Insidia

13 – Cuidado con las palabras, nunca son inocentes. –

Durante la decimonona centuria, se produjo un ejemplo paradigmático de utilización de las palabras como arma de guerra y como mecanismo de usurpación. Lo protagonizaron unos consumados expertos en los artificios de la tergiversación y de la insidia: los franceses.

En la segunda mitad del siglo XVIII, tras ser derrotada por Gran Bretaña en la guerra de los Siete Años (1756–1763), Francia perdió sus colonias en Norteamérica. Pero los franceses no se resignaron a su vocación de perdedores[1]; nunca lo hacen y tal vez sea esa su mejor virtud. Así, todo el siglo XIX francés fue una sucesión de intentos fracasados para reconstruir en alguna parte algo a lo que poder llamar imperio colonial. El siglo comenzó con el absoluto desastre napoleónico. Consumada la debacle que dejó quince millones de cadáveres en los suelos de Europa y a Francia ocupada por ejércitos extranjeros[2], el Congreso de Viena (1815) oficializó el óbito de lo que los franceses llaman pomposamente Primer Imperio francés. Decididamente, el imperio los obsesiona. En ese congreso también nació una nueva entidad territorial creada a partir de las antiguas conquistas napoleónicas en Centroeuropa: el Rei­no Unido de los Países Bajos; un engendro formado por los actuales Países Bajos, Bélgica, Luxemburgo y parte de Alemania. La ocurrencia tuvo una vida efímera y saltó por los aires con la Revolución belga de 1830. Inmediatamente, Gran Bretaña y Rusia se apresuraron a poner coto a cualquier posibilidad de fortalecimiento de Francia reconociendo la existencia de una Bélgica independiente y legitimándola en la Conferencia de Londres celebrada ese mismo año. A Francia no le quedó otro remedio que firmar y rubricar ese nuevo fracaso de sus ambiciones expansionistas.

Por esas fechas surgió la denominación América Latina y su gentilicio derivado, latinoamericano. Fue un invento de Michel Chevalier (1806–1879), un gabacho que en 1835 viajó por México y por Estados Unidos, y que después escribiría desdeñosamente sobre el primero y elogiosamente sobre el segundo. Tras apoyar el golpe de Estado que convirtió en emperador a Napoleón III Bonaparte, fue nombrado Caballero de la Legión de Honor, consejero de Estado y, en 1860, senador. A vueltas con su obsesión por el imperio, a ese periodo —de 1852 a 1870— lo llaman los franceses Segundo Imperio francés… ¡Ellos son así! Fue Chevalier quien, en su obra LETTRES SUR L’AMÉRIQUE DU NORD (1836), empleó por vez primera la denominación “Latinoamérica”; y en DES INTÉRÊTS MATÉRIELS EN FRANCE (1837), enfatizó la necesidad de sustituir la denominación “América hispana” por la de “América latina”. La idea fue apoyada y promocionada por el gobierno de Luis Napoleón Bonaparte y, en consecuencia, por la influyente, subvencionada y dócil intelectualidad francesa en pleno. En palabras de María Elvira Roca Barea[3]:

A mediados del siglo XIX aparece en el horizonte una palabra nueva, una de esas palabras inocentes que nos vienen ayudando a destripar al­gunas verdades molestas. A partir de las independencias de las naciones que habían conformado la Monarquía Hispánica, los franceses comien­zan a usar el vocablo «Latinoamérica» en un claro intento de incluir a Francia en el nuevo mapa político de Sudamérica. La palabra «Hispa­noamérica» no se debía usar porque resaltaba la presencia española en el continente y parecía como si solo ellos hubieran hecho algo allí. La otra palabra concurrente, «Iberoamérica», tampoco era satisfactoria porque solo hacía referencia a los pueblos peninsulares y dejaba fuera la importantísima labor de Francia en aquellos lares: Haití, Guadalupe, La Martinica, La Guyana… Tráfico de esclavos a gran escala y penales básicamente. Intentando convertir en invisible lo que no había forma de obviar y situarse en pie de igualdad con españoles y portugueses, comienzan los periódicos franceses a poner en circulación la palabra «Latinoamérica». Lo latino es una unidad superior de pueblos a cuya cabeza está Francia.

