Once contra once. El Desafío de Barleta. Imagen creada con IA

El Desafío de Barleta (Barletta en italiano) fue un duelo legendario que tuvo lugar en 1502. España y Francia estaban enfrentadas en el Reino de Nápoles cuya posesión ambicionaban tanto Luis XII de Francia como Fernando II de Aragón (Fernando el Católico). Ambos pretendían dominar el sur de Italia, una región estratégica, rica y codiciada. Aquella contienda, que se extendió entre 1501 y 1504, pasaría a la historia como Segunda Guerra de Nápoles, y fue un conflicto clave dentro del contexto de las Guerras Italianas. Inicialmente, ambos monarcas acordaron repartirse el territorio pacíficamente, firmando en 1500 el Tratado de Granada por el que Francia se quedaba con el norte y España con el sur. Sin embargo, la delimitación de fronteras en la zona central no quedó establecida con la suficiente claridad. Los conflictos generados por tal motivo sumados al berrinche francés por el hecho de que el rey napolitano Federico I, su aliado, cambiase de bando y buscara el apoyo de España, provocaron enfrentamientos que pronto derivaron en guerra abierta. Una guerra en la que el genio militar del Gran Capitán, a pesar de tener un ejército menos numeroso y peor abastecido, consiguió una victoria tras otra (Ruvo, Ceriñola, Garellano) hasta provocar el derrumbe total del ejército francés, que se rindió en Gaeta el uno de enero de 1504. En febrero se firmó el Tratado de Lyon que ratificó la cesión total del Reino de Nápoles a España, marcando un punto de inflexión en las Guerras Italianas. El dominio español sobre el sur de Italia quedaba consolidado.

Pero en septiembre de 1502 la situación distaba mucho, muchísimo, de ser halagüeña para los españoles. En julio, en espera de recibir refuerzos y pertrechos, don Gonzalo Fernández de Córdoba había refugiado a sus escasas tropas en Barleta, una ciudad amurallada situada a orillas del mar Adriático en la costa sureste de la península itálica, cerca ya del tacón de la bota. Rodeándola, el potente ejército francés considerado entonces el mejor de Europa, perfectamente pertrechado y abastecido, con los temidos mercenarios suizos en su infantería y con una caballería pesada, la celebérrima gendarmería, que tenía fama de invencible desde hacía más de un siglo. Los franceses habían irrumpido en el reino de Nápoles con ímpetu arrollador apoyados en la superioridad aplastante de su caballería pesada, y habían hecho retroceder a las fuerzas españolas, numéricamente inferiores y peor abastecidas. Para los aliados españoles e italianos, la campaña estaba consistiendo en una sucesión de defensas numantinas y retiradas tácticas, cuando el Gran Capitán los acuarteló en Barleta al amparo de sus recias murallas. Los suministros llegaban por mar con cuentagotas cuando lograban burlar el bloqueo francés, y los soldados tenían que subsistir con raciones miserables mientras veían desde las almenas las hogueras del inmenso ejército acampado alrededor. Sin embargo, el Gran Capitán inspiraba en sus hombres tal respeto y confianza que solo con su prestigio personal y su autoridad moral fue capaz de mantener a las tropas españolas e italianas unidas, disciplinadas y con la moral alta. A falta de pan y de dineros, el honor y la reputación se convirtieron en los únicos capitales que les quedaron a unos hombres que llevaban meses sin cobrar su soldada; y el común odio al francés fue la argamasa que mantuvo unidos a españoles e italianos, obligados a una convivencia forzosa no exenta de roces y de tensiones.

El general francés, Luis de Armagnac, duque de Nemours, consciente de que mandaba el ejército más numeroso y mejor equipado de Europa, no cesaba de provocar al español para que saliera a entablar batalla en campo abierto, en la plena seguridad de que la victoria sería suya. Don Gonzalo, por su parte, desarrollaba una estrategia de desgaste a base de golpes de mano, emboscadas, rápidas incursiones de caballería ligera, correrías nocturnas y audaces asaltos relámpago, con los que hostigaba las líneas de suministro francesas, capturaba prisioneros e iba menoscabando las reservas y la moral del enemigo.

