
NOTA. – Preparando una nueva edición corregida y aumentada —muy aumentada— de la antología de poesía gastronómica LA COCINA EN VERSO, me topé con esta historia que me era totalmente desconocida a pesar de haber vivido en Málaga capital desde los seis hasta los veintitrés años. Es la historia de unos personajes que, en una situación tan extrema como una guerra civil, derrocharon valor y bondad para ayudar a los demás. Cuando estalló la guerra, la inmensa mayoría de los que tenían pasaporte extranjero se pusieron a salvo yéndose de España. No así el cónsul honorario de México en Málaga, principal, aunque no único, protagonista de nuestra historia. Al comenzar la guerra mandó a su familia a Marruecos, pero él decidió quedarse y salvar a civiles perseguidos por su ideología o creencias, primero por los republicanos y después por los nacionales. En un derroche de coraje y de humanidad dignos del mayor respeto y de la más rendida admiración, logró poner a salvo a casi seiscientas personas. Considerando que el número de civiles asesinados en Málaga capital por las represalias de uno y otro bando se calcula en algo más de tres mil, significa que un solo hombre desarmado consiguió salvar a veinte de cada cien perseguidos por jaurías de asesinos armados y exentos de límites morales ni legales. Parece milagroso, pero así fue. Esta es su historia.
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En el malagueño barrio de El Limonar, en la calle República Argentina, número diecinueve, estuvo ubicada la histórica Villa Maya, la residencia del cónsul de México en Málaga durante la Guerra Civil. La casa, una construcción sencilla comparada con las mansiones que la rodeaban, fue demolido en 2019 por su propietario para construir en el solar una casa más moderna y acorde con sus gustos y necesidades. Actualmente, solo una placa en la fachada recuerda lo que allí sucedió entre 1936 y 1937.
Afortunadamente, aquellos históricos acontecimientos fueron puntualmente anotados por don Enrique García-Herrera y García de la Reguera (Málaga, 1908 – 2002), que fue abogado y el primer director de la Caja de Ahorros Provincial de Málaga, cargo que mantuvo durante veintiséis años. Como tal, también fue el creador del Museo de Artes y Costumbres Populares situado junto a la céntrica plaza malagueña que lleva su nombre. Durante la Guerra Civil, don Enrique estuvo refugiado en el Consulado de México para ponerse a salvo de los milicianos republicanos, y allí escribió un diario. Cuando entraron en Málaga los nacionales e investigaron al cónsul benefactor, cientos de personas se presentaron para testificar a su favor; especial peso tuvo el documentado testimonio de don Enrique, que era hermano de su cuñada y que le profesó una sincera amistad durante toda su vida.
Su diario fue publicado por don Antonio Nadal Sánchez (Granada, 1949), catedrático de Historia Contemporánea en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Málaga, en su libro MI DIARIO EN VILLA MAYA. LOS REFUGIADOS NACIONALISTAS EN EL CONSULADO MEJICANO DE MÁLAGA (JULIO 1936-FEBRERO 1937), editado por la Junta de Andalucía en 1989. En él relata la protección y asilo que, durante la Guerra Civil, brindó el cónsul de México en Málaga a cerca de seiscientas personas, la mayoría perseguidas por el bando republicano. Los asiló principalmente en su residencia y consulado, una casa conocida como Villa Maya, desde el inicio de la guerra hasta febrero de 1937 cuando entraron en la ciudad las tropas nacionales; y entonces auxilió a los perseguidos republicanos. Nadal destaca que la encomiable labor humanitaria del cónsul honorario salvó cientos de vidas en ambos bandos.
