Estudio de Max León Moreau en el Carmen de los Geranios. La fotografía del pintor es de 1953. Sobre el caballete que le regaló su padre, está el retrato que le pintó a Ana Rubio Anguita en 1974: "Retrato de mujer con nocturno granadino".
Estudio de Max León Moreau en el Carmen de los Geranios. La fotografía del pintor es de 1953. Sobre el caballete que le regaló su padre, está el retrato que le pintó a Ana Rubio Anguita en 1974: “Retrato de mujer con nocturno granadino”.

1 – Infancia, adolescencia y juventud

Aquella fosca noche, un plomizo manto de espesos nubarrones encapotaba el cielo de París y un feo vendaval con viento del sudoeste anticipaba los rigores del otoño parisino. Tal vez por eso, aquella cigüeña que debía dirigirse hacia el sur llevando en su pico un hermoso niño hasta el no menos hermoso y granadino barrio del Albaicín, perdió el rumbo. Arrastrada por el viento se desvió hacia el nordeste y terminó depositando a Max León Moreau en el pueblecito de Soignies, en la Región Valona de Bélgica. Esto… o, si el lector prefiere la versión prosaica, un doloroso parto en el lecho conyugal con matrona, alaridos y agua caliente, sucedió el dos de septiembre de 1902.

En 1905, la familia se mudó a Bruselas. Ya por entonces, según cuenta en sus memorias, Max sentía una profunda admiración por su padre, el pintor Henry Moreau. Desde muy niño pasaba horas en su estudio observándolo trabajar sin perder detalle. Y, ya fuera por su capacidad de imitación, ya por su predisposición innata, ya por la afortunada combinación de ambos factores, Max comenzó a mostrar bien pronto una habilidad inusual en el manejo de lápices y pinceles.

Siendo aún adolescente y sin haber recibido formación académica alguna, dibujaba del natural con sorprendente fidelidad y pintaba al óleo con cierta soltura. Al mismo tiempo estudiaba música, otra de las pasiones artísticas que lo acompañaría toda su vida. En esta etapa, Henry se hizo cargo de la educación pictórica de Max. Como maestro era riguroso y exigente, pero como padre se sentía orgulloso de la rapidez con la que progresaba su aventajado discípulo. Max era muy aficionado a visitar los museos de Bruselas y, dirigido por su padre, comenzó a realizar copias de las obras de los grandes maestros renacentistas holandeses como Frans Hals, y de Velázquez, por el que siempre sintió profunda admiración.

Desde muy joven acompañaba a su padre a los teatros de la capital belga y allí, entre bastidores, retrataban a los actores durante las representaciones.

En 1920, acaba ya la I Guerra Mundial, la familia Moreau se trasladó a París. Max continuó haciendo retratos en los teatros parisinos, sobre todo en La Comédie-Française. Allí fue donde conoció a Denis d’Inès, prestigioso actor y director teatral al que le hizo más de cien retratos para ilustrar los principales papeles de su amplio repertorio escénico. Entre ellos nació una amistad que duraría toda la vida y que supuso un importante impulso para la carrera del joven Max.

En 1923 regresó a Bruselas para hacer el servicio militar, cosa que le resultó harto llevadera gracias a su talento artístico y a la propensión prevaricadora de sus oficiales, que pagaban los dibujos y retratos que les hacía el joven pintor con permisos y prebendas de todo tipo.

Félia
Félicie Georgette Leclercq (1905-1994)

2 – Se casó y… ¡a viajar se ha dicho!

En 1928, con 26 años, contrajo matrimonio con la bella y elegante Félicie Georgette Leclercq, conocida familiarmente como Félia, nacida el uno de noviembre de 1905. En palabras del propio Max: la más dichosa boda que se pueda soñar. Y, en efecto, lo fue. Desde ese día y hasta que la muerte logró separarlos sesenta y cuatro años después, permanecieron juntos en feliz y armoniosa convivencia.

En 1929 comenzó una etapa de incesantes viajes y cambios de residencia que se prolongaría durante treinta y seis años, hasta que el matrimonio encontrara su acomodo ideal y definitivo en la ciudad de Granada. Por aquellos entonces, en Europa causaba furor todo lo exótico y, especialmente, lo oriental. Influidos por esa moda y atraídos por las ciudades y los personajes pintorescos, ese año comenzaron a viajar al norte del continente africano.