En este contexto saltó la chispa que encendió el Desafío de Barleta. Los franceses, que respetaban a la infantería española, hacían burlas en cambio de su caballería y proclamaban que los caballeros españoles, acostumbrados a enfrentarse a la caballería ligera sarracena, peleaban mucho peor que los franceses. Según narra Antonio Rodríguez Villa: Los españoles decían que no solamente eran buenos hombres de armas, más aún mejores que ellos, porque los franceses, pasado aquel primero ímpetu, no perseveran en la batalla y siempre van enflaqueciendo, y a los españoles siempre les crecía el esfuerzo y se les doblaban las fuerzas y perseveraban hasta el fin. La consecuente escalada de agravios entre unos y otros bien pronto llegó a un punto de no retorno. Parafraseando al Quevedo literario de don Arturo Pérez-Reverte, no quedó sino batirse.

Pues dicho y hecho. Los españoles retaron, los franceses aceptaron, o al contrario según otras versiones, se acordó una tregua, se intercambiaron rehenes para asegurar el cumplimiento de las reglas y se estipuló que el duelo se libraría en un terreno neutral, un llano situado en las afueras de la población de Trani, a unos 14 km de Barleta y otros tantos de Viseli (Bisceglie en italiano), sede del campamento francés. Trani estaba bajo control de la República de Venecia que era neutral en esa guerra. Por el mismo motivo, los jueces también serían venecianos. Se enfrentarían once caballeros por bando, armados exclusivamente con armas blancas (lanzas, hachas, mazas, espadas y dagas), y el combate se prolongaría hasta que los jueces decretaran la victoria de uno de los grupos o hasta la caída de la noche. Los prisioneros, las armas y los caballos capturados quedarían en poder de los vencedores.

Así fue como aquella tarde del veinte de septiembre de 1502, en el palenque construido al efecto delimitado por muretes de piedra, y bajo la atenta mirada de miles de espectadores de ambos ejércitos que cubrían las colinas circundantes, once caballeros franceses y once españoles esperaban que sonara la señal para iniciar la acometida.

Los franceses, que eran los claros favoritos, habían llegado a la liza como las novias a las bodas, una hora más tarde que los españoles. Formaban una vistosa comitiva que marchaba al son de fanfarrias y timbales entre las entusiásticas aclamaciones de los suyos. Todo muy a la francesa, muy comme il faut. Los caballos de guerra franceses de la época eran de una alzada impresionante, de una corpulencia y una fuerza muy superiores a las de las monturas españolas. Y el conjunto de jinete y caballo, acorazados ambos con pesadas armaduras de placas, relucientes, de extraordinaria calidad y magníficamente adornadas, resultaba acongojante. No es de extrañar que todos los franceses tuvieran el absoluto convencimiento de que sus caballeros aplastarían sin dificultad a los jinetes españoles y aquella justa festiva serviría para humillar a sus enemigos antes de vencerlos definitivamente en el campo de batalla. Su táctica seguía siendo la clásica de la caballería pesada medieval, la misma que les había proporcionado un siglo de victorias en el continente: una carga devastadora con lanzas de gran calibre, ejecutada con perfecta técnica y letal precisión, que barría a cualquier oponente que se interpusiera en su camino. Enteramente confiados en su mayor experiencia, potencia y envergadura, miraban a los españoles con la condescendencia de la superioridad. Estos fueron los paladines que aquel día defendieron el honor de su reino, elegidos entre ciento cincuenta preseleccionados: Pierre Terrail de Bayard / François d´Ursé / Pierre de Pocquière / Hector de la Rivière / Pierre de Guiffrey / Louis de Saint-Bonnet / René de La Chesnaye / Antoine de Clermont / Jacques de Mondragon / Aymon de Salvaing / Noël du Faby. La flor y nata de la caballería francesa, la aristocracia militar más granada de Europa dirigida por el legendario Pierre Terrail, señor de Bayard (Pedro Bayardo para los españoles), el caballero sin miedo y sin tacha con fama de invencible, respetado incluso por sus enemigos. Una concentración de poderío capaz de intimidar a cualquiera.

