Gasol3

En marzo del año 2012, publiqué en la “Revista de La Carolina” mi opinión sobre los franceses con motivo de que sus televisiones acusaban a Rafael Nadal de ganar gracias a la ingestión de sustancias prohibidas. Ahora su prensa acusa de lo mismo a Pau Gasol y con las mismas pruebas: ninguna en absoluto. Esta circunstancia sanciona la pertinencia de recuperar lo que entonces escribí, que sigue teniendo pleno vigor porque, al igual que la burra vuelve al trigo, los franchutes vuelven a la envidia, el rencor y el mal perder… ¡Y mira tú que es para que estuvieran ya acostumbrados! Por cierto que, a propósito del temita, me surge una duda terrible ¿por qué no habrán acusado de dopaje a nuestros cocineros de élite?

Hoy, durante el campestre paseo dominical, no he podido sustraer la imaginación a la noticia con la que los medios de comunicación de toda índole, nos están bombardeando desde hace días: la denigrante explicación que la prensa francesa da a los triunfos de nuestros deportistas y las ridículas parodias de sus guiñoles.

Los franceses sostienen la creencia de que son superiores a nosotros y en consecuencia, o nos desprecian o, en el mejor de los casos, nos tratan con condescendencia. ¿Que en qué se basa esta creencia? Pues ni más ni menos que en la fe; en el dogma central que sustenta la religión que en Francia cuenta con más adeptos: el Chovinismo. Y ya se sabe que la fe, cuando es verdadera, no requiere de argumentos ni demostraciones, faltaría más. Ellos son superiores a nosotros porque lo son. ¡Y punto!

Pero hete aquí que van nuestros deportistas y, con una osadía rayana en la insolencia, demuestran por la vía de los hechos, una y otra vez, y otra, y otra más, y… que son, no mejores, sino infinitamente mejores que los suyos en todos los terrenos. ¡Oh la lá! Comment est-ce possible? Puesto que ya ha quedado establecido de modo irrefutable que un francés es superior a un español, no cabe más explicación lógica que la magia. Sin duda, los deportistas españoles toman alguna suerte de pócima diabólica que los dota de un vigor sobrehumano.

Esto, así dicho, suena demasiado chusco hasta para un fervoroso seguidor de la doctrina de Monsieur Chauvin, así es que acuden a la actual lengua franca, para darle un cierto barniz de cientifismo y seriedad: a la magia la llaman doping y a la pócima dopaje... Eh Voilà!

Así “razonan” nuestros “cultos” vecinos del norte. Y esto ocurre porque los franceses no saben lo que vale un español. Por cierto, nosotros los españoles, tampoco. Solo así se entiende que le demos tanta importancia a las opiniones de unos fulanos que, al fin y al cabo, no son más que franceses. Ya va siendo hora de que alguien se lo explique a los unos y a los otros.

Que un español vale por dos o tres docenas de franceses es cosa que no admite discusión. No se trata de una afirmación patriotera o megalómana provocada por el desmesurado y ridículo ataque francés hacia nuestros deportistas y sus hazañas; muy al contrario, es un hecho perfectamente constatable a poco que se conozca la historia de España. Esa misma historia que, con obstinada terquedad, los españoles nos empeñamos en desconocer, al tiempo que cultivamos con esmero un infundado e insensato complejo de inferioridad con respecto a nuestros vecinos transpirenáicos.

Resulta asombroso que una trayectoria forjada por tantos episodios épicos, heroicos y grandiosos, no despierte un interés apasionado en los descendientes de sus protagonistas. Después de todo, somos lo que somos gracias a ellos. Sin embargo, así son las cosas. Desconocemos nuestra propia historia y lo poco que sabemos de ella, nos llega a través de la visión deformada y torticera del cine y la literatura de los sucios autores y propagandistas de la leyenda negra. Así, se da la curiosa paradoja de que los hijos de una de las naciones más transcendentales en la construcción y defensa de la civilización occidental, si no la que más, nos sentimos avergonzados de nuestra historia que, por otro lado, desconocemos. Curioso ¿no? Y para terminar de sumirnos en el más absoluto caos intelectual, las comunidades autónomas autodenominadas “históricas”, en un emético alarde de demagogia, hipocresía y tergiversación, se han empeñado en inventarse sus propias historietas locales, en las que, cualquier parecido con la realidad, es pura coincidencia. Y las otras comunidades, las que no están en la historia (deben de estar en el limbo), las imitan. Nunca falta un roto para un descosido.

Pero no es este el camino que hoy le toca recorrer a las reflexiones del paseante, sino el de demostrar su aseveración inicial. Los ejemplos son innumerables. Veamos algunos.

Para abrir boca, un dato comparativo: el imperio romano tardó solo ocho años en someter a toda la Galia. ¡A toda! No quedó rincón galo en el que los antepasados de los actuales franceses opusieran resistencia al conquistador. El sometimiento fue absoluto. Lo de Astérix y su poblado de irreductibles galos, no es más que ficción. Pura fantasía. Un desesperado recurso de los franceses actuales para redimir su frustración cuando comparan lo que ocurrió en la Galia con lo que ocurrió en Hispania. Por cierto, que en estas historietas de ficción, también juega un papel fundamental la poción mágica que fabrica el druida de la tribu. La obsesiva fijación de estos menganos con las pócimas, pociones y brebajes cada vez que ponen a funcionar su imaginación, es como para hacérselo mirar. ¿No podrían fantasear con el sexo como hacemos los demás?

