CHOCOLATE

El siglo XVII discurría para los españoles entre contiendas, guerras y conflictos surtidos, en cuatro continentes y dos océanos. Los Bourbon galos y los Habsburgo hispanos andaban a la gresca en todo y por todo, no mostrando más acuerdo ni concierto que el de estar desavenidos en todo lo demás. Y el chocolate, ese producto americano que había conquistado los paladares españoles y estaba haciendo lo propio con los del resto de europeos, no iba a ser una excepción.

Mediada la centuria, la gabachada, siempre proclive a lo etéreo y lo melifluo, se empecinaba en que la forma ajustada de degustación, consistía en hacerlo muy ligero para después batirlo enérgicamente, hasta que la incorporación de burbujas de aire le diera una consistencia espumosa. Entonces había que deglutirlo rápidamente, antes de que se esfumara el efecto de la briosa remoción. Probablemente, esta derrota gastronáutica los arribara al puerto de su deliciosa espuma o “mousse” como dicen los amantes de los barbarismos.

A los rudos españoles en cambio, desde siempre nos ha gustado el chocolate muy espeso y muy caliente, para tomarlo despaciosamente, a sorbitos breves, acompañado de amena conversa y mojando en él, entre sentencias, chismorreos y confidencias, churros, bollería dulce o simplemente pan frito cuando la economía no permite otros lujos; que si por algo nos reconocemos los españoles, ya estemos en Pernambuco, en Tombuctú o en la Antártida, es por esa incontrolable afición a sopear en cualquier fluido comestible que nos pongan por delante.

De aquella antigua controversia franco-española sobre la correcta elaboración del chocolate, ya no queda memoria más que en los libros de Historia. Lo que sí ha pervivido a pesar de los siglos transcurridos, es el refrán “las cosas claras y el chocolate espeso”, con el que nuestros tatarabuelos del XVII dejaron bien claro lo que se les daba la opinión de los franchutes en materia gastronómica, pues como dice otro refrán “no hay mayor desprecio que no hacer aprecio”. Hoy, esto ha cambiado sustancialmente. Lo que no ha cambiado para nada, es nuestro gusto por el chocolate tomado en buena compañía, bien espeso, traicioneramente caliente y acompañado de alguna suerte de manufactura farinácea frita u horneada. Para mojar, claro.

 


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