Marinovsky-Tujachevsky

Grigory Marinovsky (izquierda) y Mijail Tujachevsky

Los gases venenosos con fines militares se utilizaron por primera vez durante la Primera Guerra Mundial. El gas lacrimógeno lo empleaban los franceses desde 1914 para rellenar granadas de mano y los alemanes para rellenar obuses de fragmentación. Pero fue durante la Segunda Batalla de Ypres —del veintidós de abril al veinticinco de mayo de 1915— cuando las fuerzas alemanas utilizaron masivamente contra las tropas aliadas de Reino Unido, Francia, Canadá y Australia, un gas neumotóxico muy venenoso, el cloro en forma de dicloro gaseoso. A partir de ahí, ambos bandos perfeccionaron y emplearon nuevos gases incapacitantes —gas mostaza— y letales —fosgeno— siendo el ejército británico el que, al final de la contienda, había utilizado gases mortíferos con mayor asiduidad y profusión.

Desde un punto de vista estratégico, el empleo de gases no tuvo un peso decisivo en el desenlace de la guerra. La victoria la decidió el uso masivo de material convencional. Sin embargo, el efecto psicológico del gas sobre los soldados fue tan demoledor que se convirtió en el arma más temida por la tropa. El recuerdo de los gases con todo su espanto atenazó la memoria de los antiguos combatientes hasta tal punto que, durante la Segunda Guerra Mundial, ambos bandos eludieron su uso para evitar que el enemigo respondiera de igual forma.

En todo caso, durante la Primera Guerra Mundial ninguno de los bandos contendientes consideró siquiera la posibilidad de emplear estos gases contra población civil indefensa. Sí los empleó, durante la Segunda Guerra Mundial, el gobierno socialista de Alemania contra los propios alemanes, pero ni fueron los primeros ni la idea fue original. El pionero en utilizar tan abominable recurso fue el gobierno bolchevique de Rusia que, en virtud de su ideología marxista, se consideraba legiti­mado para exterminar a los sectores de población que se opusieran a la consecución de sus fines, utilizando para ello todos los medios a su alcance. La gran diferencia es que conocemos con detalle el aparato represor del nacionalsocialismo alemán y a sus protagonistas mientras que sobre la represión criminal ejercida por el socialismo soviético la ignorancia fue casi total hasta que durante los noventa, una vez caída la Unión Soviética, se desclasificaron los archivos secretos.

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Según expresó reiteradamente Vladímir Ilich Uliánov, alias Lenin, la metodología idónea para implantar el socialismo es el terror de masas, un terror sin límites basado en una violencia total y despiadada para destruir a los oponentes y atemorizar a la población. Y como obras son amores y no buenas razones, desde que usurpó el poder en octubre de 1917, Lenin se aplicó a la tarea de utilizar metódicamente el terror como mecanismo de acción po­lítica[1]. A tal fin creó su policía política, la Checa, generalizó los fusilamientos masivos e indiscriminados sin juicio previo[2] y creó la primera red de campos de concentra­ción destinados a internar población civil, GULAG[3], que Stalin ampliaría masivamente. Y todo esto lo hizo quince años antes de que Hitler llegara al poder en Alemania y actuara de modo similar, no sabemos si a imitación de Lenin o por iniciativa propia[4]. Lo mismo ocurrió con el uso de gas para asesinar a sus conciudadanos.