Entre 1929 y 1938 realizaron cinco largas estancias en Túnez donde Max descubrió la luz del Mediterráneo y la incorporó a sus pinturas. A medida que su fama y prestigio iban en aumento, sus retratos iban siendo más demandados por la burguesía local. Por otro lado, siguiendo su costumbre, iba a los teatros para pintar a los actores entre bastidores. Así fue como se relacionó con un grupo de intelectuales franceses que habían formado la compañía teatral La troupe de l’Essor. Con ellos estrenó, en 1932, la tragicomedia TUTUS de la que era autor y en la que también interpretó el papel protagonista. Fue un éxito.

En 1933 y 1934, durante sus estancias en Túnez, realizó sendas exposiciones individuales.

En 1935 publicó un libro de poesía, L’APOTHICAIRE LYRIQUE, escrito e ilustrado por él mismo y editado con motivo de la Exposición Universal de Bruselas.

Max era un trabajador incansable, y las obras que pintaba en Túnez las exponía en Bélgica y Francia (Bruselas, Anvers, Charleroi y Arlon) donde se vendían muy bien, tanto por la maestría del pintor como por el exotismo de los temas representados que resultaba tan del agrado de los europeos de la época. En Luxemburgo, además de exponer, dirigió la Gran Orquesta de la Radio interpretando sus propias composiciones.

Durante la II Guerra Mundial la pareja se trasladó a vivir al sur de Francia donde, a pesar de la guerra, los retratos de Max seguían siendo muy demandados. Expuso en Marsella y, en 1943, exhibió dos cuadros en el prestigioso Salon d’Hiver de París. Se trataba de sendos retratos de médicos, relacionados con las ilustraciones de su libro de poemas EL BOTICARIO LÍRICO.

En 1946 la pareja se instaló en Niza pero, bien pronto, la atracción de lo exótico y el éxito de sus pinturas con esa temática, los volvió a llevar a tierras norteafricanas. La ciudad elegida fue Marrakech, donde se instalaron en 1947. Allí Max retrató tanto a personajes locales como a personalidades coloniales, con algunas de las cuales hizo buena amistad. En especial con el general Alphonse Juin y su esposa, y con el también pintor Jacques Majorelle. Entre tanto, organizaba exitosas exposiciones de sus cuadros tanto en Marruecos como en Argelia.

Pianos
Piano y clavicordio de Max Moreau en el Carmen de los Geranios

En 1950 los Moreau se mudaron a París y, en marzo de 1951, Max expuso en la Galeríe Berheim-Jeune buena parte de las obras pintadas durante su estancia en Marrakech. También expuso en Vichy. Pero el gusanillo viajero seguía haciendo de las suyas y, en esta ocasión, los condujo a las islas Bahamas, donde Max retrató a los principales miembros de la colonia inglesa.

En junio de 1954, de regreso en Francia, expuso diez cuadros en el Salon de l’Armée. Paradójicamente ninguno de ellos era de tema militar salvo los retratos del general Juin (que ya era mariscal) y su esposa. En octubre de ese mismo año viajó a Nueva York para probar suerte en EE. UU. pero, no sabiendo como aceptarían su pintura los neoyorkinos, excepcionalmente se fue solo. Tuvo éxito, en especial con sus retratos ecuestres, y en febrero de 1955 su esposa Félia acudió a reunirse con él.

Después, entre 1956 y 1960, regresó a EE. UU. en cuatro ocasiones, sobre todo a Palm Beach (Florida) donde sus exposiciones y retratos a los miembros de la alta sociedad le proporcionaron pingües beneficios. En octubre de 1960 expuso en la Galería Wildenstein de Nueva York. También expuso en Milwaukee y Green Bay (Wisconsin), Escanaba (Michigan) y Houston (Texas).

Viajó también a Portugal (Lisboa y Nazaré), donde realizó una serie de cuadros de temas relacionados con la pesca que se vendieron muy bien en Bélgica, Francia y España.