Ese mismo imperio romano, tardó la friolera de cien años en dominar casi toda Hispania. ¡Casi! Aquí sí que quedó una zona, la cornisa cantábrica, poblada por hispanos irreductibles de verdad, no de ficción, a los que el imperio romano jamás pudo conquistar. Y nada de usar pociones, les bastó con sus cojones. Y perdón por la expresión, pero no he podido resistirme a la rima. Sin embargo, los ingratos españoles actuales, conocemos las historietas de Astérix y Obélix pero ignoramos la historia de nuestros cántabros y astures.

Siglos después, en 1212, la mayoría de los franceses que vinieron a la cruzada contra los sarracenos que culminó en la batalla de las Navas de Tolosa, a mitad de camino se arrepintieron y se volvieron a su casa, dejando plantados a sus teóricos aliados y correligionarios. Arguyeron que hacía mucho calor. Pero no contentos con esta conducta traicionera y mendaz, pensaron que, ya que Toledo les cogía de camino y que, por razones obvias, estaba desguarnecida, podían aprovechar para asaltarla, saquearla y, de paso, violar a las toledanas. Una forma muy francesa de hacer la guerra desde siempre. Sin embargo, la firme oposición de la población civil que, maliciando el peligro, cumplía escrupulosamente las normas dictadas por Alfonso VIII para defender la ciudad, frustró el ruin propósito de los gabachos que volvieron a su tierra con su felonía en las alforjas y un palmo de narices en la faltriquera.

Otro ejemplo con franceses: en 1524, en Pavía, un ejército español formado por seis mil infantes y trescientos jinetes resistió durante meses a un ejército francés formado por treinta y dos mil hombres y cincuenta y tres cañones, mandado por su propio rey Francisco I, hasta que llegaron los refuerzos. El veinticuatro de febrero de 1525, unos tercios aguerridos y disciplinados, formando cuadros erizados de picas y arcabuces y aguantando la posición hasta el final, obraron el milagro de hacer morder el polvo a la caballería francesa, considerada desde antiguo la mejor de Europa. Y para consolidar esta auténtica revolución renacentista en el arte de la guerra, en la que el proletariado militar, la humilde infantería, sobrepujó en importancia y eficacia a la mismísima aristocracia con sus impresionantes caballos y sus refulgentes armaduras, el propio rey francés fue hecho prisionero por un soldado español de infantería, el guipuzcoano Juan de Urbieta.

Otro más: en la Guerra de la Independencia, los soldados del Ejército Imperial de Napoleón, lo más de lo más en materia de lo que ellos llaman grandeur sumiendo los mofletes y poniendo boquita de piñón, demostraron ser muy eficaces asesinando población civil indefensa, pero la primera vez que tuvieron delante algo parecido a un ejército organizado, en Bailén, se llevaron la del pulpo. He escrito parecido, y debería haber dicho remotamente parecido, puesto que la mayor parte de las tropas del general Castaños eran voluntarios sin entrenamiento militar. No importó. Para machacar a los franchutes les bastó con sus redaños y con los cántaros de agua fresquita que las mujeres bailenenses con María Bellido, “la de las anchas caderas”, a la cabeza, les repartían jugándose la vida, en aquel caluroso día de julio.

Y qué decir del asqueroso comportamiento francés con los republicanos españoles que, como refugiados políticos, les pidieron asilo. Primero los trataron de forma ignominiosa, impropia de un país que se dice civilizado. Después los metieron en transportes y los entregaron a los nazis. Repugnante. Los españoles que no acabaron en los campos de concentración hitlerianos, constituyeron la única resistencia “francesa” al ejército alemán de ocupación. Y llevaron a cabo tales heroicidades que los franceses, envidiosos y rencorosos, trataron de ocultarlas por todos los medios. Claro que también cabe la posibilidad de que no supieran reconocer las heroicidades de los nuestros, por falta de referencias históricas con las que compararlas… ¡los pobres!

También podríamos hablar de cómo el 17 de febrero de 1859 en la Conchinchina (actual Vietnam), el teniente coronel Carlos Palanca Gutiérrez, al frente de dos compañías, asaltó a la bayoneta las murallas de Saigón y rompió las defensas para que los aliados franceses, siempre detrás, conquistaran la ciudad primero, y se quedaran con Indochina después, borrando hasta el recuerdo de la hazaña española. De cómo en la Guerra del Rif, contemplaron impertérritos como los rifeños masacraban a más de mil de los mil quinientos soldados españoles que trataban de ponerse a salvo en su territorio. ¡Y se supone que, como en las Navas de Tolosa, eran nuestros aliados! Por cierto, que en esa guerra España llevó a cabo en Alhucemas, el primer desembarco aeronaval de la historia, que sirvió de modelo al posterior desembarco de Normandía. Otra ocasión en la que los franceses ni estuvieron ni se les esperaba. ¿Haría ese día demasiado calor o demasiada humedad? Eso sí, cuando las balas dejaron de sonar, bien que supieron encaramarse al carro de los vencedores como miembros de pleno derecho, los muy carotas.

Y qué decir de la cobardía con la que, reunidos en cuadrilla y protegidos por la gendarmería, asaltan y destruyen camiones españoles cargados de frutas y verduras.

Pero creo que llegados a este punto, puedo dar por probada la tesis inicial y, como si de una demostración matemática se tratara, terminar el artículo con las siglas c.q.d.


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