En efecto, Chevalier fue el primero en proponer el panlatinismo, una doctrina según la cual Europa occidental y América estaban divididas en un bloque latino (católico y de lenguas romances), y un bloque teutónico-anglosajón (protestante y de lenguas germánicas). Según Chevalier, la nación llamada a dirigir el bloque latino era, como no, Francia: La France est depositaire des destinees de toutes les nations du groupe latin dans les deux continents[4]. Que… ¿por qué? Pues porque la France c’est la France, ¿hacen falta más razones?.. ¡Ah, sí!, también para librar a les latino-américains del funeste système importè par les Espagnols en Amérique[5]. Evidentemente, le panlatinisme se construyó sobre la base de la leyenda negra; es la guinda que corona el pastel de calumnias, difamaciones e injurias negrolegendarias cocinado por la Ilustración. También panlatinistas convencidos fueron, entre otros, Stendhal (Henri Beyle, 1783–1842), que defendió que la Europa latina debería gobernar sobre sus vecinos no latinos, y el muy influyente filósofo Félicité Robert de Lamennais (1782–1854), que en 1851 fundó el Comité Latino París, de breve existencia.

Los franceses no fueron los únicos en promocionar la denominación “América latina”. Los políticos e intelectuales estadounidenses recibieron el neologismo como el más oportuno de los regalos y se aplicaron masiva y entusiásticamente a imponer su uso. El objetivo era el mismo que el de los franceses: borrar del inconsciente colectivo hispano los orígenes españoles de América, sus propios orígenes. Con la diferencia de que los estadounidenses no promocionaron la subordinación de los hispanos a la cultura francesa sino a la suya propia. Y hoy se puede afirmar que supieron utilizar esa nueva arma propagandística concebida para la destrucción de la Hispanidad, con mayor acierto y eficacia que los franceses. De hecho, se convirtió en el ariete que derribó las barreras y despejó el camino para la siguiente oleada ofensiva: el indigenismo… pero esa es ya otra historia. En todo caso y parafraseando a Gabriel Celaya, podemos afirmar que la palabra es un arma cargada de futuro… y de pasado y de presente… y de maldad en el caso que nos ocupa.

Naturalmente, dada la subordinación cultural de afrancesados, ilustrados y demás renegados malhadados y descarriados, el atropello semántico fue sumisamente acatado por los hispanos que, despojados de sus orígenes y de su identidad cultural, deambulan ahora por la historia como muertos vivientes, zombitontíberos que no saben de dónde vienen ni adónde van, tontipresas pidiendo a gritos un depredador que las devore.

El tontíbero pionero en difundir en sus obras los términos “latino” y “América latina”, fue el poeta chileno Francisco Bilbao Barquín (1823–1865); un fulano que, para que no le faltara ni un «…ado», pasó temporadas exiliado en París (1845–1849 y 1855–1857). Allí fue discípulo de Chevalier y colaborador de Lamennais… ya se sabe, Dios los cría y ellos se juntan. Bilbao era masón, anticlerical, revolucionario, y, como otros intelectuales hispanoamericanos decimonónicos, hispanófobo, activo difusor de la leyenda negra y convencido de que la “deshispanización” de Hispanoamérica era la vía para alcanzar la libertad y el progreso[6]. ¡Ah! y como todos aquellos revolucionarios que ahora llaman libertadores, un niño de papá que podía permitirse el lujo de vivir en París o en Londres sin más ocupaciones que gastar dinero a manos llenas y emplear su ocio en urdir conspiraciones que lo rescataran de la molicie y la vacuidad. Utilizó por primera vez la expresión “América latina” en una conferencia que pronunció en París el veintidós de junio de 1856 y que publicó como folleto dos días después. Desde su perspectiva, llamar “América latina” a Iberoamérica le debió de parecer una excelente herramienta “deshispanizadora”. Sin embargo, en 1862, cuando comenzó la segunda guerra franco-mexicana, la descarada ambición colonialista francesa lo apeó de su francofilia y, desengañado, rechazó la nueva denominación; pero el daño ya estaba hecho.