Los caballeros españoles eran plenamente conscientes de que sobre ellos pesaba la defensa del honor y la fama de su reino, así como la moral de sus atribulados y hambrientos compañeros de armas. Sabían que el impacto propagandístico sería enorme: la victoria o la derrota resonaría en todas las cortes de Europa. Ataviados con sobriedad y montando los mejores caballos de la guarnición que se habían alimentado con largueza a costa del hambre de los demás, llegaron al palenque con sencillez, sin alharacas ni alborotos: Diego García de Paredes / Diego de Vera / Jorge Díaz / Martín de Tuesta / Andrés de Olivera / los hermanos Segura y Moreno / Gonzalo de Arévalo / Gonzalo de Aller / Rodrigo Piñán / Oñate. La selección había sido supervisada por el propio Gonzalo Fernández de Córdoba que procuró combinar la fuerza y el coraje con la serenidad y la sangre fría. Los apadrinaba el condotiero Próspero Colonna, general de las tropas italianas aliadas. El adalid, Diego García de Paredes, apodado el Sansón extremeño, era un hombre de una fuerza física descomunal, un auténtico titán al que se atribuían proezas físicas fabulosas, y de un valor y una pujanza legendarios. Su presencia en el centro del bloque español aseguraba una considerable potencia de choque, aunque estaba en cama convaleciendo de unas heridas recientes recibidas en combate que mermaban sus facultades considerablemente. Pero no podían prescindir de él porque era el máximo especialista en duelos con el que contaban los españoles. El médico Juan Sorapán de Rieros (1572–1638), en una de sus crónicas, escribió: En desafíos particulares, con los más valientes de todas las naciones extrañas, mató solo por su persona, en diversas veces, más de trescientos hombres, sin jamás ser vencido, antes dio honra a toda la nación española. Junto a él, Diego de Vera era un táctico astuto y un experto jinete, Diego de Arévalo era famoso por su habilidad en el manejo de la lanza y, en fin, todos y cada uno de ellos aportaba al grupo alguna virtud marcial importante. No eran los nobles de mayor rango sino los combatientes más experimentados y letales, curtidos en las guerras de Granada, que entendían el combate como una tarea de aniquilación eficiente en aras a la propia supervivencia. Antes de partir, oyeron misa, comulgaron y juraron perder la vida antes que rendirse. En la partida, el Gran Capitán los arengó con estas palabras:

[…] ya sabían cómo la primera cosa que debían procurar los caballeros en el hecho de las armas era justificar su querella, como ellos la tenían en aquella demanda por la mucha justicia y razón que el rey y la reina tenían en esta guerra; y que, pues esto era así, ninguna duda debían tener de la vitoria. Por tanto, se concertasen muy bien como ellos lo sabrían hacer; y que todos juntos con mucho esfuerzo y furia diesen en los contrarios para hacerles perder el rostro y sojuzgarlos, y vencer o morir antes que volver sin la vitoria. Que en aquella jornada se aventuraban tres cosas, que por cualquiere dellas debían posponer la vida. La primera, el servicio de Sus Altezas, y la segunda la honra de su patria y suya, y la tercera la salud y honra y reputación de todos los españoles que allá estaban, y que así les rogaba que fuesen determinados de vencer o morir antes que tornar sin la gloria de la batalla.

Después los abrazó uno por uno y quedó en Barleta a la espera de noticias.

A la hora acordada, la una del mediodía, los jueces hicieron sonar las trompetas y los dos bloques de jinetes iniciaron la cabalgada en formación cerrada. Músculos en plena tensión, lanzas enristradas, muslos engarfiados a las sillas, codos con codos y espuelas con espuelas fueron marchando al paso, al trote y al galope, tan sólidos y coordinados como si de un solo jinete se tratara. El choque fue brutal y el estruendo de maderas astilladas y entrechocar de metales resonó en todo el valle como un trueno. Una espesa nube de polvo se elevó de la liza privando temporalmente de visibilidad a los espectadores, que no bajaban de los diez mil.

Los españoles, lejos de ser arrollados y derrumbarse como esperaban los franceses, resistieron el golpe con una fortaleza sorprendente y supieron asimilar los efectos demoledores de la carga. Algunos de ellos, y también algunos franceses, fueron descabalgados en el impacto, pero, haciendo gala de una destreza extraordinaria, no bien terminaron de rodar por el suelo, esquivando coces, pisotones y lanzadas, se irguieron espada en mano dispuestos a seguir combatiendo pie a tierra contra aquellos formidables guerreros a caballo que intentaban pisotearlos con sus monturas y lancearlos desde arriba.

Los jinetes se reagruparon y volvieron a cargar en formación unos contra otros. En el choque, los franceses mataron el caballo de Gonzalo de Aller que rodó por el suelo, con la mala fortuna de que fue a caer entre cuatro franceses descabalgados que de inmediato se echaron sobre él y lo apresaron, teniendo que abandonar el campo como establecían las normas.

