retratando al ser humano como un animal que guisa y que medita mientras guisa[2], dualidad de la que doy fe por experiencia personal y cotidiana:
Pues ¿qué os pudiera contar, Señora, de los secretos naturales que he descubierto estando guisando? […] Bien dijo Lupercio Leonardo, que bien se puede filosofar y aderezar la cena. Y yo suelo decir viendo estas cosillas: si Aristóteles hubiera guisado, mucho más hubiera escrito.
En el siglo XVIII, James Boswell (1740–1795) constató que, hasta un cierto grado, las bestias tienen memoria, juicio y todas las facultades y pasiones de nuestra mente, pero no hay ninguna bestia que sepa cocinar. Y allá por la segunda mitad del siglo XX, Claude Lévi-Strauss (1908–2009) ratificó lo dicho por su compatriota Montaigne[3]: El hombre es el único animal que cocina.
Pero cocinar es una actividad de un calado mucho más hondo de lo que puede parecer a primera vista. No solo cocinamos para comer, ni siquiera para meditar mientras lo hacemos como Sor Juana Inés, cocinamos para poder practicar la ceremonia de comer en comunidad. Y no es asunto baladí, pues se trata de un ritual alrededor del cual se organiza la vida familiar y la actividad social desde que nuestros remotos antepasados aprendieron a cocinar hasta hoy. Y en todas las culturas que en el mundo han sido. Plutarco (c. 46–c. 120), allá por el siglo I, ya lo expresó categóricamente[4]: No nos sentemos a la mesa para comer sino para comer juntos. Y los que comen juntos comparten el pan —com panis—, son compañeros. Y es que, como dice el sabio refranero: Más valen papas en reunión que perdiz en un rincón. Felipe Fernández-Armesto (1950), que según Wikipedia es un prestigioso historiador británico, analizó el asunto profundamente y concluyó que la cultura comenzó cuando los alimentos crudos se empezaron a cocinar[5]:
La cocina merece el lugar que ocupa por ser una de las grandes innovaciones revolucionarias de la historia, no tanto por la forma en que transforma la comida —hay otras muchas maneras de hacerlo— sino por la forma en que ha transformado la sociedad. El fuego de campamento se convierte en un lugar de comunión cuando la gente come a su alrededor. Cocinar no es solo una forma de preparar alimentos, sino un modo de organizar la sociedad alrededor de las comidas comunitarias y de horas de comer previsibles.
Fue la cocina la que proporcionó a nuestros antepasados la posibilidad de comer juntos y de entretejer complejas redes sociales mientras lo hacían. Desde siempre, la intimidad existente entre los miembros de un grupo familiar o social se ha forjado durante el acto de comer juntos. Tanto es así que los romanos llamaban a los banquetes convivium, palabra que deriva de con vivere, vivir juntos, y de convivium procede convivir que, consecuentemente, no es sino compartir los placeres de la mesa con los allegados… al menos en su etimología. Tradicionalmente y hasta que la televisión primero y los móviles después entraron a saco en la convivencia, la mesa era el lugar en el que los comensales, parientes, amigos, socios, compañeros o camaradas, hablaban con tranquilidad de sus cosas, compartían, departían, discutían… socializaban. Ahora, otras formas de socializar muy distintas están tomando el relevo. Así, cada vez es más frecuente presenciar la desconcertante escena de personas que comen juntas pero que no se hablan porque cada una está abstraída contemplando la pantallita de su teléfono móvil; y, para más inri, en muchos casos están interactuando con otras personas muy lejanas que también están ignorando a sus acompañantes. De hecho, se reconoce que unos jovencitos están enamorados porque los dos miran la pantallita del mismo móvil en vez de mirar cada uno el suyo… Pero, en fin, esta es ya otra historia.
Siguiendo con nuestro asunto, todo empezó hace alrededor de un millón y medio de años, cuando los Homo erectus aprendieron a conservar el fuego[6]. Sin embargo, no aprendieron a controlarlo completamente, a someterlo a su voluntad, hasta hace unos setecientos ochenta mil años. Y desde hace unos cuatrocientos mil años encontramos restos de hogueras en todas las áreas habitadas por especímenes del género Homo. Sin embargo, la alfarería no hizo su aparición hasta los inicios del neolítico, hace unos doce mil años. Como vemos, los avances de nuestros antepasados tardaban cientos de miles de años en producirse. Así, desde que aparecieron los primeros homininos[7] de estación bípeda hasta que sus descendientes aprendieron a dominar el fuego transcurrieron entre cinco y seis millones de años. Y tuvo que pasar otro millón y medio de años más hasta que aprendieron a fabricar recipientes de barro cocido en los que hervir los alimentos. En cambio, desde que los Homo sapiens descubrieron la agricultura hasta que dieron un paseo por la Luna, transcurrieron apenas diez mil años.
