Papa asada con aceite, sal y pimienta

En la Granada de mi mocedad, había vendedores ambulantes que pregonaban su mercancía al grito de ¡Perdices! ¡Perdices asás! ¡Perdices calentitas! En realidad, nada tenían que ver sus perdices con las “Alectoris rufa” tan apreciadas por los cazadores, y sí con las “Solanum tuberosum” venidas de la cordillera andina. En efecto, las cacareadas “perdices”, no eran otra cosa que patatas asadas espolvoreadas con sal y pimienta o, como se dice en “Graná”, “papah asáh aliñaillah ¿aeh?” El caso es, que dígase como se diga, una de esas “perdices” con un vaso de vino tinto, te entona el cuerpo de maravilla, especialmente en invierno.

Desconozco cuándo, cómo y por qué se originó este satírico equívoco entre la perdiz y la papa asada. Como “perdices” las menciona don Antonio Gallego Morell en su libro GASTRONOMÍA GRANADINA, publicado en 1971, pero el origen es, sin duda, muy anterior. Hay quien lo achaca a una estrategia de mercadotecnia para despertar mayor interés en el producto, y quien sencillamente, lo considera una manifestación de la típica “malafollá granaína”, esa mezcla de socarronería e ingenio, aliñada con una pizca de derrotismo y un chorreón de melancolía.

En todo caso mi sorpresa ha sido mayúscula al encontrar que, en Viena, a principios del siglo XIX y puede que desde bastante antes, a las patatas las llamaban “perdices españolas”.

En el primer cuarto de la decimonona centuria, Beethoven vivía en Viena y estaba ya sordo como una tapia. Para comunicarse con sus allegados utilizaba unos cuadernos que, andando el tiempo, han resultado de suma utilidad a biógrafos e historiadores. Por uno de ellos, sabemos que su amigo Schindler, cierto día de 1824, le avisó que llevaría a comer a su casa a dos cantantes de ópera, escribiendo en su cuaderno: La Unter y la Sontag estarán hoy libres para venir a comer… Cómo aún es temprano, ponga a cocer a fuego lento las “perdices españolas” que es como en Viena llamaban humorísticamente a las patatas. Típica “malafollá” vienesa.

¿Pura casualidad? ¿Sentidos del humor o “malafollás” convergentes? ¿O habrá alguna relación de mayor calado histórico entre las perdices vienesas y las granadinas? Lo ignoro, y a fe mía que me intriga la cuestión.


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