El progresismo pretende que nos avergoncemos de todo lo que nos identifica como españoles

Cuando yo era feliz e indocumentado, los españoles nos sentíamos orgullosos de nuestra patria, nos sabíamos la letra de nuestro himno, estábamos satisfechos con nuestro idioma, entendíamos las canciones de moda y sobrellevábamos nuestros pesares deglutiendo cocidos, paellas o fabadas, convenientemente regados con tintorro del terreno, a veces rebajado con sifón. ¡Ah! Y como éramos ciudadanos subdesarrollados de una nación atrasada, acompañábamos nuestras comidas con mucho pan para mojar… pero pan de verdad, hogazas de tahona de las de entonces, no esa fraudulenta gomaespuma “similpán” que compramos ahora en supermercados asépticos y de estética vanguardista.

O sea, una incultura, un atraso, un oscurantismo gastronómico y una falta de conciencia social, intolerables para la izquierda que, por otro lado, entonces ni estaba ni se la esperaba.

Me había convertido ya en un buen mozo, aunque algo zangolotino y desmañado, cuando periclitó la dictadura que, según la prensa de la época, había transmutado ya en “dictablanda”. La Transición y su discreto muñidor Torcuato Fernández Miranda, obraron el milagroso paso de la ley a la ley sin degollinas ni escabechinas ni nada. Y hete aquí que, como de la chistera de un prestidigitador, surgió el progresismo y se enseñoreó de nuestras vidas y haciendas.

Los progresistas oían canciones con la letra en inglés y se identificaban luciendo indumentarias y aderezos capilares que remedaban con torpe servilismo las corrientes juveniles anglosajonas. Y como estaban políticamente concienciados y socialmente comprometidos, se aplicaban a la tarea de transformarnos a todos (todavía no éramos todos y todas) en ciudadanos modernos y de izquierdas, al tiempo que criticaban el imperialismo yanqui con una Coca-Cola en una mano y un perrito caliente en la otra.

A propósito de perritos calientes, era yo estudiante universitario en Granada cuando, cierto día, me dirigía a la Facultad de Ciencias bajando por la calle Tablas hacia el Carril del Picón. Al adelantar a dos señoras de mediana edad, pude oír por un momento su conversación. Una de ellas le iba diciendo a la otra: He probado un perrito caliente de esos que tanto les gustan a mis hijos… ¡y resulta que es una salchicha con tomate metida en un bollo! Obviamente a aquella señora, el primer contacto con la modernidad progresista en su vertiente culinaria le había resultado decepcionante.

La moda de las hamburguesas llegó después, cuando aquellos universitarios progres devinieron en padres de familia progres que dieron en celebrar los cumpleaños de sus hijos en hamburgueserías de cadenas multinacionales con la sede social en el denostado imperio yanqui. Y es que no hay nada tan progre como criticar el capitalismo americano mientras se consumen afanosamente sus mercaderías. Los santos dejaron de celebrarse, que eso es de católicos y de fachas, valga la redundancia. Los progres solo celebran los cumpleaños, igual que los herejes anglicanos que esos sí que son avanzados. ¡Si serán avanzados que hasta hablan en inglés! Además, en esas hamburgueserías te obsequian con la sorpresa final de unos camareros jovencitos, mal pagados y ridículamente uniformados, que rematan la fiesta cantándoles a los chavales el “cumpleaños feliz” o incluso el “Happy Birthday to You” que resulta ya de un vanguardista que te inclinas. Igualito igualito que en Nueva York, en Washington o en cualquiera de esos sitios deslumbrantemente modernos y asquerosamente capitalistas que salen en las películas de Hollywood que tanto gustan a los progres.

Todo actual y chupiguay. No como aquellas atávicas celebraciones domiciliarias con titos y primos alrededor de la mesa familiar presidida por la tarta de galletas María, mantequilla y chocolate, primorosamente elaborada por la abuela… ¡Puaf! ¡Qué casposo y retrógrado! ¡Qué falta de modernidad!

Así, erre que erre, ingiriendo cocacolas, deglutiendo perritos, hamburguesas, pizzas o sushis, según la etapa “gastroprogre” de la evolución social, transgrediendo la moral sexual heredada del franquismo y fumando porros, la izquierda progresista y machacona nos predicaba las bondades sin cuento de la Unión Soviética y la envidiable justicia social de la Cuba castrista. Y al tiempo que nos catequizaba, se apropiaba del dinero público y compraba los medios de comunicación para ponerlos al servicio de su ingeniería social, manipulaba la justicia para que camuflara sus rapiñas, y subvencionaba sindicatos y asociaciones varias para acaparar en exclusiva la representación de la sociedad civil y controlar al cien por cien las manifestaciones y protestas callejeras que, como todo el mundo sabe, son la voz del del pueblo… cuando las elecciones las ganan los otros, claro, porque cuando las ganan ellos el pueblo se expresa a través de las urnas y punto.

De esta forma, pasito misí pasito misá, el progresismo terminó por conseguir que nos avergonzáramos de nuestro idioma, de nuestras costumbres, de nuestras tradiciones, de nuestro himno, de nuestra bandera, de las canciones en las que comprendemos la trama argumental, de nuestra historia… de todo lo que nos identifica como españoles, en suma, y hasta de ser españoles.