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Aunque la propaganda comunista ha sostenido siempre justamente lo contrario, la más enconada resistencia contra Lenin y sus secuaces no procedió de las clases altas ni de la burguesía sino de los trabajadores y, muy especialmente, de los campesinos. Todos, salvo los beneficiados por el nuevo régimen, consideraban al comunismo como una forma de explotación aún más opresiva y tiránica que la vivida bajo los zares y, lo que era aún peor, ejercida por unos déspotas ignorantes, incompetentes y arbitrarios [5] que desconocían todo lo relativo al agro y que, además, les requisaban sus cosechas. Consecuencia de esa ignorancia fue una colectivización agraria disparatada, coactiva y sangrienta, conducida por órdenes como la cursada por Lenin en el telegrama dirigido el once de agosto de 1918 al Sóviet de Penza: ¡Camaradas!… en todas partes se ha entablado la lucha final contra los kulaks (campesinos propietarios de sus tierras). Es preciso dar un escarmiento. 1. Colgad (y aseguraos de que la gente lo vea) a no menos de cien kulaks ricos y chupasangres conocidos. 2. Publicad sus nombres. 3. Apoderaos de todo su grano.4. Designad rehenes de acuerdo con el telegrama de ayer. … Hacedlo todo de manera que en centenares de kilómetros a la redonda la gente vea, sepa, tiemble y grite: matan y continuarán matando a los kulaks sanguinarios.

Las cosechas de cereales se redujeron a casi la mitad y se produjo una hambruna que mató a cinco millones de personas[6]. En consecuencia, la desesperación y el hambre provocaron numerosas revueltas en el medio rural. Lenin intentó aplastarlas mediante una brutal represión policial pero hubo focos de rebelión que se resistieron, por lo que decidió utilizar al ejército contra el pueblo. Un ejército que, paradójicamente, se llamaba Ejército Rojo de Obreros y Campesinos… típica hipocresía superlativa que ha caracterizado al socialismo desde sus orígenes.

Sin embargo, los sublevados, ocultos en los inmensos bosques y contando con el apoyo de la población, lograban burlar el acoso de unas tropas dotadas de armamento y medios modernos. Acuciadas por la desesperación, empujadas por la represión y animadas por el ejemplo, po­blaciones enteras se rebelaron y buscaron refugio en los bosques como ya había sucedido en el siglo XIII cuando Rusia fue invadida por los mongoles.

Lenin, iluminado por su fe marxista[7], vio clara la solución: tenía que exterminarlos a todos y, para ello, nada mejor que usar armas químicas.

El veintisiete de abril de 1921, el Politburó presidido por Lenin designó a los generales Mijaíl Tujachevsky y Ieronim Uborévich —comandante en jefe y segundo respectivamente— para que aplastaran la revuelta campesina de la región de Tambov en el plazo de un mes. Para ello les proporcionó un ejército de más de cincuenta mil soldados, dotados con cientos de ametralladoras, artillería pesada, carros blindados, trenes blindados y aviación. Sin embargo, a pesar de ser un militar de acreditada competencia, Tujachevsky no lograba los resultados que se esperaban. El doce de junio de 1921, Lenin le ordenó que usara gas letal para aniquilar a las pobla­ciones escondidas en los bosques. En la or­den especificaba que: debe ha­cerse un cálculo cuidadoso para asegurar que la nube de gas asfixiante se extienda a través del bosque y exter­mine todo lo que se oculte allíde­ben emplearse el número preciso de bombas de gas y los especia­listas necesarios.

En mayo de 1922, más de un año después de la llegada del ejército de Tujachevsky, el empleo de gases letales, los fusilamientos indiscriminados y las deportaciones masivas, acabaron con la rebelión de Tambov.

Sin embargo, no fue esta la única vez que los comunistas rusos recurrieron al horror de las matanzas de compatriotas mediante el uso de agentes químicos.

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Los servicios secretos soviéticos pusieron en marcha el primer laboratorio dedicado a desarrollar venenos mortíferos para cometer asesinatos políticos en 1921. Lo llamaron Oficina Especial y estuvo dirigida por el médico Ignatii Kazakov y supervisada personalmente por Lenin.

