Alonso de Ojeda, pionero de conquistadores

El futuro pionero de conquistadores Alonso de Ojeda nació entre los años 1466 y 1470, probablemente en el 66, en la localidad conquense de Torrejoncillo de Huete, hoy Torrejoncillo del Rey. Su vida, aunque corta —moriría en Santo Domingo en 1515— sería de una intensidad abrumadora. Hubo otro Alonso de Ojeda, también conquistador, que nació en Moguer (Huelva) a finales del siglo XV y que participó en la conquista de Cuba, en las expediciones al Yucatán y, con Hernán Cortés, en la conquista de Nueva España y la pacificación de Centroamérica, pero nada tiene que ver con nuestro personaje a pesar de la homonimia y del paralelismo vital.

Nuestro Alonso de Ojeda nació en el seno de una familia de escasos recursos, aunque sus padres eran hidalgos y su influyente primo fray Alonso de Ojeda —otro más— era prior de los dominicos del Convento de San Pablo de Sevilla y, por encargo directo de los Reyes Católicos, fundador del primer Tribunal de la Inquisición, el de Sevilla, que luego se extendería al resto de España. Por su mediación, siendo aún niño, nuestro Alonso entró al servicio del poderoso Duque de Medinaceli, don Luis de la Cerda y de la Vega, como paje.

Era Alonso bien formado de cuerpo, de elegante porte y de facciones agraciadas, pero demasiado bajo incluso para los estándares de la época. Bartolomé de las Casas lo describe así: […] era pequeño de estatura y bien proporcionado, de espíritu inquieto y de carácter altivo y enérgico. En palabras del escritor Alberto Vázquez-Figueroa: […] compensaba su pequeña estatura con la fuerza de un toro, los reflejos de una mangosta, la as­tucia de un zorro, la resistencia de un caballo, la impa­sibilidad de un búho y la valentía de una docena de ti­gres. Y la extraordinaria maestría que alcanzó en el manejo de las armas, así como el éxito que tuvo con las mujeres de toda clase y condición desde que alcanzó la edad de merecer, vienen a confirmar que, en efecto, sus muchas cualidades compensaban sobradamente las dos cuartas de estatura que la naturaleza le había escatimado. Su fama en ambos terrenos llegó a ser tal que se decía de él: Tiene dos espadas, a cuál más certera. / Con la primera mata, con la segunda crea. / Cuando empuña la primera es frío como el hielo. / Cuando empuña la segunda es ardiente como el fuego. En América, una de las mujeres más interesantes de su tiempo, la princesa Anacaona esposa del cacique Caonabo, diría de él que sus grandes ojos parecían estar siempre sonriendo, que sus hermosas facciones atraían de inme­diato todas las miradas femeninas, tanto de las mozas más descocadas como de las más recatadas esposas, y que su cuerpo, ejemplar en todas sus proporciones y de una elegancia innata, parecía ser la muestra que el Supremo Hacedor había preparado para que le sirviera de modelo cuando se decidiera a crear al hom­bre perfecto. Y, pareciéndole todavía escasa tan elogiosa descripción, lo apodó “Colibrí”, pues según ella era tan pequeño, hermoso, ágil, ligero y veloz como la bella avecilla multicolor.

Aún no había cumplido los quince años cuando los Reyes Católicos visitaron Sevilla. La catedral estaba en obras y, en lo más alto de la torre, a casi veinte metros del suelo, había una viga de madera que sobresalía un buen trecho hacia el vacío. Sobre ese estrecho tablón se encaramó el adolescente Alonso sin ningún tipo de sujeción, a esperar que terminara la misa de doce en la catedral. Cuando salían los reyes seguidos por los cortesanos y los principales personajes de la ciudad, Alonso arrojó una naranja para llamar su atención y, con otras dos naranjas, se puso a hacer malabarismos al tiempo que realizaba arriesgadísimas piruetas y volatines. Desparramados por la explanada, con el corazón en un puño y la angustia pintada en sus rostros, los altos personajes permanecieron atentos admirando el espectáculo, pero temiendo que, de un momento a otro, el chaval terminara estampado contra el suelo. Más tarde, cuando la reina lo mandó buscar y Alonso le explicó que había querido llamar su atención para que le permitiera alistarse, Isabel le concedió la banda de alférez. La reina mostraría siempre una especial predilección por aquel osado paje que tanto había arriesgado para llamar su atención y que, en los años venideros, demostraría sobradamente que su valor iba mucho más allá del mero exhibicionismo. Alonso tendría una destacada actuación en la conquista de Granada dejando constancia de sus dotes militares, de su destreza como espadachín y de su audacia.

