Enrique VII Tudor. Pintor anónimo. Firma de Enrique VII.

La dinastía real inglesa de los Plantagenet reinó desde 1154 hasta 1399. Procedía de la noble casa de Anjou que formó parte de la expedición de normandos franceses que Guillermo el Conquistador llevó al otro lado del canal.

Cuando los Tudor se hicieron con el poder, los aniquilaron sin piedad siguiendo su política de no dejar con vida a ningún enemigo real o potencial. Desataron una orgía de sangre a la que es difícil encontrar parangón en ninguna otra dinastía de Europa.

En aquella Inglaterra de los Tudor, las ejecuciones eran tan frecuentes y se llegaron a considerar tan normales que se convirtieron en una diversión pública para la que se colocaban asientos y se vendían entradas. Sin embargo, los Plantagenet estaban demasiado altos en el escalafón de la nobleza para ser sometidos a la vergüenza de una ejecución pública; por eso los fueron sacrificando discretamente en la Torre de Londres. Pero para compensar esta concesión, los Tudor idearon un suplicio adicional consistente en que, como si fueran obligados por circunstancias ajenas a su voluntad, en vez de utilizar los servicios del verdugo oficial del Lord Mayor, un profesional competente en el manejo del hacha, ideaban excusas para tener que recurrir a matarifes poco diestros que necesitaban una desesperante sucesión de torpes hachazos hasta conseguir que la cabeza se separara del cuerpo. Naturalmente, la historiografía inglesa, siempre tan acomodaticia, atribuye esta mala suerte de los Plantagenet a la crueldad de su fatal destino, no a la de los reyes que los mandaron asesinar.

Así fue ejecutado en la Torre de Londres Jorge Plantagenet, I duque de Clarence, el dieciocho de febrero de 1478. Tenía veintiocho años y, tras su muerte, propalaron el deshonroso rumor de que había sido ahogado en un tonel de vino como adecuado colofón a una vida de bebedor. Además de eliminar al individuo, ensuciaban su memoria con calumnias denigrantes.

 Jorge Plantagenet murió proclamando que su esposa, Isabel Neville, y su hijo menor, Ricardo, muertos un año antes, habían sido envenenados. Dejó dos hijos vivos de los cuatro que tuvo: Margarita, de solo cuatro años, y Eduardo que cumpliría los tres siete días después de la muerte de su padre. Y es a este Eduardo, conde de Warwick, al que le tocó vivir la historia más desdichada de las que protagonizaron los últimos Plantagenet.

Margarita y Eduardo, huérfanos de padre y madre, fueron enviados al castillo de Sheriff Hutton, en Yorkshire del Norte. Allí, despojados de todos sus bienes y títu­los, vivieron como prisioneros sometidos a una sucesión de tutores-carceleros, unos más despóticos y otros más benevolentes, que no se ocuparon demasiado de su educación. No obstante, ambos aprendieron a leer y escribir e incluso se aficionaron al estudio y la lectura, probablemente para olvidar temporalmente la inquietante incertidumbre de su destino y entretener el tedio de su forzado encierro. Los monarcas no terminaban de decidir qué hacer con ellos, pero al varón, Eduardo, que en el futuro podría alentar una remota aspiración al trono, lo mandaban a pasar temporadas en una fría celda de la Torre de Londres a pesar de su corta edad.

En 1485 subió al trono Enrique VII. Margarita tenía doce años y Eduardo diez. La nueva reina, Isabel de York, era prima de ambos y había sido buena amiga de la madre. Quizá por eso decidió hacerse cargo de ellos y los llevó a la corte bajo su tutela, pero el remedio resultó peor que la enfermedad. Eduardo tenía los feos rasgos faciales de los Plantagenet, pero era inteligente y daba muestras de una entereza y una madurez impropias de sus pocos años. Estas cualidades y el infortunio del niño estimulaban la compasión de las damas de la corte, pero también acrecentaban el odio del rey. A los pocos meses, la presencia del pequeño Eduardo le resultó tan insoportable que lo mandó encerrar en la To­rre de Londres para el resto de su vida. La pobre Margarita, desolada, apenas conseguía disimular su desesperación y su temor a seguir los pasos de su hermanito.

La aversión del monarca inglés por Eduardo solo era equiparable a su crueldad. Enterado de que el pobre niño encontraba consuelo en la lectura, ordenó que retiraran todos los libros de su celda. Después, pareciéndole poco castigo, ordenó que fuera privado de todo contacto humano. Y así pasó Eduardo Plantagenet el resto de su mocedad, aislado en una celda entonando canciones y hablando solo para no olvidarse de cómo hacerlo. No obstante, al correr de los años terminó olvidándolo. Finalmente, el rey decidió acabar con su suplicio, lo acusó de traición y un tribunal de pares lo sometió a un juicio en el que la sentencia estaba escrita de antemano. Fue decapitado el veintiocho de noviembre de 1499 a la edad de veinticuatro años, tras haber pasado catorce de ellos en la Torre de Londres en total y absoluto aislamiento. Fue enterrado en Bis­ham Abbey, en Berkshire.