El cónsul Porfirio Smerdou Fleissner (1905 – 2002) nació en Trieste cuando la ciudad aún estaba bajo domino austríaco. Su padre, el diplomático José Smerdou, siguiendo instrucciones de su presidente Porfirio Díaz logró reanudar las relaciones diplomáticas entre México y el Imperio Austro-Húngaro que llevaban treinta y cinco años suspendidas, ganándose así el favor del presidente que no dudó en apadrinar a su recién nacido hijo Porfirio. En 1910, al estallar la revolución mexicana, la familia abandonó Austria y, después de vivir en Bruselas y otro rimero de ciudades europeas, llegó a Sevilla y, finalmente, en 1914, recaló en Málaga. En 1931, el cónsul José Smerdou, que tenía ya sesenta y ocho años, dejó voluntariamente el cargo. Su hijo Porfirio se convirtió entonces en cónsul honorario de México en Andalucía Oriental, con sede en Málaga y con jurisdicción en Granada, Melilla, Ceuta y el Protectorado español de Marruecos. Durante los cinco años siguientes, hasta el estallido de la guerra, el nuevo cónsul desarrolló una intensa labor para fomentar las relaciones con México en el ámbito de influencia de su consulado. Mediante programas de radio, artículos de prensa, celebración de actos culturales y comerciales, participación en eventos sociales y festivos, etcétera, promocionó incansablemente la imagen de México. Smerdou era cuñado de Manuel Altolaguirre Bolín, famoso poeta de la Generación del veintisiete manifiesta y activamente partidario de la República, la misma República que, el veinte de julio, encarceló a su padre por ser católico y de derechas, y un mes más tarde lo fusiló. También realzó su reputación republicana ser el primero en reconocer al nuevo gobierno tras la proclamación de la República, así como ser nombrado coronel honorario del batallón México de las Brigadas Socialistas Antifascistas, y miembro del Socorro Rojo Internacional. Pero antes que republicano o monárquico, que socialista o liberal, Smerdou era una persona buena y valiente, y todo su prestigio personal y la amplia red de relaciones adquiridas los emplearía durante la guerra para ayudar a los perseguidos de ambos bandos sin distinción de partidos, creencias ni ideologías. Aun a costa de jugarse la propia vida.
Con motivo de su fallecimiento ocurrido en El Escorial el once de mayo de 2002, José Manuel Diego Carcedo (1940 – 2026), periodista y exdirector de RTVE, publicó el libro EL SCHINDLER DE LA GUERRA CIVIL (Ediciones B, S.A., Barcelona, 2003), una biografía novelada de Porfirio Smerdou.
También, para rendir homenaje a su figura con motivo de su fallecimiento, Antonio Manuel Moral Roncal (Madrid, 1965), catedrático de Historia Contemporánea en la Universidad de Alcalá y académico correspondiente de la Real Academia de la Historia, en el año 2002 publicó sendos trabajos de investigación sobre la encomiable labor humanitaria del cónsul mexicano auxiliando a los perseguidos malagueños de ambos bandos: EL ASILO CONSULAR EN MÁLAGA (1936-1937): HUMANITARISMO Y DIPLOMACIA, en Cuadernos republicanos, 2002, n.º 50; y EL ASILO CONSULAR EN MÁLAGA (1936-1937), LA GESTIÓN DIPLOMÁTICA DE PORFIRIO SMERDOU, en Revista Jábega, 2002, n.º 91. En ellos nos cuenta que, al estallar la Guerra Civil, Porfirio Smerdou, valiéndose de su amplia red de amigos y conocidos, realizó una impresionante labor humanitaria salvando la vida de numerosas personas amenazadas de muerte por la represión republicana. A ciento cincuenta las fue albergando en su propia casa, Villa Maya, sede del consulado mexicano. Gracias a sus contactos en el puerto de Málaga, logró embarcar y evacuar a un total de quinientos ochenta hombres, mujeres y niños con destino a Gibraltar, Marsella o Marruecos. Pero a la mayoría de sus auxiliados, Smerdou los amparó en sus propios domicilios protegiéndolos con certificados consulares; visitó a presos políticos —tanto en la cárcel como en el buque-prisión Marqués de Chavarri— y logró convencer a tres ciudadanos mexicanos para que albergaran en sus casas a sesenta y cinco españoles perseguidos. Su gestión humanitaria se ganó el respeto y la colaboración de los mandos republicanos malagueños, empezando por el propio gobernador civil, el socialista Francisco Rodríguez, que envió al consulado a una persona de su confianza para que con su presencia y autoridad respaldara las humanitarias labores del cónsul, facilitando, por ejemplo, el abastecimiento de comida a los asilados, aunque éstos o el propio cónsul debían costearla. Sin duda, a esta favorable predisposición de los mandos republicanos también ayudó que Smerdou lograra acotar una zona libre de bombardeos de la aviación nacional entre los montes Sancha y Miramar, dos referencias fácilmente identificables por los aviadores nacionales, convirtiendo el valle de El Limonar en “zona neutral iberoamericana”. En cuanto consiguió la conformidad por escrito del Alto Mando Nacional de Sevilla, el consulado de Barcelona lo autorizó para que la protección a los súbditos mexicanos la hiciera extensiva a cuantos hispanoamericanos se identificaran como tales. Asimismo, organizó con éxito el canje de trece mujeres, compañeras de milicianos anarquistas, y un alto funcionario republicano, por otros tantos prisioneros de derechas. El intercambio se produjo en Gibraltar el diecisiete de noviembre de 1936, y le granjeó el respeto de milicianos y sindicalistas que nunca asaltaron su casa a pesar de que un consulado ni gozaba ni goza de inviolabilidad diplomática. El cónsul argentino en Málaga, prudentemente optó por buscar acomodo en Gibraltar y, ante notario, traspasó sus poderes a Smerdou, el cual utilizó el consulado abandonado para albergar a más refugiados. También refugió a sesenta personas en Almogía, en la casa-almacén de un comerciante aceitunero que había vivido muchos años en México y al que le consiguió la nacionalidad mexicana y una bandera para colocarla en su casa como protección. Por otra parte, con ayuda del cónsul británico, Smerdou organizó un peculiar servicio postal entre las dos zonas. Más de mil cartas se cruzaron entre familias separadas en zonas republicanas y nacionales gracias a esta organización que facilitaba el intercambio de correo con ayuda de los buques británicos que recalaban en Gibraltar.