En 1938, bajo el gobierno de Stalin, la Oficina Especial pasó a llamarse Laboratorio 1, y el director del NKVD[8] Lavrenti Beria, nombró para dirigirlo a Grigori Moiséyevich Maira­novsky, apodado Profesor veneno, un bioquímico especialista en tóxicos. Su trabajo era ejecutar disidentes y opositores al Gobierno mediante inyecciones letales y desarrollar nuevos venenos más eficaces. Maira­novsky utilizó a los presos de los GULAG y a prisioneros de guerra, para experimentar con diversas sustancias tóxicas, dosis, concentraciones y formas de introducción en el organismo. Desarrolló cartas ponzoñosas[9] para matar a los disidentes huidos de la URSS, balas envenenadas o bastones y paraguas con veneno mortal[10], pero su mayor logro fue el C-2, un veneno incoloro e inodoro que mata en quince minutos por insuficiencia cardíaca aguda y no se detecta en la autopsia del cadáver.

Maira­novsky etiquetaba a sus cobayas humanos como objeto número X. Cuando, andando el tiempo fue “purgado” y cumplió diez años en prisión, escribió una carta al Comisario del Pueblo para Asuntos Internos Lavrenti Beria[11], en la que afirma: De mi propia mano fueron aniquilados decenas de enemigos jurados del poder soviético, fundamentalmente naciona­listas de todo pelaje. Años después, cuando Nikita Jruschov procedió a “desestalinizar” la URSS, el Profesor veneno murió súbitamente de insuficiencia cardíaca aguda, probablemente víctima de su propia creación.

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No obstante, el mayor horror desarrollado por los bolcheviques para asesinar a sus conciudadanos, fueron las terribles camionetas que transformaron en cámaras de gas ambulantes, dushegubka, por primera vez en la historia y bastante antes que los nacionalsocialistas alemanes. El padre de la idea fue Isai Davidovich Berg, en 1937. Berg era el jefe de administración y economía del NKVD en la re­gión de Moscú, y su misión era ejecutar las sentencias de muerte decididas por la troika[12]. Su tarea era organizativa y consistía en en­viar a los detenidos a su lugar de ejecución. Pero cuando Lazar Kaganovich, cuñado de Stalin, puso en marcha el pavoroso Holodomor,[13] las ejecuciones para silenciar a los oponentes de ese inhumano genocidio se multiplicaron. Debido al exceso de trabajo, las troikas pasaron de una a tres y los fusilamientos resultaron un sistema demasiado lento. Berg solucionó el problema me­diante un ingenioso procedimiento: mandaba desnudar, atar y amordazar a las víctimas para impedir que gritaran; después las hacinaban en el interior de camionetas cerradas que, aparentemente, eran para el reparto de pan; el tubo de es­cape de los vehículos estaba conectado con el compartimento de carga de manera tal que, durante el trayecto, el gas mataba a los condenados. Así, al llegar al destino, solo había que tirar los cadáveres a la fosa y sepultarlos. En 1939, Berg fue ejecutado con un disparo en la nuca, víctima de una de las purgas a las que tan aficionado era Sta­lin. En 1956 fue rehabilitado, a pe­sar de que en su expediente constaba su diabólica invención. En 1990, el diario Komsomolskaya Pravda , publicó la historia de las cámaras de gas ambulantes inventadas por Berg.

Por una de esas ironías que a veces tiene la historia, Maira­novsky, Berg y Kaganovich, eran judíos.

Años después, desde finales de 1941, los nacionalsocialistas alemanes siguieron un camino que guardó muchas semejanzas con el recorrido por los bolcheviques… pero esa es ya otra historia.

[1] Según el historiador estadounidense Rudolph J. Rummel, Lenin causó tres millones de muertes en cinco años, sin contar las víctimas de la guerra civil rusa. Stalin, en los treinta años siguientes, continuó la obra del maestro asesinando entre veinticinco y cuarenta millones de rusos. Uno de los mayores genocidios de la historia de la humanidad. Sin embargo a Molotov, que conoció bien a ambos, cuando décadas después le preguntaron cuál de los dos era más duro, respondió: Lenin, sin duda. Yo fui testigo de cómo Lenin reprochaba a Stalin su blandura. Resulta estremecedor que los actuales dirigentes del comunismo español digan de Lenin: ese calvo que era una mente prodigiosa, y de sí mismos: somos adaptadores de Lenin a las circunstancias actuales… somos un leninismo amable.