La historia de la larguísima tortura y vil asesinato del pobre Eduardo, resulta demasiado cruel, inhumana y abominable incluso para los tolerantes y acomodaticios estándares ingleses. En consecuencia, los historiadores —“patrañadores” sería más adecuado llamarlos— anglosajones hicieron lo que mejor saben hacer: modificar la historia al gusto y conveniencia de los poderosos a los que sirven. En palabras de María Elvira Roca Barea (6 RELATOS EJEMPLARES 6, 6º relato: LA ÚLTIMA REINA, Ediciones Siruela S. A. 2018, Madrid): los cronistas aduladores de la casa Tudor siguieron la cos­tumbre inglesa de reescribir y reescribir la historia para irla acomodando a los acontecimientos del presente. En efecto, los “patrañadores” ingleses se rigen por la máxima que constató Arthur Conan Doyle en ESTUDIO EN ESCARLATA (1887), la primera novela protagonizada por su personaje Sherlock Holmes: No tiene importancia alguna lo que usted haga en este mundo. La cuestión es lo que pueda usted hacer creer a los demás que ha realizado. En este caso, inventaron la patraña de que Eduardo Plantagenet era deficiente mental. Para ello se basaron en una breve mención escrita por Edward Hall (h. 1496—h. 1547), un historiador y abogado de la época que escribió la obra conocida como HALL’S CHRONICLE (1548) cuyo verdadero título es THE UNION OF THE TWO NOBLE AND ILLUSTRE FAMILIES OF LANCASTRE AND YORKE. En ella dice: Eduardo vi­vió tanto tiempo alejado de toda compañía de hombres y sin contacto alguno con animales, que no podía distinguir un ganso de un capón. Según la doctora Roca: Nada en los documentos primitivos permitía llegar a dicha conclu­sión [el retraso mental de Eduardo], sino más bien a la contraria. La idea aparece a poste­riori, cuando el elogio servil a los Tudor o la ratificación de cualquier mentira que pudiera satisfacerles, transforman las crónicas de la época en relatos de dudosa credibilidad.

En efecto, sabemos que a los diez años Eduardo era un niño inteligente, reflexivo y cultivado. Su presunta deficiencia mental, inventada para intentar justificar la decisión real de encarcelarlo y mantenerlo aislado durante catorce años, tenía una base documental tan débil que la historiografía/patrañografía inglesa decidió omitir el asunto o citarlo solo de pasada y sin entrar en detalles. Así, los textos de historia de los siglos siguientes apenas mencionan ni el caso de Eduardo en particular ni el exterminio de los Plantagenet en general. Y durante la época victoriana, la mitificación oficial del periodo Tudor como origen de la hegemonía británica fue eficazmente secundada por los historiadores anglos que, como siempre en Gran Bretaña, actuaron al dictado del poder. Resulta sorprendente el ingenio y la capacidad de tergiversación y de falsificación que desplegaron para justificar los crímenes de los Tudor contra los Plantagenet y, después, contra los católicos. La orgía de asesinatos fue de tal magnitud que el más conocido de ellos gracias al cine, la ejecución de Tomás Moro, no fue más que una gota en un océano de sangre.

Resulta fascinante, como ejemplo de la capacidad de manipulación de la historiografía/patrañografía inglesa, que el más conspicuo mito fundacional de Inglaterra, el del rey Arturo y sus caballeros de la mesa redonda, se base en las creaciones literarias de Godofredo de Monmouth y de Wace que escribieron en el siglo XII bajo la protección de los Plantagenet, y que haya perdurado tantos siglos sin que la inmensa mayoría de los británicos haya sospechado siquiera su relación con esa dinastía.

Y aún más fascinante es la forma que encontraron los historiadores/patrañadores victorianos de exculpar a Enrique VII de la muerte de Eduardo Plantagenet y de culpar… ¿A quién se les pudo ocurrir cargar con la culpa?… ¿A quién o a quienes?… ¡Pues a España y a los españoles, naturalmente! ¿A quién mejor? Total, los españoles no se defienden de las difamaciones. Por muy temibles que sean en la guerra por tierra o por mar, que lo son y mucho, en el campo de batalla diplomático y en el más importante de sus frentes, la guerra de la propaganda, son de una simplicidad infantil y de una inocencia franciscana. Así pues, pusieron manos a la obra.