En esos momentos, la superioridad técnica de la gendarmería francesa parecía insuperable. Se movían en perfecta formación, constituyendo una suerte de muralla móvil inaccesible e inesquivable. La pelea se presentaba tan desigual que todos creyeron que los españoles pedirían cuartel, pero, lejos de pensar en rendirse, pusieron en práctica una táctica estudiada de antemano. Diego de Vera mantuvo la disciplina y organizó a los que habían sido descabalgados. A sus órdenes, formaron un grupo compacto, protegiéndose mutuamente las espaldas, con la espada ropera en una mano y la daga misericordia en la otra. Y no se limitaban a defenderse y esquivar los ataques; también atacaban, y lo hacían con una ferocidad que desconcertó a los franceses. Puesto que, desde el primer momento, la principal ventaja de éstos había sido la superior calidad de sus monturas, se concentraron en asestar estocadas mortales a los caballos enemigos introduciendo sus armas por los resquicios que dejaban las protecciones de acero y cuero. La táctica, considerada por los franceses poco caballeresca, dio resultado. Los caballos heridos se tornaban ingobernables, rompían la formación y tiraban a sus jinetes o los obligaban a apearse por su propia seguridad. Diego de Vera descabalgó a un francés matando su caballo y, después, hirió con su estoque al caballero. Andrés de Olivera (García de Paredes en otras versiones) derribó otro francés y lo obligó a rendirse sacándolo del campo. Así, uno tras otro, ataque tras ataque, todos los franceses fueron siendo descabalgados. Pierre Terrail de Bayard, Pedro Bayardo para los españoles, fue el último caballero francés que permaneció en su montura hasta que Diego García de Paredes, en un mítico combate singular con el adalid francés, logró descabalgarlo.

El duelo había dejado de ser una exhibición de caballeros para transformarse en una despiadada pelea de infantería en la que la furia, el temple y la pericia de los españoles inclinaba la balanza a su favor. Cabe deducir que el combate derivaría en un juego de tácticas en el que las defensivas primaran sobre las ofensivas. De haberse producido una batalla campal de todos contra todos, el duelo se habría resuelto en mucho menos tiempo y habría dejado más cadáveres sobre el terreno. Sin embargo, duró más de cinco horas, lo que indica que debieron de organizarse en sendas falanges en las que los combatientes de vanguardia se irían alternando con los de retaguardia para que todos pudiesen descansar; de otro modo habrían caído agotados mucho antes del anochecer. Y, que solo hubiera un muerto indica cuan cautelosos debieron ser a la hora de atacar; seguramente atacaban y retrocedían manteniendo la distancia. Debieron desarrollar un juego de fintas, amagos, trampas y engaños, para provocar en el enemigo un pequeño error, al medir la distancia o al atacar fuera de tiempo, que terminara resultándole fatal.

En tal situación, los españoles fueron imponiendo su superioridad poco a poco, sin prisa, pero sin pausa. Ciertamente, en esta fase del duelo eran superiores, y ello por varios motivos. En primer lugar, conservaban más jinetes sobre sus caballos. En segundo lugar, eran más ágiles y rápidos, y sus armaduras eran más ligeras. En tercer lugar, por el diferente temperamento castrense de unos y de otros en los combates prolongados; don Arturo Pérez-Reverte lo explica perfectamente cuando relata la experiencia del capitán Alatriste en sus enfrentamientos con tropas francesas: Desde muy mozo, primero como mochilero y luego con plaza sentada en los tercios de infantería, se había batido contra ellos en Francia misma, en Flandes y en Italia, y conocía sus virtudes y defectos: corajudos, vociferantes y animosos en el ataque, aunque de escaso fuelle en empresas prolongadas. Desprovistos, en fin, de la tenacidad silenciosa, impávida, que hacía a los españoles tan temibles en la defensa como implacables en el asalto […] Y, más adelante: Los franceses no tienen más furia que la del acometimiento, que no es poca; pero les falta temple. Nada como nuestros tercios […]. Y, en cuarto lugar, por el distinto estilo de esgrima practicado por unos y otros. Los franceses seguían utilizando la espada al modo medieval, y su golpe de ataque más usado era el mandoble. Los mandobles eran parados, desviados o, en el mejor de los casos, se estrellaban contra la armadura del contrario, por lo que su eficacia era limitada. Los españoles, en cambio, practicaban con destreza una novedosa esgrima de punta en la que sus armas, espada y daga, buscaban introducirse por los escasos resquicios que dejaba la armadura en la visera (ranuras oculares), el cuello (junta entre yelmo y gorjal), las axilas, las palmas de las manos y las articulaciones de rodillas y codos (protegidas solo por cota de malla o cuero), las muñecas (unión entre guanteletes y brazeras) y la entrepierna (juntas entre falda de la coraza y grebas). El ataque de punta, la estocada, requería rapidez, habilidad y precisión, pero cuando alcanzaba su objetivo era muy eficaz. Además, los españoles contaban con Diego García de Paredes, el más valeroso y combativo que hubo ese día en el palenque a pesar de sus heridas. Paredes no solo luchaba como un titán, dominaba físicamente el espacio con cargas, embestidas, codazos, acometidas… Su físico era sobrehumano y su técnica perfecta. Era una fuerza desatada de la naturaleza que infundía valor y seguridad a sus compañeros, y que hacía retroceder, impotentes e incapaces de frenarlo, a hombres tan valientes y experimentados como los caballeros franceses.