Algunos autores, en cambio, atribuyen el “honor” de ser el primer tontíbero hispano en emplear el neologismo “América latina” al poeta colombiano José María Torres Caicedo (1830–1889).  Lo hizo en su poema Las dos Américas, pero lo cierto es que fue posterior, ya que lo escribió en Venecia el veintiséis de septiembre de 1856 y lo publicó en Francia en 1857.

El caso fue que la doctrina panlatinista y su mascarón de proa, el neologismo Latinoamérica masivamente promocionado por la clase dirigente francesa, encontró una acogida favorable en todas partes. Francia aprovechó la coyuntura para usarlo como un modo de legitimar su enésimo intento de conseguir un imperio en algún si­tio. En esta ocasión en Iberoamérica y con la excusa de cumplir la misión de latinizarla.

Se daba la circunstancia de que, en solo dos años, 1846–1848 los Estados Unidos le habían arrebatado a México casi el sesenta por ciento de su territorio. Y lo habían hecho en una guerra que ganaron sin despeinarse y a la que, para mayor escarnio, llamaron y siguen llamando “intervención”. Intervención estadounidense en México, titula la Wikipedia en otro desvergonzado alarde de tergiversación de la historia por medio de la manipulación de las palabras. Estados Unidos era todavía una nación de sobre poco más o menos, o eso creían los franceses que, consecuentemente, pensaron que quedarse con el otro cuarenta por ciento de México iba a ser un paseo militar.

La ocasión la proporcionó el desastroso Estado mexicano y su ruinosa gestión. Tras medio siglo de guerras civiles, México había contraído tal volumen de deudas que le era imposible hacer frente a los abonos, y el presidente Benito Juárez decidió suspender el pago de la deuda externa por un periodo de dos años. Los países acreedores decidieron entonces exigir por las malas lo que no se les pagaba por las buenas[7]. A tal fin, Michel Chevalier, a la sazón ministro de Hacienda de Napoleón III, en 1861 promovió una alianza[8] entre Francia, Reino Unido y España. Benito Juárez derogó entonces la Ley de Suspensión de Pagos, pero los aliados continuaron con su plan de exigir coercitivamente el pago de la deuda y mandaron barcos y tropas. Cuando el general Prim, tras llegar a un acuerdo con el gobierno de Juárez, se percató de que el verdadero propósito francés era invadir el país, ordenó la retirada de las tropas españolas y británicas. Francia rechazó el acuerdo e inició la invasión.

Simultáneamente, el gobierno francés destapó la maniobra propagandística que tenía preparada al efecto. Chevalier promovió al trono de México a Maximi­liano de Habsburgo, un hermano de la emperatriz Sissi. La elección del personaje se debió a que el Habsburgo hablaba retorromance, una lengua retorrománica que hoy día está en peligro de desaparecer y que entonces hablaban unas decenas de miles de personas en un área situada en las zonas alpinas de Suiza e Italia. Así, la propaganda francesa pudo justificar que “un latino” (por eso era tan importante convencer a los hispanos de que eran latinos) gobernara México, territorio lati­no, bajo el protectorado de la nación llamada a dirigir la panlatinidad: Francia.

El ejército francés, contra todo pronóstico, fue derrotado en Puebla y hubo de retirarse. Antes de la batalla, el general francés Charles Ferdinand Latrille, conde de Lorencez, había escrito a su ministro de Guerra: Somos tan superiores a los mexicanos en organización, disciplina, raza, moral y refinamiento de sensibilidades, que le ruego anunciarle a Su Majestad Imperial, Napoleón III, que a partir de este momento y al mando de nuestros 6.000 valientes soldados, ya soy dueño de México. Tras la inesperada derrota del autodenominado “mejor ejército del mundo”, el general vencedor en Solferino, Magenta, Argelia y Sebastopol, fue destituido. Un año después, en 1863, reforzados por la llegada de nuevas tropas y un nuevo jefe militar, los franceses lograron ocupar Ciudad de México y establecer el Segundo Imperio Mexicano (nuevamente esa fijación francesa con el imperio). La intención de Napoleón III era apoyar a los Estados Confederados en la guerra civil estadounidense, favoreciendo su victoria y una secesión que cercenara el creciente poder de los Estados Unidos en la región. No se puede afirmar que la derrota sureña se debiera al apoyo francés, no, en absoluto, pero… bueno, en fin, las casualidades reiteradas terminan resultando sospechosas de causalidad, ¿no?