El diecinueve de diciembre fue cesado de su cargo por el Gobierno mexicano al comprobar que había falsificado un pasaporte para salvar a un refugiado. Fue la única ilegalidad que cometió en su gestión, y lo hizo presionado por la insistencia del gobernador civil que tenía gran interés en salvar así la vida de su portador. Sin embargo, de acuerdo con las autoridades civiles republicanas, el diplomático mantuvo la bandera y el escudo consular, y continuó con su gestión protectora que se prolongaría hasta la entrada de las fuerzas nacionales en Málaga el ocho de febrero de 1937. A partir de entonces, se aplicó a proteger a los republicanos de la represión franquista. Aunque ya no tenía cobertura diplomática real ni ficticia al no reconocer México al Gobierno de Burgos, fue ayudado ahora por el cónsul italiano Tranquillo Bianchi, respaldado por el respeto que suscitaba su propio prestigio y amparado por amigos y parientes de los derechistas que había salvado.
Tranquillo Bianchi (1892-1964), militar condecorado en la Primera Guerra Mundial y cónsul de Italia hasta que tuvo que huir al empezar la guerra, fue de los primeros en regresar a Málaga con las tropas nacionales. Logró salvar la vida al obispo Balbino Santos Olivera junto con otros religiosos, y a toda la familia de Gonzalo Queipo de Llano y Sierra: su mujer, su hijo, sus dos hijas, su nieto y su yerno. Agradecido, el general le dio carta blanca para hacer lo que su conciencia le dictara. Y lo que le dictó fue salvar a cientos de malagueños republicanos de morir fusilados por los nacionales. Diariamente visitaba las cárceles al volante de su Citröen rojo descapotable al que los malagueños llamaban “la bañera”, y ejercía su influencia en todas las instancias posibles, incluido el obispado. Cuando sabía que iba a haber fusilamientos, a las tantas de la noche se presentaba en las tapias del cementerio de San Rafael para salvar en el último momento a los condenados a muerte que iban a ser fusilados. Bianchi fue nombrado Hijo Adoptivo de Málaga en 1937. Ese mismo año, el gobierno italiano le concedió su segunda Medalla de Plata al Valor Militar por haber conseguido enviar de vuelta a casa, sanas y salvas, a todas las familias italianas de Málaga.
Por su parte, Smerdou, con frecuencia acompañado por Bianchi, volvió a presentarse en las cárceles, e incluso ante los pelotones de fusilamiento, intercediendo por los condenados a muerte. Al haber logrado, durante la etapa republicana, impedir la voladura de la caseta de amarre del cable Roma-Buenos Aires de la Compagnia Italiana dei Cavi Telegrafici Sottomarini, las autoridades italianas, junto con altos cargos del Vaticano, le ayudaron a salvar a veintiún masones españoles cuyas penas de muerte fueron conmutadas por condenas de prisión. Para ello, viajó a Roma y se sirvió de la influencia del padre Carmelo Brai que había sido confesor del presidente Porfirio Díaz, su padrino de bautismo. Brai logró que el propio ministro de Asuntos Exteriores, el conde Galeazzo Ciano, yerno de Mussolini, interviniera en la gestión.
La lista de personas favorecidas por Porfirio Smerdou fue recogida en unos pocos folios mecanografiados por el propio cónsul bajo el título “Relación de personas que recibieron algún servicio del cónsul de México”. En ella hay apellidos tan conocidos y de tanto peso en la capital malacitana como Crooke, Bolín, Estrada, Segalerva, Taillefer, Gross, Huelin o Altolaguirre. En efecto, aunque Smerdou no pudo salvar a su suegro, sí salvó a otros familiares de su mujer Concha Altolaguirre. Sin embargo, tras la guerra, Smerdou se quedó sin trabajo y tuvo que recurrir a representaciones comerciales para sacar adelante a su familia, pues, a pesar de su intervención a favor de cientos de personas de la burguesía malagueña, tras la guerra no encontró futuro en Málaga. Pero el antiguo cónsul era persona de acreditados recursos y le fue bien. Viajó por Europa y regresó a Madrid. En 1940, introdujo el gasógeno en España y, más tarde, montó un próspero negocio de importación de maquinaria y herramientas para la industria española.
