Desde la noche de los tiempos, las agrupaciones humanas, tribales primero y supratribales después, pusieron el poder en manos de los mejores, de los más fuertes, inteligentes, luchadores, esforzados, sagaces, justos… y a ellos confiaron el gobierno del grupo en la seguridad de que así aumentaban las posibilidades de supervivencia de todos. Los griegos lo llamaron aristocracia, el gobierno de los mejores. Sin embargo, la transmisión hereditaria del poder pervirtió el sistema. Las cualidades que convierten a algunos en los mejores, el trabajo, el esfuerzo, el sacrificio, la tenacidad, el afán de alcanzar la excelencia… no se heredan por vía genética sino que se adquieren con la educación adecuada. Y no es fácil inculcar esas virtudes a personas que no necesitan cultivarlas para llegar a conseguir lo que ya tienen por nacimiento.

Los Reyes Católicos fueron los primeros monarcas que instauraron en su corte la meritocracia, seleccionando consejeros y asignando cargos en función de los méritos intelectuales, militares, académicos o profesionales, más que por la cuna y el abolengo. De ello dan fe los muchos personajes altamente cualificados en los que apoyaron su acción de gobierno, desde el Gran Capitán hasta Beatriz Galindo la Latina, pasando por el cardenal Cisneros, Francisco de los Cobos, Cristóbal Colón o el nutrido grupo de judíos cuya competencia les granjeó el favor real y cargos de responsabilidad: Abraham Seneor, almojarife —tesorero— real de castilla, Samuel Abolafia, responsable de la intendencia durante la guerra de Granada, Abraham de los Escudos, ingeniero de los monarcas, los tres secretarios particulares de la reina Isabel, López de Conchillos, Miguel Pérez de Almazán y Fernando del Pulgar, que además fue consejero y cronista oficial, y un largo etcétera. Sabiamente asesorados y eficazmente secundados, los Reyes Católicos desarrollaron una nueva forma de gobernar que, en Occidente, sentó las bases de la Edad Moderna. Tal vez, su mejor exponente fuera el patrocinio creativo, inteligente y eficaz de la iniciativa privada mediante el innovador sistema de adelantados, capitulaciones y encomiendas, con el cual se construyó el Imperio español.

La nobleza, como es lógico, no se dejó barrer de un plumazo. Se necesitaron siglos de tensiones, reajustes, reformas y revoluciones, para que la democracia parlamentaria se terminara imponiendo como forma de gobierno. Una democracia parlamentaria que nació en las Cortes de León celebradas durante la primavera de 1188, a comienzos del reinado de Alfonso IX de León. En el año 2013, la Unesco (Programa Memoria del Mundo) reconoció aquellas Cortes como el testimonio documental más antiguo del sistema parlamentario europeo.

Esa democracia o gobierno del pueblo, desde su mismo nacimiento se entendió como el medio de proporcionar a todos las mismas oportunidades de ascenso social para que los puestos de responsabilidad fuesen ocupados por los más idóneos. Un sistema diseñado para recompensar la excelencia al tiempo que toda la sociedad se beneficiaba de ella. Este propósito quedó claramente recogido en la Constitución española de 1812, la Pepa, la constitución democrática liberal que más influencia ejerció en el mundo, sirviendo de modelo para numerosas constituciones posteriores tanto en Europa como en América e incluso en la Rusia zarista. Dice la Pepa: La igualdad no consiste en que todos tengamos iguales goces y distinciones, sino en que todos podamos aspirar a ellos.