Los ataques mexicanos en forma de guerra de guerrillas nunca cesaron, hasta que, en 1867, Napoleón III ordenó la retirada total e incondicional de las tropas francesas, abandonando a su suerte a su protegido Maximiliano I de México y sus escasos partidarios. El emperador fue derrotado por Benito Juárez, juzgado y fusilado el diecinueve de junio de 1867. En palabras de Mª Elvira Roca Barea en IMPERIOFOBIA:

El Habsburgo no era un mal hombre, pero usufructuaba un des­conocimiento edénico de la complicadísima situación en que estaba el país sobre el que venía a reinar. No menor que el de Chevalier. Maximi­liano era un liberal convencido y creía que con ser un monarca liberal todo se solucionaba. Precisamente lo fusilaron los liberales de Juárez. En realidad se atrevieron a tanto porque Francia había abandonado a su suerte a su protegido, en cuanto la guerra de Secesión terminó (1866) y los estadounidenses hicieron saber a los franceses que debían acabar con aquella descabellada empresa. Los franceses obedecieron al punto y el desdichado Maximiliano murió al año siguiente.

Esta empresa, como de costumbre, se saldó con un nuevo fracaso francés. Sin embargo, el neologismo que sirvió de soporte al despliegue propagandístico sí hizo fortuna y, desde entonces, no ha dejado de utilizarse. Y con él ha sobrevivido la idea de que los hispanos dejaron de serlo para mutar a latinos, y de que Francia, como cabeza de la “latinidad”, debía sustituir a España como puente entre Europa y la vieja América española, ahora América latina. Las palabras nunca son ingenuas ni gratuitas, y una de las consecuencias del triunfo del vocablo Latinoamérica es que, en la Unión Europea, Francia y Alemania han impuesto para Iberoamérica la denominación oficial de “Latinoamérica y el Caribe”… contando con el sumiso beneplácito de España y Portugal, por supuesto. Acomplejados y culturalmente subordinados. Otra de las consecuencias de los complejos de los hispanos y de la inquebrantable autoestima gala es el éxito de la Organización Internacional de la Francofonía —eje de actuación de la diplomacia francesa— a la que hoy pertenecen República Dominicana (2010) Uruguay (2013) Costa Rica y México (2014) y Argentina (2016).  Y ello a pesar de saber que uno de los objetivos de la organización, recogido en el Plan para impulsar la Francofonía presentado por Emmanuel Macron en 2018, es sustituir al español como lengua global convirtiendo al francés en la tercera lengua más hablada del mundo. Pero a nosotros plin. Lejanísimos nos quedan ya aquellos tiempos en los que Carlos I le dijo al embajador francés en la Santa Sede, que no sabía español: Señor Obispo, entiéndame si quiere y no espere de mí otras palabras que de mi lengua española, la cual es tan noble que merece ser sabida y entendida de toda la gente cristiana. Nosotros hoy somos mucho más progres, donde va a parar; tan, tan progres que marginamos, segregamos, rechazamos el español incluso en el propio Parlamento español, y aplaudimos, promocionamos, exaltamos el vascuence reinventado, el castúo, el bable, el aranés, el gallego, el valenciano y hasta ese dialecto del occitano al que los catalanes llaman idioma… ¡Que se chinchen los franceses!


[1] Respecto a la vocación de perdedores de los franceses, hay un dato significativo: París es la capital europea que más veces ha sido ocupada por ejércitos extranjeros y que mayor número de ejércitos extranjeros han ocupado. Curiosamente, es imposible encontrar este dato en internet. Al menos yo no he podido. Y es que la habilidad para engañarse a sí mismos y a los demás en todo lo que a su historia se refiere, es otra de las grandes virtudes de los franceses. Solo a modo de ejemplo, la firma del armisticio de junio de 1940 hizo a Francia aliada de Alemania y, consecuentemente, perdedora de la Segunda Guerra Mundial. Sin embargo, han conseguido tergiversar la historia hasta el punto de que hoy todos estamos convencidos de que fue uno de los países vencedores.