Para recompensar su destacada labor humanitaria y diplomática durante la Guerra Civil, el gobierno de Franco le concedió la nacionalidad española en decreto de cinco de abril de 1940. Por su parte, el Ayuntamiento de Málaga, el uno de septiembre de 2004, acordó dar el nombre de “Cónsul Porfirio Smerdou” a una calle; y en 2022, coincidiendo con el vigésimo aniversario de su fallecimiento, le concedió la Medalla de la Ciudad a título póstumo y colocó una placa conmemorativa en el antiguo emplazamiento de Villa Maya en El Limonar. Nadie ha vuelto a ser nombrado cónsul de México en Málaga.
Durante la guerra civil española, fueron muchos los civiles perseguidos por uno u otro bando que se vieron obligados a buscar refugio en embajadas o consulados de países extranjeros para salvar la vida. En algunas de esas sedes diplomáticas se produjeron situaciones de auténtico hacinamiento al asilar a muchas más personas de las que razonablemente podían albergar. Tal fue el caso del consulado mexicano en Málaga, una casa con cuatro dormitorios que llegó a albergar hasta setenta personas simultáneamente. Tuvieron que dormir como podían y su alimentación constituyó un verdadero problema. En tales circunstancias, no faltaron pícaros y espabilados que se supieron buscar la vida mejor que los demás. El mencionado libro de Antonio Nadal recoge unos versos anónimos que hablan de uno de esos tunantes, un tal Javierillo:
LA COMIDA DEL ASILADO
Antes que nadie se fije
ya se ha comido dos huevos
y se queda como nuevo
ante un gran plato de arroz.
Siempre come en la cocina,
porque allí ve más factible
afanar los comestibles
con un desparpajo atroz.
Con mucha zalamería
engañó a doña Margara
consiguiendo convertirse
en despensero oficial;
pero si ésta no se fija
en lo que hacía Javierillo
nos hace pasar a todos
un hambre fenomenal;
pues para mangar comida
y aunque decirlo sea horrible
no hay competencia posible
¡es Capitán General!
Uno de esos civiles perseguidos fue el ilustre Wenceslao Fernández Flórez (La Coruña, 1885 – Madrid, 1964) que, en el Madrid republicano, vivió en primera persona la experiencia de ser asilado durante la Guerra Civil. Por su condición de cronista parlamentario del periódico ABC, fue buscado por los milicianos y tuvo que ocultarse en diversos lugares para evitar ser capturado, sabiendo que sería llevado a una checa, torturado y asesinado. En su novela titulada UNA ISLA EN EL MAR ROJO, publicada en 1939, el autor narra de forma novelada su dramática experiencia. Entre otros sitios, estuvo refugiado en una embajada, y en su novela nos cuenta el hacinamiento, las penurias, el hambre y los sufrimientos que tuvieron que soportar los allí acogidos.
Sin embargo, no en todas las sedes diplomáticas los asilados sufrieron las mismas escaseces alimenticias. Según las documentadas investigaciones de Javier Rubio García-Mina (1924 – 2021), economista, ingeniero aeronáutico, historiador y diplomático (ASILOS Y CANJES DURANTE LA GUERRA CIVIL ESPAÑOLA, Editorial Planeta, Barcelona 1979) hubo embajadas donde los asilados pasaron hambre, pero en otras fueron unos privilegiados en relación con el resto de la población civil de Madrid desde el punto de vista del abastecimiento de víveres. Algunas representaciones diplomáticas pusieron en marcha sus propios servicios para la obtención de alimentos mediante camiones —en no pocos casos cedidos por algunos de los asilados— que, protegidos por la bandera del país correspondiente, viajaban por distintas provincias y, mediante compras o trueques, adquirían cantidades importantes de víveres imposibles de conseguir en Madrid.
En el consulado mexicano en Málaga, según los datos recogidos por Antonio Nadal en su reseñado libro, parece que el cónsul Smerdou se las arregló bastante bien para alimentar a sus asilados. Como muestra, dos de los menús que servían. Sábado: desayuno, café con magdalenas; almuerzo, cazuela de patatas, boquerones fritos y naranjas; cena, cazuela de arroz. Lunes: desayuno, café con leche; almuerzo, potaje de lentejas, tortilla de patatas y peras; cena, cazuela de patatas con almejas y rape, queso.