Las Cortes de León de 1188 en las que, por primera vez, participaron con voz y con voto los representantes electos de las ciudades además de la nobleza y el clero, demuestran que esta españolísima idea de la igualdad esencial de todos los hombres estaba ya arraigada en los españoles del medievo. Esta convicción, junto con un gran amor por la libertad, han sido los dos rasgos más definitorios de la españolidad a lo largo de la historia. Aunque esa devoción por la libertad fue sometida a durísima prueba durante los ocho siglos que duró la Reconquista. Conforme los reinos cristianos se iban expandiendo, los habitantes musulmanes de los territorios conquistados huían hacia el sur. Para los reyes cristianos, era fundamental consolidar la conquista poblando las tierras recién adquiridas con sus propios súbditos. El problema era que, llegando el buen tiempo, las razias musulmanas arrasaban las zonas fronterizas, robaban el ganado, destruían cosechas y viviendas, capturaban a los jóvenes para venderlos como esclavos y mataban a los viejos. Por eso los reyes cristianos ofrecían a los siervos que se instalaran en la frontera eximirlos de la servidumbre y darles en propiedad un pedazo de terreno suficiente para vivir holgadamente con sus familias. Y nunca faltaron voluntarios que prefirieron arriesgarse a morir peleando contra los infieles como hombres libres, que seguir viviendo como siervos. Fueron estos hombres libres, los pequeños propietarios campesinos y los artesanos gremiales de las ciudades, los que presionaron hasta conseguir que sus representantes estuvieran presentes en las Cortes con voz y con voto.

Y fue la reina Isabel la Católica la que otorgó a la igualdad esencial de todos los hombres carta de naturaleza en su acción de gobierno. Durante la difícil conquista castellana de las islas Canarias, la reina Isabel dictó una ley (veinte de septiembre de 1477) por la que se prohibía hacer esclavos a los guanches; por primera vez en la historia de la humanidad, los vencidos no se convertían en esclavos sino en súbditos castellanos de pleno derecho. Con esta decisión, la reina instauró los derechos humanos. En palabras de Juan Sánchez Galera (COMPLEJOS HISTÓRICOS DE LOS ESPAÑOLES, editorial Libros Libres, Barcelona 2004): De repente, de esta forma tan sencilla como olvidada, la humanidad deja atrás una época de la historia marcada por el poder omnímodo de unos pocos sobre unos muchos y entra de lleno en la carrera de los derechos civiles… supone un gigantesco primer paso en la igualdad de derechos de todos los hombres. Idéntica política siguió con los pobladores de las Indias tras el descubrimiento. Y dicha política se aplicó a rajatabla a pesar de que los primeros indios que encontraron los españoles, los taínos de las islas del Caribe, vivían todavía anclados en el Paleolítico y eran las presas de otros indios también paleolíticos, los caribes, que los cazaban y se los comían. Nada de esto disuadió a los españoles de considerarlos seres humanos hijos de Dios e iguales a ellos. Fueron los frailes franciscanos, dominicos, agustinos y jesuitas —por ese orden— los que asumieron la humanitaria tarea de educar a aquellos indios americanos para llevarlos desde el Paleolítico hasta la Edad Moderna.

La reina Isabel aplicó en sus revolucionarias decisiones de gobierno (no olvidemos que hablamos del siglo XV) los principios del humanismo cristiano español, cuyo núcleo básico puede resumirse en el siguiente silogismo: todos los hombres son hijos de Dios, luego todos los hombres son iguales, luego todos los hombres tienen los mismos derechos. Después, los sabios de la Escuela de Salamanca se ocuparon de acomodar a esos principios la jurisprudencia, la teología, la economía y la filosofía. De ahí surgió aquella ejemplar y admirable legislación, las Leyes de Indias, que reguló las relaciones jurídicas y administrativas en el Imperio español con una justicia, equidad y humanidad sin parangón en ningún otro imperio anterior ni posterior. A este respecto, el historiador Guillermo Céspedes del Castillo (1920-2006), refiriéndose al hecho de que los reyes de España sometieran sus derechos sobre los nuevos territorios conquistados y sus habitantes al juicio de teólogos y juristas —Junta de Burgos de 1512 y Controversia de Valladolid de 1550—, escribe: Representa un hecho único en la historia que un pueblo someta a dura autocrítica su propia conducta y que aplique a sus mayores éxitos políticos y militares el más severo escrutinio moral.

