Espadas que usaban los hispanos: gladius hispaniensis y machaera hispaniensis

Que los españoles, entrenamiento mediante, han resultado siempre especialmente diestros en el manejo de las armas blancas y, en consecuencia, especialmente peligrosos en el combate cuerpo a cuerpo, es algo de lo que queda sobrada constancia en las crónicas desde tiempos ancestrales. En éste y sucesivos artículos, vamos a recoger algunos episodios y personajes que ilustran esta afirmación y la revalidarían si ello fuere menester, que no lo es.

El primero de ellos se remonta a los lejanos tiempos en los que los españoles todavía no se llamaban españoles. Se llamaban íberos, celtas, celtíberos, turdetanos, bastetanos, lusitanos, cántabros, astures… y los romanos ya los designaban a todos ellos con la común denominación de habitantes de las Hispaniae o hispanos.

El sucedido en cuestión tuvo lugar durante las Guerras Lusitanas. Las tribus lusitanas habitaban en el occidente peninsular, entre el Duero y el Tajo, en terrenos que actualmente forman parte de Extremadura, Castilla y Portugal; y combatieron contra las legiones que, entre el 155 y el 139 a. C., año tras año enviaba la República de Roma para someterlos.

La guerra comenzó en el 155 a. C. El pretor Manio Manilio y sus sucesores fueron derrotados año tras año y ejército tras ejército hasta que, en el 151 a. C., asumió el mando el cónsul Servio Sulpicio Galba. Ese año, Galba unió sus tropas a las del cónsul Lúculo y atacó a los lusitanos, pero, al igual que sus predecesores, fue derrotado, sufrió graves pérdidas y tuvo que retirarse. Al año siguiente, el 150 a. C., regresó a Lusitania al mando de nuevas legiones y se dedicó a asolar el territorio en venganza por la humillación recibida. Acto seguido cambió de estrategia y les ofreció un tratado de paz en el que, a condición de abandonar sus refugios en las montañas, les prometía fértiles tierras de cultivo en las que podrían instalarse con sus familias y la edificación de nuevas ciudades para ellos. Galba era inmoral, despiadado, ambicioso y avaro, pero un redomado embaucador famoso por su elocuencia y su dominio de la retórica. Sus falsas promesas consiguieron convencer a treinta mil lusitanos, hombres, mujeres, niños y ancianos, que acudieron a la firma del engañoso tratado. Galba, con la excusa de proceder al reparto de los lotes de tierra, los separó en tres grupos y los convenció para que entregasen sus armas en señal de amistad. Una vez los tuvo divididos e indefensos, remató la traición mandando asesinar a diez mil de ellos y apresar a los otros veinte mil para venderlos como esclavos. Muy pocos consiguieron escapar, entre ellos Viriato, un joven y desconocido pastor oriundo de tierras zamoranas que les haría pagar cara esa traición. La ignominiosa brutalidad de Galba logró lo que parecía imposible, escandalizar a los senadores romanos de la época. A su regreso a Roma fue sometido a juicio, pero, habilísimo orador, consiguió ser absuelto.

Los pocos lusitanos que consiguieron escapar junto con los que no habían caído en el engaño y algunos de sus vecinos vetones y carpetanos, unos diez mil en total, penetraron en la Turdetania (Huelva y El Algarve) por el valle del Guadalquivir y se dedicaron a saquear posesiones romanas. En el año 147 a. C., Roma envió a Cayo Vetilio para acabar con ellos. Vetilio, con cuatro legiones (unos dieciséis mil legionarios y unos miles más de soldados entre caballería y tropas auxiliares), los localizó y los atrajo cerca de Urso (Osuna). Allí los rodeó en espera de que se rindieran por hambre y sed. Los lusitanos, ante la abrumadora inferioridad numérica y la imposibilidad de huir, iniciaron negociaciones con intención de firmar la paz a cambio de un asentamiento estable. Y fue ahí donde surgió la figura de Viriato que los instó a no rendirse recordándoles la naturaleza traidora de los romanos, su falta de honor y lo poco fiable de su palabra. Y, lo más importante, también les ofreció un plan para escapar del cerco, cosa que los terminó de convencer para elegirlo su caudillo.

