Granada, valla perimetral del Hospital Real, 25-06-2025.

La Universidad de Granada, sostenida con dinero público, ha decidido gastar parte de nuestros impuestos en colocar sobre la valla perimetral del Hospital Real una nutrida batería de carteles con el lema “Latimos con orgullo”. Los he visto esta mañana mientras paseaba con las manos en los bolsillos y la mente reinando en sus cosas.

Inevitablemente, he dado en pensar en lo sorprendente que resulta que alguien se sienta orgulloso de sus preferencias sexuales. Que yo sepa, nadie se siente orgulloso de sus preferencias gastronómicas —el orgullo de deglutir tortilla de patatas sin cebolla o pizza con anchoas o paella con caracoles o…— ni de sus preferencias deportivas —el orgullo de ser senderista o karateca o ciclista o…— ni de sus predilecciones en cualquier otra materia. Sencillamente, cada cual tiene sus gustos y punto. ¿Por qué el tener determinadas inclinaciones sexuales va a constituir un motivo de orgullo? Cierto es que, hasta tiempos relativamente recientes, esas mismas preferencias sexuales se consideraban motivo de vergüenza, pero normalizarlas consiste justamente en eso, en incluirlas en la más absoluta normalidad, no en pasar de una situación aberrante a otra igualmente aberrante aunque situada en el extremo opuesto.

Aún más asombroso resulta que, en una democracia parlamentaria, en un estado de derecho que debería salvaguardar las libertades ciudadanas, sean los poderes públicos los que nos impongan la obligación moral de sentirnos orgullosos si nuestras inclinaciones sexuales son unas, e implícitamente avergonzados o, como mínimo, ninguneados si son otras.

El caso es que nuestros administradores llevan décadas gastando cantidades de dinero ingentes —detraído de nuestros impuestos, naturalmente— para desarrollar una formidable labor de ingeniería social. Una labor que ha implicado a todas las administraciones costeadas con nuestros gravámenes, desde los ayuntamientos hasta la Unión Europea, pasando por diputaciones, gobiernos regionales, gobiernos nacionales e incluso universidades públicas. Y, ya de paso, ha creado la nueva casta sacerdotal de la nueva religión LGTB que vive tan ricamente de predicar sus nuevos dogmas… a cambio de pastar en el erario público, naturalmente. Y no deben de vivir mal, porque no paran de sumarse nuevos adeptos que aumentan las siglas e incrementan las subvenciones. Ya van por LGTBIQ+. Suma y sigue.

En el caso de la Universidad de Granada, según consta en los propios carteles, para la elaboración de la mencionada cartelería han participado, es decir, han cobrado y han hecho gasto: Grupo de Investigación HUM654; Vicerrectorado de Igualdad, Inclusión y Compromiso Social; Facultad de Bellas Artes; Departamento de Escultura; Vicerrectorado de Extensión Universitaria, Patrimonio y Relaciones Institucionales; Vicerrectorado para el Campus de Ceuta y Melilla, Planificación Estratégica y Comunicación; y… ¡Uf! Nadie más. Al menos que conste en la cartelería, porque luego están los impresores, los transportistas, los operarios, etc. Casi prefiero no saber por cuánto nos ha salido a los contribuyentes cada uno de los cartelitos de marras, pero considerando todos los que han metido cuchara en la marmita del erario, sospecho que no han debido de ser baratos.

En estas meditaciones andaba discurriendo mi caletre durante el paseo matutino, cuando, por mor de las extrañas conexiones que establece la mente cuando va reinando en sus cosas, me vino a las mientes la figura de Kakopraxis.

Kakopraxis fue un ateniense que vivió en los tiempos de la Grecia clásica. Fue un ciudadano bastante gris, crepuscular incluso, pero tuvo una afición tan intensa y pertinaz que lo hizo célebre entre sus paisanos. Consistía en sacarse mocos de los orificios nasales con la uña del dedo índice y elaborar con ellos pelotillas que iba dejando por todas partes. Quien más y quien menos, todos lo hemos hecho alguna vez, sobre todo durante la infancia. De ello da fe la letra de la conocida canción infantil: Yo tengo un moco, / lo saco poco a poco, / lo redondeo, / lo miro con deseo, / yo me lo como, / y como sabe a poco, / volvemos a empezar. Pero en Kakopraxis, la afición derivó en compulsión. Nuestro personaje elaboraba pelotillas sin parar de la mañana a la noche, con una aplicación y una constancia dignas de mejor empeño. Resulta chocante imaginar a Kakopraxis, siempre afanado en lo suyo, paseando por Atenas e intercambiando saludos con Pericles, Tucídides o Fidias. Aunque no creo que ninguno le estrechara la mano. Los atenienses, no sin cierta sorna, intitularon la fabricación de bolillas de moco con el ampuloso nombre de “placer kakopraxiano”. Y así, de esta forma tan poco galana, el anodino, trivial y algo marrano Kakopraxis encontró acomodo en la posteridad.

Por estos derroteros discurrían mis cavilaciones cuando, en un nuevo quiebro de la mente inquieta y a lo suyo, di en considerar si Kakopraxis se sentiría orgulloso de su actividad. ¿Colgaría de su balcón una bandera con el dibujo de una nariz moqueante? ¿Le pediría a Pericles que instituyera el día del orgullo kakopraxiano? ¿Pretendería cobrar de la Ekklesía (Asamblea que gobernaba Atenas) por adoctrinar a los colegiales atenienses en los principios morales de su actividad? Pues la verdad es que no tengo constancia alguna de ello, pero no me extrañaría porque, a estas alturas, para el viajero virtual que deambula por el tiempo a través de las páginas de los libros de Historia, todo lo que sucede en política es un déjà vu.

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Nota: conocí la figura de Kakopraxis y su peculiar afición, en los lejanos tiempos en los que estudiaba bachillerato. Nos habló de él un profesor al que yo atribuía una sólida formación clásica. Sin embargo, desde entonces no he vuelto a leer nada sobre el personaje. Ni una sola mención. Y las búsquedas que he realizado en internet con motivo de este artículo, tampoco han dado resultado. Kakopraxis no está en la red. Por otro lado, la etimología apunta a que no se trataría de un personaje sino de una admonición, pues kako praxis puede traducirse como mala práctica. Así, el placer kakoprasiano sería un placer obtenido por medio de una práctica reprobable. En todo caso, como dicen los italianos, se non è vero, è ben trovato.


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