La profunda convicción de que todos los hombres nacen libres e iguales y de que son sus acciones las que determinan los méritos o deméritos de cada cual, siempre ha sido la pieza clave de ese sustrato de principios básicos que compartimos todos los españoles sin distinción de clases ni ideologías, sin ser siquiera conscientes de ello. Y es fácil seguirle el rastro a lo largo de nuestra historia. Alonso de Ojeda (1468-1515), conquistador pionero que dio nombre a Venezuela, descubrió el lago Maracaibo y fue gobernador, cuando desembarcó en las Antillas en 1506, desde la misma playa dirigió estas palabras a los indios: Dios Nuestro Señor, que es único y eterno, creó el cielo y la tierra, y un hombre y una mujer de los cuales, vosotros, yo y todos los hombres que han sido y serán en el mundo, descendemos. El fraile dominico Bartolomé de las Casas (1484-1566) lo expresó de un modo harto claro y categórico: Todas las gentes del mundo son humanas y solo hay una definición aplicable a todos y cada uno de los seres humanos y es que son racionales… de este modo, todas las razas son una. El jesuita granadino Francisco Suárez (1548-1617), en su obra DEFENSIO FIDEI CONTRA ANGLICANAE SECTAE ERRORES, defendió sin ambages y con una modernidad sorprendente la igualdad esencial de todos los hombres. En palabras del padre Suárez: Todos los hombres nacen libres por naturaleza, de forma que ninguno tiene poder político sobre el otro… toda sociedad humana se constituye por libre decisión de los hombres que se unen para formar una comunidad política. Su doctrina, tremendamente revolucionaria en el siglo XVI, de que los reyes no reciben su poder de Dios; Dios deposita el poder en el pueblo y es éste el que lo delega en el monarca, provocó enormes controversias en toda Europa. El rey Jacobo I de Inglaterra, en el colmo de la indignación y ante la imposibilidad de echarle el guante al autor, mandó que un verdugo quemara su libro en la escalinata de la catedral de San Pablo, en Londres. Isabel de Castilla y Fernando de Aragón, en el año 1500, resolvieron la ambigua situación legal de los indios proclamando en Real Cédula que: los indios son vasallos libres de la Corona de Castilla y nadie puede osar cautivarlos ni tenerlos por esclavos. En el Siglo de Oro, la idea de que todos los hombres nacen iguales y lo que los hace diferentes no es la cuna sino el mérito, siguió formando parte esencial de la médula moral de los españoles. Miguel de Cervantes (1547-1616) la sintetiza magistralmente por boca de don Quijote: Sábete, Sancho, que no es un hombre más que otro si no hace más que otro. Incluso en la derrota, los españoles siempre tuvieron un comportamiento humanitario y generoso con los enemigos; tras la batalla de Trafalgar, la Gaceta inglesa de Gibraltar del nueve de noviembre de 1805 se refiere a los españoles en estos términos: La terrible carnicería y el estado de los navíos apresados prueba el encarnizamiento con el que se batieron… Su coraje nos