Portada y contraportada

Este es el título del nuevo libro que acabo de publicar en https://amzn.eu/d/bWe7Ie6 cuyo contenido resume así la contraportada:

¿Es la ciencia incompatible con las religiones? ¿Puede un verdadero científico ser creyente? Y, un verdadero creyente, ¿puede ser científico? ¿Son compatibles el dogma, la fe y el razonamiento deductivo?..

A lo largo de la docena de capítulos que componen este ensayo, el autor va desentrañando los argumentos históricos que explican cómo se establecieron puentes de compatibilidad entre la religión cristiana y la filosofía grecorromana; por qué la Revolución Científica de los siglos XVI y XVII se produjo en el seno de sociedades cristianas y, en buena medida, fue protagonizada por clérigos; cuales fueron las causas de que, en el siglo XVIII, la Ilustración provocara el enfrentamiento frontal de la ciencia contra la religión; qué opinaron acerca de la existencia de un dios creador algunos de los más destacados científicos de los siglos XIX y XX; por qué en el último tercio del siglo XX y primer cuarto del XXI, cada vez son más los grandes científicos convencidos de que sin un diseño divino sería de todo punto imposible que existiera el universo tal y como lo conocemos; y, finalmente, una aproximación a la existencia o inexistencia de un alma inmortal.

Reproduzco a continuación el primer capítulo.

¿Qué entendemos por Dios?

Cuentan las crónicas que, en 1954, el escritor y periodista José Pla (1897–1981) visitó la ciudad de Nueva York. El señor Pla viajó por medio mundo a lo largo de su longeva vida, pero nada de lo que vio o conoció lo disuadió de ejercer siempre de paisano ampurdanés, boina incluida. En Nueva York, sus anfitriones lo llevaron a la terraza de uno de los rascacielos más altos de la ciudad para que contemplara el espectáculo que ofrecía la iluminación nocturna de la Gran Manzana. Todavía hoy el panorama sigue siendo impresionante a pesar de que, por obra y gracia de helicópteros y drones, el cine nos lo ha mostrado ya hasta el hartazgo. En aquel entonces todavía resultaba sorprendentemente inesperado además de imponente. A don José, tras contemplar absorto aquel bello derroche de luz artificial, le afloró el Sancho Panza ampurdanés que llevaba dentro y, en cuanto salió de su arrobo, preguntó a sus acompañantes: Y todo esto… ¿quién lo paga?

De manera análoga, muy pocos son, han sido o serán los especímenes de Homo sapiens que, contemplando el cielo estrellado en una noche despejada o estando en plena naturaleza en un paraje ameno, rodeados de bello arbolado, con un arroyo rumoroso corriendo a sus pies y con el piar de los pajaritos poniendo música de fondo a la escena, no se sientan embargados por una grata sensación de paz e inmersos en un placentero remanso de sosiego y bienestar. Y, en tales o similares situaciones, alguna vez a todos nos ha preguntado sotto voce el Sancho Panza que llevamos dentro: Y todo esto… ¿quién lo ha hecho?

La respuesta que nos hemos dado los humanos desde los tiempos de los primeros Homo pensantes, siempre ha sido la misma: Dios. Ya lo dijo san Agustín[1]: Permite que tu mente se pasee por la creación entera; el mundo creado te gritará por doquier: «Dios me creó». Y, si por ventura la contemplación de la naturaleza no fuere suficiente, está el éxtasis que nos produce la contemplación del ser amado:

CALISTO.- En esto veo, Melibea, la grandeza de Dios.

MELIBEA.- ¿En qué, Calisto?

CALISTO.- En dar poder a natura que de tan perfecta hermosura te dotase […][2]

Dios, sí, pero ¿qué Dios? Porque cada cultura, cada religión, cada secta e, incluso, cada individuo, tiene su propia idea de Dios. Y algunos, como don Antonio Machado, más de una:

El Dios que todos llevamos,

el Dios que todos hacemos,

el Dios que todos buscamos

y que nunca encontraremos.

Tres dioses o tres personas

del solo Dios verdadero.

A esta disparidad de criterios debía de aludir Albert Einstein cuando, en una entrevista, el periodista le preguntó si creía en Dios y Einstein inició su respuesta advirtiendo que primero deberían ponerse de acuerdo sobre qué entendían por Dios.

Para salvar este escollo, mi propuesta es orillar los detalles que son los que diferencian las diversas religiones, confesiones, corrientes, ramas, sectas y herejías. Y, a tal fin, nada mejor que acogernos a la pulcra y austera sencillez del argumento ontológico de San Anselmo de Canterbury (1033–1109). Propongo pues que, como él, entendamos que Dios es el ser más perfecto que el cual nada puede pensarse[3]. Así, con el escueto y perspicaz concepto de San Anselmo como referente, vamos a examinar cómo algunos insignes prohombres han conciliado (o no) la idea de dios con la más eficaz y porfiada fuente de avances y conocimientos que ha desarrollado la humanidad: la ciencia. A tal fin, en los personajes seleccionados, además de su eminente categoría intelectual y profesional, también se da la circunstancia de que sus creencias y opiniones en materia religiosa trascendieron del ámbito privado al del público conocimiento.

Pero, antes de continuar, no está de más recordar, e incluso enfatizar, que la ciencia no es una religión ni una moral ni una filosofía ni una fe… y que tampoco constituye el sustitutivo adecuado para ninguna de ellas por mucho que los ilustrados franceses se empeñaran en lo contrario. La ciencia no es más que el resultado de aplicar una simple metodología: el método científico; un mero protocolo o secuencia de actuaciones que se pone en práctica para desarrollar cualquier investigación y para sistematizar los conocimientos obtenidos. Pero, mejor, veamos qué dice el DRAE con su claridad y precisión habituales:

Conjunto de conocimientos obtenidos mediante la observación y el razonamiento, sistemáticamente estructurados y de los que se deducen principios y leyes generales con capacidad predictiva y comprobables experimentalmente.

Lo dicho, una metodología monda y lironda. Nada más. Aunque, a la vista de la inusitada eficiencia de sus resultados, deberíamos añadir: y nada menos.

Cuestión distinta es que el científico no viva aislado en una burbuja y que su trabajo esté sometido a una variada gama de influencias y condicionado por todo tipo de presiones: familiares, económicas, políticas, sociales, religiosas, legales, mediáticas, de prestigio personal, de promoción profesional… Pero, ¡nada de esto es ya ciencia!


[1] San Agustín, COMENTARIOS A LOS SALMOS, Obra completa vol. 22, BAC, Madrid, 1969.

[2] Fernando de Rojas, LA CELESTINA, finales del siglo XVI. Disponible en Biblioteca Virtual Cervantes.

[3] Et quidem credimus te esse aliquid quo nihil maius cogitari possit.


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