Durante su actuación, no faltaron los que aprovecharon para hacer apuestas. Los más se decantaron por el trágico final de un Ojeda espachurrado contra el suelo. No así el señor duque que conocía bien a su paje y que, apostando con largueza por un final feliz contra todo el que quiso aceptar, ese día ganó una buena suma y regresó contento a casa. Al contrario que cierto caballero que, indignado con el mocito funambulista porque al sobrevivir le había hecho perder una cuantiosa apuesta, decidió acabar con su vida personalmente. Lo retó a duelo singular en la orilla del Guadalquivir al despuntar el alba y… temprano levantó la muerte el vuelo, temprano madrugó la madrugada, temprano estás rodando por el suelo… además de la apuesta perdió la vida. Desde el primer momento, el jovencísimo Alonso mostró su superioridad en el manejo de la espada. Aquel pertinaz mentecato insistía en atacar una y otra vez a pesar de que, con pasmosa habilidad, lo desarmó en cuatro ocasiones. En la quinta acometida, Ojeda no pudo evitar que, al desviar el acero de su contrincante, el suyo se hundiera en su cuerpo causándole una dolorosa agonía rematada por una absur­da muerte. Esta fue la primera de una larga serie de muer­tes tan inútiles e insensatas como esa. O puede que todo empezara con las burlas de los mozalbetes por su corta estatura; chanzas que degeneraban en reyertas de las que sus rivales salían malparados, pues su fuerza y su agilidad superaban con mucho a las que corresponderían a su delgada constitución. Alguna vez, tras los mamporros saldrían a relucir los aceros y… Su creciente fama ya nunca dejó de atraer a espadachines fanfarrones y ambiciosos, deseosos de arrebatarle la vida y con ella el cetro de duelista invencible. Ninguno de ellos consiguió jamás ni tan siquiera herirle porque la habilidad de Ojeda en el arte de la esgrima nunca tuvo parangón.

Se ignora cómo aprendió Alonso de Ojeda a manejar la espada con tan pasmosa maestría. Su único maestro de esgrima conocido fue Guzmán de Rueda, el mismo que enseñaba a su gran amigo Juan, hijo ilegítimo del duque de Medinaceli y de su amante, la hermosa Catalina la del Puerto (Catalina Bique Oregón, natural del Puerto de Santamaría). El duque se había casado dos veces y sus dos esposas habían muerto de muerte natural. Solamente tuvo una hija legítima, Leonor de la Cerda, que murió joven. Por eso, cuando el rey Fer­nando, que lo tenía en gran estima, le comentó que, si moría sin heredero, el poderoso ducado de Medinaceli pa­saría a manos extrañas y eso no convenía a los intereses de la Corona, el duque decidió contraer terceras nupcias con su guapísima amante y legitimar a su hijo Juan de la Cerda y Bique, quien a la postre heredaría los títulos y posesiones de su padre.

El maestro Guzmán de Rueda sabía de esgrima justo lo necesario e impartía por igual sus parcos conocimientos a ambos chavales, pero mientras que Juan progresaba a duras penas, Alonso superó a su maestro bien pronto e incluso desarrolló sus propias técnicas, como el giro de muñeca con el que desarmaba a su oponente como si la empuñadura de su espada estuviese untada con aceite.

Aún antes de cumplir los veinte años, su fa­ma de espadachín invencible y de seductor irresistible se había ex­tendido ya por toda España. Una fama que provocaba admiración y respeto en los más, pero envidia y odio en algunos, y eran estos últimos los que lo buscaban para desafiarlo e invariablemente terminaban malheridos o muertos.