inspira el mayor respeto, y la humanidad con que han tratado a los prisioneros y náufragos ingleses es superior a todo elogio. Y es que los civiles gaditanos que, desde la orilla o con sus barcas, se dedicaron a recoger náufragos y proporcionarles agua, comida y cuidados, no hicieron distinción alguna entre marineros y los socorrieron a todos por igual; para ellos, los ingleses eran seres humanos antes que enemigos. Gaspar Melchor de Jovellanos (1744-1811), escritor, jurista y político ilustrado, en 1808 era miembro de las Cortes de Cádiz y escribió una carta a Francisco Cabarrús en la que le explicaba su negativa a ser ministro del rey José Bonaparte: Quien deja de ser amigo de mi Patria deja de serlo mío. España no lidia por los Borbones, ni por Fernando. Lidia por sus propios derechos. Derechos originales, sagrados, imprescriptibles, superiores, e independientes de toda familia o dinastía. España lidia por su religión, por su Constitución, por sus leyes, sus costumbres, sus usos; en una palabra: España lidia por su libertad que es la hipoteca de tantos y tan sagrados derechos. Ramiro de Maeztu (1875-1936) llamó “humanismo español” a esta particular y españolísima manera de entender la conquista, la colonización y las relaciones con los colonizados, en la que los valores morales del catolicismo iluminaron las leyes y las conductas. En su obra DEFENSA DE LA HISPANIDAD (editorial ilustrada, Madrid 1934), explica el concepto: Lo más característico de los españoles es una fe profunda en la igualdad esencial de los hombres en medio de las diferencias de valor de las distintas posiciones que ocupan y de las obras que hacen… A los ojos del español, todo hombre, sea cualquiera su posición social, su saber, su carácter, su nación o su raza, es siempre un hombre. No hay nación más reacia que la nuestra a admitir la superioridad de unos pueblos sobre otros o de unas clases sociales sobre otras. En los años cincuenta del siglo XX, el torero Rafael Gómez Ortega el Gallo (1882-1960), en su tertulia sevillana del bar Los Corales, lo dejó bien sentado con su personal estilo categórico y cabal: Cada uno es cada uno y nadie es más que nadie. Don Rafael, con esa hondura suya huérfana de letras pero prolífica de reflexiones, tres siglos después vino a coincidir plenamente con Cervantes al que nunca había leído. Y, en la misma línea, Julián Marías Aguilera (1914-2005), en su obra ESPAÑA INTELIGIBLE. RAZÓN HISTÓRICA DE LAS ESPAÑAS (editorial Alianza, Madrid 1985) asevera: Para España, el hombre ha sido siempre persona; su relación con el Otro (moro o judío en la Edad Media, indio americano después) ha sido personal; ha entendido que la vida es misión, y por eso la ha puesto al servicio de una empresa transpersonal; ha evitado, quizás hasta el exceso, el utilitarismo que suele llevar a una visión del hombre como cosa; ha tenido un sentido de la convivencia personal y no gregario, se ha resistido a subordinar el hombre a la maquinaria del Estado.

