Mitin-IU-17-03-15

En esta campaña electoral, aburridora como todas, vuelve a resultar patente que, en España, tenemos dos tipos de políticos. Unos, los menos, tan competentes y discretos, que no parecen profesionales de la política. Resuelven las crisis de forma eficiente y sin aspavientos ni alharacas publicitarias. Otros en cambio, los que sí responden a la imagen que solemos tener del político profesional, llevan toda la campaña instalados en el mitin permanente y, en cuanto tienen delante un micrófono, una cámara o un simple teléfono móvil, se lanzan a repetir machaconamente los lemas y consignas de su partido, como movidos por un resorte. Me pregunto si, en sueños, les darán también el mitin a las figuras que deambulen por sus pesadillas.

Por cierto que el mitin, como forma sustitutiva de la Oratoria y la Retórica clásicas para conseguir clientela política, nació en Inglaterra durante el siglo XVIII; pero tal y como lo conocemos hoy, fue reinventado por el Partido Nacionalsocialista Obrero Alemán allá por los años veinte del pasado siglo. En efecto, esa ceremonia de embaucamiento colectivo que representa el más destacado ritual de la liturgia democrática, fue diseñada por los nazis para tomar el poder y acabar con la democracia, en Alemania y en el resto del planeta a poco que se hubiera descuidado. Hitler y sus compinches le daban tanta importancia a la propaganda que hasta le instituyeron un ministerio cuando se hicieron con el gobierno. Goebbels, el futuro ministro, supo rodearse de un equipo de competentes psicólogos sociales que crearon el mitin nazi como una herramienta para manipular a las masas. Y resultó de una eficacia sin igual. Con ella, un orador carismático y bien entrenado, puede enfervorizar al auditorio, hasta adueñarse de sus emociones y manejarlas a su antojo, como hacía Hitler con una maestría sin parangón.

A medio plazo, el objetivo de los nacionalsocialistas era convertir el nazismo en la religión de la raza superior. Para ello debían instaurar una liturgia propia que fuera, poco a poco, reemplazando a la liturgia cristiana, que para ellos representaba una religión de perdedores inventada por un judío. A tal fin, pusieron especial cuidado en ir sustituyendo en las costumbres de los alemanes, las festividades, las celebraciones y los rituales cristianos por los nazis, mucho más cargados de simbolismos, de autoexaltación y de eso que tanto les gusta: marcialidad. Sin duda, el más acabado producto de este proyecto fueron los impresionantes mítines oficiados por el Canciller Imperial.

Stalin quedó fascinado por esta herramienta, mucho más eficaz que la hoz y el martillo para forjar seguidores fanatizados, y la adoptó con entusiasmo.

Después y sorprendentemente, fueron las democracias occidentales las que la hicieron suya, y hasta hoy. Ahí sigue el mitin resistiendo el paso del tiempo, aunque hace ya lustros que los analistas políticos vienen pronosticando su jubilación por anticuado y obsoleto frente a los modernos medios de comunicación y las redes sociales. No obstante y a juzgar por la foto, no parece atravesar su mejor momento.

 


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