El efecto que cocinar los alimentos tuvo sobre esta progresiva aceleración de la evolución humana fue tratado en dos libros que se publicaron en el año 2009. El primero, EL ANIMAL QUE COCINA: GASTRONOMÍA PARA HOMÍNIDOS[8], vio la luz editorial en abril de ese año. Su autor, Eduardo Angulo Pinedo, biólogo de la Universidad del País Vasco, incluye en él los orígenes de las técnicas gastronómicas anteriores incluso al empleo del fuego; procesos de conservación tales como el secado —probablemente el más antiguo—, el enterramiento y subsiguiente congelación en la tundra, la salazón, el ahumado, etc. Procedimientos todos ellos que, al igual que el asado, hervido o frito, transforman los alimentos y contribuyen a aliviar el trabajo posterior de las mandíbulas y de los enzimas digestivos. También nos cuenta el autor cómo se las ingeniaron nuestros antepasados para cocinar los primeros guisos sin vasijas de barro, durante la ingente cantidad de tiempo que transcurrió desde que se empezó a utilizar el fuego para cocinar hasta que se desarrolló la alfarería durante el neolítico[9]: hacían un agujero en el suelo, encajaban allí el estómago de un animal a modo de recipiente, ponían dentro las viandas con agua y metían piedras ardientes calentadas en la hoguera. El resultado no era exactamente un cocido madrileño, pero estaba en el camino de llegar a serlo.
Unos meses después que Angulo, en septiembre del 2009, el primatólogo y profesor de Antropología Biológica de la Universidad de Harvard, Richard Wrangham, publicó CATCHING FIRE[10]. En él defiende la hipótesis de que lo que transformó a nuestros antepasados homínidos en los humanos actuales no fue el lenguaje ni convertirse en carnívoros ni aprender a fabricar herramientas, sino el hecho de cocinar los alimentos.
Comúnmente, la comunidad científica acepta que el portentoso desarrollo cerebral de los homínidos[11] fue provocado por el cambio de dieta. Cuando las plantas, raíces e insectos, fueron sustituidos por carroña primero, y por carne de caza después, el desarrollo del cerebro se disparó. Wrangham, sin embargo, defiende que no fue tanto la carne como el uso del fuego lo que provocó esta revolución evolutiva. Afirma que somos la única especie animal adaptada a la comida cocinada y, en consecuencia, somos los primates con un sistema intestinal más pequeño en relación con el tamaño corporal[12]. Esa reducción del aparato digestivo liberó las enormes cantidades de sangre y de energía que requiere el funcionamiento de nuestro cerebro, un órgano que representa el dos y medio por ciento de nuestro peso pero que consume el veinticinco por ciento de nuestra energía. Además, el cocinado de los alimentos aumentó la eficiencia digestiva en el aprovechamiento de la comida y permitió a nuestros antepasados dedicar mucho menos tiempo a buscar sustento, masticar y digerir. Dicho de otro modo, si nuestros remotos antepasados no hubieran aprendido a cocinar los alimentos, se habrían extinguido. El paso por el fuego permitió que buena parte del trabajo que supone transformar las viandas en moléculas asimilables se realizara en las brasas, liberando de él al aparato digestivo en beneficio del cerebro. Pasamos menos de una hora al día masticando, en comparación con seis a ocho horas al día si fuésemos un simio de nuestro tamaño corporal. Así de poderoso es el efecto que tiene el cocinado sobre los alimentos. Esta tesis venía apoyada por el estudio realizado por la nutricionista e investigadora Corinna Koebnick[13] con voluntarios que, durante tres años y nueve meses, se sustentaron con alimentos crudos. Los resultados demostraron que una dieta estricta a base de comida cruda no puede garantizar un adecuado suministro de energía. La pérdida de peso media fue de diez kilos en los hombres y doce en las mujeres. Estamos adaptados a depender de los alimentos cocinados hasta tal punto que la mitad de las mujeres sometidas a dieta crudívora dejaron de menstruar completamente y otro diez por ciento sufrió en el ciclo irregularidades que dificultaban el embarazo.
No todos los investigadores están de acuerdo con la “hipótesis de la cocina” de Richard Wrangham en todos sus aspectos, pero lo que no discute ninguno es que aprender a cocinar los alimentos tuvo una enorme importancia para la supervivencia y la evolución de los homínidos.