Resulta que una dama inglesa llamada Jane Dormer (1538—1612), había sido camarera de la reina María Tudor —María I de Inglaterra— convirtiéndose en su amiga íntima y confidente. Gracias a su posición en la corte, conoció al embajador español en Londres don Gómez Suárez de Figueroa y Córdoba, V conde de Feria, que llegaría a ser nombrado I duque de Feria por Felipe II. Se casaron en 1558. Cuando don Gómez regresó a Toledo requerido por el rey, Jane lo siguió y ya no volvió a salir de España. A los treinta y tres años quedó viuda y no se volvió a casar. Vivió los siguientes cuarenta y un años dedicada a cuidar de su único hijo superviviente y a gestionar el patrimonio familiar. Murió en 1612 y fue enterrada en el convento de Santa Clara de Zafra, Extremadura, junto a su esposo. Católica devota, Jane Dormer hizo cuanto estuvo en su mano para ayudar moral y económicamente a los católicos ingleses que lograban escapar de la persecución anglicana. En Valladolid, fundó y financió un seminario destinado a formar sacerdotes católicos ingleses.

Pues, mire usted por donde, un tal Henry Clifford que ocupó un cargo oficial en la casa de la primera duquesa de Feria, probablemente secretario, escribió una biografía de su señora en la que retrató, además, a los miembros de su familia y a los personajes importantes con los que Jane Dormer tuvo relación a lo largo de su vida. Por ejemplo, sobre el matrimonio de don Gómez con Jane dice que: los grandes hombres de España rara vez se casan fuera de su propio rango y nación, [pero don Gómez] fue movido por el favor que tenía con la reina [María Tudor], y la gracia y belleza de su persona [Jane Dormer].

La biografía manuscrita quedó en poder de la familia Dormer y fue pasando de padres a hijos generación tras generación hasta que, en la segunda mitad del siglo XIX, el lord Dormer del momento la publicó como libro (está disponible en Google Books): Henry Clifford, THE LIFE OF JANE DORMER, DUCHESS OF FERIA, Burns and Oates limited, Londres, 1887. Según reza en la portada: Transcrito del antiguo manuscrito en poder de Lord Dormer por el finado canónigo Edgar Edmund Estcourt (1816-1884) y editado por el reverendo Joseph Stevenson (1806-1895).

En cierto pasaje de esta supuesta transcripción literal de la biografía manuscrita de Jane Dormer, el autor opina que Catalina de Aragón sospechaba que, tal vez, Enrique VII había decidido hacer ejecutar a Eduardo Plantagenet, después de mantenerlo encerrado y aislado durante catorce años, para favorecer la candidatura de su hijo, el príncipe Arturo, al matrimonio con la hija menor de los Reyes Católicos. Habría pretendido demostrar a los reyes españoles la fortaleza con la que estaba instalado en el trono y la firmeza con la que sabía defenderse de las continuas insurrecciones y conspira­ciones que habían jalonado la historia de la monarquía inglesa hasta ese momento. A partir de este levísimo indicio, la historiografía/patrañografía inglesa, especialmente en el periodo victoriano, encontró la excusa que buscaba para culpar de la muerte de Eduardo Plantagenet, conde de Warwick… ¡a los Reyes Católicos! Y así lo afirman desde hace siglos, como verdad indiscutible e indiscutida, los manuales británicos de Historia. Todavía hoy, si escribes Eduardo Plantagenet en Wikipedia puedes leer: …la ejecución de Warwick obedeció a las presiones de Fernando II de Aragón e Isabel I de Castilla, cuya hija, Catalina de Aragón, iba a casarse con el heredero de Enrique, Arturo Tudor (consulta realizada el 04-01-2023).

Eh voilà! Asunto resuelto. Así, según los historiadores ingleses, el bueno de Enrique VII se vio obligado a encarcelar y aislar a un niño de diez añitos por culpa de su deficiencia mental. Y, catorce años después, por culpa de los españoles Reyes Católicos, el buen Enrique Tudor se vio obligado a acusarlo de traición a la Corona. Y el tribunal que lo juzgó encontró que, a pesar de ser deficiente mental y de llevar catorce años encerrado y en total aislamiento, el chaval se las había ingeniado para ser culpable de alta traición. Y el bondadoso rey Enrique no tuvo más remedio que hacerlo decapitar por el aprendiz de verdugo más torpe que encontró. Y todo ello por culpa de los Reyes Católicos… ¡Con un par!

Así es como se inventan la Historia los historiadores/patrañadores británicos. Y hay que reconocer que lo hacen bien, porque todo el mundo los cree. Y además gozan de general respeto y prestigio. Y, no contentos con inventarse su propia historia, se inventan también la nuestra ante la anuencia de los historiadores españoles que, en toda esta industria de malversación histórica, brillan por su ausencia. Hispanistas los llamamos, y sus libros sobre Historia de España se venden como rosquillas… ¡En España! Y los tenemos tan idealizados que la Casa Real española ha puesto en manos de estos fulanos la educación de la futura reina de España… ¿Qué puede salir mal?


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