Pacem in Terris

En la Tierra, paz a los hombres de buena voluntad

El magistral literato alemán Hermann Hesse, escribió en su novela SIDDHARTHA: Pensar es comprender las causas. Acertada reflexión expresada en una frase redonda y cabal… a la que yo, amparado por la fatua osadía que da la ignorancia, me voy a permitir enmendar la plana, añadiendo que pensar también es comprender las consecuencias.

Viene esta introducción a propósito de que, todo lo que se está diciendo y escribiendo sobre la que se dado en llamar “Crisis de los refugiados”, me está dando mucho que pensar, y necesito compartir mis pensamientos.

Pero para proceder con el debido orden y respeto por el saber, antes de lanzarse a opinar es preceptivo dar un repaso a la Historia, fuente de todo conocimiento. Vamos a ello.

Iberia, siglo XII. En Al-Andalus se plantan los almohades sin que nadie los invite, y aplastan a los almorávides, arrebatándoles el poder que éstos, previamente, habían arrebatado a los andalusíes.

AlmohadeLos almohades eran unos integristas exacerbados, unos salafistas furibundos, unos wahhabistas implacables, unos lúgubres muyahidines vestidos de negro de los pies a la cabeza, cuyo único y compulsivo objetivo era degollar infieles, para mayor gloria de Alá. Eran el más claro antecedente histórico de los actuales Hermanos Musulmanes, Boko Haram o Dáesh.

Los andalusíes en cambio, representaban los restos de la facción más abierta, culta y tolerante del islam, que había florecido durante el califato Omeya y que, merced a la asimilación de la cultura hispano-romana de la población autóctona, había alcanzado su máximo esplendor durante el califato de Córdoba.

Los almohades, yihadistas de pro, no acababan de tener claro si odiaban a los andalusíes más de lo que los despreciaban o viceversa. En verdad la cuestión era ardua, pues ambos sentimientos tendían a infinito.

Probablemente, si exceptuamos el asuntillo ese de la religión, los andalusíandalusíes tenían en cultura, usos y costumbres, bastante más en común con la población hispano-romana peninsular que con esos bereberes enlutados de usanzas bárbaras y moral inflexible. Eran cultos y sofisticados. Cultivaban vides y elaboraban vino, cuyo consumo el Corán no prohíbe, limitándose a recomendar moderación. Hasta su ejército tenía la misma estructura y empleaba las mismas armas, tácticas y estrategias que los ejércitos cristianos. Era, en todo el Islam, el único ejército que contaba con caballería pesada idéntica a la cristiana.

El rechazo de los almohades hacia todo lo andalusí fue automático y radical. Los andalusíes y su cultura, que habían “corrompido” a los almorávides, representaban todo lo que ellos querían erradicar del mundo musulmán. El califa Al-Nasir los hizo objeto de todo tipo de abusos y atropellos. Cuando Yusuf Ibn Quadis, el general andalusí más prestigioso y admirado por los suyos, pretendió ser recibido en audiencia por el califa, éste lo mandó degollar en cuanto pisó su campamento, sin recibirlo siquiera. En la batalla de las Navas de Tolosa, Al-Nasir situó a los andalusíes por delante de los mártires voluntarios que se colocaban en primera línea para frenar con sus cuerpos la carga de la caballería pesada cristiana. La intención de que fueran exterminados nada más iniciarse la batalla, era evidente.

Pues bien, a pesar de todo, los andalusíes siempre estuvieron con los almohades para combatir contra los cristianos, porque para un musulmán, la pertenencia al islam está por encima de cualquier otra consideración, circunstancia o imperativo.

Pero hora es ya de volver al siglo XXI y a la “Crisis de los refugiados”. ¿Resultarán extrapolables las directrices de aquellos acontecimientos del siglo XII a los actuales?

Desde hace ya décadas, vía pateras y saltos de vallas antes, y masivamente huyendo de la guerra en Siria ahora, miles y miles de musulmanes están siendo acogidos en los países europeos.

No seré yo quien lo critique o le ponga un solo pero. En absoluto. Nos obligan a ello la compasión, la caridad, la solidaridad, el respeto a los derechos humanos, los principios en los que se asienta nuestro sistema de valores… nuestro concepto de humanidad, en definitiva. Y porque si no lo hiciéramos, dejaríamos de ser lo que somos. Sin embargo, ninguna de estas razones puede ni debe anular nuestra capacidad de raciocinio. Sería de necios no preguntarse el por qué –pensar es comprender las causas—y el para qué –pensar es comprender las consecuencias–.

¿Por qué los emigrantes y refugiados mahometanos vienen a países de infieles en vez de ir a otros países musulmanes que podrían acogerlos, y algunos de los cuales, además, nadan en la abundancia? Resulta chocante, porque para el creyente mahometano el mundo se divide en dos partes: la casa del islam, donde habitan los islamitas, y la casa de la guerra formada por los territorios no musulmanes; que a su vez se clasifica en tres categorías: los países donde los gobiernos profesan y promueven el islam; los países donde el islam es respetado pero los líderes no son musulmanes, y aquellos en los que ni pobladores ni gobernantes son musulmanes. A esta última categoría, que es la peor considerada por los seguidores de Mahoma, pertenecemos los países europeos. ¿Por qué entonces ese empeño en venir a un territorio tan hostil desde el punto de vista de su religión?

Tal vez sea porque sus correligionarios de los países de la casa del islam no los admitan. Tal vez tenga algo que ver el hecho de que su religión los obliga a conquistar y someter a la segunda casa, hasta que todo el planeta sea casa del islam y todos sus habitantes reconozcan la verdad de Mahoma, o paguen tributo. Tal vez esté relacionado con que su religión les enseña que los habitantes y los bienes de la cristiandad, que habitan en la fracción de la casa de la guerra más desvinculada del islam, les pertenecen por derecho. Allí donde tengan fuerza atropellarán a los cristianos, que es lo que están haciendo actualmente los yihadistas, en todos los territorios donde los cristianos constituyen una minoría desvalida. Allí donde sean más débiles, disimularán sus intenciones llegando incluso a fingir su conversión, mientras esperan el momento propicio para sojuzgarlos y expoliarlos.

La verdad es que no podría afirmar con seguridad si las causas son las aventuradas hasta aquí, otras diferentes, o una suma de ambas. Lo que sí nos demuestran de forma incuestionable, tanto la Historia como los actuales acontecimientos, es que cuando en el futuro, los hijos, nietos o bisnietos de los actuales yihadistas –sus herederos ideológicos– se sientan lo suficientemente fuertes, asaltarán Europa y se emplearán a fondo en violar, esclavizar y degollar infieles. Y que los hijos, nietos o bisnietos de los musulmanes a los que ahora estamos dando refugio, acogida y amparo, militarán en las filas de los que degüellen a nuestros descendientes.

¡Qué no nos quepa la menor duda!


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