Y, llegando a este punto, vuelvo a manifestar mi perplejidad ante la ocurrencia de considerar gastronómicamente erudito tomar los alimentos crudos o muy poco cocinados. Ciertamente está de moda, pero son muy pocos los alimentos cuyo consumo en crudo tiene la suficiente antigüedad como para haberse convertido en tradición. Excepción hecha de frutas y ensaladas, naturalmente. Aquello de: El buen salvaje no cocina y es feliz, no es más que otra paparrucha que escribió aquel desalmado cuyo apellido está repleto de letras tan inútiles como él y al que la eficacia de la propaganda francesa logró instalar en su galería de personajes ilustres, Rousseau (1712–1778).
Y hablando de salvajes y de crudivorismo, es probable que lo primero que nos venga a la cabeza sea que los hunos se alimentaban de carne cruda. Esta creencia se basa en el testimonio del historiador Amiano Marcelino (c. 325–c. 400), quien en su RERUM GESTARUM[14] afirma que los hunos comen las raíces de plantas silvestres y la carne medio cruda de cualquier tipo de animal, que ponen entre sus muslos y la espalda de sus caballos, y así la calientan un poco. En tiempos de Marcelino, los hunos eran los enemigos más temidos por los romanos. No es de extrañar que el historiador exagerase el primitivismo, el salvajismo extremo y la brutalidad de los feroces hunos, y que los llamara bestias de dos pies o el pueblo que sobrepasa todos los límites de la crueldad[15]. Lo cierto es que los hunos, los mongoles, los tártaros y demás pueblos nómadas de la estepa euroasiática conocían el fuego, por supuesto, y lo usaban para cocinar los alimentos cuando tenían el tiempo y el sosiego necesarios. Sin embargo, cuando estaban en campaña podían recorrer más de cien kilómetros diarios y prácticamente vivían sobre el caballo. Se desplazaban, parlamentaban, comían y dormían sobre el caballo. Cada jinete llevaba entre cinco y diez caballos de refresco que iba montando sucesivamente, lo que les permitía desplazarse a una velocidad muy superior a la de cualquier otro ejército de la época. Además, los caballos les servían de despensas ambulantes: su bebida era el kumis, la leche fermentada de las yeguas, y en caso de necesidad bebían su sangre y comían su carne. Las carnes las disponían entre el lomo del caballo y la silla de montar, con lo que, al cabo de unas horas, el peso del jinete, el traqueteo y el calor del caballo habían producido una maceración tan intensa que podían consumirla sin necesidad de cocinarla o, dicho de otro modo, estaba “cocinada” mediante técnicas distintas al empleo del fuego. Y, como no, la comían sin apearse del caballo[16].
Siglos después de que Amiano Marcelino relatara esta afición de los pueblos esteparios por la carne cruda, Marco Polo (1254–1324) nos contó que en la ciudad de Caragian, en la provincia china de Yunnan[17]:
Los indígenas comen carne cruda de pollos, de carneros y de búfalo. Los pobres van a la carnicería, cogen el hígado crudo tal como cuelga del animal, lo cortan en trocitos comiéndolos con una salsa de ajo. Y así comen las demás carnes. Y los nobles también comen carne cruda, pero la hacen picar y preparar con salsa de ajos y especias y la devoran con fruición, como nosotros la carne cocida.
Estas noticias parecen estar en el origen del famoso filete tártaro, al que los amantes de los barbarismos llaman steak tartar, que el cocinero Auguste Escoffier (1846-1935) puso de moda en Francia en el siglo XX: carne cruda de buey finamente picada a cuchillo y acompañada de salsa tártara[18]. Con posterioridad, la salsa fue sustituida por un conjunto de aliños con sabores intensos. En ambos casos, la finalidad es encubrir el sabor a carne cruda que tiene la carne cruda… y uno, en su ignorancia, se pregunta si no sería más sencillo y apetitoso dejar el filete sin picar y pasarlo por la plancha vuelta y vuelta para que quede sellado por fuera y jugoso por dentro… ¡pero no! Como la moda manda y manda mucho, lo que está de moda es ir un paso más allá y hacer filetes tártaros con otros manjares como venado, atún, salmón o marisco. Siempre profusamente aderezados, claro. A mí el filete tártaro me gusta mucho, pero eso no impide que me parezca una creación culinaria con poco fundamento. Y para apoyar esta opinión te propongo la siguiente experiencia: pica finamente a cuchillo unas rebanadas de pan sin corteza —puede ser de molde— y aderézalas con los aliños del filete tártaro: picadillo fino de cebolla, de alcaparras, de pepinillos en vinagre, Tabasco, salsa Perrins, mostaza de Dijon, aceite de oliva, sal, pimienta molida, yema de huevo, y opcionalmente algún otro ingrediente como zumo de limón, perejil picado, huevos duros picados o picadillo de anchoas en salazón; verás que rico está y que baratito te sale.