Así, socialistas, comunistas y progresistas de aluvión, se convirtieron, ellos sabrán por qué, en los principales aliados de los protestantes luteranos y anglicanos, en su tarea de demoler el orgullo nacional de las naciones católicas; esas a las que los países herejes de la UE llaman PIGS. Y, muy especialmente, el orgullo nacional de la otrora poderosa España a la que temieron más que a la ira de Dios.

¿Por qué nuestros progres son los más esforzados sicarios de los infames perpetradores de la leyenda negra? ¿Por qué son los más animosos conjurados de esa inmensa trama de difamaciones, falsedades, calumnias, falacias, ultrajes y patrañas, tejida durante siglos por nuestros enemigos luteranos y anglicanos? ¿Por qué aquellos que se atribuyen el monopolio de la igualdad, el buenismo, la solidaridad y la justicia social –dime de qué presumes y te diré de qué careces– se sienten identificados con las mendacidades de unos países que, en sus colonias, practicaron el más feroz racismo, la explotación y el genocidio de manera sistemática e institucional?

Probablemente tiene que ver con el hecho de que, en el siglo XVIII y en la católica Francia, la ilustración y la masonería francesas se sumaron a los herejes propagadores de la leyenda negra con el ímpetu de los conversos. Ilustrados y masones, ambos anticatólicos furibundos, eran dos caras de la misma moneda. De esta forma, en la España del XVIII, junto con los nuevos principios de la ilustración que llegaban de Francia, se propagaron las viejas mentiras de la leyenda negra que venían en el mismo paquete. Y así fue como ganaron para su causa a los españoles de ideas avanzadas que, para reafirmar su talante ilustrado y contrario a la autoridad absoluta de la iglesia católica, no dudaron en asumir toda la letanía de mendaces prejuicios antiespañoles, aun a costa de ultrajar su propia historia y mancillar su propia identidad. Aquellos españoles ilustrados que conformaban la élite intelectual de la nación, sentaron las bases del frustrante complejo histórico que aún hoy arrastramos como un pesado lastre incapacitante que nos atenaza. De entonces nos viene a los españoles la inclinación a despreciar lo nuestro y sobrevalorar todo lo que viene del extranjero.

Los progres actuales se consideran herederos ideológicos y espirituales de aquellos masones e ilustrados. No lo son, porque entre la ilustración y el marxismo hay una distancia sideral, pero sí es cierto que los progres, culturalmente hablando, sufren un trastorno disociativo de la identidad, como el doctor Jekyll y el señor Hyde. En la oposición se muestran como eruditos ilustrados –aunque su erudición se reduzca a repetir consignas aprendidas de memoria– y en el poder sale a la luz el marxista totalitario que llevan dentro.

Sea o no acertada esta elucidación, lo cierto y verdad es que España no se merece un trato tan injusto e irracional.

España es un país poco poblado debido a su accidentada orografía. Es el segundo país más montañoso de Europa después de Suiza. A lo largo de la historia, siempre ha tenido menos población que los países vecinos. A día de hoy, con una superficie una vez y media superior a la de Alemania, tiene casi la mitad de habitantes y una densidad de población dos veces y media inferior. El motivo es que la profusión de cordilleras, convierte a buena parte de su territorio en poco productivo y, en consecuencia, no puede sustentar una población mayor. Sin embargo, nuestros antepasados, aunque eran pocos, se bastaron y sobraron para realizar hazañas únicas en la historia de la humanidad. En apenas treinta años, menos de cinco millones y medio de españoles pasaron de constituir un conjunto de reinos divididos y sin mucho peso en Europa, a dominar la mitad del continente y la mitad del mundo. Construyeron el mayor imperio que han conocido los tiempos. El primer imperio global separado por dos océanos, el Atlántico y el Pacífico. Y el único imperio en el que todos sus habitantes y en todo su territorio, gozaron de idéntico estatus legal. España es el único país que ha sido capaz de rechazar las tres invasiones más terroríficas que han asolado esta parte del planeta. Rechazó al islam. Le costó ocho siglos de esfuerzos, penalidades y muerte, pero al final venció a los musulmanes. Ninguna otra nación ocupada por el islam ha sido capaz de hacer algo ni remotamente parecido. Rechazó la invasión napoleónica que asoló Europa, gracias a un coraje y un sacrificio inimaginables de la población civil que no tuvo parangón en ningún otro territorio invadido. Una población que jamás se rindió, a pesar de ser sometida al expolio criminal del ejército francés, enemigo, y a la rapiña genocida del ejército británico, aliado, que se comportó con unos niveles de vileza, de traición, de cobardía, de ignominia, de indignidad, de deshonor y de degradación, solo concebibles en los hijos de la Gran Bretaña. Rechazó también al comunismo, impuesto en forma de revolución bolchevique organizada y promovida desde el propio gobierno republicano. Hizo falta una sangrienta y dolorosísima guerra civil en la que, contra todo pronóstico, el comunismo fue derrotado. Tampoco eso consiguió hacerlo ninguna otra nación en la que el comunismo clavara sus garras.

Con este historial, España no se merece la difamación y el descrédito al que la someten unos fulanos que se dicen progresistas, pero cuyo único interés es vivir sin trabajar a costa del dinero de los demás, vía impuestos confiscatorios, vía corrupción administrativa, vía “okupaciones” impunes o vía apropiación ilegítima pero consentida de espacios e instalaciones públicas.


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