La catedral de Sevilla con su inconfundible giralda coronada por el giraldillo.

Siete de julio de 1520. En los llanos de Otumba, cuatrocientos españoles y tres mil aliados tlaxcaltecas pelean por su vida en condiciones desesperadas, contra los ochenta mil aztecas que los rodean. En las filas de la infantería española, una sevillana, María de Estrada, armada con una lanza, combate con tal bravura que provoca la admiración de todos. El cronista escribirá que luchó como si fuese uno de los hombres más valerosos del mundo. Ya había destacado por su coraje en la retirada de Tenochtitlan, durante la dramática Noche Triste, del treinta de junio al uno de julio, en la que había perecido la mayor parte del ejército de Cortés.

María estaba casada con un soldado, Pedro Sánchez Farfán, que había salvado la vida a Hernán Cortés en cierto lance de guerra; y había conseguido obtener permiso para unirse a la expedición junto a su marido, dirigiéndose al capitán en estos términos: No es bien señor capitán, que mujeres españolas dexen a sus maridos yendo a la guerra; donde ellos murieren moriremos nosotras, y es razón que los indios entienden que somos tan valientes los españoles que hasta sus mujeres saben pelear. Además de valiente, elocuente.

Diecisiete de octubre de 2016. Kilian Muñoz, sevillana de Dos Hermanas, viaja en el metro de Londres junto a su marido Jubair, natural de Bangladés. Junto a ellos va una de esas bestias pardas racistas, ostensiblemente agresivo, con la cabeza rapada y casi dos metros de alto por uno de ancho; es decir, uno de esos tipos que asustan al miedo. Antes de salir, le da un puñetazo en la cara a Jubair y Kilian no se lo piensa ni un segundo; como movida por un resorte y gritando en español hijoputa, cabrón, nazi, racista, se lanza tras el agresor que huye a la carrera hasta que lo detiene la policía.

¡Qué mujeres tan valientes cría Sevilla, voto a tal!


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