Duelo nocturno a espada en el siglo XVII. Imagen creada con IA

Según explica el Maestro de Armas Alberto Bomprezzi Santonioni: El duelo existe como forma de resolver conflictos desde tiempos inmemoriales. Aunque adquiere su forma más famosa en el siglo XVI, en la Edad Media ya se celebraba. Por entonces, el duelo se daba cuando se rompía la confianza entre dos caballeros y uno de ellos se sentía ultrajado. Entonces, ambos se enfrentaban bajo unas normas muy estrictas, en un campo cerrado y con un reglamente muy complejo. Los desafíos se celebraban a caballo, con armaduras, y cada caballero llevaba consigo a un número de hombres igual para que lucharan junto a él. El combate podía durar varios días.

El duelo era un privilegio de la clase alta que lo utilizaba para resolver disputas de las que no se ocupaba la justicia. Al menos el duelo formal, el que estaba regido por normas y respaldado por la ley. Según el periodista y escritor Jesús de las Heras: Los duelos eran cosa de señores: nobles, militares, políticos, literatos, artistas…; gente instruida que leía y que conocía y aceptaba las reglas del código de honor que regía este tipo de lances basadas en referencias antiguas y, desde el siglo XV, en libros escritos sobre el tema. Estas disputas solían surgir por cuestiones tan nimias —un insulto, un menosprecio, un desaire— que los alguaciles no las consideraban dignas de que la justicia les prestase atención.

Cada reino tenía su propio código que establecía qué acciones e insultos eran considerados ofensas por las que se podía retar a duelo y cuáles no justificaban un enfrentamiento. Había, además, circunstancias agravantes y atenuantes. Así, por ejemplo, no era lo mismo insultar a alguien en la calle, delante de testigos, que hacerlo en privado. Y la clase social era determinante, pues los duelos formales únicamente podían producirse entre personas de rango social semejante. Si, por ejemplo, un vasallo insultaba a un noble, éste nunca se rebajaba a combatir con él. Se limitaba a imponerle un castigo u ordenar a sus sirvientes que le diesen una paliza.

Según cuenta Bomprezzi: La forma más habitual de retar a alguien a un duelo formal era mediante la llamada pega de carteles, que consistía en poner panfletos en todos los lugares públicos en los que estuviera localizable la persona a la que se quería retar. Estos solían difamarlo o insultarlo y quedaba retado. Así, el afectado no tenía más remedio que aceptar si quería mantener su honra intacta, pues todo el mundo sabía que había sido insultado.

Si el ofendido aceptaba el reto, le correspondía elegir las armas, decidir si el combate sería a muerte o a primera sangre y señalar la hora y el lugar del enfrentamiento si el rey lo consentía, pues era quien debía proporcionar autorización y un campo adecuado para realizar el combate. Según cuenta Jesús de las Heras: Este fue el caso, por ejemplo, de un duelo famoso habido en la ciudad francesa de Fontainebleau en el siglo XVI, durante las guerras entre España y Francia: el del capitán español Julián Romero, al servicio del rey inglés, aliado de Carlos I, y el capitán Antonio de Mora, también español, pero al servicio del rey francés, enemigo de Carlos I. El campo de honor fue elegido y autorizado por el rey francés Francisco I y, después de un combate a caballo y espada que duró más de tres horas, venció Romero.

Estos duelos formales contaban con padrinos y testigos por ambas partes, y con un árbitro que velaba porque los duelistas respetasen las normas e impedía que, una vez terminado el combate, la familia del derrotado atacase al vencedor en venganza.

La importancia de los duelos oficiales fue determinante durante los siglos XIV al XVIII, pues era la forma de demostrar quién llevaba razón en una discusión. Según Bomprezzi, en estos duelos: La idea básica era demostrar mediante las armas que el otro estaba mintiendo y que tú eras el que decía la verdad. Por eso el manejo de la espada era tan importante, porque en el caso de que no pudieses sostener lo que afirmabas con las armas y perdieras, significaba que no tenías honor y que habías mentido. En base a eso, si eras derrotado —y no te mataban— tu familia solía expulsarte de casa, perdías todo tu dinero y debías empezar una nueva vida en otro lugar.