A pesar de todo, los franceses eran guerreros formidables y sus armaduras de placas les ofrecían una protección soberbia, haciendo muy difícil asestarles una estocada mortal sin exponerse peligrosamente. El combate se estaba prolongando durante horas poniendo a prueba la resistencia física y mental de los combatientes. El agotamiento se convirtió en un enemigo peor que el propio adversario, y la férrea voluntad de seguir adelante, en un arma más eficaz que la propia espada. Al cabo de varias horas, un caballero francés estaba muerto, otro apresado, casi todos los restantes tenían heridas de distinta gravedad y muchos de ellos más de una, de forma que solo quedaban siete en condiciones de seguir combatiendo, y todos sus caballos estaban muertos. Entre los españoles, uno había sido apresado y había varios heridos y descabalgados, pero seguían en condiciones de combatir.

Estaba ya el sol próximo a la raya del horizonte, cuando los franceses aceptaron la evidencia de que su aniquilación era solo cuestión de tiempo. Decidieron entonces pedir cuartel, retiraron las palabras ofensivas que habían provocado el duelo y reconocieron abiertamente que la caballería española era tan buena como la francesa. La mayoría de los españoles se dieron por satisfechos y se mostraron dispuestos a dar por finalizado el combate, pero no don Diego García de Paredes que tenía fama de no haber perdido jamás un duelo y no admitía otro resultado que la victoria total sobre aquellos hombres casi vencidos ya. El Sansón extremeño montó en cólera, proclamó que: de aquel lugar los había de sacar la muerte de los unos o de los otros, y blandiendo un gran trozo de lanza rota a modo de cachiporra (su espada se había partido en la pelea), arremetió a cachiporrazo limpio: golpeando a los franceses con una violencia tal que abollaba yelmos y aturdía a hombres y bestias por igual, rugiendo como un león herido y sembrando el terror entre sus oponentes. La visión de este coloso extremeño, luchando con las manos desnudas o con armas improvisadas contra la élite acorazada de Francia, se convirtió en el símbolo de la indomable voluntad española. En otras palabras, les impartió una lección práctica de lo que siglos después se llamaría la furia española. Una furia que distaba mucho de ser ciega. Muy al contrario, cada golpe, cada carga, cada acometida de aquel luchador formidable, tenía un objetivo premeditado y una finalidad estudiada. Fue esa especial combinación de fortaleza hercúlea, inteligencia astuta y hábil destreza, la que lo convirtió en el soldado español más famoso de su época. Por cierto, que, después de salir indemne de quince batallas campales, diecisiete asedios e incontables duelos, moriría a consecuencia de una mala caída en un juego, a la edad de sesenta y cinco años. Todavía hoy, muchos expertos lo siguen considerando el mejor soldado español de todos los tiempos.