Sin embargo, a pesar de tener un carácter decidido y un genio vivo, no era Alonso amigo de pendencias ni echaba mano a la espada si podía resolver los pleitos por cualquier otro medio, incluida la pelea a puñetazos en la que también era diestro. Nunca entendió por qué tantos mentecatos a los que ni siquiera conocía lo buscaban con el único objetivo de desafiarlo. Él nunca promovió un duelo con nadie, pero tampoco reculó nunca ante una provocación ni toleró ofensa alguna. Los combates lo aburrían, la mayoría de sus retadores le resultaban tan lentos como previsibles y no encontraba ningún aliciente en vencerlos. Pero, aunque lo intentaba, no sabía cómo disuadirlos de su absurdo propósito y, agotadas saliva y paciencia, no le quedaba otro remedio que desenvainar su espada y enviarlos al cirujano o al enterrador.

En realidad, Ojeda aborrecía su fama de matachín que crecía sin parar. Incluso corrían rumores de que algunos de los que lo retaban, lo hacían incentivados por otros a los que había vencido, que les ofrecían importantes sumas de dinero si lograban matarlo en duelo. Y, dentro de lo malo, Ojeda agradecía lo del duelo, pues sabía que les hubiera salido mucho más barato contratar a quienes lo mataran a traición.

Era cosa sabida que, cuando los atacantes eran más de uno, Juan de Medinaceli, el inseparable amigo de Alonso, desenvainaba presto su espada en defensa de su amigo. Llegó un momento en el que sus protectores, el señor duque y su hermosa esposa que lo trataban como si fuese su hijo adoptivo, se rindieron a la evidencia de que su verdadero hijo Juan corría, al lado de Alonso, serio peligro de perder la vida en alguna de las pendencias en las que se veían envueltos de continuo. Y una cosa era el afecto que sentían por Alonso y otra que la noble casa de Medinaceli quedara sin heredero. Así pues, hicieron comprender a Juan que los tiempos de la alegre y despreocupada juventud habían terminado y que su halagüeña posición no estaba exenta de responsabilidades y sacrificios. Y el primero de ellos era alejarse de su querido amigo Alonso. El propio Alonso lo entendió perfectamente y tomó la dolorosa decisión de abandonar a la que había sido su única familia durante la mayor parte de su corta vida.

Tras estos acontecimientos, decidió marchar al recién descubierto Nuevo Mundo en busca de aventuras y fortuna. Su primo hermano fray Alonso de Ojeda le había presentado a Juan Rodríguez Fonseca, capellán real, arcediano de Sevilla, miembro del consejo de los Reyes Católicos y primer responsable de la política castellana en las Indias. Gracias a su amistad y protección pudo embarcar en el segundo viaje de Colón en 1493. Al parecer, conociendo su profunda devoción mariana, el obispo le regaló una imagen de la Virgen María. Desde entonces, Alonso siempre la llevó consigo y, andando el tiempo, cuando su barco naufragó cerca de las costas de Cuba, esa imagen y su vida fue lo único que se preocupó de salvar.

Una vez en La Española, el Almirante le encargó explorar la isla. Con solo quince hombres consiguió apresar al poderoso cacique Caonabo que había exterminado a los treinta y nueve españoles que quedaron en el fuerte Natividad construido con los restos de la nao Santa María, y que no cesaba de guerrear contra los españoles. Ojeda le regaló unas pulseras, supuestos atributos reales, que en realidad eran unos grilletes dorados, y con la excusa de enseñarle a ponérselas, lo engrilletó; inmediatamente lo subió a su caballo y huyó con él al galope. También protagonizó la primera gran batalla que sostuvieron los españoles en el Nuevo Mundo capitaneando, a lomos de su caballo Malabestia (que hacía honor a su nombre), a un puñado de españoles que derrotó a un ejército indígena enormemente superior en número, pues reunía a casi todas las tribus de la isla. Su pericia militar fue tan destacada y su valentía tan sobresaliente que desde entonces se le conoció como “El Centauro de Jáquimo” en recuerdo de su gran victoria en la Batalla de Jáquimo o de la Vega Real que es como llamó Colón a aquella llanura. Según fray Bartolomé de las Casas, en esa batalla se enfrentaron menos de cuatrocientos españoles contra diez mil indígenas, aunque es muy probable que exagerara un poco el número de indígenas, habida cuenta de que fray Bartolomé siempre tuvo un concepto tan flexible como relativo y acomodaticio de la verdad.