Sin embargo, desde finales del siglo XIV las cosas cambiaron y los duelos se popularizaron, tanto en el sentido etimológico como en el coloquial. Las pesadas espadas y los grandes espadones medievales que había que blandir con las dos manos dieron paso a dagas y espadas mucho más finas y ligeras, aunque con la inmejorable calidad del acero toledano. Estas armas podían llevarse encima permanentemente, lo que favoreció la proliferación de los duelos hasta el punto de que llegaron a provocar centenares de muertos cada año. En España se generalizó la moda de los enfrentamientos a espada para defender el honor y la honra. A este respecto, Jesús de las Heras aclara: La honra es lo que los demás piensan de ti, mientras que el honor es tu consideración de ti mismo. […] Se consideraba el honor como el compromiso interno por el cual la persona cumplía con sus deberes y con la palabra dada. En base a ello se valoraba socialmente su conducta y se ganaba o no la honra. En aquellos siglos se estimaba que a mayor altura en la escala social correspondía o debía corresponder mayor honor. Y a mayor honor, más honra. El gran Calderón de la Barca lo resumió cabalmente en estos seis versos de su obra EL ALCALDE DE ZALAMEA (1636): Con mi hacienda, / pero con mi fama no. / Al Rey, la hacienda y la vida / se han de dar, pero el honor / es patrimonio del alma, / y el alma solo es de Dios.

España adquirió fama de ser la cuna del duelo, pero lo cierto es que esta afición fue traída de Italia por los soldados del Gran Capitán, aunque, ciertamente, aquí adquirió tanto arraigo que su práctica se prolongaría durante más de tres siglos. Los Reyes Católicos intentaron atajar esta costumbre que suponía una sangría absurda y que privaba a sus ejércitos de excelentes espadachines. Alrededor de 1480 prohibieron esta práctica de manera oficial y tajante: pena de muerte para el retador y pena de destierro para el retado que aceptara el combate. Sin embargo, lo único que consiguieron fue que los duelos se realizaran en la clandestinidad. Según Bomprezzi: El duelo formal pasó a ser clandestino, a hacerse a espaldas de la ley sin árbitros ni reglas. Se pasó de combatir en un campo cedido por el rey con armas similares, a hacerlo en plena calle con aquello que se tuviera más a mano. Además, como retar a alguien a un duelo estaba penado con la muerte, se solían hacer cerca de una iglesia para poder “acogerse a sagrado” si era necesario. Los españoles preferían arriesgarse a ser ajusticiados antes que ignorar las afrentas. Para retar a alguien a un duelo clandestino, la antigua pega de carteles fue sustituida por la distribución de billetes, tan ofensivos como los carteles, que corrían de mano en mano.

Los hombres, y en ocasiones las mujeres, necesitaban poca provocación para desenvainar la espada e iniciar el enfrentamiento. Una espada que se llamaba “ropera” porque siempre la llevaban encima como si de una prenda de ropa se tratara; formaba parte de la indumentaria con la misma propiedad que el jubón, el chapeo o las calzas. Con frecuencia se complementaba con la daga de mano izquierda. Los enfrentamientos podían ser a muerte o a primera sangre y, a diferencia de los duelos formales, no había ni árbitros ni testigos, ya que estaban perseguidos por la ley.

Desde el siglo XV, la inmensa mayoría de los duelos fueron clandestinos, y al convertirse en práctica corriente entre el vulgo entró en juego la picaresca. Los contendientes solían vulnerar las reglas, tanto las no escritas como las que pactaban previamente, y no era raro que uno o los dos duelistas se presentasen auxiliados por tantos compinches como hubieran podido reunir. Los más trapaceros arrojaban tierra a la cara del adversario para cegarlo o se confabulaban con algún vecino para que le arrojase macetas a la cabeza desde un balcón. A veces, uno de los dos duelistas llegaba con antelación y esperaba escondido para atacar a su contrincante a traición. Y si el vencedor era apresado siempre afirmaba ser el retado para librarse de ser ajusticiado; al fin y al cabo, el finado no lo iba a desmentir. En definitiva, en estos combates ilegales el honor solía brillar por su ausencia. Según Bomprezzi: Aunque se les llamaba duelos, eran más bien reyertas de barrio, de calle, muchas veces fomentadas por la envidia o el odio.