En cierta ocasión les llegó un nutrido suministro alimenticio, y así lo recogió el anónimo poeta allí asilado:
Bernardo, con gran paciencia,
sigue desatando el saco.
Ya por fin lo desató,
y pronto empieza a extraer
las cosas tan diferentes
que ahora vais a conocer:
tres espuertas de fideos,
cuarenta kilos de arroz,
siete latas de manteca
y un queso de roquefort,
cinco latas de foie-gras,
un jamón cocido en vino,
dos latas de mermelada
y un canasto de pepinos;
y cuando todos veían
que el saco ya está vacío
se vio que de éste salía
todo el salero gitano
y toda la simpatía
que tiene Bernardo Usano.
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NOTAS. –
1 – Sobre usar Méjico o México, El DICCIONARIO PANHISPÁNICO DE DUDAS aclara lo siguiente: La grafía recomendada para este topónimo es México, y su pronunciación correcta, [méjiko] (no [méksiko]). También se recomienda escribir con x todos sus derivados: mexicano, mexicanismo, etc. (pron. [mejikáno], [mejikanísmo], etc.). La aparente falta de correspondencia entre grafía y pronunciación se debe a que la letra x que aparece en la forma escrita de este y otros topónimos americanos (Oaxaca y Texas) conserva el valor que tenía en épocas antiguas del idioma, en las que representaba el fonema que hoy corresponde a la letra j. Este arcaísmo ortográfico se conservó en México y, por extensión, en el español de América, mientras que, en España, las grafías usuales hasta no hace mucho eran Méjico, mejicano, etc. Aunque son también correctas las formas con j, se recomiendan las grafías con x por ser las usadas en el propio país y, mayoritariamente, en el resto de Hispanoamérica.
2 – El cónsul de carrera o simplemente cónsul, es un funcionario público pagado por el Estado que lo envía, mientras que el cónsul honorario es un ciudadano (generalmente empresario o profesional de prestigio en su país de residencia) que ejerce el cargo de forma voluntaria y sin recibir un sueldo del Estado que lo nombra.
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Fuentes. –
Javier Rubio García-Mina, ASILOS Y CANJES DURANTE LA GUERRA CIVIL ESPAÑOLA, Editorial Planeta, Barcelona, 1979, p.175.
Antonio Nadal Sánchez, MI DIARIO EN VILLA MAYA. LOS REFUGIADOS NACIONALISTAS EN EL CONSULADO MEJICANO DE MÁLAGA (JULIO 1936-FEBRERO 1937), editado por la Junta de Andalucía, 1989.
Enrique Mapelli López, LA GASTRONOMÍA EN VERSO, Ediciones Profesionales y Empresariales S. A., Madrid 2000, p. 204-206.
Antonio Manuel Moral Roncal, EL ASILO CONSULAR EN MÁLAGA (1936-1937): HUMANITARISMO Y DIPLOMACIA, en Cuadernos republicanos, 2002, n.º 50; y EL ASILO CONSULAR EN MÁLAGA (1936-1937). LA GESTIÓN DIPLOMÁTICA DE PORFIRIO SMERDOU, en Revista Jábega, 2002, n.º 91. Ambos trabajos de investigación están disponibles en Dialnet y en el Centro de Ediciones de la Diputación de Málaga: www.cedma.com respectivamente.
Alfonso Vázquez, Diario La Opinión de Málaga, artículo TRANQUILLO BIANCHI: EL CÓNSUL ITALIANO QUE SALVÓ CIENTOS DE VIDAS, 13-01-2019.
Jesús Hinojosa, Diario SUR, artículo LA JUNTA NO PROTEGIÓ VILLA MAYA PESE A QUE UN PARTICULAR LO SOLICITÓ FORMALMENTE EN 2017, 21-03-2019.
Francisco Gutiérrez, Diario SUR, artículo LA LISTA DE PORFIRIO, EL “SCHINDLER” MALAGUEÑO, 24-03-2019.
Giuseppe Coviello, presidente de la Sección en el Extranjero de UNUCI en España, artículo M.A.V.M. 1° CAP. G. CPL TRANQUILLO BIANCHI, www.unuci.es, 2020.
Pedro Luis Pérez Frías, página web EPISTÊMAI Revista digital de la Sociedad Erasmiana de Málaga, artículo PORFIRIO SMERDOU FLEISSNER, UN CÓNSUL HUMANITARIO, 23-06-2024. Disponible en: http://epistemai.es/archivos/7684