Aunque fue la pintura la que proporcionó a los Moreau un pasar más que acomodado, Max nunca dejó de cultivar sus otras aficiones artísticas: la escritura y, sobre todo, la música. Sus composiciones también estuvieron influidas por su devoción hacia lo exótico que las impregnó de sensualidad y primitivismo. Su obra más conocida es el ballet El lobo y el cordero, pero tiene otras muchas como Le Palais Andalou, Chanson orientale, Notre bateau glisse, Sérénade inachevéeLes Hirondelles, Tristesse, o la serie de poemas líricos basados en obras de Franz Toussaint: La flauta de jade, El jardín de las caricias, etc.

3 – Y, por fin, Granada

He buscado por todas partes la ciudad soñada y al fin la he encontrado en Ronda. Esta frase del poeta checo Rainer María Rilke, perfectamente podría haberla firmado Max Moreau, sustituyendo Ronda por Granada.

En 1965, los Moreau recalaron en la ciudad de la Alhambra y encontraron por fin el lugar acogedor que les ofrecía las dosis perfectas de singularidad y cultura. Allí establecieron definitivamente su hogar, enmendando al fin el error cometido por aquella cigüeña desorientada, sesenta y tres años atrás. O tal vez hicieron bueno el dicho de que los “granaínos” nacen donde les da la gana. Y si son albaicineros, para que decir[1].

Una parte de las maravillosas vistas que se divisan desde el Carmen de los Geranios

Como no podía ser de otro modo dado su gusto por lo castizo, decidieron instalarse en el barrio del Albaicín. Compraron el Carmen de los Geranios que estaba deshabitado y en regular estado de conservación y, tras las oportunas obras de rehabilitación y reforma, en 1966 se instalaron en la que sería ya su residencia permanente y definitiva.

El carmen es un tipo de vivienda de origen romano, aunque típicamente granadina. Los árabes la adoptaron como tantas otras cosas de la cultura hispanorromana que hoy, erróneamente, atribuimos a la cultura musulmana, y lo llamaron kárm, palabra del árabe andalusí que significa viña. Los cármenes granadinos son quintas situadas en los barrios del Albaicín y del Realejo. Debido a la pronunciada pendiente (Albaicín significa arrabal en cuesta) sus paratas o bancales se distribuyen en varios niveles. En el carmen suele haber una alberca para riego y un huerto que a la vez es jardín, donde se cultivan plantas utilitarias como higueras, limoneros, granados o las viñas que le dan nombre, y otras ornamentales que amenizan la vida de sus habitantes. Un carmen no es una villa de lujo sino una pequeña finca a caballo entre lo rústico y lo urbano, rodeada de tapias encaladas de unos dos metros de altura para preservar la intimidad de la vida familiar.

Azulejo entrada
Azulejo colocado por el ayuntamiento de Granada a la entrada de la casa museo de Max Moreau

El Carmen de los Geranios está situado en el actual número doce del Camino Nuevo de San Nicolás, entre la iglesia de San Miguel Bajo y el convento de Santa Isabel la Real. Se dispone en tres niveles desde los que se divisan unas excepcionales vistas a la Alhambra y a Sierra Nevada. Tiene una pequeña alberca, dos patios con sendas fuentes, higueras, granados, limoneros, rosales y, por supuesto, geranios, muchos geranios. Sin embargo, no siempre fue así. El carmen primitivo, donde los Moreau tenían su vivienda, es el que hoy se ha transformado en sala de exposiciones. Posteriormente, los Moreau compraron otros dos cármenes colindantes, uno en el mismo nivel, donde se dispuso la vivienda del casero y actualmente se ubica la biblioteca del pintor, y otro en un nivel inferior, donde el artista organizó su estudio de pintura.

En esta delegación territorial del paraíso, Max siguió haciendo lo que había hecho toda su vida: componer, escribir y, sobre todo, pintar, pintar sin descanso. Rodeado de tipismo, serenidad y una incomparable belleza urbana y paisajística, pintó el mundo inanimado que lo rodeaba, retrató a la alta sociedad granadina y también a los personajes castizos del Albaicín y del Sacromonte. Y como siempre, cultivó la amistad. Quienes lo conocieron, lo describieron como un hombre bueno, afable, con un elevado aprecio por la amistad y la gratitud, y con un sentido del humor muy cercano a la típica socarronería granadina. Decididamente, leyendo estos testimonios, gana puntos la quimérica fantasía de la cigüeña desnortada.