Así las cosas, saber manejar la espada ropera con destreza podía marcar la diferencia entre la vida y la muerte en cualquier momento. Por ello, durante trescientos años, los mismos en los que los Tercios dominaron Europa, los españoles dedicaron tiempo y empeño a ejercitarse en el manejo de la espada, y todo el que se lo podía permitir contrataba los servicios de un instructor que lo adiestrara en el arte de la esgrima. Un arte que diversos maestros españoles fueron perfeccionando a lo largo de los años.

El origen de la espada ropera es español. Aparece mencionada por primera vez en el inventario de objetos de don Álvaro López de Zúñiga Guzmán, primer Duque de Plasencia, fechado en 1468. Hubo muy diversos tipos de roperas y fueron cambiando con el tiempo, las modas y los posibles de cada quién. Así, las hubo de factura austera y funcional y las hubo tan lujosas que llevaban metales nobles y piedras preciosas. Sin embargo, todas tenían una guarda para proteger la mano, que podía tener forma de tazón, concha o lazo, y las hojas fueron de dos tipos según estuvieran destinadas a uso civil o militar. La hoja de la versión civil era fina, estrecha y larga para mantener alejado al enemigo durante el duelo. La hoja de la versión militar era algo más corta, más ancha y, en consecuencia, más resistente, pues lo que más temía el soldado era que se le rompiese la espada combatiendo en el campo de batalla.

Con la espada ropera se practicaba una esgrima de punta tendente a pinchar al enemigo en alguna parte vital de su cuerpo. Normalmente eso bastaba, pues si la propia estocada no era mortal lo solían ser la pérdida de sangre o la infección de la herida. Los soldados de los tercios y los duelistas avezados llevaban, además de espada, una daga de mano izquierda o daga de vela, llamada así porque contaba con una gran pieza metálica en forma de vela para proteger la mano; también se llamó daga vizcaína por estar hecha con acero de Vizcaya, aunque los soldados de los tercios la llamaban quitapenas, misericordia o caridad, porque la usaban para dar a los moribundos, tanto enemigos como compañeros gravemente heridos, el golpe de gracia o “beso de la viuda” con el que ponían fin a su agonía; también la usaban para acabar con los jinetes enemigos que se caían del caballo durante la batalla. Como su nombre indica, se manejaba con la mano izquierda y con ella se detenía o desviaba la espada del contrario al tiempo que se atacaba con la propia. Según nos cuentan Fernando Martínez y José María Sánchez, durante los siglos XV, XVI y XVII, los españoles fueran tenidos por auténticos maestros en el uso de la daga. En su libro recogen las palabras de un viajero francés que se deshizo en elogios hacia la destreza hispana: Los españoles se baten espada en mano, no retroceden jamás; paran el golpe con el puñal que llevan siempre y cuando hacen con él el gesto de tirar al cuerpo debéis desconfiar de la cuchillada; y cuando os amenazan con la cuchillada, debéis creer que quieren alcanzaros el cuerpo […] son temibles con la espada en la mano a causa de sus puñales […] he visto varias veces a tres o cuatro españoles hacer huir a varios extranjeros y echarlos por delante de ellos como a un rebaño de corderos. Y, a falta de daga, los españoles eran también muy diestros utilizando su capa en los combates de maneras sumamente ingeniosas. Como era de tela muy gruesa, se podía enrollar en el brazo izquierdo para parar cuchilladas y estocadas; o se podía usar para cegar al enemigo durante el instante necesario para atravesarlo; o se podía arrojar contra la espada del contrario para entorpecerla durante unos segundos y estoquearlo; o…

Desde mediados del siglo XV, destacados maestros en el manejo de las armas se aplicaron a la labor de compilar por escrito todos los conocimientos necesarios para su más eficaz manejo. Así, entre 1458 y 1467, Mosén Diego de Valera compuso su TRACTADO DE LOS RIEPTOS E DESAFÍOS que detalla todo lo relativo a los retos (rieptos) y desafíos de armas entre nobles, y plasma la transición de la mentalidad medieval a la renacentista. En 1472, el mallorquín Jaime Pons publicó en Perpiñán, ciudad en la que estaba afincado, LA VERDADERA ESGRIMA Y EL ARTE DE ESGRIMIR. En 1474, el sevillano Pedro de la Torre publicó en su Sevilla natal EL MANEJO DE LAS ARMAS EN COMBATE. En los archivos del Ayuntamiento de Córdoba se conservan las ORDENANZAS PARA LOS MAESTROS DE ESGRIMA, de 1512.