Otra moderna forma de comer carne cruda es el carpacho —carpaccio para los que padecen xenofilia—, unas finísimas laminillas de carne cruda que se presentan cubiertas de aliños, especias y queso para disimular el sabor a carne cruda que se empeña en tener la carne cruda. Cuentan las crónicas que, en la década de los cincuenta del pasado siglo, una condesa veneciana llamada Amalia Nani Mocenigo padecía anemia y su médico le prescribió que comiera carne cruda. A la aristócrata, la idea de comerse un filete crudo le resultaba intolerable, por eso consultó su problema con el cocinero Giuseppe Cipriani, propietario del Harry’s Bar del que era asidua. El mítico bar-restaurante veneciano era el lugar de reunión de la alta sociedad veneciana y visita obligada para los personajes estadounidenses que pasaban por Venecia, como Peggy Guggenheim, Barbara Hutton, Ernest Hemingway, Truman Capote, Scott Fitzgerald, Gary Cooper o Katherine Hepburn. Don Giuseppe, además de excelente cocinero era de ingenio creativo y encontró la manera de atender la petición de la condesa. Cortó solomillo de buey en láminas finísimas, las dispuso cubriendo el fondo de un plato y las aderezó con mahonesa adicionada con salsa Worcestershire. El aderezo con sal, aceite, zumo de limón, hierbas, especias y virutas de queso parmesano es posterior y surge por imitación de otro plato muy antiguo de la cocina piamontesa, la carne cruda Albese, en el que las lonchas de vacuno crudo se sazonan con los mentados ingredientes y con láminas de trufa blanca de Alba, la variedad de trufa más apreciada. La creación de Cipriani quedó realmente estética. A la condesa y al resto de la clientela les encantó aquel plato y Cipriani, que era aficionado a la pintura, lo bautizó como carpaccio por su similitud cromática con las obras del pintor renacentista de la escuela veneciana Vittorio Carpaccio que empleaba profusamente los rojos y los amarillos, y al que en ese momento la ciudad de Venecia dedicaba una exposición en el palacio Ducal[19]. El plato se puso de moda, y como la moda manda y manda mucho, desde entonces se hacen carpachos con diferentes carnes, pescados, mariscos e incluso con setas, frutas y verduras. Personalmente, lo que encuentro más atractivo de este plato es su bonita presentación. En cuanto al sabor, bueee…, se deja comer, pero la verdad es que prefiero el solomillo preparado de cualquier otra manera.
Muchísimo más antigua, anterior incluso al dominio del fuego, es la tradición de sustituir el calor por el secado, la salazón, la acción de los ácidos cítrico o acético, el ahumado o el frío intenso para “cocinar” productos como el bacalao, el jamón, el salmón, los embutidos, los boquerones en vinagre o el ceviche, su secuela americana. Todos estos alimentos los consumimos “cocinados”, es decir, profundamente transformados y digestibles, aunque no hayan sido sometidos a la acción del fuego. Por mucho que aquel alemán estúpido y altanero, Carl Georg Eduard Friederici[20], escribiera que la prueba irrefutable de la brutalidad de los españoles es que comen carne cruda ¡¿…?! ¡Y se refería al jamón serrano, el muy imbécil!
Probablemente, en el repertorio de recetas occidentales contemporáneas, los únicos alimentos que consumimos crudos y además vivos sean las ostras y las exquisitas conchas finas. Vivas y crudas se las comían los neandertales y así nos las seguimos comiendo nosotros milenios después. Tal cual… y ni un solo pero que ponerle a tan sabia y sabrosa tradición culinaria. En puridad, estos son los únicos platos que pueden denominarse comida natural, au naturel dicen los pretenciosos, sin ironía. Sobre los demás… ya hemos ironizado lo suficiente.
[1] VV. AA., CASI CRUDO. LA NUEVA TENDENCIA GASTRONÓMICA, Editorial Delicooks, Barcelona, 2009.
[2] Sor Juana Inés de la Cruz, RESPUESTA A SOR FILOTEA DE LA CRUZ, México, 1691. Disponible en www.marxists.org
[3] Claude Lévi-Strauss, MITOLÓGICAS, obra en cuatro volúmenes publicados entre 1964 y 1971.