A la mañana siguiente, Viriato y mil jinetes lusitanos se plantaron ante las legiones romanas simulando su rendición. A la señal convenida, los lusitanos de a pie, organizados en pequeños grupos, se dispersaron a la carrera en todas direcciones pero con un único destino final: la localidad de Tribola, en algún lugar de la actual Serranía de Ronda que aún está por localizar. Los sorprendidos romanos intentaron perseguirlos pero sin orden ni concierto; no estaban preparados para contrarrestar esa estrategia; sencillamente, no sabían bien lo que hacer. Además, los rápidos jinetes lusitanos atacaban por doquier a los perseguidores romanos abortando estos improvisados intentos de persecución multidireccional.

Superado el desconcierto inicial, Vetilio comprendió que Viriato era el nuevo adalid lusitano y, abandonando la persecución de los que huían a pie y en desbandada, se concentró en derrotar al jefe y a su caballería. Pero le fue imposible. Los lusitanos eran jinetes diestros que hacían de la velocidad su mejor arma, y Viriato, exhibiendo un perfecto conocimiento del terreno, aparecía como de la nada, atacaba por sorpresa y desaparecía como por ensalmo, evitando cuidadosamente el enfrentamiento campal. Era la guerra de guerrillas que tantas derrotas les costó a los romanos en Hispania, pero ejecutada a caballo. Los romanos la llamaban bellum latrocinium o guerra de bandidos, pero lo cierto es que en todos los idiomas se conoce con la palabra española “guerrilla”… Bueno, en todos menos en español; aquí usamos la palabra francesa “maquis”.

Y fue durante esta huida cuando uno de los guerreros lusitanos que marchaba a pie, le hizo a los romanos una perfecta demostración de su extraordinaria destreza en el manejo de sus armas. Nuestro anónimo protagonista se alejaba de allí ascendiendo penosamente por una escarpada ladera de la serranía. Caminaba fatigoso por una vereda de cabras estrecha, pina y sinuosa, cuando, al revolver de una curva, vio venir hacia él a dos jinetes romanos que, debido a lo estrecho del camino, avanzaban en fila. Sin pensarlo ni un segundo, como movido por un resorte, se lanzó a la carrera contra el primero de ellos al tiempo que ponía su lanza en ristre con la mano izquierda y desenvainaba su espada con la derecha. En el encontronazo con el caballo, le hundió la lanza en el pecho tan profundamente como pudo. El animal se encabritó con tal violencia que descabalgó al jinete. Sin solución de continuidad, el hispano le lanzó un tajo al cuello tan certero y preciso que, cuando el cuerpo del caballero impactó contra el suelo, lo hizo ya separado de su cabeza. El jinete de retaguardia, espantado, volvió grupas y espoleó a su caballo para huir de allí al galope a pesar de lo peligroso que eso resultaba en aquel terreno. Salvó la vida y narró lo sucedido una y otra vez a todo el que quiso oírlo durante el resto de su existencia. Así fue como el episodio terminó siendo recogido por la historiografía romana. El narrador concluye su relato apostillando que estos eran los guerreros hispanos que encogían de terror el corazón de los curtidos legionarios romanos. Ciertamente, durante las guerras celtibéricas (denominación que incluye las guerras numantinas, las lusitanas y todos los enfrentamientos que tuvieron lugar en Hispania a lo largo de los siglos III y II a. C.), los hispanos infundían tal terror a los romanos, que los jóvenes de familias aristocráticas intentaban escaquearse de su periodo de formación militar por miedo a que los destinaran a Hispania. Y ello a pesar de que ese periodo era conditio sine qua non para su posterior desempeño en la política, que era para lo que los educaban desde que nacían.