Matasellos-homenaje
Matasellos en homenaje a Max Moreau del ayuntamiento de Granada

Max Moreau había llegado a Granada con la intención de plasmar en su pintura lo más castizo y arquetípico de ese afamado rincón del sur de Europa. Como antes había hecho en las ciudades norteafricanas, su plan no consistía tanto en darse a conocer en la ciudad de los cármenes, como en llevar su trabajo a Bélgica para exponerlo y venderlo allí. Sin embargo, el matrimonio Moreau encajó muy bien en Granada. La hospitalidad de los granadinos y el embrujo de la ciudad los atraparon para siempre. En palabras del propio Max: la ciudad no nos ha defraudado en los más de diez años que vivimos aquí. En ella me he hecho conocer y apreciar, creo.

Entre 1965 y 1981 organizó trece exposiciones individuales, nueve en España (la mayoría de ellas en Granada) y cuatro en Bélgica. A partir de 1982, el párkinson comenzó a mermar sus facultades de manera progresiva y ya nunca volvió a exponer. No obstante, siguió pintando mientras pudo. Según testimonio de sus más próximos, resultaba doloroso verlo temblar mientras seleccionaba pinceles y mezclaba colores; pero, para sorpresa de todos, en cuanto el pincel tocaba el lienzo, el temblor desaparecía y realizaba los trazos con la firmeza y la precisión de siempre.

Max murió en Granada el siete de septiembre de 1992. Su viuda Félicie Georgette siguió viviendo en el Carmen de los Geranios hasta su muerte el ocho de diciembre de 1994. Solo unos días después, el diecisiete de diciembre de 1994, su querido barrio del Albaicín fue declarado por la UNESCO Patrimonio de la Humanidad. Reconforta pensar que ser morada de personaje tan ilustre, tal vez aportó su granito de arena a la consecución de tamaño honor.

4 – La generosa herencia de los Moreau

Sala de exposiciones
La actual Sala de Exposiciones Max Moreau fue la vivienda del matrimonio en el primitivo Carmen de los Geranios

Los Moreau no tuvieron descendencia y legaron todos sus bienes a la ciudad de Granada: ochenta y seis millones depositados en divisas en el Banco Nacional Suizo, otros veinte en el BMCI de Marrakech y seis millones en un banco de Granada; además del Carmen de los Geranios con todos sus enseres, parte de su obra pictórica y sus colecciones de sellos, monedas y joyas. En total, el ayuntamiento recibió una herencia valorada en doscientos millones de pesetas de las de entonces, cuando una caña de cerveza costaba en la ciudad de la Alhambra unas cien pesetas (sesenta céntimos de euro). Hoy cuesta el equivalente en euros a unas trescientas sesenta pesetas.

Biblioteca
En lo que fue la casa del guardés, se ha instalado la biblioteca del pintor

En el año 1996, Max Moreau fue nombrado Hijo Adoptivo de la ciudad en la que había pasado los últimos veintisiete años de su vida y a la que tan generosamente le demostró su cariño y gratitud. A finales de ese mismo año, el ayuntamiento de Granada y el Centro Cultural de La General realizaron una exposición homenaje a su figura. Sin embargo, su nombre no aparece en el callejero granadino… ni se lo espera.

El ayuntamiento restauró el Carmen de los Geranios y lo convirtió en casa museo, inaugurándola el veintinueve de octubre de 1998. El edificio situado a la izquierda de la entrada al carmen, se ha transformado en la Sala de Exposiciones Max Moreau. Habitualmente se expone allí la obra del pintor, pero temporalmente se exponen obras de otros artistas. El estudio del pintor se ha mantenido tal y como él lo dejó, y en la biblioteca se conserva parte de su propia producción literaria.

Respetando el espíritu del legado, la visita es gratuita.