[4] Plutarco de Queronea o Lucio Mestrio Plutarco desde que obtuvo la ciudadanía romana, MORALIA (OBRAS MORALES Y DE COSTUMBRES).
[5] Felipe Fernández-Armesto, HISTORIA DE LA COMIDA: ALIMENTOS, COCINA Y CIVILIZACIÓN, Tusquets Editores S. A., 2004.
[6] Hasta no hace mucho, este transcendental descubrimiento se situaba quinientos mil años atrás y en todos los lugares en los que había Homo erectus al mismo tiempo, pero recientes hallazgos arqueológicos han aportado nueva luz… nunca mejor dicho.
[7] Antonio Rosas, LOS PRIMEROS HOMININOS, Editorial CSIC y Catarata, Madrid, 2015.
[8] Eduardo Angulo, EL ANIMAL QUE COCINA (GASRONOMÍA PARA HOMÍNIDOS), Editorial 451 Editores, 2009.
[9] Las piezas de barro más antiguas se encontraron en una cueva de China y datan de hace unos veinte mil años, pero del desarrollo de la alfarería no comenzó hasta hace doce mil años en Japón, y se produjo a lo largo del periodo neolítico. Los tornos más antiguos aparecieron hace unos tres mil años en Mesopotamia y en Egipto.
[10] Richard Wrangham, CATCHING FIRE: HOW COOKING MADE US HUMAN, Basic Books, 2009. Versión en español: EN LLAMAS: CÓMO LA COCINA NOS HIZO HUMANOS, editorial Capitán Swing S. L., 2019.
[11] El cerebro humano es siete veces mayor que el que tendría otro mamífero de nuestro peso, y tres veces mayor que el de cualquier otro primate.
[12] Ya en 1891, el anatomista Arthur Keith constató que en los primates el tamaño del cerebro y el del aparato digestivo están en relación inversa.
[13] Koebnick C, Strassner C, Hoffmann I, Leitzmann C., CONSEQUENCES OF A LONG-TERM RAW FOOD DIET ON BODY WEIGHT AND MENSTRUATION: RESULTS OF A QUESTIONNAIRE SURVEY (CONSECUENCIAS DE UNA DIETA DE ALIMENTOS CRUDOS A LARGO PLAZO SOBRE EL PESO CORPORAL Y LA MENSTRUACIÓN: RESULTADOS DE UNA ENCUESTA POR CUESTIONARIO), National Library of Medicine, Annal of nutrition and metabolism, 1999. Disponible en: https://pubmed.ncbi.nlm.nih.gov/10436305/
[14] HISTORIA DEL IMPERIO ROMANO: DESDE EL AÑO 350 AL 378 DE LA ERA CRISTIANA / escrita en latín por Amiano Marcelino; vertida al castellano por F. Norberto Castilla; Librería de la Viuda de Hernando y Cia., Madrid, 1895-1896. Disponible en: Universidad de Sevilla. Fondo antiguo.
[15] Ibidem.
[16] Federico Romero Díaz, Blog Historia y Roma Antigua, LOS HUNOS ANTES DE ATILA. EL PUEBLO QUE SOBREPASÓ TODOS LOS LÍMITES DE LA CRUELDAD, 2023-25-10.
[17] Marco Polo, EL LIBRO DE LAS MARAVILLAS escrito a finales del siglo XIII, capítulo CXIX.
[18] Auguste Escoffier publicó la receta en LA GUÍA CULINARIA, 1903, con el nombre beefsteak à l’américaine, aunque finalmente fue la salsa tártara la que terminó dándole nombre.
[19] Arrigo Cipriani, HARRY’S BAR: THE LIFE AND TIMES OF THE LEGENDARY VENICE LANDMARK, Editorial Arcade Publishing, 1996.
[20] Carl Georg Eduard Friederici (1866-1947), nació prusiano y murió alemán. Fue militar de carrera, agregado militar de la embajada alemana en Washington, viajero, etnólogo y prolífico autor de obras sobre los pueblos colonizados por europeos en América y Oceanía. El historiador Esteban Mira Caballos en su conferencia LA LEYENDA NEGRA: MITO Y REALIDAD EN LA CONQUISTA DE AMÉRICA —pronunciada en Villafranca de los Barros el veintiuno de febrero de 2019 en las IX Jornadas de Historia José Antonio Soler Díaz-Cacho—, cuenta que, en pleno siglo XX, este Friederici escribió que la prueba irrefutable de la brutalidad de los españoles es que comen carne cruda, refiriéndose al jamón ibérico.
Excelente opinión .. libertaria de la dictadura de quienes se creen autoridad gastronómica sin tener merito para ello👏👏👏