Con toda probabilidad, la lanza que usó el extraordinario guerrero protagonista de esta hazaña debió ser una lanza corta, con punta y regatón de hierro, y asta de madera de fresno; y la espada sería la típica espada celtíbera de hoja recta terminada en punta y doble filo. Los romanos la conocieron en la segunda guerra púnica porque la usaban los mercenarios celtíberos al servicio de Aníbal. Les pareció tan superior a la suya, derivada del xifos griego, que inmediatamente la convirtieron en el arma reglamentaria de sus legiones y siguió siéndolo durante los cinco siglos siguientes. La llamaron gladius hispaniensis o espada española. También se convirtió en el arma favorita de los gladiadores, y de gladius, gladio, gladiator, gladiador o espadachín… aunque ahora los hispanohablantes prefiramos pronunciar el latín en inglés y decir gladieitor. Mientras que el gladio fue usado por celtas y celtíberos que habitaban en el centro, norte y oeste peninsular, los íberos que habitaban en el este y sur, preferían la falcata, bautizada así en el siglo XIX. Era una espada de hoja curva con un solo filo y terminada en punta. Resultaba ideal para dar machetazos (machaera hispaniensis, cimitarra española, la llamaron Séneca y Polibio) aunque también permitía lanzar estocadas. Cuando los romanos comenzaron a enfrentarse con los íberos, comprobaron que los contundentes machetazos de las falcatas destrozaban sus escudos, así es que tuvieron que reforzarlos con un perfil de hierro por todo el borde. Gladios y falcatas se fabricaban a medida para cada guerrero, pero lo que más alabaron de estas armas todos los autores romanos sin excepción fue la superior calidad del hierro hispano y la excelencia de su forja.

Pero volvamos a Viriato y a su rápida caballería. Los habíamos dejado jugando al gato y al ratón con las tropas de Vetilio, y así siguieron durante unos días para dar tiempo a que sus compañeros de a pie llegaran a Tribola y preparasen en los alrededores las trampas y emboscadas que Viriato les había indicado.

Utilizándose a sí mismos como cebo y mediante sucesivos ataques y retiradas, Viriato y los suyos supieron conducir la persecución de Vetilio, al frente de sus cuatro legiones y su caballería, hasta el valle del río Guadiaro. Allí, donde el valle se estrecha en un desfiladero, sus guerreros habían preparado grandes socavones tapados con vegetación. En ellos se hundió la caballería romana, mientras que la infantería recibía desde las laderas circundantes lluvias de flechas y granizadas de proyectiles de onda que oscurecían el sol. Simultáneamente, grandes bolas ardientes impregnadas de alquitrán y resina, rodando pendiente abajo, impactaban contra los legionarios rompiendo su formación y achicharrando a los que encontraban a su paso. Miles de legionarios murieron antes siquiera de entablar combate, mientras que los supervivientes, desorganizados y despavoridos, intentaban huir de aquel infierno. Entonces, cayeron sobre ellos los guerreros hispanos que los empujaron hasta despeñarlos por los barrancos o hacerlos caer en zanjas sembradas de estacas puntiagudas. Nuevamente, Viriato había sabido sacar partido a su perfecto conocimiento del terreno. Aquella jornada murieron más de cuatro mil romanos y hasta el propio pretor Vetilio fue pasado a cuchillo. Unos seis mil supervivientes lograron escapar y refugiarse en Carteia (cerca de San Roque).

Esta fue la primera de una larga serie de victorias de aquel jovencito desconocido que supo erigirse en adalid y convertir un cerco y una rendición inminente en una de las más extraordinarias victorias obtenidas por un caudillo tribal y una de las mayores derrotas infligidas a las legiones en toda la historia de Roma.

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Fuentes, por orden cronológico.-

Appiano Alejandrino, LAS GUERRAS IBÉRICAS, traducido por Juan Schweigewser, Imprenta de José de Orga, Valencia, 1882. Está digitalizado en la Biblioteca Digital Hispánica de la Biblioteca Nacional de España.

Tito Livio, AB URBE CONDITA (HISTORIA DE ROMA DESDE SU FUNDACIÓN), traducido por Pedro de la Vega, 1553, edición de 1793 en Internet Archive.

Mauricio Pastor Muñoz, VIRIATO, Andalupedia, Junta de Andalucía, 2013.

Abel G. M., LOS PUEBLOS AUTÓCTONOS DE LA PENÍNSULA IBÉRICA ANTES DE LA LLEGADA DE LOS ROMANOS, National Geographic Historia, 18-05-2021.

Imperium, Organization Alexa Crawls, 27-06-2006: www.imperium,org/

María Fidalgo Casares, LA BATALLA DE TRIBOLA Y LA VICTORIA DE VIRIATO, EL AZOTE IBÉRICO DE ROMA, revista El Debate, 25-05-2024.

Traductor latín – español de Google.


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