Estos y otros tratados fueron configurando la escuela española de esgrima que dio en llamarse Destreza de las Armas o simplemente Destreza, abarcando con esta denominación al arte resultante de aunar todas las técnicas de la esgrima, tanto las clásicas y acreditadas como las tretas y artimañas poco ortodoxas pero útiles para vencer, desarrolladas en la escuela de la calle. Trucos tales como cegar momentáneamente al adversario tirándole del ala del sombrero o arrojándole la capa a la cara, eran los primeros que aprendían los soldados recién incorporados a los Tercios que no habían cogido nunca una espada, y a no pocos les salvaron la vida más de una vez mientras adquirían mayor destreza. Pero estos ardides y añagazas, por muy eficaces que resultasen, estaban mal vistos por la nobleza por considerarlos poco caballerosos. En consecuencia, se produjo una reacción que algunos estudiosos recogieron en sus tratados, dándole al arte de la esgrima un enfoque basado en fundamentos matemáticos, morales y filosóficos además de técnicos y metodológicos. Surgió así la escuela española de esgrima llamada Verdadera Destreza.

Su precursor, el tratadista que puso las bases de esta Destreza Verdadera, fue Francisco Román, maestro de armas del Emperador que en 1532 publicó en Sevilla su TRATADO DE ESGRIMA CON FIGURAS. En 1582, el noble sevillano Jerónimo Sánchez de Carranza publicó DE LA FILOSOFÍA DE LAS ARMAS Y DE SU DESTREZA, donde analiza todos los aspectos del arte de la esgrima desarrollado en el Imperio español durante el Siglo de Oro. Su obra, que combina técnica, táctica, y metodología con geometría, ética y espiritualidad, marcó el nacimiento de una nueva forma de entender el duelo y la defensa personal, la Verdadera Destreza. Este tratado hizo que la esgrima que se practicaba en el Imperio español disfrutara de una estructura interna coherente que perduró a través de los años. La otra figura principal de esta escuela fue Luis Pacheco de Narváez, natural de Baeza, que instruyó a Felipe IV en el manejo de las armas con el título de Maestro Mayor del Rey, y fue autor de numerosas obras que dedicó a Felipe III, entre las que destaca el LIBRO DE LAS GRANDEZAS DE LA ESPADA, publicada en 1600. Luis Pacheco mantuvo enemistad manifiesta y vitalicia con Francisco de Quevedo quien, a pesar de su cojera congénita y su acusada miopía, fue un excelente esgrimista. Quevedo era partidario de la esgrima popular que Jerónimo Sánchez de Carranza llamaba despectivamente Destreza Vulgar, y fue muy crítico con los métodos científicos que preconizaba la Verdadera Destreza de los que se burló con su proverbial ingenio. Otros tratadistas siguieron el camino marcado por Sánchez y Pacheco, como el licenciado Luis Díaz de Viedma, natural de Guadix, que en 1639 publicó en Barcelona su MÉTODO DE ENSEÑANZA DE MAESTROS EN LA CIENCIA FILOSÓFICA DE LA VERDADERA DESTREZA MATEMÁTICA DE LAS ARMAS.