[2] Buena parte de Francia, incluida París, fue ocupada por ejércitos extranjeros: rusos, prusianos, austríacos, británicos, suecos y holandeses. En las tabernas y mesones parisinos, los soldados rusos le solían gritar a los camareros: “быстрый, быстрый” (rápido, rápido). Mesoneros y taberneros adoptaron el término adaptando la fonética rusa a la grafía francesa, bistrot o bistro, para significar que en sus locales el servicio era rápido y eficaz. Desde entonces, los bistro se han convertido en santo y seña de la hostelería francesa y constituyen un excelente ejemplo de la habilidad de los franceses para ganar en la paz lo que pierden en la guerra. Han conseguido que ya nadie recuerde el oprobioso origen del bistró (castellanización de la palabra francesa), y que se considere más francés que los aperitivos anisados. El DRAE lo define como pequeño restaurante popular de estilo francés.

[3] María Elvira Roca Barea, IMPERIOFOBIA Y LEYENDA NEGRA, Ediciones Siruela S. A. Biblioteca de Ensayo, 8ª edición, Madrid, 2017, p. 410.

[4] Michel Chevalier, LETTRES SUR L’AMÉRIQUE DU NORD, Librairie de Charles Gosselin et Cie, París, 1836, introducción, p. XIII. Disponible en books.google.es/

[5] Michel Chevalier, LE MEXIQUE ANCIEN ET MODERNE, Librairie de L. Hachette et Cie, París, 1863. La segunda edición está disponible en la Biblioteca Virtual del Patrimonio Bibliográfico.

[6] La Constitución de 1812, la Pepa, disponía en su artículo 1: La Nación española es la reunión de todos los españoles de ambos hemisferios. Fracasado el intento, las nuevas repúblicas hispanoamericanas necesitaron inventar relatos que legitimaran las guerras civiles de independencia, transmutándolas en guerras de liberación nacional. Esos relatos asumieron la leyenda negra en edición corregida y aumentada, y convirtieron a España en la causante de todos los males pasados, presentes y futuros de las nuevas repúblicas. El resultado fue una caricatura de España tan grotesca que resulta lógico que quienes se creyeron esas patrañas y quienes las asumieron porque favorecían sus intereses personales, patrocinaran la deshispanización como remedio de todas las desdichas.

[7] México adeudaba, aproximadamente, sesenta y nueve millones de pesos a Reino Unido, nueve millones a España y dos millones a Francia.

[8] Ya entre 1838 y 1839 había tenido lugar la que, curiosamente, los libros de Historia llaman Primera intervención francesa en México —ni guerra ni agresión ni invasión, no, intervención—. Los mexicanos la llaman Guerra de los Pasteles porque el motivo esgrimido por Francia fue que unos militares se habían comido unos pasteles en el restaurante de un francés establecido en México, y se habían ido sin pagar. Francia exigió a México unas reparaciones draconianas y envió sucesivas flotas y flotillas de guerra hasta acumular una potente armada que capturó las naves mercantes mexicanas, bombardeó Veracruz y bloqueó todos los puertos del golfo. México se quedó sin su principal fuente de ingresos, las exportaciones, pero el gobierno de Anastasio Bustamante no cedió porque las condiciones que Francia exigía eran inasumibles. A pesar de que el desembarco de tropas y artillería realizado por los franceses fue rechazado por el general Antonio López de Santa Anna, el bloqueo continuó porque la superioridad francesa en el mar era abrumadora. Pero como ese bloqueo también afectaba a las naciones europeas receptoras de las mercancías mexicanas, Reino Unido mandó su flota de guerra y Francia inmediatamente suspendió la agresión, rebajó sus exigencias hasta límites más que razonables, y repatrió su flota invasora. Y no se le cayó la cara de vergüenza. No señor. Por eso en 1861, cuando perpetró la llamada Segunda intervención francesa en México —intervención nuevamente—, Francia se aseguró de contar con la colaboración del Reino Unido y de España.


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