Este fue el comienzo de una etapa de su vida que estaría cuajada de aventuras, peligros, descubrimientos y hazañas. Alonso de Ojeda jugaría uno de los papeles más importantes en los primeros tiempos de la exploración de América. Fue el primer europeo que puso pie en el continente americano; a él se deben los reconocimientos geográficos con los que su buen amigo y compañero de exploraciones Juan de la Cosa compuso el primer mapa del Nuevo Mundo, dado a conocer en el año 1500; descubrió el lago Maracaibo y la isla de Curazao; le puso nombre a Venezuela, la pequeña Venecia, por los palafitos indígenas; fundó la ciudad de San Sebastián de Urabá (la primera fundada en Tierra Firme); fue gobernador de Paria (1501), de Coquivacoa (1502) y de Nueva Andalucía (1507); en 1499, se casó con la princesa guaricha Palaaira Jinnuu, hija del cacique Guaraba de Coquivacoa, tras ser bautizada con el nombre de Isabel. Tuvieron tres hijos. Este fue el primer matrimonio entre un español y una indígena americana celebrado bajo las leyes españolas.

Sin embargo, la carrera de Alonso de Ojeda en América estuvo condicionada por su constante disputa con la familia Colón y por los continuos reveses de la suerte. Ya fuera por los hermanos Colón y sus partidarios, ya por lo desacertado de algunas de sus decisiones, ya por la fortuna que en demasiadas ocasiones le fue adversa, ya por traiciones y felonías de los suyos, el caso es que como conquistador no le fue bien. Por el contrario, en su vida sentimental le fue de maravilla. Desde que se casó, su adorada Isabel lo acompañó en todas sus expediciones y viajes sirviéndole de intérprete y de consejera; se amaron profundamente durante toda la vida y ni siquiera la muerte los separó. Cuando regresó a España, Ojeda lo hizo acompañado de su esposa. Le compró los mejores vestidos y la presentó a los reyes en la corte, donde causo sensación. Isabel era muy bella, alta, esbelta y altiva; con el cutis y el pelo de color trigueño claro, ojos almendrados y un andar flexible y elegante que atraía todas las miradas. Todos en la corte, aunque conocían el pasado mujeriego de Alonso por el que habían suspirado desde las mozas de taberna hasta las encopetadas cortesanas, comprendieron la devoción que mostraba por su esposa. Devoción que era plenamente correspondida. Cuando, a la vuelta de uno de sus viajes por Venezuela, sus socios lo traicionaron y lo llevaron a La Española cargado de cadenas, el impetuoso Ojeda se lanzó al mar con aquel lastre de hierros y hubiera perecido ahogado si Isabel no hubiera acudido en su ayuda rescatándolo. Y también lo salvó cuando estaba a punto de perecer en aquella malhadada expedición en la que perdieron la vida su fiel amigo Juan de la Cosa y casi todos sus compañeros.