Los gabachos habían buscado refugio detrás de los cadáveres de sus enormes caballos para evitar ser rodeados y rematados. Allí formaron una suerte de barricada erizada con las lanzas que recogieron del suelo y se hicieron fuertes. Habían pasado de invencible gendarmería a presa acorralada que solo ansiaba sobrevivir hasta el ocaso. Los españoles, encabezados por García de Paredes y Diego de Vera, asaltaron la posición una y otra vez golpeando con furia sobre los escudos y yelmos que asomaban tras los cadáveres, pero las defensas resistían. Los caballos españoles, tal vez por el olor a muerte, rehusaban acercarse a los cadáveres de sus congéneres y reculaban cuando sus jinetes los espoleaban para asaltar la posición. La situación de los franceses era agónica, pero seguían resistiendo. Don Diego, poniendo en juego su fuerza hercúlea, arrancó enormes piedras del murete con el que los venecianos habían delimitado el palenque y empezó a arrojarlas brutalmente contra los caballeros franceses ante el asombro de la multitud y de los propios jueces. Según cierta versión, entonces los franceses salieron del campo y los españoles se quedaron en él con la mayor parte de la victoria. El caso fue que los jueces venecianos estimaron que la oscuridad, que se enseñoreaba ya del campo, justificaba dar el duelo por terminado. Y, no habiendo aún, en su criterio, un vencedor claro que hubiera aniquilado o rendido al otro bando, aplicaron estrictamente las reglas del desafío y sentenciaron que el duelo había terminado en empate. Hicieron constar en la sentencia, eso sí, que a los españoles les fue dado el nombre de valerosos y esforzados, y a los franceses por hombres de gran constancia. Los españoles protestaron airadamente argumentando que ellos dominaban el campo, que tenían al enemigo acorralado y que la victoria era suya por derecho de armas, pero de nada les sirvió. Los franceses, en cambio, no dijeron ni mu. Bastante ocupados estaban exhalando suspiros de alivio y musitando loas al altísimo que les acababa de salvar la vida.

Muy otra fue la sentencia popular. Los caballeros franceses, auxiliados por sus escuderos, regresaron a su campamento maltrechos todos, malheridos los más, portando el cadáver de su compañero, en medio de un silencio atronador y envueltos por una espesa bruma de decepción. Los españoles, en cambio, fueron recibidos por los suyos como héroes triunfantes. Atronados por el rugido de la victoria emitido por miles de gargantas exultantes, fueron recibiendo felicitaciones y parabienes mientras avanzaban abriéndose camino entre los suyos hacia donde los esperaba, pie a tierra, el Gran Capitán. Don Gonzalo los abrazó uno por uno, pero no estaba satisfecho con el empate cuando habían tenido la victoria al alcance de la mano, y así lo puso de manifiesto. Fue Diego García de Paredes quien defendió a sus compañeros delante de su general, diciendo que los contrarios habían confesado su error y reconocido que los españoles eran tan buenos caballeros como ellos. Por mejores los había yo enviado, fue la lacónica respuesta. Don Gonzalo era un triunfador nato, y para él las victorias no eran tales si no eran aplastantes. Así lo había demostrado en la guerra de Granada, y en Italia estaba a punto de revolucionar el arte de la guerra tejiendo las estrategias que cambiarían la guerra moderna y desplegando tal panoplia de genialidades militares que su figura admite muy pocos parangones en la historia de la humanidad.

Lo cierto y verdad es que, por muy decepcionados que estuvieran sus jefes, aquella tarde todos los caballeros, franceses y españoles, españoles y franceses, lucharon con honor, valor, tenacidad y denuedo. Y que, a pesar de la sentencia de los jueces venecianos, al llegar el ocaso el mito de la invencibilidad de la caballería francesa había saltado en mil pedazos reventado por la tenacidad española, y la imagen de los orgullosos caballeros franceses agazapados detrás de montones de carne muerta fue la alegoría del fin de su supremacía. Aquella barricada de caballos muertos salvó sus vidas, pero condenó su reputación. Los españoles, en cambio, lanzaron a Europa el mensaje de que la supremacía del soldado español no se basaba en el brillo de su armadura sino en el espíritu, la dureza, la resistencia, la astucia, la destreza y el denuedo de quien la vestía. El Desafío de Barleta fue el prólogo de la campaña triunfal que estaba a punto de comenzar y certificó el nacimiento de una nueva hegemonía militar que dominaría el mundo durante los dos siglos siguientes.