Pero, mire usted por donde, desde las postrimerías del siglo XX… ¡con el progresismo hemos topado, amigo lector! Después de tantos siglos amando la libertad por encima de todas las cosas y basando nuestro estilo de vida en la firme creencia de que todos los hombres nacen esencialmente iguales y es el mérito personal el que los hace diferentes; después de tantas generaciones convencidas de que solo merece la pena aspirar a la igualdad por arriba, a la igualdad que mejora nuestra sociedad y nuestras condiciones de vida, a ser más iguales en éxito, conocimiento y prosperidad; ha venido el progresismo a destruir este inestimable legado de nuestros antepasados. Ahora resulta que, en el nuevo orden progre, el catecismo de lo políticamente correcto nos enseña que lo democrático no es la igualdad de oportunidades sino el igualitarismo a ultranza, el igualitarismo que enrasa… por abajo, claro, no puede ser de otra manera. Todos hemos de igualarnos a los peores que, siendo mayoría, son los que imponen sus antivirtudes a la colectividad y se convierten en modelos a imitar… ¡Es la posmodernidad!

Según Alberto G. Ibáñez (LA LEYENDA NEGRA, HISTORIA DEL ODIO A ESPAÑA, Editorial Almuzara, Córdoba 2018) la posmodernidad se define en lo moral por el relativismo, en lo social por la multiculturalidad y en lo económico por el consumismo. El relativismo erradica las virtudes clásicas y las sustituye por las antivirtudes progres, la multiculturalidad deroga los valores culturales tradicionales que constituyen la esencia de nuestra sociedad, y el consumismo sustituye la genuina economía de mercado por la especulación financiera —la cultura del pelotazo— que destruye los valores característicos del liberalismo clásico: el trabajo duro como medio para alcanzar la recompensa, la disciplina necesaria para conseguir la gratificación diferida o la importancia del ahorro. La consecuencia más visible de este cáncer que corroe los valores de nuestra civilización es que el crecimiento galopante de la corrupción resulta tolerable e incluso disculpable para muchos, para demasiados. Pero no es la única. Ni la peor. Sustituir la ecuación democracia = gobierno de los mejores por democracia = igualitarismo a ultranza, nos enrasa a todos por abajo; nos equipara a todos con los peores. Así, nos parece deseable y superdemocrático ser gobernados por una panda de indigentes intelectuales carentes de méritos académicos, laborales o profesionales. No hay más que ver la degradación del currículum de los sucesivos gobernantes españoles desde la Transición hasta la actualidad. Si comparamos cualquier Consejo de Ministros de Adolfo Suárez con el actual… pues eso.

Igualarnos todos en la ignorancia, en la indolencia y en la pobreza es un pésimo negocio, pero es en lo que estamos educando a nuestros jóvenes desde la LOGSE y leyes educativas posteriores, cada una más corrompida, alienante y desmotivadora que la anterior. La consecuencia es que cada vez es mayor el porcentaje de jóvenes que aspiran a pasar por la vida sin tener que realizar ningún tipo de esfuerzo y que el dinero público los mantenga. Los perroflautas, los okupas, los parados vocacionales que huyen de las ofertas de trabajo como de la peste, los que estiran las bajas médicas hasta el infinito y más allá, los liberados sindicales (salvo honrosas excepciones)… toda la gama de parásitos sociales están proliferando como las setas tras la primera lluvia otoñal. Somos el segundo país de Europa en número de jóvenes de entre quince y veintinueve años que ni estudian ni trabajan (17,3% en 2021) y el primero en porcentaje de parados menores de veinticinco años (30% en 2022). No obstante, cada vez son más los empresarios que no consiguen encontrar a alguien que quiera trabajar en sus negocios.

Está claro que, con la posmodernidad, el esfuerzo y la excelencia han pasado de moda. Los que la buscan, antaño y durante siglos admirados y ensalzados, ahora son rechazados y apartados del grupo. Y es más fácil vivir cómodamente instalados en la confortable mediocridad de la masa que sentirse segregados y despreciados. Igualándose con los peores, nuestros jóvenes se sienten parte del rebaño. El que busca la excelencia, el que tiene afán de superación, el que quiere mejorar es automáticamente excluido de ese rebaño e incluso odiado si tiene éxito. Es más cómodo y confortable estar dentro del rebaño. Y la pertenencia al rebaño se pone de manifiesto por medio de marcas identificativas. Marcas que las reses se resisten a recibir porque duelen, pero no nuestros jóvenes; aunque duelan; aunque tengan que pagarlas de su bolsillo. El gran éxito de la posmodernidad, la prueba del nueve de que sus antivalores son los que gozan de mayor predicamento social, es el triunfo de su estética. Nuestros jóvenes se marcan voluntariamente con dolorosos tatuajes y ornamentos cutáneos perforantes para proclamar —visibilizar, dicho en politiqués— su pertenencia al rebaño. Y esas marcas han adquirido tal prestigio que ya las lucen incluso los que se ganan la vida trabajando honradamente y pagan sus impuestos. Es su modo de pedir disculpas por haber tenido éxito. Nadie quiere ser la oveja negra en un rebaño de ovejas blancas.

Estamos asistiendo a la autodestrucción de la civilización occidental, y el relato de este suicidio está grabado con tinta y metal en la piel de nuestros muchachos.

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AUTONOMÍAS: EL PRINCIPIO DEL FIN. EPISODIO II. Roma, año 476 después de Cristo.

AUTONOMÍAS: EL PRINCIPIO DEL FIN. EPISODIO III. Córdoba, año 1009.

AUTONOMÍAS: EL PRINCIPIO DEL FIN. EPISODIO IV. Hispanoamérica, siglo XIX.


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