A todo esto, y a pesar de haber puesto un océano de por medio, la fama de duelista invencible viajó con él y lo acompañó durante toda la vida. A su reclamo, los cretinos reñidores sedientos de gloria siguieron acudiendo como las moscas al olor de la cadaverina. Fray Bartolomé de las Casas, recogiendo los testimonios de los compañeros de Ojeda que se iniciaron en la aventura americana bajo sus órdenes, entre los que hay nombres tan míticos como Juan de la Cosa, Francisco Pizarro, Américo Vespucio, Diego Nicuesa o Vasco Núñez de Balboa, asegura que el conquense participó a lo largo de su vida en casi mil duelos a espada y nunca nadie consiguió herirle. Eso lo convierte, sin duda, en el mejor espadachín de la historia, título que seguiría conservando, aunque la tendencia a la exageración del fraile dominico hubiera multiplicado el número real de duelos por dos, por tres o incluso por diez. Pensemos que Google le atribuye tal título a un samurái japonés, Miyamoto Mushasi (1584-1645) que salió victorioso en sesenta duelos a muerte… nuestro Alonso había superado esa cifra antes incluso de afeitarse con asiduidad. Y ello a pesar de que, a diferencia de Miyamoto que era un samurái sin señor, un ronin que ponía su espada al servicio del mejor postor, un asesino a sueldo, Alonso jamás vendió su habilidad como espadachín. Su vida siempre estuvo marcada por los apuros económicos y con frecuencia recibió generosas ofertas para poner su espada al servicio de señores poderosos, pero eso iba en contra de los principios morales de quien se consideraba el siervo más devoto de la Virgen María y siempre tuvo fe en que gozaba de su protección. Cada cual puede tener su opinión al respecto, pero lo cierto es que aquel trueno, después de una vida de peligros, batallas y duelos, continuamente enfrentado a flechas, lanzas, ba­las, dagas y sobre todo espadas, falleció en la cama de muerte natural.

Harto ya de aventuras fracasadas y con el orgullo roto por las continuas desdichas, el matrimonio Ojeda regresó a La Española acuciado por la pobreza. Pasaron los últimos cinco años de vida en Santo Domingo visitando asiduamente el convento de San Francisco. Entre los frailes había viejos compañeros de armas y descubrimientos cuyo trato reconfortaba a Ojeda. Cuando, enfermo ya, sintió próxima la muerte, les pidió que lo sepultaran en la entrada de la iglesia franciscana bajo una lápida con la inscripción: Aquí yace Alonso de Ojeda el desgraciado, para que todos al entrar al templo pisasen sus restos. Murió en 1515. Tres días después de ser enterrado, al acudir a maitines, los frailes encontraron a Isabel muerta sobre su tumba. Su corazón se había negado a seguir viviendo sin su marido. La enterraron junto a él.

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Fuentes (por orden cronológico). –

Imagen: retrato al óleo de Alonso de Ojeda pintado por Ignacio Castillo Cervantes, está en la Academia Colombiana de Historia, Bogotá, CC BY-SA 4.0, vía Wikimedia Commons. Este archivo está bajo la licencia Creative Commons Atribución-Compartir Igual 4.0 Internacional.

Fray Bartolomé de las Casas, HISTORIA DE LAS INDIAS, manuscrito en tres volúmenes y puede que hubiera un cuarto que se perdió, 1527-1547. Se conserva en la Biblioteca Nacional de España. La primera edición impresa fue publicada en Madrid, 1875, en cinco tomos.

MEMORIAL HISTÓRICO ESPAÑOL, COLECCIÓN DE DOCUMENTOS, OPÚSCULOS Y ANTIGÜEDADES, Tomo XL, Real Academia de la Historia, Madrid, 1899. Digitalizado por //core.ac.uk

Manuel del Monte, “Medelmonteu”, ALONSO DE OJEDA, blog Aclaraciones de la Historia, 18-08-2014.

Antonio Larios Ramos, Universidad de Sevilla, LOS DOMINICOS Y LA INQUISICIÓN EN SEVILLA DURANTE LA MODERNIDAD, Revista de Humanidades, 27 (2016). p. 91-112. ISSN 1130-5029.

Alberto Vázquez-Figueroa, CENTAUROS, Ediciones B, S. A., Barcelona, 2007.

José Manuel García Bautista, HECHOS SINGULARES DE SEVILLA, ALONSO DE OJEDA Y LA GIRALDA, ABC de Sevilla, 05-10-2019.

Antonio Pérez Henares, ALONSO DE OJEDA: LOS AMORES DEL CAPITÁN DE LA VIRGEN, diario El Día de Valladolid, 15-03-2021.

Real Academia de la Historia, ALONSO DE OJEDA BIOGRAFÍA, Ministerio de Ciencia Innovación y Universidades, Madrid, 2022.

Merche Braojos, ALONSO DE OJEDA -EL CIBAO-, blog La Higuera Mágica, 16-02-2025.


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