[2] Una de las primeras medidas de Lenin fue desmantelar el sistema judicial y traspasar la justicia a tribunales revolucionarios para los cuales los malos pasaron a ser los buenos y viceversa, porque como explica Anne Applebaum, periodista e historiadora ganadora del premio Pulitzer por su obra GULAG: Lenin era ambivalente con respecto a la reclusión y el castigo de los delincuentes comunes (ladrones, asesinos…), a quienes percibía como aliados potenciales. Esta tradición perdura en la izquierda española que justifica y defiende a todo delincuente que diga actuar en nombre de su ideología de izquierdas: violencia antisistema, asalto a supermercados, ocupación de propiedades públicas y privadas, escraches, agresiones a políticos y militantes de otros partidos, terrorismo…

[3] GULAG es el acróstico ruso de Dirección General de Campos de Trabajo Correccional y Colonias.

[4] También en España, en Paracuellos, los comunistas emplearon la táctica leninista de los fusilamientos extrajudiciales masivos de civiles inocentes.

[5] En solo tres años, las políticas económicas de esta banda de ineptos genocidas hicieron caer la producción industrial en un 80%, doblaron el paro y destruyeron la economía rusa, una calamidad sin precedentes que sumió a la población en la miseria.

[6] Lenin, lejos de preocuparse, vio en esta catástrofe una oportunidad para arrebatarle sus bienes a la Iglesia ortodoxa, con la excusa de alimentar a los hambrientos. Él mismo lo explica: Es precisamente ahora, mientras en las regiones hambrientas la gente está comiendo carne humana y miles de cadáveres invaden las calles, cuando podemos llevar a cabo la confiscación de los bienes de la Iglesia con la más salvaje y despiadada energía con el fin de procurarnos un fondo de varios cientos de millones de rublos.

[7] Palabras de Lenin: La dictadura es un poder que no está limitado por nada, por ninguna ley, que no está restringido absolutamente por ninguna regla, que se apoya directamente en la coacción. / Un régimen dispuesto a ejercer un terror ilimitado no puede ser derribado. / Negarse al uso de las armas es tan poco marxista como negarse al uso de la violencia. / Cuando nos reprochan nuestra crueldad, a veces me pregunto cómo puede la gente olvidar el marxismo más elemental.

[8] Comisariado del Pueblo para Asuntos Internos. Fue la organización predecesora del KGB: Comité para la Seguridad del Estado.

[9] En el año 2003, los servicios secretos rusos, herederos de los secretos del KGB, asesinaron al comandante Jatab, un saudí dirigente de la guerrilla chechena, por medio de una carta envenenada.

[10] Fue famoso en su día el asesinato de Georgi Markov, escritor búlgaro disidente que huyó a Londres y trabajó como periodista, siendo un crítico muy severo de los regímenes comunistas. Sufrió tres atentados contra su vida y el tercero fue el definitivo. El siete de septiembre de 1978, cuando esperaba el autobús en el puente de Waterloo, se le acercó un supuesto peatón, le pinchó una pantorrilla con la jeringa oculta en la punta de su paraguas, se disculpó y siguió su camino. Markov fue hospitalizado esa misma tarde y murió tres días después. Una autopsia minuciosa descubrió una diminuta esfera, del tamaño de la cabeza de un alfiler, incrustada en su pantorrilla. La esfera había contenido ricina, el veneno mortal que había salido a través de dos minúsculos orificios tapados con un recubrimiento de glúcidos que se habían fundido a causa de la temperatura corporal, liberando la fatal toxina.

[11] Esta carta fue publicada el dieciséis de mayo de 1992 en el diario Izvestia.

[12] En el NKVD la troika era una comisión de tres personas que decidía las condenas extrajudiciales.

[13] Holodomor en ucraniano significa matar de hambre. También es conocido como el Genocidio u Holocausto ucraniano. Consistió en un programa de asesinatos, deportaciones y hambruna planeada, que acabó con la vida de unos diez millones de ucranianos


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