131 Castril

Con motivo del asesino de la ballesta… ¡Uy, perdón! Presunto asesino… o presunto lo que sea, ha vuelto a ocurrir lo mismo que sucede cada vez que un adolescente protagoniza un suceso que evidencia claramente que está como una regadera: surgen voces que culpan de todo a los videojuegos.

No sé hasta qué punto tendrán razón o la dejarán de tener, equipos de psicólogos tiene el sistema para elucidar tan enigmático misterio. Pero el asunto siempre me trae a la cabeza que, cuando el adolescente era yo, cada vez que mi padre me veía con un tebeo en las manos, me decía que en lugar de perder el tiempo, estudiara, que era lo que me iba a dar de comer.

Sin embargo, los cuentos, los tebeos, la literatura infantil, juvenil, y las novelas policíacas, por ese orden, me fueron dotando, no de los conocimientos pero sí de las habilidades mentales y de las herramientas intelectuales que, en la edad adulta me permiten ganarme la vida y ocupar mi ocio con actividades gratificantes que espero seguir disfrutando cuando alcance la edad provecta y tenga prohibido todo lo demás.

Acordándome de mi mocedad, yo nunca vi los videojuegos de mis hijos como una pérdida de tiempo o un peligro para su integridad moral. Más bien como un entrenamiento en destrezas y habilidades que, previsiblemente, les iban a ser de utilidad en su desempeño profesional posterior, fuera éste cual fuese.

Obviamente, tanto si hablamos de videojuegos como de libros, cine, tebeos o páginas de internet, no todo es adecuado para cualquier edad, y es tarea paterna el discreto ejercicio de la supervisión. Realmente, si algo tiene de malo todo lo antedicho e incluso al jamón de pata negra, es el exceso.

Sería bueno, creo yo, que los niños recuperaran la costumbre de jugar en la calle y fuera de la vigilancia de sus mayores, al menos en apariencia. Ahí es donde se socializan, se empatizan, se jerarquizan, se independizan y, sobre todo, se vacunan contra lo que en “granaíno” se llama tener “vulanicos” en la cabeza.

Las redes sociales, los videojuegos, internet, ofrecen tantísimo de bueno que sería una insensatez supina pensar siquiera en renunciar a ello, y además sería imposible. Pero toda moneda tiene su cara y su cruz. Toda actividad entraña algún peligro. Es ley de vida. En este caso el reverso tenebroso, es que el mundo virtual llegue a ocupar por completo el ocio del adolescente e incluso su tiempo de estudio, de deporte y de relación con los suyos. Que sustituya al mundo de verdad y al contacto real y corpóreo con otros chicos de su edad. Eso, en mi poco versada opinión, es lo que puede subyacer a comportamientos perturbados o malsanos, aunque, por otro lado, chalados ha habido toda la vida de Dios, y a pesar de los avances en el conocimiento de la mente humana que nos vienen asombrando desde Freud hasta hoy, los sigue y los seguirá habiendo.


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