5 – La pintura de Moreau

El XX fue un siglo en el que la pintura procuró alejarse de la realidad lo más posible. Así triunfaron corrientes como el fauvismo, el expresionismo, el cubismo, el surrealismo o la pintura abstracta. Completamente al margen de estas tendencias, Max Moreau fue un pintor clásico; un virtuoso del dibujo y del color que realizó una pintura figurativa y realista. Sin embargo, o tal vez por ello, tuvo un gran éxito en todas las ciudades en las que trabajó. Tanto entre la burguesía y la alta sociedad que se podía permitir comprar sus cuadros, como entre el público menos pudiente que disfrutaba acudiendo a sus exposiciones y contemplando sus obras.

Pintó, con portentosa habilidad, bodegones, paisajes, calles, puertos, plazas, mercados… pero, por encima de todo, destacó como retratista tanto con oleo como con acuarela. Sus retratos reflejan parecidos fotográficos en los que su especial maestría consiguió plasmar, con asombrosa fidelidad, tanto los rasgos físicos de los retratados como los psicológicos. En Granada, al igual que había sucedido en Bruselas, París, Marrakech, Bahamas o Palm Beach, llegó a ser considerado algo así como el retratista oficial de las familias pudientes. Tener en casa un cuadro suyo se convirtió en obligado símbolo de prosperidad y elegancia.

Hermanas Rubio Anguita y Max
Autorretrato de Max (1953) y retratos de las hermanas Rubio Anguita pintados en los años setenta

A lo largo de su dilatada y prolífica vida, retrató a la mayoría de los personajes destacados de la época, tanto en Europa como en Estados Unidos: aristócratas, políticos, actores, escritores, empresarios e incluso un rey, posaron para él.

Pero, además de los retratos que le encargaban sus poderosos clientes, allá por donde iba gustaba retratar personajes populares a los cuales era él el que pagaba por posar: pedigüeños en Túnez, vendedores ambulantes en Marrakech, pescadores en Nazaré o gitanos en el Sacromonte. Y fue en este barrio donde Max encontró la mayor fuente de inspiración en su etapa granadina. En ese pintoresco suburbio pintó bodegones, paisajes, escenas costumbristas, y retrató personajes populares.

Mención aparte merece la relación que estableció el pintor con las hermanas Rubio Anguita, María Isabel, Ana y María del Carmen. Las tres eran guapísimas, vecinas del Sacromonte y bailaoras de flamenco. Max las eligió como prototipos de belleza gitana granadina, a pesar de que no eran gitanas. Las contrataba para posar como modelos y las convirtió en protagonistas de un buen número de cuadros que difundieron sus imágenes por media Europa. Anita es la mediana y su retrato, pintado en 1974, está expuesto en la casa museo: Retrato de mujer con nocturno granadino. Ella fue la elegida por Moreau para ilustrar la portada de su biografía. Por su parte Mari Carmen, la menor, ilustró el folleto de la exposición que realizó el pintor en Bruselas en 1974. Eso sí, para adaptar mejor la imagen de las modelos a la idea de gitana española que tenían sus compatriotas, en los retratos les oscureció la tez y les inventó algún que otro lunar.

La relación del pintor con las hermanas fue muy cordial, tanto que le regaló un retrato a cada una de ellas.

6 – Epílogo

La abundante obra de Max Moreau recibió numerosos premios y distinciones, tanto belgas como francesas y europeas. No obstante, el mayor premio fue siempre la rendida admiración que recibió del público en donde quiera que expuso.


[1] Inevitablemente me viene a la cabeza Miguel Hita, otro maravilloso pintor albaicinero que me honró con su amistad y al que me place dedicarle aquí un afectuoso recuerdo de admiración y respeto. A este genial paisajista enamorado del Albaicín, le dio la gana nacer en Maracena con el nombre de Miguel Martínez Fernández. Los del “barrio en cuesta” son así. Nos dejó en el año 2011, pero su obra y su recuerdo estarán siempre con nosotros.

Retratos 1
Retratos de Max Moreau en el Carmen de los Geranios
Retratos
Retratos de Max Moreau en el Carmen de los Geranios
Retratos
Retratos de Max Moreau en el Carmen de los Geranios
Retratos
Retratos de Max Moreau en el Carmen de los Geranios
Autor
Autorretrato en el Carmen de los Geranios

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