Unos meses más tarde, el trece de febrero de 1503, tuvo lugar un segundo desafío de Barleta que enfrentó a trece caballeros franceses contra trece caballeros italianos del ejército español. Ocurrió que, durante una incursión realizada en el campamento francés, las tropas de Diego de Mendoza habían capturado al noble Charles de Torgues, apodado Guy la Motte, junto a otros nobles franceses. Todos estaban prisioneros en Barleta esperando que los suyos pagaran el rescate según las leyes de guerra de la época, pero eran tratados con la cortesía y la consideración debida a su rango. Al parecer, la Motte era un tipo fatuo y altanero como buen francés, pero en mayor medida aún que el común de sus compatriotas. En el transcurso de una conversación que mantenía con unos capitanes españoles, su soberbia lo llevó a calificar a los italianos de cobardes, traicioneros y militarmente incompetentes. Íñigo López de Ayala y los demás españoles presentes defendieron firmemente a sus compañeros de armas, pero éstos, enterados del caso, exigieron una satisfacción en el campo del honor. El duelo tuvo lugar en un palenque situado entre Andria y Corato, y enfrentó a trece caballeros franceses encabezados por Charles de Torgues, contra trece italianos encabezados por Ettore Fieramosca. En esta ocasión, la victoria de los italianos fue rápida y contundente. Un caballero francés fue muerto, otro gravemente herido y todos los demás hechos prisioneros.

Dos meses después, en abril de 1503, el ejército del Gran Capitán se enfrentó al ejército francés en batalla campal, en Ceriñola. Allí, la infantería española, disciplinada y letal, destrozó a la caballería francesa y a los piqueros suizos, certificando el fin militar del medievo y el nacimiento del siglo de oro de las armas españolas, pero… esa es ya otra historia.

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Nota. –

Varios escritores del siglo XVI contaron este duelo legendario, aunque sus versiones tienen algunas diferencias en datos tales como los nombres de los participantes o las etapas del desarrollo del mismo. En mi relato, en aquellos aspectos en los que he encontrado discrepancias, he optado por la versión que me ha parecido más adecuada. Actualmente circulan por la red diversas narraciones en las que se confunden, se superponen o se entremezclan ambos Desafíos de Barleta.

Fuentes, por orden cronológico. –

Jerónimo Zurita, cronista del reino de Aragón, HISTORIA DEL REY DON FERNANDO EL CATÓLICO. DE LAS EMPRESAS, Y LIGAS DE ITALIA, libro V, capítulo III, oficina de Domingo de Portonariis y Ursino impresor de la Sacra, Real, y Católica Majestad, y del reino de Aragón, Zaragoza, 1580. Edición electrónica de José Javier Iso (coord.), Pilar Rivero y Julián Pelegrín. Disponible en www.cristoraul.org.

Hernán Pérez del Pulgar, CRÓNICA DEL GRAN CAPITÁN, Impresor Andrea Pescioni, Sevilla, 1582. Digitalizado por Google.

José Manuel Mollá Ayuso, general de división del Ejército de Tierra, HISTORIA Y LEYENDA DEL GRAN CAPITÁN, Ediciones El Criticón EEC–CSED, Madrid, Astorga, 2020.

Fernando Martínez Laínez y José María Sánchez de Toca, EL GRAN CAPITÁN, Editorial Edaf S.L., Madrid, 2021.

Antonio Rodríguez Villa, CRÓNICAS DEL GRAN CAPITÁN, Librería Editorial Bailly-Baillière e Hijos, Madrid, 1903. Edición digital Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes, 2023.

Manuel José Quintana, VIDA DE LOS ESPAÑOLES CÉLEBRES, editorial Atlas, Madrid, 1946. Edición digital Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes, 2000.

César Cervera, EL ÉPICO DUELO EN EL QUE EL «SANSÓN EXTREMEÑO» DESTROZÓ A ONCE DE LOS MEJORES SOLDADOS FRANCESES, ABC Historia, 03-03-2016.

Blog Tercios viejos: https://terciosviejos.blogspot.com/2020/12/la-guerra-de-napoles.html

Juan M. Martínez Valdueza, EL DESAFÍO DE BARLETA, El Bierzo Digital, 05-10-2020.

Blog Arre caballo: https://arrecaballo.es/edad-moderna/guerras-italianas-1494-1559, Entrada creada originalmente el 2018-03-04. Última modificación 2022-06-27.

Arturo Pérez-Reverte, MISIÓN EN PARÍS, Alfaguara, Madrid, 2025.

Relatos de Historia y Mitología, 11 CONTRA 11, DESAFÍO DE BARLETA: EL DUELO A MUERTE DONDE ESPAÑA HUMILLÓ A LA CABALLERÍA FRANCESA, YouTube, 30-12-2025.


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