Durante siglos, la vida de los españoles de cuatro continentes estuvo marcada por la disposición a los duelos y el magistral manejo de dagas y espadas. Y la vida del más grande escritor que vieron los siglos pasados ni esperan ver los venideros lo estuvo en edición corregida y aumentada. Hay constancia de que, en 1569, un tal Miguel de Cervantes, estudiante, fue condenado en Madrid a destierro y amputación pública de la mano derecha por herir en duelo a un tal Antonio de Sigura, maestro de obras que, andando el tiempo, alcanzaría el cargo de intendente de las construcciones reales. Ese mismo año salió de España, rumbo a Italia, don Miguel de Cervantes Saavedra al servicio de Giulio Acquaviva, que sería cardenal en 1570, y tras recorrer en su séquito Palermo, Milán, Florencia, Venecia, Parma y Ferrara, lo dejó para sentar plaza como soldado en la compañía de Diego de Urbina, del tercio de Miguel de Moncada, en el que servía su hermano Rodrigo. No sabemos con seguridad si el duelista fue el autor de El Quijote ni si su salida de España fue para huir de la justicia, pero… demasiadas coincidencias ¿no? Andando el tiempo y ya de vuelta de su cautiverio, otro duelo volvió a complicarle la vida. El destino volvería a jugar a las casualidades con esta familia que siempre fue atormentada por el infortunio. Vivió don Miguel en Valladolid entre 1604 y 1606, años en los que Felipe III y su Corte estuvieron en esa ciudad. Con él vivían su esposa Catalina, sus hermanas Andrea y Magdalena, su hija Isabel, su sobrina Constanza, y la criada María de Ceballos. Una noche, muy cerca de su casa, en un duelo nocturno hirieron a un tal Gaspar de Ezpeleta, caballero navarro de la orden de Santiago. Don Miguel lo acogió en su hogar y su familia lo cuidó, pero falleció dos días después sin revelar el nombre de su adversario. Según los testigos, el autor de la mortal estocada fue un hombre vestido de negro al que no pudieron identificar, y, por otro lado, las hermanas de don Miguel, las Cervantas, tenían mala fama porque ejercían el concubinato. Esas circunstancias bastaron para que un oidor (juez) muy prejuicioso, poco escrupuloso y con prisas por cerrar el expediente, encarcelara a don Miguel, a sus hermanas y a su hija en la misma cárcel de Valladolid donde ya habían sentado plaza su padre y su abuelo. Bien es verdad que el encierro duró solo unas horas, pero bastaron para dar pábulo a la maledicencia de envidiosos y mezquinos con las lenguas más afiladas que sus espadas roperas.

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Fuentes ordenadas cronológicamente. –

LITERATURA MEDIEVAL, Volume III, ACTAS DO IV CONGRESSO DA ASSOCIAÇÀO HISPÁNICA DE LITERATURA MEDIEVAL (Lisboa, 1-5 Outubro 1991) Organizaçào de Aires A. Nascimento e Cristina Almeda Ribeiro, Ediçòes Cosmos, Lisboa, 1993. Lourdes Simó, EL TRACTADO DE LOS RIEPTOS E DESAFIOS DE MOSSEN DIEGO DE VALERA: NOTAS PARA UNA EDICIÓN CRÍTICA.

Alberto Bomprezzi Santonioni (Madrid, 1964), fundador de la Asociación Española de Esgrima Antigua (2001), fundador y director de la Escuela de Esgrima Histórica de Madrid (2002) y experto en la escuela española de esgrima de los siglos XVI y XVII; página web de la AEEA (Asociación Española de Esgrima Antigua): https://esgrimaantigua.com; página web de la Escuela de Esgrima Histórica de Madrid: https://esgrimahistoricamadrid.com

Fernando Martínez Laínez y José María Sánchez de Toca y Catalá, TERCIOS DE ESPAÑA, LA INFANTERÍA LEGENDARIA, Editorial Edaf, Madrid, 2011.

Luis Díaz de Viedma, MÉTODO DE ENSEÑANZA DE MAESTROS EN LA CIENCIA FILOSÓFICA DE LA VERDADERA DESTREZA MATEMÁTICA DE LAS ARMAS, imprenta de Jaime Matevad, Barcelona, 1639. En internet está disponible la transcripción realizada en 2013 por Tim Rivera: www.spanishsword.org/files/metodo.de.ensenanza.de.maestros.transcripcion.pdf

Jesús de las Heras, LA ESPADA, FUERZA Y PODER, Editorial EDAF, Madrid, 2015.

Manuel P. Villatoro, LOS SECRETOS DE LOS ESPADACHINES DE LOS TERCIOS AL BATIRSE EN DUELO, ABC Cultura, 23-09-2015.

Fernando R. Quesada Rettschlag, DON MIGUEL DE CERVANTES SAAVEDRA, blog frquesada.com, 05-07-2015.

Escuela de herreros Ramón Recuero, Biblioteca del Herrero, página web consultada el 03-01-2026: https://ramonrecuero.jimdofree.com/biblioteca-del-herrero

Club Esgrima Tres Cantos, ORÍGENES DE LA ESGRIMA, página web consultada el 03-01-2026: https://www.esgrimatrescantos.org/esgrima/origenes-de-la-esgrima/


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